Pan, trabajo, techo…y la fantasía electoral

Pan, trabajo, techo...y fantasía elecctoralEl 22 de octubre (ayer para las y los que escribimos) tuvieron lugar por tercera ocasión las marchas de la dignidad. Tras la exitosa convocatoria con el lema pan, techo y trabajo, un año y medio después se convocó a una nueva movilización con el mismo lema con un resultado modesto. Este año y medio no ha sido normal y los últimos 18 meses han supuesto un terremoto político que han acelerado el proceso histórico que estamos viviendo. Esto provoca que cuando echamos la vista atrás, el tiempo transcurrido nos parezca otro mundo.

Las marchas del 22-M culminaron un periodo con una conflictividad creciente. Un proceso que se remonta a experiencias anteriores: la ocupación de las plazas plasmando toda una colectivización de la culpa experimentada por las clases medias; la condena llegada de las clases dominantes neoliberales, porque en el mayor acaparamiento de la riqueza no era aceptable el anterior reparto anterior a la crisis. El proyecto de vida de los jóvenes hijos de la clase media quebrado tras cumplir con su obligación universitaria, a la hora de entrar en un mercado laboral que satisficiera su deseo de reproducir sus condiciones materiales prometidas.

Este desencanto se pone en común y toma carácter político en el mayor grito colectivo desde hace muchos años, tantos para que cualquiera de los que lo protagonizaban no hubieran vivido una experiencia así antes. Y tras esta puesta en común, perdida en parte su condición de individuos atomizados y recuperado un cierto sentimiento colectivo, el momento populista surgido sigue su rumbo, por citar los casos más conocidos, hacia las mareas, las protestas de los funcionarios en el verano del 2012, la llegada a Madrid de los mineros, el rodea el Congreso, la huelga del 14N, Gamonal, la huelga de basuras en la capital, la recogida en Móstoles y, por último, las susodichas marchas del 22 de marzo. Resulta interesante remarcar la cantidad de movimientos que podemos recoger en un periodo de 3 años, algunos con un marcado conflicto como las propias marchas y la huelga del 14N y otras, como Gamonal o la limpieza en Madrid, que acabaron con exitosas victorias para las clases subalternas. Y es importante analizar cómo se dieron estas victorias: con una mayor participación de las clases populares y una solidaridad social reflejada en el apoyo que suscitaban los trabajadores de limpieza y la propia colaboración de ciertos sectores ciudadanos.

No queremos, sin embargo, hacernos falsas ilusiones o alabar tiempos pasados en un ejercicio vacío. Sólo recordar luchas muy simbólicas que se dieron hace poco tiempo y que uno de sus máximos exponentes fueron las marchas de la dignidad, una movilización que sacó a millón y medio de personas a la calle llegadas a Madrid desde muchos lugares de la península. Una movilización organizada fuera de los sindicatos mayoritarios, que contó con una red auto-organizada que se fue configurando al calor del gran movimiento que se respiraba. Y que finalizó de la manera tan exitosa como todas recordamos, con un sorprendente nivel de conflictividad que ridiculizó la capacidad de contención de las fuerzas de (des)orden público y que contó con un llamativo silencio informativo y un apoyo social mayoritario.

Repetimos de nuevo que no queremos hacer un ejercicio de añoranza naïf, pero sí constatar un periodo con momentos puntuales de emergencia de luchas acompañadas de una incapacidad del movimiento de ir imaginando un proyecto político alternativo. Se respiraba en aquél momento la sensación que toda la movilización que aparecía era insuficiente para plantar cara al ataque neoliberal sin parangón que estaban lanzando las clases dominantes. Pero decimos que ese tiempo pasó y que ahora no sirve resucitar el mismo lema y movilizar bajo el mismo patrón. La comparsa ha cambiado y lo que antes era el esfuerzo de llevar la lucha más allá ahora se ha convertido en alcanzar ese supuesto “más allá” que no habían alcanzado las luchas sociales, a saber, el “asalto a las instituciones”.

La deriva electoralista que vivimos en el último periodo debemos entenderla como la constitución de un imaginario dentro de amplios sectores sociales, así como de una buena parte del activismo, de que sólo a través de la conquista de las instituciones sería posible capitalizar el profundo malestar que ha causado la crisis. Opera de este modo la fantasía de que toda esa energía derrochada en las calles debía ser capturada antes de que se disipara en el tiempo. Y por otra parte también la imagen de que el poder reside en las instituciones, de tal modo que conquistándolas con el impulso de la energía social, podríamos llevar a cabo transformaciones de largo alcance.

El vaciamiento de la calle sobrevenido en el periodo de asalto institucional nos induce a pensar en lo necesarias que son iniciativas como las marchas, para que sigan defendiendo la necesidad de movilización y auto-organización como procesos fundamentales dentro de la transformación social. Sin embargo, parece equivocado seguir repitiendo los patrones que hemos llevado a cabo en los últimos años. Primero, porque si algo demuestra el periodo electoral son las carencias estratégicas del periodo anterior, aquél que podríamos denominar de movimentista. No se trata como muchos quisieran, dejando cualquier explicación materialista y dialéctica en el desguace, de que tal o cual iniciativa política sea oportunista o reformista y por tanto traicione a los distintos movimientos que surgieron desde 2011. La ilusión institucional es efecto directo del momento movimentista que le precede. La segunda razón por la cual no podemos seguir haciendo uso de los mismo patrones de convocatoria es porque el escenario social y político ha cambiado, y mucho.

Tal vez no es el momento de discutir en torno a debates artificiosos sobre los contenidos de un programa rupturista y cómo podrían encajar en un proceso de transformación socialista, en tanto que hemos perdido la partida a corto plazo y no existe potencialidades rupturistas en el momento actual. Y menos aún discutir sobre la idea de construir el embrión organizativo para un futuro cercano en el que la gente se despierte de la ilusión electoral y protagonice un periodo ascendente de luchas: sería auto-engañarnos y no querer afrontar las dificultades del nuevo periodo que se abre. Igual es el momento de hablar y entre todos y todas analizar qué situación estamos viviendo y cómo salir del reflujo actual. Pero esto no se hace volviendo a viejos debates sobre viejas reclamas y giros sobre un mundo que ya no existen. La expulsión de la clase obrera del mundo del trabajo, así como también, la menor cantidad de trabajo vivo por unidad de producción han cambiado la fisionomía de la formación social española en las últimas décadas. Estas son dos consideraciones claves que tenemos que tener en cuenta si queremos ser útiles en este periodo.

A pesar de todo tenemos la ventaja de vivir un escenario abierto. Las clases dominantes tienen cada vez más dificultad para imponer su lógica a nivel de calle, replegándose únicamente en los niveles supraestatales. Una arquitectura europea creada para funcionar con mano de hierro difícil de doblar. Dos sucesos como ejemplos, la violencia desplegada en la negociación con Grecia y el desprecio a lxs refugiadxs, revelan el verdadero carácter inhumano de la Unión Europea. A esto debemos sumar el límite de las políticas de expansión de gasto de este año con los QE y el terremoto de la bolsa china como indicios de otra vuelta de tuerca de la crisis que no se cierra.

Ante todo esto parece que las salidas institucionales con vocación de gestionar esta miseria y retornar a un estado del bienestar el cual está dejando de existir, hacen presagiar el limitado alcance de esta vía. Como ya se vio en Grecia esta batalla no se ganará sin darnos cuenta del enorme desafío que enfrentamos. La incapacidad de reproducción del sistema capitalista y las dificultades de generar plusvalor a través del trabajo nos sugieren su mutación en un nuevo orden económico y social de neo-servidumbre. Entender que, tal como decían los miembros del Comité Invisible en La insurrección que viene, “trabajar, hoy en día, está menos ligado a la necesidad económica de producir mercancías que a la necesidad de producir productores y consumidores, de salvar por todos los medios el orden del trabajo”.

Sin embargo, no debemos desdeñar que el proceso histórico sigue su evolución y, aunque por abajo se presenta una hoja de ruta a seguir incierta, por arriba no parece que lo tengan mucho más claro. Tres elementos se dibujan en esta breve reflexión para retomar la iniciativa política, el primero de ellos es que hoy más que nunca la ruptura se da en lo local; el segundo es llevar a cabo una profunda reflexión de los límites del último periodo de 2011 hasta hoy que desmitifique ciertas ideas que hemos compartido todas y todos; el tercer elemento es que en este proceso de perdida de peso de la subjetividad obrera, no se trata de rescatarla a cualquier precio, sino de ir en busca de las subjetividades antagónicas derivadas del sistema capitalista y la fetichización de la mercancía.

Sólo nos queda tener presente que llegado el momento podremos únicamente animar a que la mecha siga prendiendo, que llegue a todos los lugares necesarios para que ya no haya vuelta atrás y en el incendio salvemos a este sistema que solo conduce a la barbarie. Como decía un anabaptista en la novela Q, “dejar hablar a la locura y a la desesperación, esto es todo cuanto tenemos en nuestra alforja”.

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