Análisis del seminario ‘Afectos y cuidados en tiempos del capital’

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Afectos y cuidados El afecto es revolucionarioEl sentido de este seminario pretendía dar cuerpo a ciertas inquietudes que venimos compartiendo las compañeras y compañeros dentro del colectivo Germinal, como proyecto consciente de construcción de vínculos entre las personas que lo conformamos. Siendo ya varios los seminarios realizados tales como: Seminario sobre la violencia patriarcal; Sobre la organización revolucionaria; Los límites del asalto a las instituciones. Un debate sobre el fetichismo de la mercancía de Marx.

Queríamos orientar el encuentro sobre cuidados y afectos en el contexto de los tiempos del capital, en tanto que el colapso financiero actual no permite gestionar la reproducción de la vida y su cotidianeidad desde enfoques comunizadores, sino que la mercantilización cada vez más intensa de la vida, los hogares y las relaciones sociales afianzan un modelo atomizado de la gestión de los cuidados y los afectos. En algunos casos o casi siempre esta gestión se burocratiza y los cuidados son copados por el Estado, generando incluso leyes de distribución de la tierra para fomentar la especulación y no el derecho de habitar, leyes para la apropiación por parte de las instituciones de los niños y niñas de familias con recursos escasos, gestión de la salud mental a través de la seguridad social, distribución de viviendas en alquiler social o garantía de suministros (luz, agua, gas) que en muchas ocasiones es insuficiente para cubrir necesidades existenciales, restricciones en definitiva que impiden adueñarnos de las potencialidades de nuestras vidas y su carácter revolucionario.

De esta manera es necesario caracterizar el momento en que nos encontramos, en el cual el pilar del sistema de intercambio mercantil (capitalista) en el que vivimos se basa en la producción de valor por las relaciones sociales que conforman el trabajo, esto es que nombramos la substancia trabajo abstracto como el tiempo invertido en la producción de las mercancías y de esta manera podemos cuantificarlo y compararlo, pasando a ser una substancia social intercambiable. El hecho es que la producción de valor por unidad de producto[1] disminuye sobre todo a partir de la década de los 70’ del pasado siglo, debido en gran medida a la baja rentabilidad del capital por la intensa lucha de clases y la radicalización de los movimientos, así como también por la competencia intercapitalista, la expulsión de las trabajadoras de sus puestos de trabajo, debido a la automatización de las actividades, la especialización técnica de los trabajadores y por el límite mismo de la lógica de mercado capitalista al construirse en base a una especulación financiera permanente (una construcción virtual en base a valor anticipado). Esta situación genera una crisis del trabajo en la que los modelos keynesianos han quedado justificadamente inservibles.

Todo esto, qué duda cabe, guarda una profunda relación, una relación estructural con la actual crisis de cuidados y afectos que orbitan nuestro alrededor. Por citar algunas cuestiones globales importantes:

  • El hecho de la incorporación de la mujer al mercado laboral en momentos en que los trabajos dejaban de ser satisfactoriamente remunerados y a día de hoy con una brecha salarial amplia por cuestiones de género.
  • La división sexual del trabajo, separando los espacios productivo-reproductivo, identificando los cuidados (tareas reproductivas) con las mujeres y el resto de actividades productivas (mercantiles o financieras) con los hombres. Esta división es fundamental, pues gracias a la naturalización del cuidado desde las mujeres y su existencia fuera del mercado (con serias excepciones como las leyes de dependencia, rentas mínimas…) es posible negar esa atención recibida para continuar centrando las energías en la producción de valor (como el niño que simplemente se moviera histérico por una sala sin prestar atención hasta llegar a la edad adulta, podría negar de igual manera los cuidados recibidos, de esta forma invisibilizándolos y argumentando que su crecimiento se debió a causas naturales del entorno).
  • La feminización de las migraciones a nivel internacional (con su respectiva búsqueda de empleo sin prestaciones por desempleo), en las que mujeres abandonan sus proyectos y expectativas vitales para liberar a familias ajenas de la carga de los cuidados de las hijas e hijos o el mantenimiento de los hogares, como consecuencia de la incorporación de la mujer al mercado laboral reglado. Ampliando las figuras de protección y asistencia más allá de la familia nuclear.

Saliendo ya un poco de la contextualización de la cuestión de los cuidados, es necesario hacer mención al encuentro, el cual fue pensado desde el intento de hacer de la experiencia vital la base para la elaboración teórica —habida cuenta de la lógica de la separación, patriarcal y capitalista, en que el saber teórico poco tiene que ver con nuestro cotidiano. Así, durante el seminario se dieron con frecuencia intervenciones autobiográficas, que no obstante fueron abordadas desde dos perspectivas diferentes —a veces en las mismas personas—, que podríamos esquematizar como aquellas que se realizaban desde la construcción de la comunidad, desde las dinámicas sociales y la problematización colectiva de afectos y cuidados, y aquellas que se basaban en la acción individual como a priori para la acción colectiva, es decir, aquellas basadas en una noción del individuo separado previamente de toda forma social y reunido más tarde, siendo así que la intervención se pensaba como una progresión desde «lo micro» hacia «lo macro». Pertenecientes a esta última lógica, surgieron algunas observaciones acerca de la gestión paritaria de los turnos de palabra o del tiempo de habla, para hacer más inclusivo y horizontal el espacio. A nuestro modo de ver, y sin menospreciar en absoluto el problema de las diferencias de intervención y participación en función del género, creemos que este tipo de propuestas responde a una lógica formalista —por la cual se abordan los problemas que van surgiendo no desde su contenido sino desde la parte formal—, sostenida por la creencia de que un método adecuado y una gestión reglada del asunto es capaz de, si no resolver, al menos aliviar sustantivamente los desequilibrios que se producen al interior de un colectivo. De la misma forma que el pensamiento democrático cree resolver la conflictividad social mediante el ordenamiento jurídico y la apertura de espacios de negociación (parlamentos, convenios colectivos, etc.), cuando en realidad reproduce la alienación capitalista al reproducir la separación entre las personas, así también el pensamiento formalista trata de resolver en este caso la desigualdad de género mediante métodos de participación —muchos de los cuales, todo sea dicho, han sido gestados en la teoría de la administración empresarial de origen anglosajón—, sin intervenir en las causas de esta desigualdad.

Por otro lado, la asistencia fue más amplia y heterogénea de la esperada. Pensamos que esto indica un claro malestar en los espacios militantes. Hay dos  razones sustanciales que pueden explicar este malestar. En primer lugar, que desde siempre, las organizaciones están impregnadas de una cultura societaria que reproduce a su interior la lógica de la escisión entre espacio público y privado. De este modo, estas organizaciones no son capaces de cumplir una de sus primeros propósitos, construir comunidades de compañeras y compañeros donde seamos capaces de nutrirnos teórica, experiencial y afectivamente unas de otras. De este modo se rompen nexos fundamentales para retomar el pensamiento y la práctica revolucionarios, nexos como la construcción de lazos de camaradería, de hermandad. Se rompe también el hilo generacional, que impide que las generaciones más jóvenes puedan volver a radicalizar y a re-enseñar la belleza de la lucha contra la domesticación a sus mayores; así como sus mayores puedan aportar a estas jóvenes generaciones su larga experiencia de luchas. La segunda causa es más coyuntural, consistente en el largo ciclo electoral, el cual ha venido a reforzar las dinámicas societarias ya incrustadas entre nuestras culturas militantes. Y esto debido tanto al vaciamiento de las calles y el repliegue de las luchas, que son espacios más aptos, cuando desbordan, a reforzar la construcción de comunidad, por tanto, de potenciar los afectos y cuidados. El proceso electoral ha introducido en muchos espacios la lógica de la representación, así como reforzado el retroceso de las luchas, de tal modo que las lógicas societario-mercantiles han vuelto a ganar terreno en espacios activistas.

Todo esto nos hace comprender la necesidad de un feminismo crítico con las relaciones sociales cristalizadas bajo el capitalismo, es decir, crítico de ciertos feminismos reformistas que fetichizan el trabajo asalariado. Y esto, porque sólo sobre una crítica de esta índole se puede plantear una perspectiva que rompa con la división entre lo público y lo privado, dejando para el primero los valores productivistas y de la cultura del trabajo escindido de la vida; y para el segundo, los espacios para cuidar y ser cuidados, para recibir y dar afectos, para atender y ser atendidos.

En cualquier caso, el hecho en sí de la amplia participación es un efecto de la radicalización que demandan nuestras propias experiencias vitales, ávidas de vivir ajenas a la lógica del valor y la mercancía.

El propio carácter del seminario ya era efecto de esa radicalización, cuyo índice temático daba cuerpo a muchas cuestiones planteadas y aún sin respuesta entre los asistentes al tratar aspectos cotidianos desde una lógica emancipatoria, del resto de la literatura clásica, desarrollada en las nociones de feminismo y afectos tales como la sexualización de la vida como producto de la amputación de la comunidad, la posible tentación endogámica de la comunidad, la familia o grupo de afinidad, el hecho de la feminización de las relaciones sociales como alternativa revolucionaria.

Por otro lado los dos grupos que se conformaron autónomos durante la primera mitad del seminario trataron ciertas cuestiones comunes que más tarde se plantearon en un solo grupo. Aquí vemos lo estructural de nuestros valores, pues interiorizamos a un mismo nivel de discurso nociones que son más compartidas de lo que llegamos a creer.

Con este seminario hemos pretendido narrar en común nuestras experiencias y continuar haciéndolo, estableciendo relaciones inmediatas y afectivas entre nosotras como necesidad de generar dinámicas antagónicas al capital y su mediación. Esto es justo lo que entendemos por comunidad. Poder comprender desde perspectivas globales —explicitando las actuaciones contradictorias de las relaciones sociales— la manera en que nos relacionamos y sus elementos de desigualdad.

Es por ello que queremos plantear desde el principio la necesidad de pensar de manera conjunta y crítica las relaciones cotidianas y así reforzar nuestros vínculos para desplazar la atomización fuera de nuestras vidas mediante los cuidados y los afectos entre nosotras y la comunidad.

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[1] El valor “per se” no puede disminuir en tanto que es unidad de tiempo del trabajo humano. Permanece constante, pero la productividad aumenta, y por tanto se produce una masa de productos cada vez mayor en el mismo tiempo. Por ello disminuye el valor que hay en cada producto

 

 

Ver más:

Comunizar los cuidados
Los cuidados contra la comunidad del capital
La dimensión ecológica de los cuidados

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