El fetiche de las clases medias

Pintada en el barrio madrileño de Lavapiés

Publicamos un artículo que inicialmente iba dirigido a contestar otro texto escrito por dos militantes de Anticapitalistas en la revista Viento Sur. La discusión entre compañeros y compañeras, así como el estudio de otros textos de organizaciones de nuestra comunidad de lucha, han causado que este escrito que presentamos no se quede en la mera respuesta, sino que busca ser un intento de reapropiación, en la medida de nuestras posibilidades, de la categoría de clase y proletariado. Esta reapropiación, como es habitual, es incompleta, y animamos a todas las compañeras y compañeros de nuestra comunidad de lucha a seguir profundizándolo, si lo consideran necesario.

Hace unas días se publicó en Viento Sur un artículo de dos miembros de Anticapitalistas que trataba de desarrollar un debate en torno a la clase de título Obrerismo y clasismo en el movimiento del cambio. Si bien había aspectos del texto que nos parecían adecuados, el mismo nos parecía claramente insuficiente. Con esta reflexión nos intentamos situar en una discusión que tiene interés por implicaciones inmediatas y no tan inmediatas que iremos analizando.

Para exponer nuestras diferencias vamos empezar citando aquella parte del texto donde hay menos diferencias:

« […] para Marx la lucha de clases no es un elemento contingente de lo social, sino el único vector posible de inteligibildad de la misma que no se cuenta cuentos. Los sujetos sociales, lejos de ser indeterminados, ocupan posiciones materiales objetivas en la sociedad, posiciones que no son ni naturales ni fijas ni estables, sino resultado de una guerra constante que estabiliza y fija esas posiciones (dictadura de clase). No es una determinada lucha, o articulación antagónica, la que puede producir performativamente a “la clase” (Obrerismo y clasismo en el movimiento del cambio, Brais Fernández y Raúl Parra)».

Cualquiera diría que si estamos de acuerdo en la condición material de la lucha de clases y en la determinación recíproca entre las distintas clases, entonces las diferencias no pueden ser tan grandes. Sin embargo lo son. Para comenzar, y citando al propio Marx, él mismo dijo que no había sido el primero en describir la lucha de clases, y habría que añadir que no se escapa de la esfera de la socialdemocracia por afirmar la contradicción material de la lucha de clases y sus determinación recíproca, si no se entiende su causa fundante –trabajo al que Marx y otros dedicaron toda una vida. Lo que une a las dos clases es el capital como valor en proceso que debe subsumir constantemente a la fuerza de trabajo, la necesidad del capital, autonomizado, de chupar el trabajo del trabajador, contradicción que su expresión fundamental se revela en la mercancía, en la condensación de la contradicción de valor de cambio y valor de uso, relación que se metamorfosea en distintos grados para alcanzar al propio Estado, que condensa la relación contradictoria entre clases1. Y lo esencial de esa relación es que atraviesa a toda la sociedad capitalista, se convierte en comunidad material. No necesitamos dar muchos argumentos, el ejemplo más claro es que a día de hoy es prácticamente imposible vivir sin dinero2.

De este modo, la relación antagónica entre clases se deriva en que el capital, para vivir, absorbe el tiempo de vida del proletariado, desposeyéndolo de sí mismo, de sus medios de vida y de su comunidad material y social. Es decir, la contradicción no se da entre capital y trabajo, sino entre el mismo trabajo y proletariado. En nuestra condición de proletarios debemos alquilarnos día a día, siendo expropiados de nuestro tiempo y de nuestra capacidad de construir un común con otras y otros, expropiación que pasa a alimentar al sujeto voraz y automático del capital, y que cuenta con sus funcionarios, los capitalistas. Esta definición de proletariado es anti-sociológica, es decir, parte del propio movimiento comunista como movimiento de afirmación de emancipación humana, no de la ideología burguesa que genera divisiones por doquier. Por eso uno de los saltos cualitativos en la apropiación de la teoría comunista de su propia praxis se produce cuando Marx afirma del proletariado que es:

«[…] una clase de la sociedad burguesa que no es una clase de la sociedad burguesa, de un estado social que es la desaparición de todos los estados sociales; de una esfera que obtiene de sus sufrimientos universales un carácter universal y no alega ningún derecho especial porque ella no padece una injusticia social, sino la injusticia en sí, que no puede ya apelar a un pretexto histórico sino a un pretexto humano que no se halla en contradicción alguna particular con las consecuencias sino en una universal contradicción con las premisas del orden público[…]; de una esfera, finalmente, que no se puede emancipar sin emanciparse de todas las demás esferas de la sociedad y sin emanciparlas a su vez; significa, en una palabra, que el total aniquilamiento del hombre sólo puede rehacerse con la completa rehabilitación del hombre. Ese estado especial en el cual la sociedad va a disolverse es el proletariado (Introducción para la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, Karl Marx)».

Alimentando al capital, el proletariado se pierde así mismo. Es cierto que el estructuralismo marxista francés y sus derivados posteriores fueron especialmente sensibles al hecho de la importancia que tiene la lucha de clases como dimensión esencial del pensamiento de Marx, y esto porque vivieron un ciclo de luchas especialmente convulso, y trataron de reflexionar los límites de la URSS desde la experiencia de la revolución cultural china. Sin embargo, esto no produjo más que una lectura extremadamente parcial, derivada en primer lugar de la imposibilidad de analizar en sus bases fundamentales los episodios históricos estudiados, en concreto, como procesos de revolución y contrarrevolución3. Dicho de otro modo, en la imposibilidad de llevar a cabo un balance histórico de las luchas sostenidas por nuestra clase hasta entonces.

En todo caso, el tipo de pensamiento al que estamos confrontados es uno en el que la lucha de clases aparece escindida del capital como relación total, como contradicción en proceso, como valor en busca de valor, de tal modo que termina restringiendo la lucha de clases al ámbito de la de extorsión de plusvalía4. Entonces la relación de clases sufre un desplazamiento en la teoría, porque ya no deriva de la contradicción entre esa máquina autonomizada y vampiresca en busca de proletarios, sino en cómo de agresiva es la extorsión de plusvalía. Pero sobre todo, porque pierde de vista la relación capitalista como un relación total, la cual estructura de tal modo la vida de buena parte de la población, que la escinde entre producción de mercancías y reproducción (producción de la mercancía fuerza de trabajo) lo que motiva, entre otras cosas, la reproducción impersonal de la división de género5. Esto explica que los propios autores del texto sean absolutamente inconscientes en su texto de explicar qué supuesto papel tienen las clases medias en las relaciones capitalistas: éstas parecen salidas de la nada. Parten de un análisis estrictamente sociológico, es decir, burgués, de lo que son las clases medias, de tal modo que no relacionan éstas con las relaciones capitalistas de producción, omisión que tiene efectos sustanciales. Pues bien, nosotros pensamos que la sociedad capitalista se divide esencialmente en dos clases: capitalistas y proletarios, independientemente de cómo se articulen jurídicamente estas relaciones. ¿A qué llamamos clases medias, a las personas que tienen estudios superiores? Bajo nuestro punto de vista estas clases medias son proletariado en tanto sean unos sin reserva, en tanto que estén obligados a venderse en el mercado laboral para vivir, a no gozar de ningún tipo de autonomía6. Aceptar las divisiones que el propio capital introduce en el proletariado sólo porque una parte del proletariado tenga estudios superiores, y muy de vez en cuando, tenga unos salarios algo superiores es aceptar las categorías del capital. Esos salarios al final son el visado para una explotación salvaje entre estos sectores.

Debemos añadir, ante la necesidad de clarificar ciertos elementos, que no son abordados por el artículo. La productividad o improductividad del trabajo no define la condición proletaria –de facto, una definición así deja fuera a todas esas capas proletarias que realizan una labor reproductiva de la fuerza de trabajo no remunerada– sino que sólo fundamenta las condiciones de emergencia de la crisis capitalista. Es la ideología socialdemócrata, como partido histórico, que fundamenta la ideología capitalista que refuerza el polo del trabajo, aquella que puede asimilar que los sujetos de la liberación sean los mismos que los que producen directamente plusvalía.

La condición proletaria no reside en la producción de plusvalía, sino en la reproducción ampliada de las condiciones de venta de la fuerza de trabajo. Dicho de otro modo, lo esencial –y aquí es donde hay un hilo rojo que va desde 1843 hasta la muerte de Marx, el hilo comunista, el del movimiento de nuestra clase por su auto-supresión– es que la fuerza de trabajo se reproduce en su condición esclava reproduciendo sus condiciones de dominación. La pequeña-burguesía, en la época de Marx era aquella que podía realmente vivir de sus propiedades (no de aquellos que jurídicamente poseían unas propiedades que habían dejado de pertenecerles de facto), que no estaban obligados a vender su fuerza de trabajo. Dado que las estructuras fundamentales del capitalismo son invariantes, los cambios han sido más bien de grado. La lógica impersonal y expropiadora del capital se ha impuesto en intensidad, extensión y temporalidad. De este modo los elementos de la pequeña-burguesía que podían todavía tener cierta independencia del capital en esa época, han sido barridos con las sucesivas crisis de acumulación capitalista7.

La pequeña-burguesía es y ha sido históricamente una fracción de la burguesía que ha operado (esta vez sí) como intelectual orgánica de aquella. Como tal no vende su fuerza de trabajo, porque es parte de ella. A día de hoy son los cuadros del capital, que organizan, disciplinan y encuadran al proletariado. No hace falta ser un lince para reconocerlos, la mayoría de nosotros tenemos jefes, que no son encargados, ni jefes de equipo ni estupideces por el estilo con las que el capital divide al proletariado. Son personas que tienen la facultad real de mandar, que va bastante más allá de posiciones contradictorias que puedan tener proletarios en momentos determinados al encargarse en llamar al «orden» a compañeros suyos, cuando deben vigilar que éstos realicen su trabajo bien.

Sin embargo, debemos ser claros en este asunto. La descripción que hemos hecho en los párrafos anteriores puede caer en vicios sociologistas los cuales queremos combatir. Y esto porque no es posible abordar a las clases sociales como lo que aparentemente son, del mismo modo que no es posible abordar el comportamiento de la ganancia como aparece empíricamente en la economía política, esto es, fetichizada. La crítica de la economía política que hace Marx nos enseña que la ganancia es parte de una relación social que se objetiva en objetos. Esta relación alude en última instancia a la desposesión constante y ampliada que sufre el proletariado de sus condiciones materiales y sociales de supervivencia. El proletariado es desposeído de sus medios de vida y de su comunidad, esto es, alimenta a cada paso al capital y su Estado. Esta desposesión continua opera en contra de nuestras necesidades vitales. Las clases sociales no son como se nos aparecen en un primer momento, sino que remiten a contradicciones objetivas: de un lado la desposesión continua, de otra el capital en busca de su revalorización. De este modo, las clases son dos fuerzas programáticas contrapuestas, una capitalista, la otra comunista; una con necesidad de reproducir el valor, la otra con necesidad de abolirlo; una expresa la dictadura del salario y del valor; la otra expresa la dictadura de sus necesidades humanas y de la necesidad de su auto-supresión. La contraposición histórica de estas dos fuerzas programáticas no obedece a personas, sino a procesos sociales que trascienden a las mismas personas. Por eso, es hasta cierto punto equivoco intentar hablar a qué clase pertenece tal o cual persona, pues no son las condiciones particulares las que determinan las clases, sino esas dos fuerzas históricas.

Entiéndase que no estamos intentando subjetivar la relación de clase, sino que lo que hacemos es vincular esta misma a los elementos categoriales del capitalismo como contradicción en proceso, porque la relación de clase es impersonal. Dado que el capital tiende a atomizar e individuar a las personas en sus condiciones de existencia, tendemos a pensar no la relación de clase como dos fuerzas contrapuestas y antagónicas, sino como personas que pertenecen a una u otra clase según diversos criterios. Sin embargo, estas fuerzas de las que hablamos se ven en múltiples elementos, que van de la importancia que puede tener el tejido social que vertebra un barrio, pasando por la rabia que genera la esclavitud asalariada, hasta las formas de transmisión oral de las luchas de nuestra clase, de su memoria de lucha (siempre muy parcial, pues la reapropiación de nuestra memoria solo puede empezar tener un carácter comunista en las crisis revolucionarias).

De lo que hablamos en definitiva es de que, en la teoría comunista, las clases sociales se derivan inmediatamente de las categorías más abstractas del capital, que luego se pueden ir derivando en concrecciones en función del desarrollo histórico y social del capital. En las categorías más abstractas emergen esas dos fuerzas programáticas que hemos ido definiendo, que son los vectores que atraviesan al capital mundial. Es en la identificación de esas dos fuerzas históricas en las que se incardina la propia reflexión de Marx –como un teórico más del comunismo– a partir de sus textos de 1843, y de los que nace un conato de compresión teórica («el hilo del tiempo») que permite clarificar la relación entre el valor, la condición asalariada y el capital. Es sólo bajo esta comprensión anti-sociológica, que más tarde se puede dar una explicación a toda esa realidad de la que intentan dar cuenta de manera mistificada la perspectivas sociologistas. Por tanto, no se trata de rechazar los elementos más concretos e históricos, sino de entender los elementos categoriales e invariantes que los vertebran8.

Que las supuestas clases medias son parte del proletariado, puede hacer que se escandalicen muchos marxistas socialdemócratas, entre otras cosas, porque ese proletariado no es a menudo especialmente combativo, sino que es acomodaticio, acrítico, y demás…como lo son otras fracciones del proletariado. De hecho, este proletariado tiende a identificarse con su trabajo, que por poner un ejemplo, en el caso de los docentes puede llegar ser repulsiva tal identificación, pues piensa de sí mismos que realizan una labor positiva al disciplinar y domesticar en las cárceles de la escuela a los alumnos. Los profesores de izquierda son a veces tan lamentables que ni siquiera se dan cuenta de que su función principal es evaluar, es decir, hacer que los chavales interioricen la lógica de la competencia, obligarles a aprender un temario para que después lo vomiten, que no es sino preparar al mañana laboral, cuando nos comemos horas de trabajo de más sin rechistar. Los que fallan los que se quedan atrás, los que no asumen esa basura escolar, quedan estigmatizados, de tal modo que en su fracaso quedan legitimadas sus condiciones laborales posteriores de explotación y paro.

El proletariado con estudios superiores tiende a identificarse con su trabajo –y la institución escolar y universitaria juega un papel fundamental en esta identificación. Lo hacían también los obreros cualificados hace más de cien años, que fueron una parte de la base de los partidos socialdemócratas y de los sindicatos –siempre reformistas. Por cierto que también una parte de las minorías radicalizadas venían de estratos cualificados. Hay más, este proletariado no sólo se identifica con su trabajo, sino que sus condiciones de trabajo son profundamente atomizadas, porque la introducción de la microelectrónica en el ámbito productivo tiene una capacidad enorme de separar y diferenciar las tareas laborales. Todos conocemos el trabajo en las oficinas, y si algo hay que lo caracterice es el hecho de que cada uno trabaja delante de su ordenador y tiene una supervisión directa de la persona que tiene por encima. Las herramientas del capital, el desarrollo de sus fuerzas productivas, no es necesariamente el de nuestra clase. Las máquinas están hechas para subsumir la fuerza de trabajo, y entre otras cosas llevan hasta el extremo la individualización  del trabajo, lo que bloquea en muchos aspectos la constitución de tejidos de resistencia. Esto junto a la identificación con un trabajo que cada vez más individualizado genera enormes efectos de descomposición de ciertos segmentos de nuestra clase9.

La amplia masa de asalariados con estudios superiores que en la mayoría de los casos están absolutamente coaccionados a la profunda violencia del capital, no tiene otra alternativa que alquilarse todos los días. Es por ello que no podemos estar más en desacuerdo con la afirmación de la preponderancia de las clases medias en el ciclo de luchas que comenzó con el 15-M. Para nosotros ese ciclo es un momento de recomposición de nuestra clase. Por otra parte, si la lucha de esos procesos la lleva en adelante nuestra clase, no cabe decir que faltaba el proletariado10.

Nos gustaría señalar, al contrario los efectos que producen esa visión sociológica, pues al final lo que los dos escritores sugieren al decir que una supuesta clase media conduce la lucha, mientras que el proletariado permanece inmóvil, es que éste último es inactivo. De este modo, en vez de ver a las minorías más activas como lo que son, como la constitución del proletariado en partido, en clase dispuesta a la lucha, empujada por sus elementos más decididos, delimitan una separación entre las minorías más avanzadas y el resto del proletariado, como si esas minorías no compartieran con el resto la contradicción central, como si ellas no se impulsaran en la contradicción entre sus necesidades humanas y su condición de esclavas, como si ellas no estuvieran en un medio social que las empuja a luchar, a pensar, a desear algo distinto. Al establecer esa escisión se cuela la visión socialdemócrata del partido inconscientemente, al hablar, utilizando la terminología gramsciana, de intelectuales orgánicos, de tal modo que es sobresaliente que cuando hablan de éstos “intelectuales”11 lo hagan individualizadamente, esos chicos que un día abrieron los ojos, que pareciera que no responden a su propio medio. No basta para ser materialista afirmar que el ser predetermina la conciencia, es necesario añadir que nadie piensa sólo, sino que todas y todos pensamos en un medio que si no existiera, si no nos incitara a construir ese pensamiento, no nos atreveríamos a pensar de ese modo, porque si lo hiciéramos nos tomarían por locos. Si ese medio, u otro adyacente, no nos es el que nos está impulsando a hacer algo distinto, entonces lo más probable es que estemos asumiendo el pensamiento de nuestro enemigo de clase. Por ello, nosotros no pensamos que haya algo así como intelectuales orgánicos, sabemos que nuestro instinto de clase se forja con la materia del día a día, no somos demócratas, no nos pensamos separados de ese medio, sino que pertenecemos a él. Sabemos, eso sí, que hay minorías más conscientes de las necesidades de la lucha, a los que Marx llamaba… comunistas:

«Los comunistas no forman un partido aparte de los demás partidos obreros. No tienen intereses propios que se distingan de los intereses generales del proletariado. No profesan principios especiales con los que aspiren a modelar el movimiento proletario. Los comunistas no se distinguen de los demás partidos proletarios más que en esto: en que destacan y reivindican siempre, en todas y cada una de las acciones nacionales proletarias, los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado, independientes de su nacionalidad, y en que, cualquiera que sea la etapa histórica en que se mueva la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto. Los comunistas son, pues, prácticamente, la parte más decidida, el acicate siempre en tensión de todos los partidos obreros del mundo; teóricamente, llevan de ventaja a las grandes masas del proletariado su clara visión de las condiciones, los derroteros y los resultados generales a que ha de abocar el movimiento proletario (Manifiesto del Partido Comunista12.

Los comunistas no son intelectuales orgánicos, sino que hacen balance de cada una de las luchas conducidas por el proletariado constituido en fuerza, de este modo se reapropian de una teoría que es patrimonio de nuestra clase, la cual está firmemente ligada a la praxis del movimiento por la emancipación del proletariado y de la especie.

Sabemos que Gramsci, en la formulación del partido como intelectual orgánico, estaba introduciendo la escisión entre partido y clase; y en las escisiones que realizan los dos autores anticapitalistas vuelven a introducirla. De hecho, donde ellos callan, nosotros hablamos, pues si hay algo que sorprende de su texto es que de él no se deduzca ningún contenido programático, directivo de la acción comunista. Dicho de otra manera, de su reflexión no se deriva ningún sólo principio de acción –sorprende que luego seamos nosotros los teoricistas, porque lo que se observa en su texto es cómo las dinámicas activistas son incapaces de realizar un tipo de reflexión teórica que pueda guiar su praxis. No podía ser menos, ¿qué podemos esperar cuando son incapaces de reconocer la praxis de su propia clase? ¿Qué efectos tiene esto? Dos posibles. O sumergirnos en la impotencia hasta que esa clase ideal de desarrapados decida actuar o…que ese partido que funciona como intelectual orgánico y en el cual se incorporan las “clases medias” sea capaz de llevar a cabo una política atractiva que movilice al proletariado. Para ser más exactos, ellos señalan que la mayoría de los activistas del cambio

«sea[n] de la sensibilidad que sea[n] (incluida la nuestra) se encuadra[n] en el mismo perfil de sobretitulado de clase media con sus aspiraciones profesionales taponadas por la crisis de reproducción capitalista, siendo la política la única vía para reproducir ese estatus social (Obrerismo y clasismo en el movimiento del cambio, Brais Fernández y Raúl Parra)».

Esas clases medias –que para nosotros son proletariado en su inmensa mayoría– reproducen su estatus a través de la política, el cual no pueden reproducir por otra vía, lo cual viene a significar que intentan reproducir la división de clase que el capitalismo nos impone y que de facto implica pensarse como intelectuales, como separados de nuestra clase. Para nosotros es esencial combatir una división que responde a las divisiones dentro del proletariado que efectúa el capital, pero que en ningún caso implican que esos segmentos del proletariado no tengan la misma necesidad que el resto del proletariado de imponer la dictadura de sus necesidades humanas contra la dictadura del salario y del capital. Para nosotros es esencial luchar contra esa reproducción ideológica de un supuesto estatus, que no es más que la aspiración de una parte del proletariado a ser pequeño-burgués, ésta vez, pasando a ser los intelectuales orgánicos de un proletariado amorfo. A fin de cuentas luchamos contra la reproducción de la estupidez, porque la mayoría de ellos ni son pequeño-burgueses, ni dirigen nada, y cuando llegan a dirigir algo es porque el capital los vuelve funcionarios suyos, como sucede con toda la alta plana de Podemos, que es aparato de Estado13.

De hecho, la referencia a Lenin al final del texto es casi obscena:

«Cuando Lenin comenzó a pensar la cuestión de la organización revolucionaria en “¿Por dónde empezar?” y “¿Que hacer?” tenía un par de cosas claras. La primera, que el embrión del “partido de los de abajo” iba a tener un origen pequeño burgués e intelectual. Este punto de partida no era producto de ninguna teorización previa, sino de la constatación de que en Rusia, los primeros en desgajarse del bloque de poder habían sido los intelectuales pequeño burgueses, encarnados en el movimiento populista (los narodniki), muchos de ellos desgajados de la aristocracia terrateniente. La segunda, que la clase trabajadora y el campesinado, es decir, las clases productoras de riqueza (“el pueblo”), eran las clases fundamentales para construir una voluntad colectiva alternativa al zarismo. Es cierto que Lenin siempre insistió en el rol central y dirigente del proletariado en su forma industrial y que la composición de clase en el capitalismo tardío es mucho más multitudinaria que en la Rusia zarista. Pero las dos ideas fundamentales de Lenin nos siguen pareciendo vigentes […] (Obrerismo y clasismo en el movimiento del cambio, Brais Fernández y Raúl Parra)».

Obscena por el carácter exterior que Lenin siempre le dio al partido, obscena por no tener ni siquiera el pudor de reflexionar cuánto heredaba Lenin de la socialdemocracia alemana y obscena porque Lenin jamás comprendió ni de lejos la cuestión campesina, que es una de las razones de porqué los eseristas internacionalistas tuvieron una coherencia revolucionaria más duradera que los bolcheviques en Brest-Litovsk, o durante las salvajes requisas de grano.

Y esto ya no lo dice el texto, pero por el oportunismo incorregible de Anticapitalistas, se observa perfectamente que ellos enfocan el problema siempre desde la cuestión de dar en la tecla, es decir, de considerar su acción como exterior a la clase. No en balde son el ala izquierda de un nuevo aparato de Estado, el cual siempre será exterior al proletariado cuando este se constituya en fuerza histórica. No en balde, en su disputa dentro de la estructura de Podemos, juegan un papel relevante al absorber al sector desafecto con el proyecto en esa crítica que nunca va a la raíz del problema. Porque la raíz del problema es que el proletariado se organiza siempre en contra del Estado y de sus aparatos, cuando se constituye en fuerza. La raíz del problema no reside en democratizar Podemos, sino en el contenido esencialmente reformista que tiene una aparato que se ha levantado en base a la proyección mediática no sólo de Pablo Iglesias, sino de cada una de sus familias –Anticapitalistas incluida. En definitiva, la raíz del problema es que Podemos es la expresión de los límites del proletariado para constituirse en clase, en fuerza, en romper sus divisiones, en desbordar las luchas parciales, las fronteras nacionales, las divisiones generacionales, de género y laborales. Y a la par, que Podemos reproduce con su simple existencia estas divisiones. Podemos es la expresión de un proletariado que se convierte en espectador de la reproducción del espectáculo parlamentario.

Esperando a dar la tecla, a que «las clases medias» no olviden lo que son, no olviden que están para reproducir su estatus, no se piensen como parte del movimiento comunista, pues hay que esperar a los rezagados, hay que adaptarse a las capas menos combativas, hay que ahogar la auto-actividad de las minorías más conscientes, a conducirlas al redil del sentido común, del partido de masas, de esas masas que son el proletariado negado por el capital, subsumido, diluido.

El 15-M fue de clases medias, nosotros también debimos decir alguna vez algo parecido, cuando todavía éramos estúpidos y ni siquiera se nos ocurrió pensar que estaba incardinado en todo un movimiento telúrico que atravesó el mediterráneo de parte a parte y del cual hoy todavía seguimos viendo sus efectos.

En el texto se reproduce lo que supuestamente se intenta conjurar. La crítica al obrerismo sólo tiene un contenido pleno cuando se entiende que el comunismo es un movimiento histórico, un movimiento que si bien reconoce en el proletariado la fuerza para instaurarlo, ésta se dirige a liberar a la especie, y que por tanto, el proletariado, para negarse, debe negar su condición de capital variable, de fuerza de trabajo subsumida, y por eso, puede y debe romper todas las divisiones que reproduzcan esa condición14.

Colectivo Germinal

1No es contradictorio afirmar que el Estado es el capital organizado en fuerza y a la par que el Estado condensa las correlación de fuerzas entre las clases, puesto que el capital vive de subsumir el valor de uso en la mercancía, y la fuerza de trabajo en la producción de valor, más bien es absolutamente necesario que el Estado sea capaz de condensar –por medio entre otras cosas de la canalización de las aspiraciones proletarias en reivindicaciones parciales y democráticas que permiten reproducir la división dentro del proletariado– la lucha de clases. En la división que opera la canalización democrática de demandas, el Estado introduce la división en el proletariado que posibilita llevar a cabo la sujeción ciudadana de una parte de este y la represión de la otra parte, como elemento esencial de la producción de un afuera constitutivo que sirva de legitimación del Estado. Es por ello que todo Estado moderno es a la vez democrático y potencialmente genocida.

2En todo caso, véase en nuestro blog, por ejemplo, Sobre la odiosa contradicción de ser trabajador.

3Como señala el Grupo Comunista Internacionalista, es en el balance de la revolución y la contrarrevolución, sobre todo en los periodos más álgidos, en los que nuestra clase puede reapropiarse de la teoría.

4Cuestión que aparece con meridiana de claridad en autores como Althusser, Poulantzas, Balibar o Bettelheim. Ninguno de ellos es capaz de reflexionar con claridad la relación total que imbrica la autonomización del capital, de tal modo que perciben la lucha de clases sólo como relación de extorsión de la plusvalía, centrando su visión en el momento de producción sin percibir que ésta es un momento de una relación total en la cual la sustancia valor se convierte en el ensamblaje que une la división entre producción y consumo. Al no percibir esta relación total, aparecen toda la hipótesis ad hoc sobre la articulación de los modos de producción, sin entender que lo que se produce es la subsunción de distintas formas de producción en el capital. Del mismo modo, esto es lo que explica que Bettelheim no entendiera el carácter contrarrevolucionario del leninismo tan pronto éste se puso a la cabeza de la URSS, puesto que centraba el problema en la apropiación real del proletariado del producto en la fábrica, cuando la apropiación del producto debe ser necesariamente social, puesto que la autonomía de los centros productivos implica la necesidad del intercambio entre ellos y por tanto la autonomía del valor y por ende, a corto/medio plazo del capital. En Poulantzas ésta reflexión deriva en centrarse en que el problema reside en la división del trabajo intelectual-manual (muy en boga en el maoísmo más izquierdista) sin entender que ésta división emerge de las formas de separación que introduce el capital como relación total entre la fuerza de trabajo. El límite de Poulantzas es el de no entender la relación que existe entre capital como relación autonomizada, Estado como fuerza organizada del capital y Estado como condensación de lucha de clases, tal y como hemos explicado en nuestra primera nota a pie de página.

6Véase en la revista Comunismo No. 57 del Grupo Comunista Internacionalista.

7Por cierto que nos llama la atención que los autores del artículo ni se planteen las profundas condiciones de proletarización que vivió el mismo Marx. Imaginamos que piensan que Marx era pequeño-burgués porque nació como tal, pero es que la relación de clase es impersonal, a diferencia de épocas precapitalistas, dónde normalmente uno nacía y moría en el mismo estamento.

8Y esto mismo también es aplicable a nosotros mismos, a muchas de nuestras comprensiones y escritos pasado –y seguramente presentes– todavía con este tipo de fetichizaciones.

9La lógica meritocrática interiorizada en la escuela sobre todo por ciertos segmentos del proletariado, es un elemento esencial para fortalecer la división no sólo con otros segmentos, sino en su propio segmento.

10En nuestro blog hay varios artículos relacionados con balances parciales de aquellas luchas, que por supuesto, pueden ser profundizados.

11Nosotros jamás hablaríamos de intelectuales orgánicos dentro del proletariado, y es claro que Gramsci lleva a cabo desplazamientos semánticos abusivos, al plantear a éstos intelectuales orgánicos de manera tanto ahistórica, como también al plantear una relación similar entre los intelectuales orgánicos del capital, y aquellas minorías más decididas y conscientes del proletariado.

12Como señala la GCI con mucha lucidez, el nombre de éste manifiesto era el de Manifiesto del Partido Comunista, es decir, que cuando Marx y Engels hablan de Partido, están pensando necesariamente en el partido histórico, no en uno u otro partido formal, como el mismo Marx señala en una carta.

13Véase en torno a éste aspecto tanto el texto en nuestro blog Ni estructuras ni grandes hombres. En relación al partido de nuestra clase, y el partido de la socialdemocracia véase Comunismo No. 64, del Grupo Comunista Internacionalista.

14Por cierto que la incomprensión de esta cuestión incluso se puede vislumbrar en la apropiación sumamente parcial de la historia del movimiento comunista que hacen los dos autores del texto. De este modo, se habla de la costumbre estalinista de echar en cara el origen social de los militantes, olvidando que fue Bordiga y no Gramsci quién defendió de manera intransigente que el partido comunista era un partido orgánico, de comunidad, dónde el origen social quedaba fuera, dónde se tenía que fomentar un pensamiento comunista, que eliminaba toda parcialidad. Esto llevó a que Bordiga se opusiera, en el 24´ a Stalin. La contraposición se dio entre una postura obrerista, la de la III Internacional, que defendía una organización a partir de células de fábrica y de lugar de trabajo, y la de Bordiga que defendía una posición de que el Partido no era obrero sino comunista y se organizaba en secciones territoriales. Además en la posición nacional comunista se encontraba una visión concretista, los obreros tenían que discutir de sus asuntos. Bordiga fue reemplazado a partir de 1924 de la dirección con métodos bastante maniobreros, por Gramsci con el apoyo de…Stalin. Lo que fue confirmado en el Congreso de Lyon de 1926.

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Una Respuesta a El fetiche de las clases medias

  1. Federico dijo:

    Lo que a mí me intriga de toda esta reflexión sobre las “clases medias” no es lo que en el artículo se dice sobre ésta últimas —y menos aún sobre “el ala izquierda de un nuevo aparato de Estado” con el que no me cuadra que se considere oportuno debatir—, sino lo que en él se dice sobre el proletariado, que es objeto de una redefinición bastante radical. Para muestra, varios botones (los signos de interrogación son míos):

    “El capital, para vivir, absorbe el tiempo de vida del proletariado, desposeyéndolo de sí mismo (¡?), de sus medios de vida (?) y de su comunidad material y social (?). […] En nuestra condición de proletarios debemos alquilarnos día a día, siendo expropiados de nuestro tiempo y de nuestra capacidad de construir un común (?) con otras y otros. […] El proletariado es desposeído de sus medios de vida y de su comunidad, esto es, alimenta a cada paso al capital y su Estado. Esta desposesión continua opera en contra de nuestras necesidades vitales. […] Alimentando al capital, el proletariado se pierde así mismo.”

    O sea, que el proletariado es desposeído —sin cesar, por lo visto— de sus medios de vida (?) y de su comunidad material y social (?) por el capital. Creía yo que la desposesión de medios de vida y de tiempo, YA CONSUMADA EN LO FUNDAMENTAL, era lo que definía precisamente al proletariado, y que el capital lo único que hace es ahondarla sin cesar, no que la existencia de éste gire en torno a devolver continuamente al proletariado a un estado de desposesión del que milagrosamente conseguiría escapar acumulando (¿cómo? Yo también quiero…) “medios de vida”, “capacidad de construir un común” y “comunidad” (nada menos). De hecho, si mal no recuerdo, Marx define en alguna parte al proletario como el hombre que ya se ha perdido a sí mismo, no como el hombre que, a poco que se descuide con el capital, siempre al acecho, corre serio riesgo de perderse a sí mismo…

    También creía que lo que el proletariado tenía que hacer para remediar tanta desposesión, era fundar una comunidad humana mundial (dicho sea de paso, con unas “necesidades” nuevas e inéditas) mediante la abolición de las relaciones de producción capitalistas (es decir, aboliéndose a sí mismo), no ir recuperando su “humanidad” (¿perdida?) e ir imponiendo sus “necesidades humanas” (gracias a la “comunidad de lucha” de turno, imagino) bajo el yugo del capital hasta hacerlo estallar (¡el gradualismo contraataca!). De hecho, en esta concepción, la “dictadura de las necesidades humanas” existe con anterioridad a la abolición de esas relaciones de producción “mediante múltiples elementos, que van de la importancia que puede tener el tejido social que vertebra un barrio, pasando por la rabia que genera la esclavitud asalariada, hasta las formas de transmisión oral de las luchas de nuestra clase”. Y yo me pregunto: ¿por qué eleváis dichas necesidades a la categoría genérica de “necesidades humanas” (ya se ve, por lo demás, sin necesidad de profundizar mucho en el tema, que tienen un carácter socio-histórico bien concreto) distinguiéndolas con tanto esmero de unas hipotéticas y vulgares necesidades proletarias que quizá no expresen más que la dictadura del salario y del valor, amén de la necesidad de hacerle frente para sobrevivir en este mundo?

    “Esta definición de proletariado es anti-sociológica, es decir, parte del propio movimiento comunista como movimiento de afirmación de emancipación humana.”

    La definición será todo lo “anti-sociológica” que queráis, pero a riesgo de sumergirse de lleno en la ideología del Hombre y del Ser Humano Genérico, el comunismo es, primero y ante todo, el resultado final de la lucha de un proletariado que busca NEGARSE tanto a sí mismo como a las relaciones que lo engendran. Y digo yo, que si por el camino pudiera ir afirmando de forma paulatina su “humanidad” (cómo se hace eso sin abolir las relaciones de producción capitalistas es algo que, de momento, a mí se me escapa, pero soy todo oídos), lo más probable es que la urgencia de abolir la sociedad burguesa se resintiera bastante…

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