Jacques Camatte: El KAPD y el movimiento proletario

Huelga de 1920

                   Jacques Camatte, 1971

Traducido por C. M.,

miembro de Colectivo Germinal

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Prefacio de 1987

Volver a publicar los textos tomados de Invariance de la serie II, nº 1 en lo concerniente a El KAPD y el movimiento proletario, y de la serie I, nº 7 y 8 en lo concerniente a los demás textos, no tiene sólo un objetivo inmediato, hacerlos disponibles a los lectores interesados, sino un objetivo más lejano: servir de materiales para una actualización sobre la cuestión del vasto proceso revolucionario, actualización que haremos más adelante. En efecto, en 1989 será el bicentenario de la revolución francesa, así como el centenario de hombres como Bordiga, Hitler o Wittgenstein. Se cumplirán entonces cuarenta años desde que los comunistas llegaron al poder en China. No es que queramos exaltar el tiempo al preocuparnos por estos aniversarios, sino que queremos servirnos de ellos como puntos de referencia para fundar nuestra afirmación de que el proceso revolucionario ha terminado definitivamente.

 

Los otros estudios sobre el movimiento proletario son[1]:

 

Les caractères du mouvement ouvrier, serie I, n° 10

Bref historique du mouvement de la classe prolétarienne dans l’aire euro-nordaméricaine des origines à nos jours, serie I, n° 6

Le mouvement prolétarien dans les autres aires: les révolutions coloniales, serie I, n° 6

La gauche communiste d’Italie et le parti communiste international, serie I, n° 9

Prolétariat et révolution, serie II, n° 6

Prolétariat et Gemeinwesen, serie III, n° 5-6

À propos de la dictature du prolétariat, suplemento de 1978.

 

 

Glosario

 

 

AAU:     Allgemeine Arbeiter-Union (Unión General de Trabajadores)

AAUD:  Allgemeine Arbeiter-Union Deutschlands (Unión General de Trabajadores de Alemania). Fundada en febrero de 1920

BO:       Betriebs-Organisation (Organización de Empresa)

GIC:      Groep van Internationale Communisten (Grupo de Comunistas Internacionales). S. Bricianer proporciona indicaciones interesantes sobre este grupo holandés en su libro Pannekoek et les conseils ouvriers, EDI (ver pág. 259 y ss.)[2]

IC:         Internacional Comunista. Fundada en 1919

IKD:      Internationale Kommunisten Deutschlands (Comunistas Internacionales de Alemania). Grupo fundado a finales de 1918 a partir de Internationale Sozialisten Deutschlands (Socialistas Internacionales de Alemania), que comprendía a los militantes del grupo de Bremen, que publicaban el Arbeiter Politik (Política Obrera), y cuya organización fue la primera en romper con el SPD, lo que supuso la salida del grupo de Berlín que publicaba el Lichtstrahlen (Rayos de luz), el cual rompió también con el SPD. Estos grupos no compartieron la actitud del Spartakusbund al adherirse éste al USPD. Por su parte, el Arbeiter Politik retomaba las posiciones de Pannekoek y fue el primero en avanzar la idea de crear una organización unitaria (junio de 1917). El grupo de Hamburgo estaba muy influido por los IWW (Industrial Workers of the World) de EEUU

IS:         International Situationniste (Internacional Situacionista)

KAI:      Kommunistischen Arbeiter-Internationale (Internacional Comunista Obrera). Fundada en 1922

PO:        Potere Operaio (Poder Obrero). Movimiento italiano nacido a finales de 1960

SDS:      Sozialistische Deutsche Studentenbund (Federación de Estudiantes Socialistas Alemanes). Fundada en 1946 y disuelta en 1970

SPD:     Sozialdemokratische Partei Deutschlands (Partido Socialdemócrata de Alemania). Fundado en 1875

USPD:  Unabhängige Sozialdemokratische Partei Deutschlands (Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania). Fundado en abril de 1917

VKPD:  Vereinigte Kommunistische Partei Deutschlands (Partido Comunista Unificado de Alemania). Fundado en diciembre de 1920

 

El movimiento obrero alemán del siglo XX —sin incluir al partido comunista oficial prosoviético— tiene la particularidad de ser calumniado o ensalzado sin ser conocido[3]. Su conocimiento y su justa apreciación son sin embargo esenciales para comprender la historia de este siglo y ser capaz de discernir las características fundamentales del movimiento proletario internacional que comienza a manifestarse los últimos años.

 

El partido comunista de Alemania (KAPD) es una de las corrientes más interesantes del movimiento obrero alemán. Es el punto de llegada de un proceso de ruptura del proletariado con la socialdemocracia que se produce desde finales del siglo XIX y que se amplificó con la acción de la guerra y la revolución rusa. Esta última había visto la generalización de una forma política nueva aparecida en 1905, el soviet (o consejo). Asimismo, el movimiento revolucionario alemán se manifestó mediante la constitución de consejos de marinos y soldados, primero en Kiel y más tarde en toda Alemania. Pero la generalización de una forma de organización más o menos superficial, el consejo, contribuyó en un primer momento a ocultar el fenómeno profundo: el intento de encontrar un comportamiento que fuera realmente proletario y comunista y que fuera más allá de las viejas formas legadas por un estadio en que el proletariado estaba poco desarrollado[4].

 

Sin embargo, lo que iba a mantenerse en la apariencia era el fenómeno superficial, la reivindicación de los consejos que pudo imponerse más tarde con la del partido. Lo que se mantendría al final sería la imagen de un partido comunista alemán con todas sus debilidades, sus incertitudes, sus torpezas, mientras que el fenómeno profundo sería ocultado, enterrado, casi aniquilado. Es así cada vez que la victoria no puede ser alcanzada; se colma así toda ruptura (brecha) momentánea en el ciclo de las luchas de clase. Por ello mismo, antes de presentar las posiciones del KAPD en relación con el movimiento proletario actual, es preciso hacer un breve relato histórico.

 

Con la fundación del partido comunista alemán (KPD) se produce la unificación de las diferentes corrientes de izquierda del proletariado alemán: Spartakusbund, IKD (Comunistas Internacionalistas de Alemania) que agrupaba sobre todo a los militantes de Bremen, Berlín y el grupo de Hamburgo. Si los sindicalistas están fuera, sin embargo no están realmente excluidos sino que guardan relación con estas corrientes[5]. En el congreso fundacional del KPD, el movimiento parece superar el pasado y plantear las cuestiones reales del presente.

 

  1. Ruptura con la práctica del parlamentarismo que se encuentra un poco por todas partes en Europa y, por tanto, la negación de la democracia burguesa, fenómeno en acto, pero con una amplitud variable, en los principales países de Europa y en EE.UU. Al darse cuenta los revolucionarios de que es necesario que el movimiento obrero luche con sus propias armas y que no se enfangue en el parlamento, campo de arenas movedizas donde todo parece posible pero donde toda voluntad revolucionaria se ve arrollada por el movimiento del capital.
  2. El rechazo de la utilización de los sindicatos es más específicamente alemán, sobre todo todo por su agudeza. Ello se debe al fenómeno de extraordinaria integración del sindicato, el cual, con la excepción de los sindicalistas revolucionarios de la FAUD, había firmado pura y simplemente un tratado de paz con la patronal. La condición previa a toda acción revolucionaria implicará entonces el abandono del sindicato. De ahí el vasto movimiento espontáneo de trabajadores que salían de los sindicatos, movimiento que encontrará una estructuración, una afirmación positiva gracias a la revolución rusa en que aparecieron los soviets. El movimiento alemán les tomó prestada la forma, incluso si no correspondían a la realidad alemana.

 

Sea como sea, a finales de 1918 —en el Congreso del Partido Comunista de Alemania (KPD)— se podía ver la victoria de la izquierda y el movimiento de radicalización que recorría a la clase obrera, aunque ralentizado por la fuerza del SPD y del USPD, lo cual permitía pronosticar un refuerzo de la corriente comunista con una toma de conciencia más clara del momento histórico preciso que vivía el movimiento obrero mundial allí donde el capital se presentaba en su forma más acabada, en Alemania. Sin embargo, desde 1919 en el Congreso del KPD en Heidelberg, el movimiento comunista sufría su primera derrota: la expulsión del KPD de todos aquellos que rechazaban el parlamentarismo y los sindicatos, quienes se encontraban ahora fuera del partido que habían creado ellos mismos. Ello quería decir que no eran el elemento determinante, dirigente; ya no tenían ventaja. Se había producido un parón en el proceso de unificación de los revolucionarios; había que volver a comenzar desde una nueva base.

 

La derrota de Heidelberg es sólo el eco de la de enero de 1919 (muerte de R. Luxemburgo, Liebknecht y una multitud de obreros, los mejores elementos del momento) y de las jornadas de marzo de 1919. Desde entonces, prevalecerá la posición moderada que afirmaba que la revolución había sido tumbada a partir de ese momento y que era necesario volver a los viejos métodos para recomponer el proletariado. Esta es la posición de Lévi —quien preveía la crisis para 1926—, sostenida completamente por Radek como portavoz oficial en Alemania de la corriente rusa en la IC. Rusia necesita ayuda para aflojar la cuerda que le asfixia, una Alemania lanzada contra el tratado de Versalles es una aliada objetiva y, por otro lado, una reconstrucción de Alemania, de su industria, debía conducir a un refuerzo de su proletariado, creando así las mejores condiciones para un asalto posterior. Lo que cuenta, ya que no se puede tomar el poder, es reforzar una corriente favorable a la Unión Soviética presionando al gobierno alemán para lanzar a Alemania contra la Entente. En cierto sentido, es necesaria una «unión sagrada» de todo el proletariado —evidentemente para apoyar al Estado socialista de Rusia—, de ahí la práctica desde finales de 1919 de la «carta abierta» (del KPD) a todas las «organizaciones obreras» para luchar juntas contra el capitalismo —primera manifestación táctica del «frente único».

 

Sin embargo, dada la importancia del KAPD en sus inicios, la de la AAUD (Unión General de Trabajadores de Alemania), de la FAUD (Unión Libre de Sindicatos Alemanes), no queda aún claro que la exclusión de la corriente de izquierdas del KPD aparezca como primera derrota y constituya así la eliminación de la izquierda y el freno al proceso de constitución del proletariado en clase sobre la base del desarrollo alcanzado por el capital en Alemania a principios de siglo.

 

El Congreso fundacional del KAPD tuvo lugar en abril de 1920, después del de la AAU (febrero de 1920), en un momento en que en Rusia las tropas revolucionarias tomaban la ofensiva, tras haber vencido a las diferentes coaliciones reaccionarias, las cuales saldrán de Rusia y se aproximarán a Varsovia. Pero el hecho de que las tropas soviéticas se paren ante esta ciudad va a inhibir el fenómeno revolucionario internacional y estructurará la posición de repliegue de la Internacional Comunista en Alemania.

 

1920 ve la aparición de La enfermedad infantil de Lenin, que es el testimonio y la constatación de la imposibilidad de generalizarse de la revolución, de hacerse puramente comunista arraigándose en occidente. La revolución rusa va a volverse el punto de referencia y el partido bolchevique, el modelo de partido: primera bolchevización real. En otras palabras, por sus propias fuerzas los proletarios occidentales no han conseguido hacer la revolución; por otro lado, manifiestan posiciones que tienden hacia las afirmadas por el partido bolchevique, que le han permitido obtener la victoria; conclusión: es necesario ayudar a los proletarios occidentales ofreciéndoles un paradigma seguro. Deberán extraer su conciencia de la revolución rusa.

 

Rusia, país modelo de la revolución triunfante, fue un precedente teórico para la teoría del socialismo en un solo país. La enfermedad infantil de Lenin es la expresión de la no confluencia del fenómeno revolucionario del área eslava con el del área occidental; es al mismo tiempo el rechazo del fenómeno revolucionario occidental, que sin embargo estaba rompiendo con la socialdemocracia y por ello era más adecuado al comunismo. El conjunto de las posiciones de los comunistas accidentales se denuncia como anarquista, infantil, etc., se trate de las posiciones del KAPD, de las de la fracción abstencionista italiana, de los tribunistas holandeses, de S. Pankhurst, etc. Simultáneamente, la IC interviene para inhibir el desarrollo teórico que se planteaba como objetivo pensar realmente la revolución en occidente: se cierra el Buró de Ámsterdam y el de Viena ve reducida su actividad, mientras que Kommunismus, que exponía las tesis de las izquierdas, dejará de aparecer, al menos en parte, en 1922. Desde entonces, el KAPD es empujado a una posición defensiva teniendo contra él al SPD, al USPD y al KPD. El peso de la revolución rusa, el no apoyo de la IC y sobre todo la ausencia de un movimiento de envergadura en algún país que pudiera invertir el reflujo, es decir, la consolidación de la doble revolución rusa como revolución burguesa, todo ello va a aislar al KAPD y reducirlo a una secta.

 

Ante las primeras consolidaciones de la contrarrevolución, el KAPD no abandona. Intenta dar a conocer sus posiciones y hacerlas triunfar haciendo una dura crítica a los otros movimientos al interior de la IC. Esto le llevará a la ruptura con ella, a diferencia de los otros movimientos (salvo los holandeses y algunos grupúsculos como el de los búlgaros), los cuales o bien capitulan rápidamente aceptando en su totalidad la posición de Lenin,  o bien adoptan una posición de repliegue sin abandonar su posición crítica (oposición en teoría, aceptación en práctica). Así ocurre con la izquierda italiana (Bordiga se opuso a las tesis de Lenin sobre el parlamentarismo, pero aceptó participar en las elecciones, incluso en 1922 fue el representante de la IC en el Congreso del PCF en Marsella; cf. su discurso en el Congreso en Rassegna Comunista, nº 24-25).

 

En 1921 el III Congreso estructuraba la oposición irremediable entre comunistas occidentales como los kapedistas y las posiciones bolcheviques. El KAPD es rechazado y el mismo año triunfa la teoría del frente único. Desde ese momento, se hace posible la conversión estalinista de la IC, que se estaba volviendo realmente rusa, sumisa a las órdenes del PCR, y que verificaban bastante bien las aprensiones de R. Luxemburgo. El KAPD habría querido constituir una oposición al interior de la IC (hacer un entrismo de tipo luxemburguista), pero fue imposible. Así se desdibujaba toda discontinuidad cuya personificación en Alemania era el KAPD y en Italia, la fracción abstencionista. La unificación en Halle de la izquierda del USPD con el KPD, mientras que en Italia se lanzaba la ofensiva para la unificación del PCI con la izquierda socialista (los terzinternazionalisti), traducía la reabsorción del movimiento comunista en la vieja corriente socialdemócrata.

 

La ruptura del KAPD con la IC planteaba para algunos elementos implícitamente la necesidad de hacer otra organización revolucionaria. La KAI (Internacional Comunista Obrera) se fundará en 1922, pero al precio de una división (el mismo año) del KAPD en dos corrientes. Es de hecho en el congreso de septiembre de 1921, tras el fracaso de la «Acción de Marzo» (que parece jugar el mismo papel para el movimiento obrero alemán que la insurrección de Kronstadt para el movimiento obrero ruso[6]) y por tanto del alejamiento de la revolución (acompañado del cuestionamiento de la teoría de la crisis mortal del capitalismo), cuando se define una fracción que deseaba la creación de una nueva internacional lo más rápido posible y el rechazo de la participación de la AAU en las luchas salariales. De esta fracción nacerá la dirección de Essen del KAPD, que se consagró esencialmente al trabajo de organización de la KAI. Sin embargo, en el mismo seno de esta «dirección», se desligaría un grupo en noviembre de 1923: Kommunistischer Rätebund (Liga de los Consejos Comunistas), con una posición antintelectual contra el «poder ejecutivo» del KAPD sobre la AAU, lo que la acercará a la AAUE fundada en octubre de 1921 (en la que, por cierto, entraron la mayor parte de los militantes de la Liga tras su disolución).

 

La dirección de Essen constató con Gorter hasta qué punto era reformista el proletariado alemán, cómo la mayoría de los proletarios luchaban únicamente por reformas y por la reconstrucción (Aufbau), de ahí la necesidad de que al menos un grupo mantuviera firmemente los principios de la autoconsciencia del proletariado, para poder construir con la nueva actualización de la revolución el núcleo del movimiento de emancipación proletario[7].

 

Una parte importante de los miembros del KAPD (Essen) volvieron en 1925 al SPD y formaron dentro en 1929 un círculo revolucionario, Roten Kämpfer (Combatientes Rojos), que continuaron su actividad aún bajo el fascismo. El resto se retiró de la actividad política.

 

La dirección de Berlín, que se presentaba como la auténtica continuación de la tradición del partido, expuso en su congreso del 9-11 de septiembre de 1923 un segundo programa y se limitó a una crítica del KPD sin efectuar ninguna actividad notable. En 1927 se produjo una escisión debida a que la dirección de Berlín se había acercado al grupo que publicaba Entschiedne Linke (Izquierda Resuelta), formada por los excluidos del KPD, E. Schwartz y Korsch. La posición táctica de esta fracción se hacía así más «elástica», ya que utilizaba la posibilidad de intervención en el Reichstag que propugnaba a Schwartz, diputado en esta asamblea. El grupo de oposición publicó un periódico en que retomó la cuestión del antiparlamentarismo. A continuación, la importancia de la dirección de Berlín del KAPD disminuyó aún más. Sin embargo, algunos grupos sobrevivieron a la toma del poder de los nazis[8].

 

El movimiento de la AAU, cuya fundación como hemos señalado es anterior a la del KAPD, está ligado inseparablemente a este partido. Conoció también escisiones, la más importante es la que dio lugar a la AAUE (Organización Unitaria) en 1921 y que se debió a la cuestión de la relación entre la AAU y el KAPD. Los elementos que crearon la AAUE —en particular O. Rühle— rechazaban todo partido, ya que fuera el partido que fuera engendraría una burocracia y mantendría un oportunismo en las masas, oportunismo ligado a la existencia de los jefes. Algunos elementos rechazaron también la lucha por los salarios (como fue el caso del grupo escisionista indicado más arriba). La AAUE tuvo también escisiones y lo que quedó de ella se unificó con los elementos de la AAU en 1931.

 

 

*****

 

 

Podemos resumir las posiciones del KAPD de la siguiente forma: la crisis que atraviesa el sistema capitalista es su crisis mortal; puede haber pequeñas recuperaciones, pero no pueden ser más que momentáneas; nos encaminamos inexorablemente hacia el fin de la sociedad capitalista. Existe por tanto la posibilidad de una revolución, la cual no ha muerto con las derrotas de enero-marzo de 1919. Su permanencia está ligada al hecho de que se han reunido las condiciones objetivas de la lucha por la revolución. Faltan las condiciones subjetivas, el proletariado está dividido y cretinizado por la democracia burguesa, embrutecido por la dictadura militar. Sólo ha adoptado los soviets (consejos) de forma superficial y bastante inconsciente. Para reconstituir la fuerza revolucionaria son necesarias organizaciones nuevas que tiendan a superar inmediatamente la contradicción del viejo movimiento entre organización política y económica. Con este objetivo, las organizaciones de empresa deben remplazar a los sindicatos, principales bastiones del capital, de los que por cierto los propios obreros desertan. Es necesario un partido de nuevo tipo, no centralizado, no dirigente en un sentido leninista, que sea el centro de la recepción de las diferentes corrientes de pensamiento y de lucha que atraviesan la clase, que sea en cierto sentido su cerebro, el órgano que pueda proponerle el buen camino. Ante todo hay que organizar al proletariado en el lugar de producción, la empresa, para luchar contra el nuevo oportunismo consistente en utilizar las instituciones económicas en el marco capitalista. En lugar de dejarse absorber por la democracia burguesa, se debe tender más bien a producir acciones ejemplares que puedan ser el inicio para reformar la conciencia de clase, ya que el problema esencial de la revolución en Alemania es el desarrollo de la conciencia de clase del proletariado (de ahí el apoyo dado a la «Acción de Marzo»). La acción directa que se preconiza y que, en algunos aspectos, puede recordar al anarquismo, muestra simplemente que la posición de los anarquistas era prematura (les faltaba la idea de organización). Una actividad semejante es tanto más necesaria cuanto que en Alemania el proletariado está solo, ninguna clase puede ser aliada suya.

 

En el plano internacional, los puntos esenciales son: Alemania, vista como el corazón de la revolución y como elemento determinante para la realización del comunismo a escala mundial. El otro elemento es Rusia, donde en un primer momento la revolución que la ha sacudido es saludada como una revolución socialista, después como una doble revolución y finalmente es caracterizada como una revolución burguesa. El KAPD afirma que en la URSS se desarrolla el capitalismo, lo que le lleva correlativamente a oponerse vivamente a la IC, considerada como un instrumento de esta revolución burguesa.

 

Si se comparan las diversas posiciones señaladas arriba con las de otras corrientes el movimiento obrero de la misma época y con lo que queda de él hoy, uno se da cuenta de a qué punto el KAPD avanzó las cuestiones esenciales del movimiento obrero occidental, cuestiones que no fue capaz de resolver ni teórica ni prácticamente. Por otro lado, aún se suscitan actualmente estas cuestiones y podemos constatar el retraso del pensamiento revolucionario en el hecho mismo de que no haya superado este estadio. En particular la mayoría de la corriente consejista, que toma del KAPD sólo lo que le permite oponerse al leninismo, no llega a aprehender la especificidad de este movimiento; a lo sumo es capaz de repetir, intentando reactualizarlo mágicamente, el sistema de los soviets, cuando en realidad se trata de comprender que todo esto está ligado a una fase bien determinada del movimiento obrero mundial. Para asentar esta última afirmación, vamos a confrontar algunas posiciones que hemos presentado aquí de forma resumida, con las de algunos grupos actuales[9].

 

Casi todos los revolucionarios compartían la idea de que la crisis que la sociedad capitalista atravesó en los años de 1917 a 1920 era la crisis final. La diferencia entre los kapedistas y el resto de elementos del movimiento revolucionario es que aquellos mantuvieron esta caracterización mucho más tiempo que los otros y, por otro lado, ahí estaba el fundamento mismo de su praxis y su teoría. El segundo programa del KAPD en 1924 estará dedicado en buena medida a esta cuestión; muchos kapedistas pensaban que el capitalismo era incapaz de regenerarse[10]. Esta posición era al mismo tiempo justa y falsa: justa, porque efectivamente hubo que esperar a la victoria del capital en 1945 para que superara por fin su crisis (25 años después, tenemos sólo los síntomas de la próxima gran crisis revolucionaria), y falsa porque el capitalismo se regeneró. No se trataba entonces de la crisis final. Por otro lado, el propio movimiento obrero estaba en crisis, incapaz de realizar el ataque decisivo a su enemigo mortal. O. Rühle, que se había separado desde 1920 del KAPD, fue uno de los pocos en darse cuenta del drama histórico, de la incapacidad del proletariado, y en 1924 escribía: «En Alemania, la revolución se ha perdido por mucho tiempo para el proletariado alemán»(Von burgerlichen Revolution zur proletarischen Revolution – De la revolución burguesa a la revolución proletaria).

 

Tras haber teorizado los periodos ascendientes, de prosperidad, crisis, estagnación, etc., Trotsky llegó a hacer el sensacional descubrimiento (en El programa de transición – programa de la IV Internacional, 1938), de que las fuerzas productivas habían dejado de crecer, lo que era aún un credo de la crisis final y permitía salvar su «teoría de la revolución permanente». Esto fue retomado por una gran parte del movimiento trotskista y, por otro lado, cuántas veces no se ha visto en los diversos periódicos grupusculares repetirse: ¡la crisis final del capitalismo dibuja su agonía mortal!

 

Lo esencial en el análisis económico de los kapedistas es su insistencia en situar la colisión proletariado-capital como algo fundamental para comprender el movimiento económico, cuando para Trotsky, por ejemplo, en el III Congreso de la IC, el análisis se hunde fácilmente en una fenomenología superficial. Así ocurre con la caracterización del paro; para los kapedistas, el paro existente no es simplemente el paro estructural, habitual, sino que es un paro buscado por la burguesía, un arma de la clase dominante para matar de hambre a los proletarios y así romper su resistencia; la economía es vista como el arma de clase fundamental en el combate proletariado-capital. De ahí se desprende, según los kapedistas, un nuevo antagonismo que se produce ahora al interior de la clase entre los que tienen un trabajo y los que no. Es evidente que la clase dominante encuentra en este antagonismo una ayuda eficaz. Más tarde, cuando el proletariado sea completamente derrotado, asegurar el trabajo a todos (y por tanto la resurgencia en una u otra forma del derecho al trabajo), fundar la sociedad o la república del trabajo será la solución para la integración del proletariado, reducido a su función de capital variable: el fascismo.

 

Sobre estos puntos, es innegable que el KAPD veía bien las cosas y en consecuencia el antagonismo ya indicado se afirmó de nuevo. De ahí también su voluntad, la de la AAU y más tarde la de la AAUE, de unificar a todos los proletarios en los BO (Betriebs-Organisation). Con ello se desvela aún más claramente el carácter reaccionario de la propuesta del frente único hecha por la IC, que significaba finalmente aceptar ponerse a remolque del proletariado y lo puso bajo el yugo del fascismo; correlativamente, toda apología, toda deificación del proletariado es el mayor obstáculo para el surgimiento de una clase revolucionaria.

 

Los kapedistas reconocían al capital otra solución, incluso la consideraban momentánea: que Rusia hiciera de válvula de escape para el capital, como lo declararon en el III Congreso de la IC, cuando resaltaron los peligros de la construcción del capitalismo en Rusia. Los kapedistas reconocían que los bolcheviques estaban en un impasse, pero no pensaban que fuera posible encontrar una solución revolucionaria quedándose en los límites de Rusia; no ponían en duda las medidas aplicadas por los bolcheviques. Sólo después del informe de Kollontai cambiaron de opinión[11]. A partir de entonces, su evolución fue rápida: les llevará a definir la revolución rusa como una revolución doble y más tarde como una revolución burguesa.

 

Trotsky no opone ningún argumento serio a los análisis de los kapedistas. Más tarde en el IV Congreso de la IC (1922), avanzará el argumento del monopolio del comercio exterior[12]. El desarrollo económico a escala mundial fue más fuerte que todas las garantías de las que hablaba Trotsky y, efectivamente, Inglaterra hizo uso de la válvula de escape rusa. A propósito, es bueno recordar toda la incoherencia de los revolucionarios de principios de siglo y su ruptura con la perspectiva de Marx, quien denunciaba la maléfica alianza anglo-rusa, eficaz desde antes de la revolución francesa, y que había abordado la revolución rusa como prólogo a la revolución en Europa. La destrucción de la Rusia zarista fue un debilitamiento considerable para la propia Inglaterra y, considerando los movimientos revolucionarios a escala continental, se podía prever un efecto de ruptura en el seno de la vieja Albión[13]. No se abordó esta relación y, forzados por los acontecimientos, los bolcheviques reforzaron al enemigo. La prueba de que esta relación no había sido claramente percibida reside en la política absurda de la IC ante el movimiento obrero inglés. Lenin quiso que el PC inglés entrara en el Partido Laborista para tener una mayor audiencia, para ir hacia las masas. Hacer esto implicaba tener una visión inmediata de las relaciones sociales y no tener perspectivas de una fuerte movilización en Inglaterra. Con ello, Lenin y la IC ahogaron la fuerza revolucionaria que estaba en proceso de delimitarse, de autonomizarse de las relaciones democráticas embrutecedoras, cretinizadoras (como más o menos lo señalaba ya S. Pankhurst[14]), en el movimiento reformista. La sacudida revolucionaria que hizo tambalearse a Inglaterra, cuando la revolución proletaria había sido frenada en la URSS y en la Europa continental, habría podido relanzar esta última, pero el comité anglo-ruso[15], coronamiento de toda la política de la IC ante Inglaterra, la salvó de la crisis revolucionaria.

 

Si el KAPD tenía razón al definir la revolución rusa como lo hizo, se equivocaba al considerarla inmóvil demasiado pronto, al negar las potencialidades que aún no habían sido agotadas. En efecto, hasta la segunda guerra mundial la sociedad rusa es inestable y su previsión no es absolutamente definitiva. No es que Stalin haya podido escoger, en todo momento, entre ir hacia el socialismo o ir hacia el capitalismo, pero los campesinos y los proletarios no estaban todavía completamente sometidos, de tal forma que un impulso que viniera del oeste, una crisis que afectara a la sociedad occidental, habría podido devolver el impulso al movimiento revolucionario proletario del área eslava. Tal fue la posición de Bordiga cuando analizó la experiencia rusa después de 1921[16].

 

Con la Segunda Guerra Mundial y la masacre de 22 millones de rusos, el capital obtenía por fin su gran victoria sobre el proletariado y los campesinos rusos. Desde entonces, la sociedad rusa ya no encierra posibilidades de cambiar su curso capitalista. Un ciclo se había terminado. Ahora las condiciones revolucionarias deben nacer del desarrollo mismo del capital.

 

Los kapedistas, obnubilados por su teoría de la crisis mortal del capital, no extrajeron todas las conclusiones implícitas de su determinación del rol de Rusia en el sistema capitalista. En otros ámbitos, esta determinación habría de ser fecunda. Así ocurrió con su parlamentarismo, con su rechazo de la democracia burguesa. Porque ahora las condiciones están maduras para la revolución, ya no es posible emplear los antiguos métodos del movimiento obrero. Pero esto no se colige de un análisis de la democracia, del parlamentarismo. El KAPD no encuentra por ello la posición de Marx, del comunismo como solución positiva, razón por la cual reivindicará él también una democracia obrera.

 

La posición de los kapedistas se parece a la de Lukács y a la de los comunistas belgas y suizos[17], para los que se debe abandonar el parlamento en cuanto aparecen los soviets. El KAPD constató la sustitución de las viejas formas de lucha por unas nuevas y justificó estas últimas por el hecho de que evitaban la dictadura de los jefes, la delegación de poderes, la corrupción. Ello permite tener una afirmación más proletaria, de ahí el añadido del calificativo obrero a la palabra partido, que es la causa de que a menudo se acuse al KAPD de obrerismo, sin la preocupación paralela de saber bien el porqué de este adjetivo. Es verdad que este añadido podía llevar a pensar que la revolución era un proceso que concernía únicamente al proletariado y que el partido debía ser sólo obrero, etc., pero la posición de los kapedistas no era en absoluto una simple resurgencia de la posición obrerista, de las «manos callosas». Sin embargo, quiso la ironía que fueran a menudo aquellos que se entregan más a la idolatría del proletariado los que hacen estas críticas.

 

La ruptura con el parlamentarismo viene acompañada por la ruptura con los sindicatos. La crítica hecha por el KAPD, Pannekoek, O. Rühle, etc., es la más decisiva[18], ya que evidencia hasta qué punto los sindicatos se han convertido en órganos integrados en el capitalismo, órganos de su Estado. Faltaba solamente la demostración rigurosa (aunque se intentó) de la inevitabilidad de un proceso semejante, dado que, por esencia, el sindicato es el órgano de la democracia social, ya que interviene en la decisión de cómo se reparte la plusvalía. Así se sitúa en el corazón del sistema: para discutir sobre el reparto de la plusvalía, es preciso que antes el proletariado la haya producido.

 

Un cierto número de corrientes llevaron la crítica más allá hasta rechazar el combate por el salario, posición peligrosa si se hace desde una pequeña corriente, porque invita a la demagogia de los aparatos existentes que intentan desacreditar todos los movimientos radicales diciendo que, en realidad, no buscan emancipación alguna del proletariado ni se preocupan por mejorar sus condiciones de vida. Hemos visto esta repugnante demagogia en mayo y junio de 1968 llevada a cabo por los dirigentes de organizaciones concentracionarias[19] como son el PCF y la CGT. Por otro lado, semejante reacción es típica de la clase dominante. Esta crítica puede significar también que los grupos que la afirman no han definido (o lo han hecho de forma muy poco sustancial)  simultáneamente el objetivo esencial actual: la destrucción del proletariado. Así, Tronti (teórico de Potere Operaio) afirma que es necesaria una nueva estrategia, que hay que negarse a «colaborar activamente en el desarrollo capitalista», rechazar «positivamente un programa de reivindicaciones». Hay que negarse a dirigir reivindicaciones al capital para no desarrollarlo (Operaio e Capitale, pág. 247 y 250)[20]. Paralelamente, debe «bloquearse el mecanismo económico, ponerlo en la imposibilidad de funcionar en el momento decisivo» (pág. 251). Desgraciadamente, ni Potere Operaio ni Tronti superan la contradicción: exaltación del proletariado-destrucción del trabajo.

 

Semejante forma de aprehender la cuestión no hace más que reconocer a posteriori que el proletariado fue el elemento motor en la dinámica del desarrollo del capital (hasta que la ciencia se enfrenta a este rol con la importancia que toma en el proceso de producción y el de circulación), la causalidad «estructural», la causa eficiente en cierto sentido. Con sus reivindicaciones, con su lucha, el proletariado obligó al capital a desarrollarse hasta que alcanzó su dominación real y ya no necesita este estimulante (punto de no-retorno); entonces su terrorífica realización cuestiona el futuro mismo de la especie. Por tanto, hay que destruir directamente el capital y, para eso, ya no se trata de pasar por el término medio de las reivindicaciones de reformas u otros cuentos del arsenal reformista; es precisa la eliminación del proletariado, ser real reificado del capital. Una afirmación así es incompatible con la deificación del proletariado hecha por Potere Operaio o Lotta Continua, o la Izquierda proletaria.

 

El antiparlamentarismo y el antisindicalismo del KAPD tienen como complemento el unionismo. El concepto fundamental de la teoría de este partido es la unión. Los kapedistas quieren unificar al proletariado, pero a un proletariado revolucionario, no infestado de democracia, no embrutecido por el militarismo. El lugar en que es proletario puede estar exento de toda influencia perniciosa es el lugar de trabajo. He aquí por qué hay que crear las BO (Betriebs-Organisations) y unirlas a continuación en unidades más amplias. Si el KAPD, la AAU o la AAUE privilegian el lugar de producción, es porque definen el proletariado por medio de la fábrica. «El trabajador es proletario en el sentido marxista sólo en la producción, en su rol de trabajador asalariado», adquiere su conciencia de clase en la fábrica. Pero fuera de ella, «existe, vive, piensa, actúa y se siente como un pequeñoburgués» (O. Rühle, Schriften,Rowolht Verlag, pág. 167. Encontramos casi literalmente la misma definición en su escrito de 1924 De la revolución burguesa a la revolución proletaria).

 

Nos encontramos aún encerrados en la apología de la producción y del trabajo. Ahora bien, el obrero es proletario porque no tiene reservas, porque está privado de medios de producción y por tanto de toda posibilidad de llevar a cabo una actividad si no es en una forma reducida, es decir, privada de una multitud de determinaciones: el trabajo asalariado. La empresa es el lugar en que se efectúa la posibilidad de su no posesión, de su despojo, de su enajenación. Solamente allí adquiere algo, un salario. Es así justamente como puede ser integrado. Es verdad que el entorno exterior a la empresa es el de la gran mistificación democrática. Sin embargo en la propia fábrica, aparte de la mistificación del salario, se desarrolla otra derivada del reforzamiento del capital: la aportación del proletario, la de su trabajo, es cada vez más inasible por la importancia considerable del trabajo muerto, y por la socialización del trabajo[21]. Es por ello que la búsqueda de garantías contra el empeoramiento creado por la atmósfera capitalista fracasa, incluso si se quiere, como propusieron algunos, llevar la democracia a la fábrica. Ese es el punto más débil evidentemente de la teoría del KAPD, lo que lo lleva a una ideología de productores. Es también ahí donde se manifiesta la derrota de la revolución alemana, que debía llevar rápidamente a la negación del proletariado y que, al contrario, como consecuencia del retroceso por haber perdido la primera batalla, ciertamente importante, de 1919, condujo a un repliegue del proletariado en la fábrica.

 

El KAPD da una definición del proletariado en tanto que obrero y lo exalta. Ahora bien, si el capital en su proceso vital es causa de la separación del trabajador de sus medios de producción, se vuelve justo después el elemento que permite la unificación, que ya no es unificación entre el trabajador individual y su herramienta parcial, sino entre el obrero colectivo y el medio de producción socializado. El intermediario valor-capital (Kapitalwert), como todos los intermediarios, se hace rápidamente preponderante y determina la nueva unidad en una medida distinta a la del punto de llegada del proceso, el capital se ha antropomorfizado y el trabajador se ha capitalizado. El salario es el elemento esencial de esta transformación mistificadora. Aparece como el certificado que acredita la unidad reencontrada hombre-medio de producción, ya que aparece como el pago no de la fuerza de trabajo, sino de la función ejercida por el obrero en un proceso de producción determinado.

 

Mientras que este proceso aún no ha llegado a su efectividad, los obreros tienen una acción absolutamente revolucionaria, incluso si inconscientemente sus objetivos no lo son, en el sentido de que la lucha contra el despotismo del capital lo obliga a perfeccionar siempre su dominación y, para hacerlo, es empujado a hacerse independiente de la fuerza de trabajo y por tanto a volverse el monstruo automatizado del que hablaba Bordiga al comentar el capítulo de los Grundrisse sobre el medio de trabajo y la maquinaria[22]. He aquí por qué las luchas sindicales tienen importancia no sólo para la mejora de las condiciones de vida de la inmensa multitud explotada, sino también por sus consecuencias indirectas.

 

Ahora para el área euro-norteamericana, el proletariado ya no puede ser revolucionario desde un punto de vista inmediato, puesto que ya no ha de desarrollar el capital y, paradójicamente, un aumento general de los salarios, si es favorable para la clase en esta zona, tiene consecuencias nefastas en los países con una composición orgánica más débil (que reciben el nombre de tercer mundo)[23].

 

Este es el lugar para precisar lo que decía Marx sobre el proletariado. Marx no afirmó in abstracto la naturaleza revolucionaria del mismo; declaró que el proletariado era revolucionario o no era nada. Se puede precisar más: durante todo un periodo, el proletariado fue la clase necesaria; ahora la persistencia de esta clase —sinónimo de la persistencia del capital— es un obstáculo para el devenir de la especie. La necesidad de esta clase no es verdad más que si se apunta a la destrucción de las clases, que sólo pueden desaparecer mediante la autosupresión del proletariado; la revolución comunista es todavía una revolución clasista.

 

La glorificación del proletariado en su realidad inmediata ha sido la ha hecho en cierto sentido Potere Operaio, que considera que se debe pasar del proletario al obrero porque «así el salto del proletario al obrero supone sobre el plano de la violencia social el paso de la revuelta a la lucha de clases» (Potere Operaio, nº 1?) Lo importante, sin embargo, en PO es el reconocimiento de que el proletariado debe luchar contra el trabajo, contra sí mismo.

 

El lado peligroso de esta apología del obrero y de su lugar de trabajo, la fábrica (esto se da ya cuando se cree necesario añadir el adjetivo obrero a la palabra partido o a la palabra poder) es que contiene el germen de la glorificación del trabajo y finalmente el punto de partida para una rescritura de la historia con el fin de conjurar en cierto sentido lo que se ha producido y, mágicamente, justificarlo. El capitalismo sólo existe porque hay dos elementos complementarios, capital y trabajo asalariado. Hasta ahora se ha puesto en primer plano el capital, que parece el elemento determinante (y se le hace aún más determinante). Ahora bien, es el proletariado el que produce la plusvalía que será capitalizada y por tanto se volverá capital. A partir de ahí, se pasa a una afirmación simétrica: hay que poner el trabajo en primer plano, el proletario (cf. Tronti). Es lo que ya pensaba Chalieu[24] cuando decía que Marx se había olvidado de mencionar la lucha de clases en su obra El capital[25]. Finalmente, esta posición no es más que un regreso a los socialistas ricardianos como Gray, Bray o Hodgskin que criticó Marx en particular en Miseria de la filosofía. No se trata de una simple reactualización. En Tronti se encuentra la comprensión a posteriori de la importancia de la clase obrera, su intervención política[26]. Por otro lado, los socialistas ricardianos teorizaban un devenir que deseaban: un desarrollo de las fuerzas productivas polarizadas en torno al trabajo; Tronti quiere reescribir la historia para dar a este deseo su realización.

 

Ya no se trata de tomar partido por uno u otro de los dos polos o aspectos del capital, se trata de destruirlos a ambos. En este sentido, la autonomización de la clase obrera es una reivindicación vacía si no se plantea en el devenir de la supresión de esta clase.

 

Los kapedistas, de la misma forma que R. Luxemburgo, no se ilusionaban por el estado de ánimo de los proletarios (de las masas, como se diría entonces), que era contrarrevolucionario y de cuya inmadurez hablaba R. Luxemburgo. No hay contradicción entre esta afirmación y la referida a su necesaria movilización para llegar a la revolución. Reconocer su espíritu antirrevolucionario es reconocer el triunfo momentáneo del capital. A partir de este diagnóstico y dado que las condiciones objetivas para la revolución están maduras en la opinión del KAPD, llegaban a la siguiente afirmación: hay que desarrollar la conciencia[27]; sólo se puede sacar a los obreros del cretinismo en que les ha hundido la democracia y el militarismo con actos ejemplares; de ahí la teoría de la ofensiva. A partir de unas premisas ligeramente diferentes, Lukács llegaba al mismo resultado:

 

He aquí lo que significa la ofensiva: sacar de su letargo a las masas proletarias mediante la acción emprendida de forma independiente por el partido, en el momento correcto, con las consignas correctas; arrancarles de su dirección menchevique por la acción (organizativa y, por tanto, no sólo cultural), cortar con la espada de la acción el nudo de la crisis ideológica del proletariado.[28]

 

Más de 40 años más tarde R. Dutschke, quien recoge esta cita, retoma su posición.[29] Añade incluso: «Revolucionar a los revolucionarios, tal es la condición necesaria para hacer revolucionarias a las masas»[30]. Esta posición era compartida por la SDS, por los estudiantes japoneses, el movimiento de izquierda de EEUU y ha sido teorizada por diversos elementos, a favor o en contra; cómo salir del impasse a partir del momento en que la clase obrera está bien integrada, ya que R. Dutschke analiza muy bien, sobre la propia base de la obra de Marx, este movimiento de integración. Como diagnóstico, su punto de vista es irrefutable. No se trata de hablar aquí del devenir del fenómeno, sino de establecer hasta qué punto los diferentes grupúsculos surgidos a partir de los años 60 encuentran su teoría y su praxis en la izquierda alemana de 1920. Por cierto que algunos son conscientes de ello y afirman incluso la necesidad de volver más atrás: «El sentido de esta tesis: es necesario que la oposición extraparlamentaria y antiautoritaria parta de donde partió hace cien años el movimiento de los trabajadores» (Bern Rabehl)[31].

 

Despertar al proletariado, intervenir enseguida, no preocuparse por la crisis, tal es también la posición de Potere Operaio, para quien la teoría de la catástrofe es reaccionaria. Propone la intervención subjetiva que supone la actualización de una táctica correcta, lo que le lleva a hacer una divinización de la política.

 

La única vía para bloquear el mecanismo económico, hacerle imposible funcional en el momento preciso, es el rechazo político de la clase obrera a funcionar como articulación de la sociedad capitalista. (Potere Operaio, nº 11)[32]

 

En Francia el movimiento 22 de marzo defendió esta posición retomando una teorización situacionista.

 

En esta toma de postura encontramos una subestimación del rol de la ideología y de la economía, actualmente completamente ligadas entre sí. La ideología se ha convertido en un fenómeno material o infraestructural esencial, la base de todo el sistema; desde el momento en que penetra en las masas, se vuelve una fuerza reaccionaria de primer orden[33].

 

Para destruir esta fuerza, no bastarán ni la emulación ni la propaganda populista, sino que es precisa una ruptura en la totalidad del capital: por ejemplo, cuando un gran número de hombres verifique el absurdo del trabajo, cuando se sienta la irracionalidad de todo el desarrollo científico porque la vida de cada uno se vea directamente amenazada, cuando el capital ficticio se haya autonomizado totalmente de su base y la sociedad-capital se hunda en una inextricable «confusión monetaria». Sin embargo, no todas las luchas actuales contra el capital son integrables en los esquemas de los diversos grupúsculos, que simplemente quieren utilizar la fuerza movilizada rechazando lo que la ha provocado por no ser político o por no amoldarse a los esquemas del marxismo-leninismo.

 

Puede decirse en definitiva que desde hace 50 años el discurso de izquierda se caracteriza por una combinación verbal y escrita de factores objetivos revolucionarios y factores subjetivos que no lo son: escolástica ilusionista que debe conjurar la muerte del viejo movimiento obrero[34].

 

Lo más destacable del discurso kapedista sobre la conciencia (como del de Potere Operaio o de la Internacional Situacionista) es que afronta una cuestión esencial. Más que por el pasado, el factor consciente es predominante en el proceso revolucionario aunque sólo sea porque la revolución proletaria es la que produce la conciencia (de las relaciones sociales y por tanto de todo el conjunto de la producción de la vida de los hombres) y sólo puede desplegarse mediante una apropiación simultánea de la misma. Pero la forma en que estas corrientes afrontan la conciencia implica que la aprehenden fuera de la clase y debe ser llevada a su interior, por ejemplo por medio de actos ejemplares (KAPD), de una táctica apropiada (PO) o mediante prácticas como el détournement[35] (IS). Pero la conciencia sólo puede ser producida a lo largo de su propio proceso: «La conciencia no puede ser otra cosa que el ser consciente, y el ser consciente del hombre es su proceso vital real» (Marx y Engels). De ahí que sea imposible pensarse fuera de la clase que debe conquistar la consciencia. Ahora bien, uno se pone fuera de ella en cuanto teoriza la necesidad de la organización para constituir la vanguardia[36].

 

La dicotomía de condiciones de la revolución impone para el KAPD la necesidad del partido, que es la vanguardia que debe «mantener segura la brújula» y, mediante su comportamiento, desarrollar la conciencia de clase, educar al proletariado. Sería equivocado sin embargo deducir de ello que el KAPD consideraba que la revolución podía hacerse únicamente por una minoría. El KAPD debía ser el elemento unificador, el operador de una unificación de masas. Es bastante curioso que en 1919 Radek y Levi se opusieran, en nombre de la vanguardia, a las concepciones de los que formarían el KAPD. Levi rechazó la posición de la izquierda alemana porque pensaba que pretendía remplazar «el claro discernimiento de la vanguardia de la clase obrera por el empuje caótico de las masas que entran en fermentación», y añade Radek: «el partido no debe ser la masa de comunistas inconscientes que se vuelven inteligentes después de una paliza, sino que debe representar la conciencia del proletariado».

 

De hecho, estas oposiciones que se invertirán más tarde derivan de una visión diferente del complejo proceso división-unión (separación-unificación). El KAPD se mantendrá en su posición: hay que romper con el viejo movimiento obrero; la unificación debe hacerse a partir de las nuevas organizaciones de las que se ha dotado el proletariado revolucionario, los BO, uniones, consejos. En cambio, la IC quiere romper e iniciar un proceso de separación a partir de unas consideraciones teóricas y políticas determinadas: las 21 condiciones[37]. Sin embargo, constata que es minoritaria, que la revolución no puede hacerse sin las masas, que se mantienen bajo la influencia socialista; de ahí el regreso al viejo movimiento al que dirige una carta abierta, le propone el frente único, etc., de tal suerte que la ruptura socialismo-comunismo parecerá que deriva de una divergencia táctica y organizativa[38]. En el KAPD, al contrario, tras la cuestión de la organización hay una cuestión teórica.

 

A partir de 1921 se desarrollará en la IC la teoría del partido de masas. Ahora bien, si nos remitimos a Marx la expresión del partido de masas es una contradicción en términos, puesto que el partido es la clase en tanto que clase, no es ya un conglomerado de individuos, una masa. Por otro lado, un partido de masas implica simultáneamente un partido de jefes, de dirigentes, ya que ¿quién si no podría encuadrar a las masas? El partido es la clase convertida en sujeto histórico, momento indispensable para la supresión de la clase en sí misma, puesto que sólo la superación de este ser puede hacer posible la nueva comunidad humana: el ser humano. El término masas obliga a partir de la panoplia teórico-política burguesa y capitalista; su utilización por parte de los leninistas muestra a qué punto la teoría en ellos una idiotez, en el sentido literal y etimológico del término[39]. Por otro lado, hablar del partido de masas, de su necesidad, era reconocer que el partido no englobaba a las masas y que la situación era de hecho una negación existencial del partido. Las masas existen, eso es un hecho, pero el momento de la revolución es aquel en que estas masas se constituyen en comunidad, no aquel en que finalmente reciben un mesías o unos jefes que las dejan en su estado de masas dirigidas.

 

El KAPD avanza de forma decidida y autonomiza el concepto de vanguardia. El partido es algo diferenciado del conjunto de proletarios, puesto que debe educarlos, instruirlos (el contenido socialdemócrata sobrevive aquí transformado). Ahora bien, este concepto de vanguardia, convertido en una mera palabra mágica, un comodín, está presente en todos los grupúsculos en realidad; es la palabra-finalidad (e inversamente) de su justificación. Para ello renace la vieja oposición entre ultraizquierda, izquierda y la IC, de la siguiente forma: por un lado, los que proclaman la vanguardia en sentido estricto, como el PC internacional, algunos consejistas, los trotskistas, y por otro lado corrientes como Potere Operaio, Lotta Continua, que hablan de la vanguardia de masas, que ya no es una contradicción en términos sino una payasada. El discurso más coherente en esta última es el de PO, donde se encuentran todos los temas esenciales del sistema leninista reactivados tras las luchas de los años 60: «Cuando el capital ataque tanto de forma general como particular a las vanguardias de masas de la clase obrera, habrá que ser capaz de volcar en el trabajo político, sin miedo alguno, todo el peso de la protesta, todos los núcleos para organizar la ruptura con el despotismo del sistema» (Potere Operaio, nº 1)

 

En Potere Operaio encontramos una teorización de la vanguardia que no quiere ser sólo eso, razón por la cual se añade siempre la palabra mágica: masas. De la misma forma que la IC la añadió a la palabra partido (vanguardia de masas y partido de masas expresan la disolución de la vanguardia y del partido), las izquierdas alemanas añadieron la palabra obrero. En la izquierda italiana, después de 1945, también fue teorizado (Bordiga) un partido que no puede ser realmente un partido, ya que el verdadero partido sólo llegaría en un lejano futuro. Estas «diversas conductas teóricas» son análogas a las del KAPD. En cambio, con O. Rühle y la AAUE encontramos la verdad del KAPD, su realización en la forma de la resolución de la contradicción: un partido que no sea un partido (en referencia tanto a la teoría y a la praxis leninistas como a las de la socialdemocracia), siendo personificados los términos de la contradicción por la existencia simultánea del KAPD y la AAU. Con Rühle el partido es absorbido por la clase, que debe encargarse ella misma sin mediaciones de su propia misión, de su emancipación. «El proletariado alemán debe reconocer finalmente que la revolución no es un asunto de partido o de sindicato, sino una labor de la clase proletaria en su totalidad» (De la revolución burguesa a la revolución proletaria). Añade que el proletariado debe «deshacerse de la dirección de los jefes y de sus medios según su propia iniciativa y bajo su propia dirección». A continuación se tratan los consejos, pero estos no son más que la expresión de esta autonomización del proletariado, la expresión inmediata del proletariado revolucionario. Con esto parecería que se regresa a la posición de Marx: la clase que se hace clase para sí cuando se presenta como negación de la sociedad, pero en Marx este momento era el de la formación del partido, ya que el proletariado sólo puede llegar a esta negación consciente del orden actual rencontrando la teoría revolucionaria, lo que de ninguna forma implica que la teoría deba ser traída desde el exterior, sino que la clase se reapropia de su propia teoría en el curso de las luchas contra el orden existente y así llega a una actividad revolucionaria que la constituye en sujeto histórico. La posición de Rühle parte de y desemboca en una percepción de la clase en su inmediatez. Por cierto que de aquí parten también todos los grupúsculos consejistas, mientras que los marxistas-leninistas de diverso tipo se presentan como mediadores, como elementos mágicos que harán existir la clase.

 

La teorización de Rühle no carece de rectitud. Es normal que al final del proceso revolucionario el partido que ha podido ser la clase (en el momento más revolucionario) y después un órgano de esta (hay aquí ya un repliegue, porque se produce la escisión en el ser de la clase) sea reabsorbido en la clase, ya que a partir de entonces la lucha se ha perdido y el proletariado va a volver a las garras del capital. Desde entonces lo importante es saber cuáles serán las condiciones de aparición de un nuevo fenómeno revolucionario que permita el surgimiento de un nuevo partido (en la definición de Marx). Pero aquí la cuestión se complica, porque como todas las clases el proletariado no se mantiene igual a lo largo del tiempo, sino que evoluciona, por lo que no se trata de rehacer el pasado. Rühle lo había comprendido bien, pero veía la solución en un movimiento inmediato, ligado a las circunstancias inmediatas del proletariado, y se ilusionó como tantos otros con la posibilidad de la revolución al final de la segunda guerra mundial. El movimiento debía volver a partir de cero, de la clase misma, en su circunstancia inmediata, en su composición y su estructura determinadas por el desarrollo del modo de producción capitalista alcanzado entonces. Es lo que expresó en Italia, de forma muy limitada en un principio, el movimiento que publicó primero La classe y después Potere Operaio. Sea como sea, O. Rühle diagnosticó la muerte de un determinado partido formal, y tenía mucha razón.

 

La necesidad del partido está ligada para los kapedistas a un fenómeno de voluntad: intentar acelerar el proceso de formación de la conciencia para tender a invertir el curso de los acontecimientos. En efecto, para ellos si el proletariado no consigue cumplir su misión histórica, la humanidad se hundirá en la barbarie. Esto ya había sido avanzado por R. Luxemburgo[40]. En esta voluntad de superar la mentalidad socialdemócrata hay un reconocimiento del estado real del proletariado. No se trata, por otro lado, de la barbarie tal y como la describía Morgan y, tras él, Engels, ni tampoco del periodo de las invasiones bárbaras (aunque hubo afirmaciones sobre un posible regreso a un estado de la edad de piedra), sino barbarie en el sentido de que el triunfo del capital significaría un incremento de la opresión de los hombres, su destrucción, una negación cada vez más terrible de su humanidad, dado que el poder del capital es el poder de lo inhumano. Esta alternativa fue retomada por Trotsky, por la Escuela de Frankfurt (Adorno consagró páginas magníficas a esta cuestión) y en Francia por la revista Socialismo o Barbarie, que pondría en el centro de su investigación teórica y de la acción que propugnaba. La barbarie se precisaba esta vez mediante la existencia de la sociedad concentracionaria soviética[41].

 

El KAPD tenía toda la razón al plantear esta alternativa (una vez precisado el contenido de barbarie y, por tanto, una vez afirmada la inadecuación del concepto de contenido que le fue dado), ya que los campos de concentración nazis o estalinistas, la Segunda Guerra Mundial, las diversas represiones ejercidas contra los pueblos sublevados contra las metrópolis occidentales, eran claramente la realización del contenido complementario al concepto de barbarie de los kapedistas.

 

Retomando esta alternativa, la revista Socialismo o Barbarie en 1949 se equivocaba al teorizar un cambio de etapa. Desde entonces, se abría una fase que se manifiesta plenamente hoy y donde la alternativa es más agonizante y exaltante a la vez: comunismo o destrucción de la especie humana[42].

 

 

*****

 

 

Es conveniente recordar algunos juicios sobre el KAPD para determinar mejor su posición. En La enfermedad infantil, Lenin se burla de las izquierdas e intenta ridiculizarlas, pero su crítica del antiparlamentarismo, por ejemplo, fundada enteramente por la teorización de la maniobra, es de una enorme banalidad. Lo mismo ocurre con la cuestión sindical. El elemento más importante es el del partido. Las izquierdas teorizan la vanguardia, él mismo también la quiere. Están absolutamente persuadidos, como discípulos de R. Luxemburgo, de que es imposible una revolución sin las masas. Lenin está convencido de esto, puesto que su maniobrerismo apunta a la conquista de las masas. La diferencia más importante surge en este nivel: para Lenin, el partido es siempre más o menos exterior a las masas, incluso cuando son conquistadas y el partido juega un rol al interior de este proceso para facilitarlo. Pero esta diferencia no implicaría los anatemas leninistas si no estuviera ligada orgánicamente con la cuestión parlamentaria y sindical.

 

En relación directa a esto, las izquierdas alemanas planteaban la alternativa que suscitó la profunda irritación de Lenin: ¿habrá una dictadura de clase o de partido? En su defensa de la dictadura del partido trasluce claramente una concepción dicotómica que no tiene nada que ver con la concepción de Marx. Esto no lo decidimos para evitar la cuestión sino, por un lado, para precisar hasta qué punto Lenin, si fue un “restaurador” del marxismo, no lo fue más que parcialmente y, por tanto, desde este punto de vista, su obra es un fracaso; por otro lado, esto permite situar el debate. El solo hecho de hablar de vanguardia implica ya una separación partido-clase. Lenin no afronta de ninguna manera la posibilidad de autonomización del partido tras una fase de retroceso. En otro escenario —el partido absorbido por la sociedad capitalista— hablar de vanguardia acaba ocultando el hecho de que el grupo vanguardista está fuera de la realidad de la clase y que la propia clase también está integrada. A partir de este momento, si se desarrolla una lucha revolucionaria, debe hacerlo obligatoriamente contra los partidos del proletariado. Dada la apreciación que tiene, todavía en 1920, de la socialdemocracia, Lenin no puede llegar a una conclusión semejante: «nuestra teoría no es un dogma, sino una guía para la acción, han dicho Marx y Engels; y el error más grave, el mayor crimen de los marxistas tan “ilustrados” como K. Kautsky, O. Bauer y otros, es que no han comprendido, no han sabido aplicar esta verdad en los momentos más decisivos de la revolución proletaria. […] Éstos [los individuos en cuestión, N. de A.] comprendían, habían aprendido ellos mismos y enseñaban a otros la dialéctica marxista ( y mucho de lo que han hecho en este dominio permanecerá para siempre en las preciosas adquisiciones de la literatura socialista), pero en el momento de aplicar esta dialéctica, cometieron un error tan grande, se revelaron en la práctica tan no-dialécticos, tan incapaces de contar con los súbitos cambios de formas y la rápida entrada de un nuevo contenido en las viejas formas, que su suerte no es apenas más envidiable que la de Hyndman, Guesde o Plejanov» (La enfermedad infantil en  t. 31, págs. 67 y 99)

 

Los ataques más violentos contra el KAPD, como ya hemos visto, se produjeron en el III Congreso de la IC. Lenin reprochó —así como Zinoviev, Bujarin, Trotsky y Radek— a las izquierdas alemanas (y también a Terracini, delegado del PCI y por ello miembro de la izquierda) su lucha contra la derecha y el centro. Ahora bien, esta afirmación adquiere todo su sentido cuando por un lado los elementos de la derecha o el centro eran a menudo miembros de la IC y cuando sabemos que un año antes se habían hecho las 21 condiciones para eliminar a los reformistas, los socialtraidores, etc., del II Congreso en que estaba Serrati, el centro hecho hombre. Esta simple afirmación constituye la prueba de la justeza de la posición del KAPD, que rechazaba las 21 condiciones como un medio ilusorio de lucha contra el reformismo. Finalmente, no fueron más que el mínimo de decencia para hacer de la IC algo distinto y que pudiera lanzarse a la conquista del proletariado. En cambio, Bordiga había pedido que estas 21 condiciones fueran aplicadas con rigor, lo que implicaba el rechazo a la unificación de los PC con el ala izquierda de los partidos socialdemócratas. Sin embargo, también podían ser utilizadas contra las corrientes de izquierda y fue lo que denunció el KAPD. La actitud de Lenin con el KAPD es muy maniobrera, como lo reconocía él mismo en su famosa carta a los comunistas alemanes:

 

El “meollo” de la situación en el movimiento comunista internacional en verano de 1921 se que algunas unidades de la internacional comunista, entre las mejores y más incluyentes, no han comprendido muy bien esta tarea, han exagerado ligeramente la “lucha contra el centrismo”, y han pasado ligeramente el límite después del cual esta lucha se vuelve un deporte y compromete el marxismo revolucionario. (t. 32, pág. 554)

Las “izquierdas” o los “kapedistas” han recibido bastantes advertencias de nosotros en la arena internacional tras el II Congreso de la Internacional Comunista. Mientras que todavía no hayamos fundado, al menos en los países más importantes, partidos comunistas suficientemente fuertes, experimentados e influyentes, debemos tolerar la presencia de elementos semianarquistas en nuestros congresos internacionales; resulta útil incluso desde cierto punto de vista, en la medida en que estos elementos constituyen un “ejemplo repelente” concreto para los comunistas desprovistos de experiencia, y también en la medida en que estos mismos elementos son aún susceptibles de instruirse. (Ibid., pág, 547)[43]

 

Quizá por simetría política, Lenin podía aceptar a los reformistas y socialtraidores del tipo de Cachin, pese a aquellos que debían inmiscuirse y generar rechazo entre todos los revolucionarios. En la medida en que Lenin buscaba la unificación, no podía conservar durante mucho tiempo las izquierdas. Y hay quienes, 50 años más tarde, aún retoman el famoso discurso, estúpido e innoble sobre el infantilismo del KAPD, de Bordiga, de Pannekoek, etc.

 

En la cuestión alemana, Lenin se equivocó totalmente y sobrestimó en un primer momento a la socialdemocracia. Aún escribía en 1920:

 

La historia, dicho sea de paso, ha confirmado hoy a gran escala, a escala mundial, la opinión que hemos defendido siempre, a saber: que la socialdemocracia revolucionaria de Alemania (recuérdese que desde 1900-1903 Plejanov reclamaba la expulsión de Bernstein y los bolcheviques, continuando con esta tradición, denunciaron en 1903 la bajeza, la cobardía y la traición de Legien), la socialdemocracia de Alemania, me parece, era lo que más se parecía al partido del que tiene necesidad el proletariado para vencer. (La enfermedad infantil, t. 31, pág. 28).

 

Cuando se sabe que Lenin descubrió la naturaleza traidora de Kautsky en 1914, es lógico preguntarse qué es lo que entendía por socialdemocracia revolucionaria. Por otro lado, si se trata del grupo en torno a R. Luxemburgo, es bastante extraño que pueda hacerse esta afirmación, dado que estaba en desacuerdo con ella sobre puntos fundamentales.

 

Hemos hablado de sobrestimación. Ello es efectivamente un juicio que sólo es cierto en referencia a nosotros mismos actualmente. Lenin no podía concebirlo así, dado que jamás comprendió realmente la verdadera naturaleza de la socialdemocracia. Consideró durante demasiado tiempo que esta encarnaba el pensamiento «marxista-ortodoxo»; incluso tras la catástrofe de 1914, la explicación que le dio, así como su crítica a los que participaron, no va hasta el fondo para cuestionar las posiciones teóricas socialdemócratas. Se limitará a hablar de una incapacidad de pasar de la teoría a la práctica. Como si la teoría pudiera ser un factor en sí, producto sui generis. Es una de las manifestaciones más concluyentes de la debilidad teórica de Lenin. Esto encajaba con la lucha social rusa; Lenin estaba a la altura de la doble revolución, una situación de tipo 1848, pero no la de la revolución pura, comunista.

 

Más tarde, subestimó a todo el proletariado alemán, ya que no comprendía nada de las posiciones del KAPD, de la AAU o de la AAUE, y estaba llevado a no ver ahí más que una resurgencia de antiguas taras, un regreso al anarquismo. Ahora bien, incluso si podía tratarse del anarquismo, Lenin habría podido pensar que un fenómeno sólo puede reaparecer en la medida en que está conectado con el devenir del momento, en que está llevado por un elemento efectivo de la realidad. Este elemento era la revolución pura, aquella en que la clase en su totalidad debe erigirse de manera efectiva en partido y en la que la cuestión de los jefes es secundaria (base de un pseudo-anarquismo). Después, Lenin cayó en la ilusión fatal de creer que la reforma del proletariado de Alemania provendría de la reconstrucción del capitalismo en ese país. En ese caso todavía, volvía a transponer lo que había teorizado para Rusia: «por otro lado, si el capitalismo saca provecho de ello, la producción industrial va a aumentar y con ella aumentará el proletariado» (t. 33, pág. 59)

 

Ahí está el punto en que surgirá la autonomización del partido. Lenin afirma que en Rusia la clase obrera, es decir, la organizada en las fábricas, ha desaparecido: «Se llama proletariado a la clase ocupada en producir los bienes materiales en las empresas de la gran industria capitalista. […] Las fábricas han sido inmovilizadas, el proletariado ha desaparecido».

 

Fuera del hecho de que esta definición del proletariado es extremadamente restrictiva, nos enfrentamos aquí —como lo hacía notar irónicamente el Grupo Obrero[44]— a una dictadura del proletariado sin proletariado. Es el partido que, autonomizado, debía asegurar el ínterin, en espera de la reforma de la clase obrera. Para facilitarlo, había que construir capitalismo. Lenin transpone esto en Alemania, la reconstrucción de la industria alemana regenerará al proletariado. Para ello hay que apoyar a Alemania contra la Entente, el débil proletariado actual debe apoyar su propio gobierno en la medida en que siga una política opuesta a la de la Entente y relance la producción industrial. Este apoyo incluso llegará a apoyar a los fascistas, puesto que eran los resueltos adversarios del tratado de Versalles.

 

La izquierda italiana se mantuvo distante del KAPD reconociendo las “maniobras” y la elasticidad táctica del KPD[45], pero su apoyo al KPD no era ni podía ser integral. Hubo divergencias progresivamente y en la revista Rassegna Comunista los posicionamientos están cada vez más alineados a Moscú. Ello no impidió que la corriente kapedista tuviera sin embargo una gran influencia sobre la izquierda italiana. Un cierto número de camaradas fundaron el periódico El despertar comunista[46], cuyas posiciones se aproximaban mucho a las del KAPD; esta influencia se hizo sentir aún más, indirectamente, por medio del grupo holandés GIC (Crupo de Comunistas Internacionales) en la revista editada en Bélgica Bilan.

 

Esta influencia se percibe claramente por el parentesco de sus posiciones en algunas cuestiones esenciales. Así, por ejemplo, la concepción del partido en Bordiga es bastante vecina de la del KAPD. En los dos casos, el partido se considera un órgano (cf. también Pannekoek: «Así el partido constituye a cada etapa de la lucha de clases un elemento primordial, el alma de la revolución en cierto sentido…»). Sin embargo en Bordiga el partido es percibido como un órgano mediado, razón por la cual éste debe realizar la unión de los proletarios y no puede ser simplemente su resultado; además, debe dirigir todos los organismos de la lucha inmediata de la clase. En los dos casos, también, el partido no puede ser el partido de masas, algo sólo realizable si se abandona todo rigor teórico, si se acepta cualquier táctica.

 

Nada es más absurdo que tachar a Bordiga de teórico del partido secta, puesto que se limitaba a constatar un hecho: la imposibilidad de reagrupar a la gran mayoría de la clase, a menos que se aceptaran posiciones inmediatistas, es decir, que se liquidara toda posición revolucionaria. Si se ha podido hacerlo es porque se ha esquivado constantemente el verdadero problema: ¿cómo ha de hacerse la unificación de la clase? Al no concebir el partido como algo absolutamente exterior a los diversos movimientos inmediatos de la clase, Bordiga piensa que el partido debe justamente participar en ellos sin abandonar sus “límites”, sus contornos. Sólo en la lucha teórica y práctica el partido puede ser reconocido por la clase y puede la clase hacerse partido, lo que supone que en él la antigua posición de Marx no está completamente oculta.

 

La gran divergencia entre las dos corrientes de la izquierda italiana (sobre todo Bordiga) y de la izquierda alemana (KAPD, AAU, AAUE) reside en la caracterización de los organismos inmediatos del proletariado. Respecto al sindicato, por ejemplo, Bordiga mantendrá más o menos la siguiente posición: mientras que no esté integrado en el Estado, el sindicato es susceptible de ser conquistado por el proletariado y es por ello capaz de jugar un rol revolucionario. Pero no precisará el punto fundamental: ¿hay o no integración de los sindicatos? Es evidente que la diferencia de posición está muy influida por la diferencia de medio: Alemania e Italia (aunque haya que reconocer que después de 1945, las cosas estaban sin embargo bastante claras).

 

Sobre otros organismos como los consejos de fábrica de Turín o los BO en Alemania, Bordiga rechaza la idea de poder constituir un doble poder a partir de la conquista de las empresas y, sobre todo, que a partir de ahí se pueda desarrollar el socialismo. Su posición es totalmente antigestionaria. Define el socialismo como la destrucción de los límites de la empresa, que está ligada efectivamente al lugar en que se hace efectiva la racionalidad del capital. Si es verdad que el proletariado no puede tomar la máquina del Estado y hacerla funcionar por su propia cuenta, lo mismo puede decirse de la máquina económica. Todos los gestionarios, en particular todos los actuales místicos de la autogestión, no han comprendido todavía que hay una discontinuidad entre capitalismo y comunismo. De hecho, el movimiento de ocupación de fábricas y la teorización de los BO corresponde a una fase de repliegue del proletariado, una fase en que ya no puede afrontar directamente la totalidad del capital representada por el Estado, que no es simplemente algunos individuos situados en una capital. El movimiento de ocupación de fábricas es un movimiento que liga al proletariado a los medios de producción, que lo hace dependiente de ellos. Al hacer esto, el proletariado no escapa a la socialización del capital, que hace de todos los hombres seres interdependientes pero a su servicio. El proletariado se ha batido en retirada a los lugares de su existencia inmediata y, en lugar de considerarlo como tal, diversos teóricos lo han presentado como una nueva forma de lucha, un nuevo medio de obtención de una verdadera conciencia revolucionaria. Ahora bien, una ocupación de fábricas sin destrucción del capital en su ser (la comunidad del capital) no puede conducir más que a una parálisis del capital; pero también la clase obrera está paralizada, inmovilizada, permaneciendo por decirlo así al interior del capital. Si se hace funcionar las fábricas (autogestión), entonces se acepta implícitamente la racionalidad del capital, ya que se restaura el capital sin el capitalista y sus apéndices represivos: capataces, psicólogos, etc.; se aprueba la división de la sociedad en empresas y por tanto se acepta hacer funcionar incluso las fábricas que no tienen ningún interés para la humanidad, como las fábricas de automóviles.

 

Es evidente que el discurso sobre la destrucción del Estado, considerada como simple acto antiestatal, se limita a traducir la inmensa estatolatría que se ha hecho con la mayor parte de los hombres. Por un lado, porque si la sociedad engendra un Estado —la sociedad es un conjunto de relaciones sociales—, el Estado tiende a convertirse en la sociedad y esto como correlato inevitable del acceso del capital a la comunidad material[47]. El capital, dice Marx, desarrolla una relación de coacción; en consecuencia, este elemento se encuentra en todas las organizaciones dominadas por el capital y por tanto también un elemento del Estado actor de la coacción que entra en acción cuando la coacción económica, derivada de la racionalidad propia de un proceso de producción dado, ya no es suficiente. Esto quiere decir, retomando la vieja terminología, que ya no hay por un lado la sociedad civil y por otro el Estado, sino que este se ha metido en todas las organizaciones de la sociedad.

 

Retomando lo que dice Marx sobre la nacionalización de la tierra, que la tierra no puede pertenecer ni a los productores inmediatos ni a una generación determinada, sino a la especie, Bordiga vuelve a poner de relieve que la revolución comunista no podía servir de provecho a una sola clase, por muy universal que fuera. Se permanece en tal caso en el estadio de la generalización del proletariado y no se aborda su supresión. Si se declara entonces que todos los hombres se convierten en productores, se mutila al hombre al mismo tiempo que se malgasta toda adquisición histórico-práctica; ¡el hombre ya no tiene que intervenir directamente, personalmente, para producir! Además, una afirmación semejante se revela día tras día más contradictoria. Como consecuencia de la enorme productividad del trabajo, el acto de producción ya no puede definir al hombre; solo la actividad humana, el desarrollo de las fuerzas humanas como fin en sí mismo puede ser la determinación fundamental de la humanidad finalmente liberada del capital.

 

Este aspecto de la crítica de los gestionarios y de la ideología de los productores, del socialismo de empresa, es una de las aportaciones más esenciales de la obra de Bordiga. Sin embargo, esta aportación se ve manchada por una glorificación acrítica de los bolcheviques, lo que hizo echar marcha atrás a Bordiga desde sus famosas posiciones “izquierdistas”, que eran las del KAPD: ruptura con el pasado reformista de la clase proletaria[48].

 

Por parte de los consejistas tenemos, al contrario, una cierta exaltación del KAPD porque propugnaba los consejos, pero no hay en ellos un análisis serio de las posiciones de este partido. Prefieren por otro lado referirse a Pannekoek y, cada vez más, a O. Rühle, en quien  ya no se encuentra ninguna huella de la “problemática” del partido. Lo que hemos dicho más arriba sobre Rühle se aplica también a Pannekoek. Se debe señalar sin embargo que la ruptura de este último con la teoría del partido de vanguardia en el sentido kapedista es más tardía que en Rühle (cf. «Parti et classe ouvrière» en S. Bricianer: Pannekoek et les conseils ouvriers, ed. EDI, pág. 260)[49]. Por otro lado, al mismo tiempo que hay un rechazo lógico, normal, del partido tal y como aparece a través del prisma deformante de la exposición leninista, estalinista o trotskista, se produce en él un retroceso teórico en el sentido de que regresa a categorías trilladas de libertad e igualdad. «En cambio en la nueva sociedad, todos los productores son libres e iguales», escribe Pannekoek en Worker’s Councils. Esta ideología del productor nos hace regresar a los socialistas ricardianos[50], y una crítica profunda de la obra mencionada mostraría claramente la pertinencia de esta afirmación. Aquí todavía el retroceso de la clase lleva a algunos a tomarla como clase ante el capital en los lugares en que se presenta como tal. Ni siquiera ha aflorado la cuestión esencial de la supresión del proletariado. El análisis de Pannekoek como el de otros consejistas es la premisa de una restauración del proletariado en tanto que clase de la sociedad del capital.

 

 

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La contrarrevolución se sitúa siempre en el terreno de la revolución. El movimiento proletario revolucionario se había alzado contra el parlamentarismo y la democracia burguesa, y el fascismo explotará esta actitud, este sentimiento, fingiendo eliminar las taras democráticas y realizar un gobierno barato, una comunidad popular (retomando, con cierta distancia histórica, la famosa fórmula del Estado popular de los socialdemócratas). El movimiento obrero representado principalmente por el KAPD, la AAU y la AAUE quería dirigir la producción a partir de los BO (en este punto coincidían con los sindicalistas revolucionarios), querían una gestión obrera; el fascismo propuso una participación en la que, paradójicamente, el antiguo corporativismo parecía resucitar, pero que era la fijación del obrero a su fábrica, la limitación de su espacio vital a aquél en que se quería introducir relaciones personales, personalizadas, para inhibir el movimiento negativo que encubre el proletariado[51]. De una forma mistificada, era la realización de la teoría por la que el trabajador sólo es proletario en la fábrica, en la unidad de producción. Correlativamente, los fascistas afirmaron que no hay problemas políticos, sino simplemente cuestiones de gestión, lo cual se hace plenamente efectivo hoy en día a todos los niveles de la sociedad. Es en ese momento cuando los sindicatos terminan de integrarse en el Estado.

 

Sin embargo el fascismo no es el único que se nutrió del inmediato revolucionario proletario; el estalinismo —que no nace de la nada— lo hizo igualmente. El KAPD, la AAU y la AAUE querían la unión del proletariado; la IC propuso el frente único y el partido de masas (después de haber criticado por medio de Lenin la concepción del «partido de masas» del que hablaban los kapedistas; cf. La enfermedad infantil, t. 31, pág. 35). El KAPD había criticado los sindicatos por considerarlos como bastiones del capital; la IC creó una internacional sindicalista roja (julio de 1921). Todavía entonces la IC no había ido más allá de los sindicalistas revolucionarios alemanes de la FAUD (que rechazaban todo partido), los cuales fundaron una asociación internacional de los trabajadores en 1922 que comprendía a representantes de Alemania, Argentina, Chile, Dinamarca, Holanda, Italia, México, Noruega, Portugal y Suecia[52]. Las corrientes de la izquierda alemana que querían que se organizara la lucha en los lugares de producción, la IC lo tomará a su  cargo y en 1925 llevará a cabo la bolchevización: consigna de crear células de empresa y de abandonar la implantación territorial, considerada causa del reformismo de la socialdemocracia. Todos los teóricos que se convirtieron repentinamente a esta nueva orientación tendiente a formar un partido de nuevo tipo, bolchevique, no notaron nunca que la cuestión ya había sido abordada por los camaradas alemanes y por los ordonovistas italianos.

 

En consecuencia, los dos componentes de la contrarrevolución proletaria —fascismo y estalinismo— plagiaron las reivindicaciones inmediatas del proletariado y las realizaron de forma mistificada, de suerte que hoy en día también tenemos, según la misma modalidad, la dominación de clase del proletariado (de su ser inmediato), con la mitología del mismo y la glorificación del trabajo, primero desarrolladas por el fascismo y el estalinismo, retomadas ahora por todos los dirigentes del capital en el mundo entero. De ahí la inconmensurable idiotez de todos los grupúsculos que caen en la trampa de la mitologización del proletariado y, para algunos, también en la divinización del trabajo, de un trabajo que simplemente habría que liberar de las infamias de la sociedad capitalista. La estupidez es igual de grande en aquellos que se ven llevados, por su actitud mecanicista y de pocas miras, a afirmar por contraposición a los “teóricos”, que todo consiste en un problema político.

 

Por ello era importante indicar las posiciones, los juicios de la IC sobre el KAPD, para comprender mejor cómo la táctica de aquella, su acción, vino a reemplazar la de la socialdemocracia en el poder para frenar el movimiento del proletariado sobre bases realmente revolucionarias (no exentas sin embargo de puntos débiles). Por otro lado, esto muestra más claramente el error y la payasada de aquellos que quieren explicar la victoria del fascismo escamoteando la fase esencial de la lucha del proletariado alemán (lo mismo vale para el caso italiano) en los años 1918-1923, en la que intentó constituirse en clase y negar la sociedad existente[53]. Proceder de esta manera evidentemente presenta la ventaja de esquivar la cuestión esencial: cómo la acción conjugada del fascismo y del estalinismo ha destruido por un periodo histórico tan largo el movimiento proletario.

 

El estalinismo retomó incluso lo que al principio fue una tara importante del movimiento alemán: el bolchevismo nacional defendido por Wolfheim y Laufenberg[54], que proponían una alianza de la Alemania revolucionaria con Rusia para derrotar la potencia de la Entente. Hemos visto más arriba que esta posición fue retomada en vida implícitamente por Lenin. La diplomacia estalinista (aconsejada por Radek) simplemente le dio un color distinto. No obstante, la ilusión se mantuvo viva a través de todos los zigzags que hacía esta diplomacia, hasta el día de la desilusión: la invasión hitleriana.

 

La derrota del proletariado alemán explica que no pudiera ir más allá de la comprensión inmediata de una determinada situación histórica que era tanto más difícil de asir cuanto que era “impura” y comprendía diferentes momentos históricos (discronía). En particular, por primera vez se planteaba al proletariado la tarea de suprimirse a sí mismo de forma efectiva e inmediata. El proletariado alemán no consiguió afrontar esta situación de forma adecuada, de ahí que tomara prestada la forma de los soviets (consejos) a la otra revolución, que se estaba desarrollando en un área geosocial retrasada. Sin embargo, la conquista de los consejos por el SPD y el USPD y las primeras derrotas (estando ligados ambos fenómenos) llevaron al proletariado a lanzarse a una vía más “corporativa”, siempre conservando la reivindicación de los consejos: los BO. Por ello, en lugar de obrar efectivamente su negación, se afirmó como clase proletaria ligada al capital, lo que era el primer paso para que se hiciera realmente un objeto del capital.

 

 

*****

 

 

Es manifiestamente imposible analizar las características del KAPD sin hacer referencia, como hemos hecho antes, al movimiento internacional. Estos pocos comentarios son muy poco exhaustivos, más bien un punto de partida que un análisis (un punto de partida para un análisis posterior). Por otro lado, incluso llevándolo a cabo tropezaríamos aún con la inmediatez, ya que no situaríamos con exactitud la historia de este movimiento con sus determinaciones en el devenir de la clase y en su lucha contra el capital. En consecuencia, es importante caracterizar el movimiento histórico total en el que se inserta el periodo de la historia del movimiento obrero alemán que nos interesa ahora, sin poder hacer aún, en este caso, un trabajo en profundidad, y abordando sólo los diferentes temas.

 

  1. Cuando se considera el estadio inicial de mediados del siglo XIX y el estadio final del movimiento obrero alemán en 1945, se puede constatar que aquello que más temía Marx finalmente se hizo realidad: la fuerza rusa destruyó al proletariado alemán. No fue la fuerza del feudalismo ruso sino la del joven capitalismo, al cual por comodidad llamamos estalinista (para determinarlo en el tiempo). La derrota final fue obra de la santa alianza ruso-americana, que permitió por cierto realizar la división de Alemania en cinco partes: las dos Alemanias, Austria, una parte de Polonia y una parte de la URSS. Esta constatación histórica implica necesariamente algunos comentarios teórico-estratégicos[55].

 

—Es preciso abordar el estudio precisando qué salida puede tener la situación actual para prevenir el chovinismo antirruso que podría encontrar entre las filas proletarias sus raíces profundas y lo más grave, que no habría necesidad de justificarse.

 

—No se puede pensar que, mecánicamente, la reunificación de Alemania podría “reformar” al proletariado de este país. Afirmar esto supone correr el riesgo de volver a caer en la ilusión de Lenin al pensar que la restauración de la nación alemana después de 1919 sería también la del proletariado.

 

—Con el punto precedente, existe la posibilidad de volver a ver de forma crítica la actitud de los diferentes revolucionarios ante el ascenso de la revolución rusa y más tarde de la contrarrevolución.

 

La cuestión tiene importancia. Diremos simplemente que, en relación con la previsión de Marx sobre la revolución rusa como prólogo de la revolución en Europa, Kautsky reconoció el futuro rol revolucionario del área eslava, pero de ello no dedujo el comportamiento que debía tener la socialdemocracia alemana; los revolucionarios rusos se encerraron en la afirmación unilateral de la necesidad de destruir el zarismo, sin retomar la modalidad de la perspectiva de Marx: una guerra de los germanos contra los eslavos. Sobre esto, ni siquiera Engels se preocupó demasiado de las modificaciones sobrevenidas desde el momento de la previsión de Marx. Los rusos se apoyaron en los alemanes para estos análisis y sólo después de la debacle de 1914 los abordaron directamente.

 

  1. La revolución alemana se desarrolló en una fase particular de la vida del capital, en su paso de la dominación formal a la real a escala social[56]. Durante la fase de dominación formal el proletariado debe generalizar la condición de proletario, debe erigirse en clase dominante; en la fase de la dominación real, al contrario, debe suprimirse inmediatamente.

 

Esto es una percepción del fenómeno en curso; cuando se la analiza una vez realizada, hecha efectiva, se cae en la cuenta de que esta misma revolución permitió el devenir indicado más arriba. El fascismo se mantuvo sobre el plano de lo inmediato revolucionario manifestado por el proletariado y lo hizo real mistificándolo.

 

  1. Si en Rusia el proletariado no consiguió constituirse realmente en clase dominante como lo concebía Marx en el Manifiesto y Lenin antes de la revolución de 1917 —fenómeno que permitió la autonomización del partido, su conquista de lo interior por los partidarios de una revolución estrictamente nacional, de la construcción del socialismo en un solo país— en Alemania, el proletariado no llegó a negarse, lo que desembocó en la mistificación del proletariado-clase dominante, la cual se realizó más tarde también en Rusia, pero de una forma completamente distinta, con un contenido diferente, pero el desarrollo del capitalismo tiende a realizar la convergencia en el contenido tanto como en la forma.

 

En el periodo de 1918-1923 (1926 como máximo) se cierra la fase política, es decir, aquella en que todavía se podía plantear las cuestiones en un ángulo político y también, al mismo tiempo, en la que se concluye el debate que hubo como punto de partida: ¿puede la clase dominante aceptar o no la plena realización del sufragio universal, aceptar la democracia?, ¿no recurrirá más bien, al menos los elementos más a la derecha, a un golpe de Estado para frenar el fenómeno de democratización? En el caso en que esto llegara, ¿no debería apelarse a las masas para frenar, parar la ofensiva de la derecha, y quizá a partir de ahí desencadenar el proceso revolucionario que conduce la destrucción del sistema?[57]

 

No se hizo efectiva ninguna de las posibilidades. Ni siquiera para la derecha podía tener el putsch una eficacia, si no estaba sustentado por una situación favorable —y es difícil forzar una situación. En el caso contrario, este putsch vendría a culminar un proceso preparado por las condiciones que escaparía a la voluntad de sus autores, ya que perdería el carácter que tiene en realidad un putsch. El putsch de Kapp ilustra lo dicho. Recíprocamente, mostró que una mera respuesta a un ataque no puede crear directamente una situación revolucionaria si no hay una estrategia y una táctica definidas desde el inicio que pudieran asir el fenómeno en el momento de su surgimiento (de ahí el fracaso de todas las comparaciones con la tentativa de Kornilov de tomar el poder).

 

Este debate nacido a finales del pasado siglo, activado durante las grandes huelgas en Bélgica y Holanda y más tarde retomado con mayor amplitud con el estudio de las enseñanzas de la revolución de 1905, concluyó finalmente en Alemania con la fundación de la AAUE, que marca la imposibilidad de reunificar al proletariado, de unir política y economía. Había que retomar la cuestión de otra manera.

 

  1. Lo que llamamos la fase grupuscular nace en el seno del movimiento obrero alemán, y es de destacar que los actuales grupúsculos no trotskistas o leninistas retoman consciente o inconscientemente las posiciones de los grupúsculos de entonces, pero los datos no son tan categóricos como nuestra afirmación lo expresa, ya que incluso los grupúsculos neoleninistas como Potere Operaio retoman ciertos elementos de la teoría kapedista.

 

Esta fase indica que el proletariado en tanto que proletariado ya no puede tener un rol histórico fundamental, ya que ha sido integrado en el capital y negado en tanto que proletariado revolucionario. Ahora bien, hoy en día se da una exaltación casi mística de su rol, de su importancia en tanto que proletariado y como, históricamente, ello ya no corresponde a nada real, simplemente se dan sectas, capillas, grupúsculos y finalmente rackets. El proletariado sólo puede manifestarse de forma revolucionaria si el movimiento que lo anima es el de su autonegación; puede hacerlo ya en la medida en que se ha creado la vasta clase revolucionaria universal de la que hablaba Marx en La ideología alemana. Hoy hay una disminución del proletariado clásico, el productor de la plusvalía, y un aumento de la proletarización, un crecimiento de la clase proletarizada, que en conjunto no tienen reservas —de ahí el absurdo de hablar de desproletarización. Ello implica que el ciclo de la clase proletaria ha entrado en la fase final y que hay que pensarla como tal, en su especificidad.

 

Esta fase grupuscular agudiza la actualidad de la crítica a la teoría de la conciencia proveniente del exterior, por la cual se conseguiría superar la fragmentación actual importando la conciencia de clase. Esta teoría emitida por Kautsky y codificada por Lenin es aceptada por casi todos los grupúsculos, incluso los antileninistas. En efecto, hay grupúsculos que se presentan directamente como base consciente de donde deben partir las emanaciones de la conciencia que apuntan a transformar el proletariado y los grupúsculos que retoman sin saberlo la vieja marioneta socialdemócrata, ella misma hija de la burguesía, la educación. Se educa bien por la propaganda escrita u oral, bien por la acción ejemplar. Ahora bien, al igual que se ha afirmado que la revolución no es una cuestión de formas organizativas, se debe proclamar también que no es una cuestión de pedagogía tampoco, incluso si es “moderna”.

 

Por otro lado, como ya hemos señalado, no se puede separar la conciencia del ser, en este caso la clase. Ahora bien, ¿qué es hoy la clase proletaria? Un objeto del capital. ¿Cómo puede ser permeable entonces a una conciencia revolucionaria? Además, este ser evoluciona en el tiempo y no es idéntico en todas sus determinaciones al ser que existía hace 50 años. El proletariado es potencialmente la humanidad proletarizada. Sólo en el curso de la crisis revolucionaria esta clase se hace efectiva, la clase universal, por medio de la unificación de todos sus componentes hoy separados, incluso opuestos. Es este ser el que producirá su consciencia y no la recibirá de ningún grupúsculo actual.

 

Se puede prever cuál será el contenido de esta consciencia: necesidad de la negación del proletariado, coexistente a la de la destrucción del modo de producción capitalista. El proletariado tiene necesidad de la teoría que contiene, como posible, este momento de la consciencia. Sólo si se tiende a demostrar cómo el movimiento real va hacia la realización de este posible, se puede luchar contra la destrucción de la teoría del proletariado, el comunismo.

 

Se puede defender una lección: la teoría surge en un momento privilegiado de la historia de la lucha de clases. Pero al hacer esto nos arriesgamos a que se transforme en una simple guardia, conservación de un secreto-receta. La defensa de esta lección sólo es eficaz en la medida en que no es un obstáculo a la percepción del devenir moderno de la sociedad. En este caso, actualmente debemos ser capaces de comprender, de asir cómo en las condiciones concretas podrá negarse el proletariado. En consecuencia, en un grupo formal o informal, en un individuo, la conciencia no está más que en un estado de posibilidad y a cada instante es susceptible de ser pervertida, destruida por la realidad. Sólo con la movilización del proletariado para la lucha contra el modo de producción capitalista se produce la conciencia, se hace efectiva, tanto para clase como para algunos elementos (no separados de ella) que habían reconocido y defendido la teoría en su invarianza.

 

Si el grupo o el individuo cree tener la conciencia efectiva, se presenta entonces como un demiurgo que no llega ni siquiera a la altura de un aprendiz de brujo, ya que no moviliza más que a sus deseos escarnecidos.

 

Justamente porque la acción precede a la conciencia, el ser produce la conciencia y cualquier creación organizativa engendra un obstáculo a la unificación de la clase universal, porque con su coagulación de la conciencia tiende a fijar, a perennizar la grupusculización de la clase proletaria.

 

  1. Al interior del movimiento obrero alemán se manifestó con la mayor claridad y estruendo la escisión del ser del proletariado: desdoblamiento entre su ser integrado que trabajaba, que estaba en los sindicatos y estaba en torno al SPD o al USPD, y el proletariado negador de la sociedad existente y por tanto comunista, que se hallaba fuera de los sindicatos, a menudo sin trabajo y militante en la AAU, la AAUE o en la FAUD. EL problema entonces fue el de restaurar la unidad perdida. Ahora bien, dado dicho antes, constatamos que la actitud del KAPD era más correcta que la de la IC, que proclamaba un frente único entre fracciones irreductiblemente opuestas.

 

El KAPD como partido de vanguardia reagrupaba a los proletarios sin trabajo y a los que los antikapedistas llamaban lumpenproletariado. Esto explica la fuerza y casi la fascinación que ejerció sobre este partido la teoría de la crisis mortal del capitalismo; la mayor parte de sus miembros vivían realmente la descomposición de la sociedad de entonces.

 

El origen sociológico de los elementos constitutivos del KAPD explica, por otro lado, que fuera capaz de poner de relieve esta escisión en el ser del proletariado, pero no supo plantear claramente la solución: no la unión formal o real del conjunto del proletariado, sino la supresión del proletariado. Sin embargo, a causa de la propia situación alemana, el KAPD se anticipaba al resto, sobre todo en lo concerniente a la famosa cuestión del lumpenproletariado. También Lukács, al reprochar a los «holandeses» y al «partido comunista obrero […] las esperanzas utópicas y hipertensas en la anticipación de las fases posteriores de la evolución» (Historia y conciencia de clase, ed. de Minuit, págs. 329-330), estaba en un verdadero aprieto, porque era la propia realidad alemana la que se anticipaba y el mérito del KAPD estaba en ser su expresión.

 

La mayoría de los teóricos marxistas se atuvieron con respecto al lumpenproletariado a las afirmaciones teóricas de Marx sin darse cuenta de que ya no se trataba en absoluto de lo mismo en ese momento. Marx llamaba lumpenproletariado a una franja de la población obrera que no se sometía al mecanismo productivo capitalista y que, para escaparse y subsistir, recorría al robo y al mercado negro. En cierto sentido, esta capa existe en el despertar del capitalismo (cf. lo que dice Marx sobre los lazzaroni (lumpenproletariado) que aplastaron la revolución napolitana) y más tarde constituye una parte del ejército de reserva. Durante este período, se puede atraer al lumpenproletariado bien hacia la clase dominante, bien hacia el propio proletariado. Sin embargo, potencialmente, por escapar a la unificación de la clase y obstaculizar la «generalización del salariado», el lumpenproletariado constituía una capa reaccionaria. En todo caso, hay que añadir que los diferentes discursos dirigidos contra el mismo estuvieron inspirados la mayor parte del tiempo por una moral del trabajo aún más innoble que la existencia misma de esta población, tanto más innoble cuanto que esta moral tenía por presupuesto el olvido absoluto de las causas de la ignominia humana.

 

Hoy en día la moral del trabajo ha perdido sus fundamentos y hablar de lumpenproletariado ya no tiene sentido. Los obreros están bajo la amenaza de ser, tarde o temprano, expulsados del proceso productivo y por tanto, dada la dominación del capital, de perder toda posibilidad de vida. Más precisamente, una vez expulsados del proceso productivo o, en el caso de los jóvenes, dado que a menudo no pueden ni siquiera entrar en él, son posibles dos actitudes: reivindicar el pleno empleo y el derecho al trabajo, por tanto reclamar el mantenimiento del capital (desde Keynes residen ahí los sueños de todos los capitalistas gestionarios que han reemplazado a los economistas, porque ya no hay economía política); o rechazar la sociedad destruyendo y rechazando el trabajo como posibilidad de supervivencia. Esta segunda actitud no es todavía una afirmación del comunismo, pero es una negación inmediata del capital que ciertamente éste puede recuperar. Sin embargo su generalización indica que se disuelve la conciencia del salariado, porque el trabajo salariado, el trabajo a secas (¡te ganarás el pan con el sudor de tu frente!) es desde ahora el obstáculo del desarrollo de las fuerzas humanas. Ahora bien, «la disolución de una forma de consciencia basta para matar una época entera» (Marx).

 

El mismo fenómeno opera en las “nuevas clases medias”. En otras palabras, la gran mayoría de la humanidad proletarizada será empujada a esta situación delictiva (¡en relación al derecho burgués capitalista!), que espanta a la mayor parte de los izquierdistas deificadores del proletariado-trabajador. Reprochan en particular a este nuevo proletario su violencia ciega, su destrucción inconsciente. Pero si nos situamos en un plano teórico, hemos de afrontar las teorías de los diversos grupúsculos. Al hacerlo caemos en la cuenta de que se reducen a una ideología del trabajo, es decir del capital. Los proletarios que luchan de forma directa permiten mediante su destrucción supuestamente ciega el ascenso de la conciencia. Contentarse con exaltar estas luchas como tales conduciría evidentemente a una mitificación de la violencia y del terror. Es innegable que el comunismo no puede desarrollarse sin la producción simultánea de la conciencia y, sin embargo, el nihilismo social que invade a muchos proletarios indica, expresa el vacío existente en la sociedad, la desaparición de la antigua clase obrera y los balbuceos de la clase universal que engloba a las nuevas clases medias.

 

El proletariado real es el representante de la disolución de la sociedad. Teorizar el lumpenproletariado supondría negar el fenómeno en tanto que generalidad y confinarlo a la periferia de la sociedad para poder exaltar tranquilamente la figura del proletario-trabajador.

 

La disolución de la sociedad es efectiva a partir de ahora en Estados Unidos. La unidad del proletariado como clase universal sólo puede actualizarse después de una lucha tenaz, decidida, sin concesiones, contra el capital y, en cierta medida, a través de una lucha al interior de la propia clase universal. No hay que revindicar la reforma del proletariado clásico, lo cual equivaldría a querer restaurar el pasado como lo comprendieron algunos revolucionarios negros americanos (Boggs por ejemplo). La universalización del proletariado mediante la generalización de la forma salarial es la antesala de la negación del proletariado clásico.

 

Lo mismo puede decirse sobre la unificación del proletariado a escala mundial. El proceso que llevaba a querer crear otra internacional era erróneo. La creación de la KAI, verdadera IV Internacional (los trotskistas, así como su gran hombre, siempre han llegado al menos con una fase de retraso) lo prueba; las tentativas hechas por otros como Korsch fracasaron y, finalmente, la perpetua farsa, renovada constantemente, de la IV Internacional trotskista constituye el argumento payasístico que muestra que la internacional es superflua. El movimiento del proletariado ya no necesita esta institución para reconocerse internacional: es mundial desde el principio[58]. En nuestra época, la labor de los revolucionarios debe ser actuar para que las condiciones de formación de la conciencia, para afirmar la necesidad de la negación del proletariado, se clarifiquen lo más rápidamente posible (superación del concepto de unión). Esta conciencia sólo puede manifestarse si simultáneamente hay una percepción del comunismo. De ahí la importancia de la teoría.

 

  1. Tras la derrota de la Comuna de París, Marx pronosticó que el centro revolucionario se desplazaría a Alemania y que, allí, la cuestión estaría en el triunfo de la teoría. Efectivamente el desplazamiento se produjo; el marxismo —o teoría del proletariado— encontró un éxito importante, pero no triunfó y fue negado al término del siglo. Las luchas de 1918 a 1923, durante las que intentó el proletariado superar la derrota de 1914, fueron al mismo tiempo una manifestación de su voluntad de reapropiarse de su teoría. Cuando en 1933 se consumó totalmente la derrota del proletariado alemán, un profundo desasosiego reinaba entre los revolucionarios. La duda se hizo arrolladora. Los trotskistas se aprovecharon de ello para subir un tono su propaganda para la formación de una nueva internacional; las otras corrientes sobrevivieron como pudieron. En ambos casos no había ninguna previsión sobre el eventual desplazamiento del centro revolucionario. Por entonces era una cuestión delicada. Además, la mayor parte de los revolucionarios estaban demasiado inmersos en la lucha inmediata o en el pesimismo para alcanzar a enfrentar un futuro. El movimiento revolucionario fue frenado en la URSS, pero la propia inestabilidad del régimen mostraba que no todo estaba perdido. Los diferentes procesos y las posteriores liquidaciones de revolucionarios así lo probaron. Más allá de esto, era bastante vago.

 

La clarificación se produjo después de 1945:

 

1º Imposibilidad para la URSS de jugar un papel revolucionario en lo inmediato

 

2º En Alemania se da primero un periodo de confusión; los acontecimientos de 1953 parecían probar la validez de la tesis que afirmaba a Alemania como centro. Se trataba en realidad de una fase de réplica a aquella más importante que se había desarrollado en el periodo de entreguerras, un momento en el reajuste ligado a la división del país

 

3º China, lanzada como debía a su revolución capitalista en nombre del proletariado, no podía ser en absoluto el centro revolucionario del proletariado. Desde entonces, China está lejos de haberse convertido en él.

 

A partir de principios de los años 60, se constata que todo el movimiento de oposición al interior de la sociedad es una emanación de los Estados Unidos y, por otro lado, el movimiento insurreccional del proletariado negro de los EEUU desde 1963 ha definido claramente el lugar en que son más explosivas las contradicciones del capital: los EEUU —al afirmar esto, se tiene en cuenta el nivel extraordinario alcanzado allí por las fuerzas productivas. En esta área geosocial de la dominación del capital se desveló, de forma irrecusable, la tarea del movimiento proletario: la abolición del proletariado. Así se encuentra ampliamente confirmada la teoría de Marx. Todo el galimatías generado sobre la revolución surgida en un país retrasado (la revolución hecha contra El capital, Gramsci), así como las letanías sobre el eslabón más débil, todo ello no es más que una divagación teórica que olvida lo esencial: para Marx, como para los bolcheviques al principio, la revolución rusa, una doble revolución, sólo podía ser el prólogo de la revolución comunista. A fuerza de juntar de diferentes formas la palabra revolución con este país atrasado, eslabón, etc., nuestros diversos revolucionarios se han juntado simplemente con la estupidez.

 

La pregunta que quedó en suspenso en 1933 recibió su respuesta 30 años más tarde. Desde entonces, ya no es posible buscar en el movimiento pasado modelos para la lucha futura, ya sea en los bolcheviques, en el KAPD, la AAU, la AAUE, etc., porque ninguno de estos movimientos llegó a plantear la verdadera pregunta, cuya solución está en acto hoy: la negación del proletariado. Sin embargo, la importancia teórica del KAPD es la de haber puesto de relieve correctamente los factores de la situación de la época y la de estar conectado históricamente por ello con el movimiento real actual[59].

 

  1. En 1871 Marx consideraba que la fase revolucionaria de la burguesía se había terminado. ¿Quería decir eso que las fuerzas productivas ya no podían desarrollarse a escala planetaria, que ya no habría transformaciones revolucionarias que fueran no hacia el comunismo, sino hacia el capitalismo? No. Sin embargo, estas transformaciones ya no podían ser dirigidas por la clase burguesa, sino que lo serían por la clase antagonista, el proletariado. Se abría entonces la era de las revoluciones anticapitalistas, dirigidas y animadas directamente por el proletariado, hechas en su nombre y en nombre del socialismo. El desarrollo del capital estaría impulsado por el proletariado, que debería remplazar a la burguesía deficiente, al igual que debió intervenir en la revolución de 1789 para paliar las debilidades, miedos, torpes dudas de la burguesía. En las áreas geosociales como el área eslava, en Asia, las formas comunitarias y el despotismo asiático inhibieron el desarrollo de la burguesía. La unidad central, el zar o el emperador, empujaron a un desarrollo de los imperios amenazados por el occidente capitalista. Estas formas fueron revestidas por elementos de la economía capitalista. El capital podía dominar en todo caso en las empresas creadas en estos países, pero en ningún caso llegaría a una dominación formal de la sociedad. Por otro lado, a escala mundial, el capital frenaba su extensión y limitaba así su movimiento, que precipita su propia catástrofe. Será entonces el proletariado nacido en estas zonas quien superó el obstáculo al desarrollo del capital. En Rusia, rompió la barrera de la contrarrevolución, que estaba allí desde la revolución francesa, la cual había abierto momentáneamente. También después de 1917, el modo de producción capitalista se desarrolla finalmente hacia el este; las repercusiones de esta acción a penas se estaban agotando con el fin de las revoluciones anticoloniales. A lo largo de esta fase, el proletariado revolucionario de occidente sólo llegó a apoyar (directa o indirectamente) al proletariado ruso para que llevara a cabo una tarea que no era específicamente la suya.

 

La contrarrevolución se nutre de la revolución, por lo que debe realizar, desarrollar, lo que habría querido evitar la revolución proletaria: la dominación del capital en las zonas del planeta que éste no habría alcanzado. El desarrollo histórico de la humanidad ha debido consumar la tarea de la burguesía y, a su vez, el capital está obligado ahora a realizar las tareas inmediatas del proletariado (es de esta forma como supera sus límites).

 

  1. La sociedad del capital se desarrolló gracias a la fuerza proletaria. ¿Significa eso la renuncia del proletariado a su tarea histórica?

 

En efecto, muchos rasgos de la “sociedad futura” aparecidos a través de la política racional del programa de transición en los días favorables a la utopía, se vieron realizados de forma repugnante y terrible, y algo como una mutilación del hombre, en el plano de la política práctica , en el mundo de la guerra y de la policía que conocemos. Pero el principal fracaso quizá no está ahí. Por la “infidelidad” del proletariado a su misión histórica —subrayada con la sangre de los espartaquistas— y por el ascenso del Cuarto Estado en germen en la socialdemocracia, la fe confesada en las “eternas páginas” del Manifiesto ha sido herida de muerte. No serviría de nada ocultarlo. Y si hay alguna pregunta que debe plantearse, es sin duda esta: ¿Qué queda de humanamente válido en la esperanza humana que habíamos puesto, con Liebknecht y Luxemburgo, en la revolución proletaria? Y no se nos impone menos esta otra pregunta: ¿Qué confianza pueden conservar aún los obreros en la responsabilidad colectiva de su propia clase? (págs. 112-113)

 

La cita está extraída de La tragédie de Spartacus que A. Prudhommeaux escribió como conclusión al panfleto Spartacus et la commune de Berlin, 1918-1919, Spartacus nº 15. Tiene el mérito de poner de relieve el lado negativo de la dominación del proletariado y se anticipa al discurso que florecerá más tarde sobre la integración de esta clase.

 

Curiosamente, el análisis teórico de Prudhommeaux desemboca en una reconstitución de la revuelta del “viejo Espartaco”, como si la verdad del movimiento espartaquista estuviera en la revuelta de esclavos liderada por Espartaco, revuelta que estaba en un impasse por la inmadurez del mundo de entonces, tanto en el plano económico y social como espiritual. La conclusión sería que el movimiento espartaquista se había extraviado él mismo en un impasse por la ilusión del proletariado sobre la importancia de su intervención en el devenir de las fuerzas económico-sociales. Así, efectivamente concluye Prudhommeaux: «Quizá es hacer justicia a Marx en los términos del marxismo el identificar la epopeya del proletariado al vapor» (pág. 117)[60].

 

Hemos reproducido estas afirmaciones porque las posiciones fundamentales de los espartaquistas fueron también las del KAPD, de la AAU, etc., y que los desarrollos de Prudhommeaux constituyen una de las condenas más categóricas de la misión del proletariado; avanza incluso la cuestión del mesianismo que será agitada cientos de veces más tarde por diversos autores, intento de destruir toda especificidad de la teoría del proletariado ahogado en la vasta ideología de los oprimidos que se levantan contra sus opresores.

 

Es posible afirmar que el proletariado en tanto que clase necesaria para un cierto desarrollo de las fuerzas productivas se ha vuelto superfluo. Si se limita a esto el rol del proletariado, entonces su misión histórica se ha vuelto una chorrada, porque el crecimiento de las fuerzas productivas realiza simultáneamente la esclavitud generalizada de los hombres, lo cual implica que, según la teoría, haya que poner de relieve otro punto: el proletariado ha desarrollado las fuerzas productivas al interior del modo de producción capitalista, hasta empujarlo, como decía Marx, más allá de sus límites; ahora un aumento de las fuerzas productivas no puede ser sino la liberación de los propios hombres, puesta en barbecho por el capital. He aquí por qué la revolución proletaria es una evolución a título humano, he aquí por qué debe hacer referencia al hombre, reapropiarlo, tender a la obtención de la conciencia, a buscar en él, en todos los hombres, las fuerzas espirituales negadas por la dominación del capital y que fueron asfixiadas bajo la fachada del marxismo. Reapropiarse del ser humano, no es simplemente tomar algo que habría sido abandonado, perdido; ya que este ser humano existe en todas las “posibilidades” producidas por el desarrollo de las fuerzas productivas; la reapropiación es la acción de hacer efectivas estas posibilidades[61] y se producirá desde el principio mismo de la revolución comunista, cuando el proletariado-clase universal se constituirá en partido comunidad fuera de la comunidad del capital.

 

La grandeza del movimiento alemán (KAPD, AAU, AAUE, etc.) aparece justamente en su intento por reconquistar la conciencia y por abandonar el terreno capitalista reencontrando su ser negador del capital.

 

Todas las corrientes cuyas posiciones hemos enunciado brevemente tenían una enorme desventaja que superar. Su origen se remonta a la formación de la unidad alemana, que se hizo desde arriba y por tanto de forma mezquina, sin transformar de pies a cabeza el modo de vida de los alemanes (por modo de vida, entendemos también el modo de pensar). Esta construcción desde arriba se concluyó sólo con las dos etapas significativas para el movimiento obrero, 1918 y la victoria socialdemócrata, y 1933 y la del nazismo. El movimiento obrero tuvo una evolución paralela con «la ilusión de Lassalle sobre la intervención socialista de un gobierno prusiano» (carta de Marx a Engels, 18/02/1865), lo que condujo a la situación descrita por Engels: «Pero se ve que Lassalle ha dado al movimiento un carácter tory-cartista que será difícil destruir y hacer emerger en Alemania una tendencia que los obreros no conocían hasta ahora. Vemos reventar por todos lados este innoble aplanamiento ante la reacción. Eso nos dará un hueso duro de roer» (carta de Engels a Marx, 13/02/1865).

 

No se eliminó la influencia de Lassalle. Al contrario, fue reforzada por Bernstein, que en cierto sentido la reactualizó. La confluencia de estos dos elementos (lassallismo y revisionismo) condujo a la derrota del marxismo. Cuando posteriormente se desarrolló el fenómeno revolucionario, éste debió tirar abajo toda la tradición socialdemócrata que había deformado incluso el pensamiento de socialistas destacados como R. Luxemburgo. Pero apenas estaba tendiendo a realizar su tarea, se chocó con el leninismo y después con el estalinismo, y fue derrotado.

 

El actual movimiento proletario debe romper de nuevo con la tradición. Tiene una tarea inmediata que llevar a cabo, diferente de la que afrontó en otras fases revolucionarias: su propia destrucción. La negación del proletariado está al orden del día en los EEUU y lo está cada vez más, aparentemente, también en nuestros países europeos.

 

Una última aportación se impone a propósito de la derrota del proletariado alemán (y de forma aún más amplia con la supuesta derrota de la misión histórica del proletariado): ¿tiene una justificación histórica o, más precisamente, era necesaria para que por fin pudiera triunfar (producirse) la verdadera solución? Hay que suscitar esta cuestión porque hemos hecho demasiados malabarismos con las necesidades históricas para justificar las peores infamias. La teoría marxista no recurre a ninguna justificación, ya que no plantea ningún problema de derecho. El proletariado no reivindica el derecho a la revolución, el derecho a liberar del seno de la sociedad otra que la que, por brevedad, llamaremos revolución humana. La revolución deriva de una necesidad interna del modo de producción capitalista y si, en la lucha por hacer triunfar esta necesidad, se ha fracasado, no puede haber ninguna justificación. Solo el siguiente argumento, que podemos encontrar en el prefacio de la Contribución de la economía política, podría tener sentido: «Una formación social nunca puede desaparecer antes de que haya desarrollado todas las fuerzas productivas que pueda contener [literalmente, para las que ella es suficientemente amplia, ancha]».

 

¿Cuáles son las fuerzas productivas que el modo de producción capitalista debía desarrollar y que era capaz de englobar? Las fuerzas productivas deben remplazar al hombre en el proceso de producción, por tanto automatización. Las fuerzas productivas que no puede englobar el capital son las de los hombres. Al contrario, el comunismo se define como el modo de producción en que el objetivo de la producción es el hombre mismo.

 

Pero entonces, ¿la derrota no es ineluctable? ¿No ha desperdiciado el proletariado su energía en intentos abocadas desde el principio al fracaso? ¿No debía simplemente esperar que las fuerzas productivas se desarrollaran para manifestarse por fin?

 

Ya hemos indicado el papel que tiene la resistencia del proletariado en la dominación del capital como un estimulante esencial para que éste haga surgir las fuerzas productivas que le permiten remplazar el mero proceso de trabajo en proceso de producción del capital, lo cual implica el paso de la cooperación a la manufactura, a la industria, que encuentra su plena realización en la automatización. Gracias a la ciencia, el capital captura las fuerzas naturales para domesticar a los proletarios, y es así como en el modo de producción capitalista se da una dominación de la materia inerte sobre el hombre.

 

Esta intervención del proletariado se produjo sobre todo en la situación de objeto del capital, pero es otra diferente la que se hace efectiva cuando se hace sujeto y no se opone por tanto al capital desde su interior, sino que se autonomiza. El proletariado ha intentado contestar desde muy temprano al capital (representado primero por la clase burguesa, después capitalista) y llegar así al mismo resultado que el capital pero sin todos los dolores e infamias que el modo de producción capitalista ha prodigado al capital. Tal era claramente el programa incluido en el Manifiesto del partido comunista, 1848. En 1871 el proletariado intentó arrancar el poder al capital para realizar no la emancipación social, sino crear sus condiciones. En 1917 el proletariado intentó en el área eslava (y ello habría podido generalizarse a Asia y a África) imponer la solución que no había podido ser realizada en 1848, en condiciones que eran favorables desde el punto de vista de las fuerzas productivas (a escala mundial). En lo que respecta al proletariado alemán, éste habría podido —en lugar del capital— racionalizar el desarrollo de las fuerzas productivas, impulsar hacia su pleno desarrollo la automatización, lo cual debía realizarse con la dominación real del capital.

 

En todo caso, el proletariado fue derrotado. La contrarrevolución ha realizado sus reivindicaciones inmediatas, pero reduciéndolas cada vez a un objeto del capital.

 

Por tanto no había ninguna fatalidad que pesara sobre el proletariado. Cada vez la lucha fue útil, necesaria. De la derrota nacen la resignación y el fatalismo, nacen también los hombres que intentan encontrar justificaciones o soluciones conciliadoras, como la de Lassalle al querer utilizar el Estado prusiano para realizar el socialismo, o la de Bernstein al querer confinar a los obreros en la lucha dentro del carnaval electoral, etc.

 

En otras palabras, el desarrollo de las fuerzas productivas materiales (distintas de los hombres) era absolutamente necesario, pero no era fatal que ello debiera hacerse bajo la égida del capital. Ahora tal necesidad ya no existe. Afirmar lo contrario es justificar la eternización del capital.

 

Nada de fatalidad, justificación o pacto con las fuerzas del capital, ya no hay presuposiciones que nos aboquen a la derrota: ¡el modo de producción aún tendría zonas en que pudiera desarrollarse! Cuando sobrevenga la crisis, la ruptura, la fractura en la comunidad del capital, existirá la posibilidad de destruir el modo de producción capitalista; habrá que barrer a todos los conciliadores, manifiestos u ocultos, conscientes o inconscientes, como los que sueñan aún con gestionar el capital de otra manera (esta obra comienza ya en el plano teórico), ya que ¡estos conciliadores contemporizadores, al desviar o frenar las fuerzas eruptivas de la clase proletaria, son los progenitores de la fatalidad!

[1]               Respectivamente: Las características del movimiento obrero, Breve historia del movimiento de la clase proletaria en el área euro-norteamericana desde los orígenes hasta nuestros días, El movimiento proletario en las otras áreas, las revoluciones coloniales, La izquierda comunista de Italia y el partido comunista internacional, Proletariado y revolución, Proletariado y Gemeinwesen y A propósito de la dictadura del proletariado. Estos textos aún no han sido traducidos al español [N. de T.]

[2]              Hay traducción al español en Bricianer, Serge: Anton Pannekoek y los consejos obreros, Anagrama, 2006 [N. de T.]

[3]              Esto es un capítulo del libro Le mouvement communiste en Allemagne, que debe aparecer próximamente, editado por La Vieille Taupe. Contendrá textos del KAPD (entre otros, los publicados en Invariance, nº 7 y 8), de H. Gorter, O. Rühle, así como las tesis de las principales corrientes de las que se trata en este capítulo. [Este libro no fue publicado; en cambio, se publicó un folleto con textos de la izquierda alemana traducidos por Denis Authier en una edición de Invariance, La Vecchia Talpa, [N. de A. de 2009 ]. [Existe una versión castellana en Espartaco Ediciones, Ni parlamento, ni sindicatos ¡Los consejos obreros!, 2004, N. de T.]

[4]              Desde 1890, con la revuelta de los jóvenes (al término de las leyes antisocialistas) se manifiesta una corriente antiparlamentaria debida al hecho de que la política parlamentarista invadía cada vez más el partido. La posición de esta corriente no parece ser un simple remake de una posición anarquista. Creemos que Engels no supo discernir el nuevo elemento, esencial en lo que llamaba la «nueva revuelta literaria y estudiante en nuestro partido» (Respuesta a la redacción del Sächsischen Arbeiter-Zeitung). Este nuevo elemento era el rechazo del parlamento en nombre de la teoría del proletariado, del marxismo, y no en virtud de un rechazo de la organización, de la lucha política, etc.; era el rechazo del parlamento en que nacía el oportunismo y que movilizaba al proletariado únicamente para un movimiento en favor de reformas. En esta época aparecen dos temas importantes en el seno de la izquierda: el hundimiento del partido en el marasmo parlamentario y la dictadura de los jefes

[5]     Queremos hablar sobre todo de los sindicalistas del movimiento Freien Vereinigung deutscher Gewerkschaften (Unión Libre de Sindicatos Alemanes), de donde saldrá en diciembre de 1919 la FAUD (S): Freie Arbeiter Union Deutschlands (sindicalistas), corrientes que rechazaban las burocracias sindicales y eran partidarias de la dictadura del proletariado concebida como dictadura del partido. El segundo de estos movimientos quería retomar la obra de la Iª Internacional. Citemos por otro lado la Union des Hand und Kopfarbeiter Deutschlands (Räte-organisation), [Unión de los Trabajadores Manuales e Intelectuales de Alemania, (Organización de Consejos)], que ponía en el centro de su actividad la unión del proletariado y la creación de consejos.

El acercamiento entre sindicalistas y comunistas de izquierda se produjo sobre los siguientes puntos: rechazo del parlamentarismo y de los sindicatos protagonistas de la paz social, y aceptación más o menos general del unionismo y búsqueda de una organización unitaria. También se produjo una cierta convergencia con los anarquistas (durante la guerra) que retomaba la crítica de R. Michels sobre el partido, quien afirmaba la necesidad de luchar «contra la organización convertida en fin en sí misma»

[6]     Es con la insurrección de Kronstadt cuando se termina el intento del proletariado ruso de llegar a ser efectivamente clase dominante con el campesinado. Los sublevados de Kronstadt en cierta forma querían realizar lo que propuso Lenin: la «dictadura democrática de obreros y campesinos». «Los obreros y los campesinos ya no quieren vivir por la gracia de los decretos bolcheviques: quieren controlar su suerte» (La commune de Cronstadt, ed. Bélibaste, pág. 8). «La república socialista de los soviets no se hará fuerte mientras no sea administrada por las clases trabajadoras con la ayuda de los sindicatos renovados» (ibid., pág. 51). Y finalmente, esta consigna: «Abajo el lema engañoso de “dictadura del proletariado”» (ibid., pág. 55).

Por otro lado, en el nº 13 de Izvetsia [publicación de los sublevados de Kronstadt, N. de T.] se encuentra una crítica que se une a la de O. Bauer y a la de Kautsky: los bolcheviques son incapaces de organizar y administrar la Rusia soviética, así como un ataque virulento contra Lenin y Trotsky, que habían propuesto en el X Congreso del PCR pedir ayuda al extranjero. En cambio, para los sublevados de Kronstadt podría haberse salvado Rusia y la Revolución gracias a las fuerzas internas soviéticas, a condición de aplicar lo que se ha llamado la dictadura democrática de obreros y campesinos. Esta posición era ampliamente compartida en la URSS. No hay por tanto nada misterioso en el triunfo de la teoría del socialismo en un solo país y, sobre todo, para explicarla no es necesario apelar únicamente a la violencia estalinista. Stalin reprochaba a Trotsky no sólo de subestimar supuestamente al campesinado, sino de dudar de las capacidades revolucionarias del proletariado ruso para resolver por sí mismo los problemas relativos a la «edificación del socialismo». Demagógicamente, y en otro contexto, Stalin retomaba contra Trotsky las reivindicaciones de los sublevados de Kronstadt.

La Acción de Marzo es la última acción autónoma del proletariado alemán. A partir de ella, el movimiento espontáneo será cada vez menos importante, mientras que el KPD estará cada vez más controlado y sometido a la IC. He aquí por qué estos dos movimientos que tuvieron lugar más o menos en la misma época juegan en nuestra opinión un rol similar al interior de los movimientos obreros alemán y ruso. Después de Kronstadt y de la Acción de Marzo, el impulso revolucionario se rompe. (Todo lo que precede no es más que una primera aproximación)

[7]              Esta posición es bastante parecida a la de la izquierda italiana después de 1945, sobre todo a Bordiga. Se aproxima también a la adoptada por los «grupos de trabajo» que preconizaba Pannekoek (cf. también nota 34)

[8]              Toda la información histórica importante se extrae del libro de Hans Manfred Bock, Syndicalismus und Linkskommunismus von 1918-1923, Verlag Anton Hein, Meisenheim am Glan, 1969 (Sindicalismo y comunismo de izquierda de 1918-1923). Al aportar el autor la información de un viejo kapedista, Alfred Weiland, indica que algunos grupos de resistencia como Los Hombres de Confianza Revolucionarios y el Grupo de Socialistas Internacionales se formaron después de 1933, y que los kapedistas de Alemania del Este que sobrevivieron hasta que en 1950 fueron encarcelados

[9]              Se ve claramente aquí que todo este trabajo es un estudio de los temas teóricos del KAPD en relación con el movimiento proletario. Falta un análisis detallado de la evolución de la sociedad capitalista y de las clases en Alemania y en el mundo a principios de siglo

[10]             En cambio Pannekoek escribía en 1917: «El capitalismo está lejos de estar en las últimas. A los ojos de cualquiera que esté persuadido de lo contrario, basta con perseverar un poco y, enseguida, llegará la victoria final; he aquí lo que significa dorarse la píldora. Lo más arduo —casi todo, en realidad— se encuentra aún delante de nosotros. No estamos más que al pie de la montaña» («Principe et tactique», en Pannekoek et les conseils ouvriers, Serge Bricianer, ed. EDI, pág. 229) Sin embargo no tiene ninguna perspectiva y, en la medida en que se aventure a trazar una, retoma un esquema totalmente mecanicista de la explosión que debe llevar inevitablemente a la crisis. «Y [añade] con la crisis reaparecerá la revolución. La antigua revolución se ha terminado, tenemos que preparar la nueva». Esta última afirmación basta para mostrar todas las diferencias que hay entre él y los trotskistas, que no llegaron jamás a comprender que la revolución había terminado

[11]              Kollontai representaba al grupo Oposición Obrera. Se publicó una traducción de su texto La oposición obrera en Socialisme ou Barbarie nº 35, 1964. [Existe una versión castellana en el libro La izquierda bolchevique y el poder obrero, Ediciones Espartaco Internacional-Aldarull Ediciones, 2011, N. de T.]

[12]             Discurso de Trotsky en el IV Congreso de la IC (1922): «La situación económica de la Rusia de los soviets», cf, sobre todo el capítulo V: «Las fuerzas y los medios en los dos campos» (se trata del capitalismo y del socialismo).  En 1966 aparecieron largos extractos de este discurso, con comentarios de Bordiga, en Il Programma Comunista nº 6-10, así como un artículo de comentarios de Trotsky sobre su discurso en el nº 11 y, finalmente, las «Tesis sobre la situación económica de la URSS» en el nº 12

[13]             Antiguo nombre de la isla de Gran Bretaña [N. de T.]

[14]             Comunista de izquierda inglesa que contribuyó a la publicación de Workers Dreadnought. Fue criticada por Lenin en La enfermedad infantil. En Invariance nº 7 ha sido publicado un artículo de S. Pankhurst de 1919: «Pensée et action dans la III Internationale»

[15]             Comité fundado en 1925 tras un acuerdo entre las tradeunions británicas y los sindicatos rusos, con vistas a hacer presión sobre el gobierno inglés para limitar su hostilidad hacia la URSS. Durante la gran huelga de 1926, saboteada por los tradeunionistas, los soviéticos no salieron del comité, lo cual suponía implícitamente su apoyo al sabotaje. Incluso después de la derrota del amplio movimiento de huelgas, ¡Bujarin pensaba que era necesario no disolver el comité anglo-ruso en interés de la diplomacia del Estado ruso!

[16]             Sobre esto, se puede leer la carta de Bordiga a Korsch de 1926, publicada en Invariance nº 10; en menor medida, las «Tesis de Lyon» de 1926 en Programma comuniste nº 38, págs. 25-65 y las «Tesis de la izquierda» de 1945 en Invariance nº 9

[17]             Las tesis de estos comunistas fueron publicadas en Kommunismus, revista que apareció en Viena entre 1920 y 1921. Han sido traducidas al francés y publicadas en Invariance nº 7, a excepción de las tesis comunistas suizas

[18]    Para Pannekoek (1873-1960) se puede consultar la obra citada de Bricianer, así como «Le développement de la révolution mondiale et la tactique communiste», en Invariance n° 7 [Hay traducción en castellano en Contra el nacionalismo, contra el imperialismo y la guerra: ¡Revolución proletaria mundial! de Espartaco Ediciones, abril 2005, N. de T.]. Respecto a Rühle (1874-1943), aún no han sido traducidos al francés muchos textos interesantes, por ejemplo De la revolución burguesa a la revolución proletaria, y sus últimos escritos publicados recientemente en Alemania (Schriften, Rowohlt Verlag, 1971). Después de 1923, Rühle volverá al SPD. De 1936 hasta su muerte, vivió en México.

Debe mencionarse también a Pfemfert (1879-1954), colaborador muy próximo de Rühle. Criticó antes de la guerra de 1914 al SPD en el sentido de las izquierdas radicales. Desde antes de la guerra de 1914, contribuyó a la redacción del periódico Die Aktion, alrededor del cual se formó un círculo de artistas, de hombres de letras (expresionistas) y a partir de él se constituyó un «partido socialista antinacional» (1915). Tuvo la función de criticar la «paz social» del SPD. En noviembre de 1918, este movimiento se aproximó a la Liga Espartaquista. En el KPD, Pfemfer perteneció a la izquierda con Rühle y los elementos que debían formar posteriormente el KAPD. A partir de 1920, Die Aktion defendió el programa de Rühle a propósito de la organización unitaria. Pfemfert se mantuvo fiel a esta línea después de su salida del KAPD (a principios de 1921). En 1926 participó con Ivan Katz (y su grupo de oposición de izquierdas en el KPD) en la constitución del Spartakusbund (Liga Espartaquista) nº 2. A partir de 1927, Die Aktion defenderá la plataforma de izquierda trotskista. Después de 1933, Pfemfert huyó de Alemania y llegó finalmente a México, país en el que moriría.

Nótese que en mayo de 1968 el periódico que representaba mejor el movimiento inmediato de entonces se llamaba Action

[19]             Concentrationnaires en el original, palabra utilizada en francés específicamente para referir aquello relacionado con los campos de concentración [N. de T.]

[20]   En lo que se llama Potere Operaio de hecho caben diferentes corrientes, de las cuales las más importantes fueron las de Pisa, Porto-Maghera, la de Turín que publicó un panfleto interesante: Sindicatos y comités de lucha obreros, 1969. El periódico Potere Operaio siguió a La classe, que sucedió a su vez a La classe operaia, publicado a partir de 1964. Estas diversas publicaciones están ligadas a la agitación estudiantil y a las luchas obreras que tuvieron lugar a principios de los años 60 en Italia.

Siempre ligado a esta corriente, se puede citar la revista Contropiano. La idea esencial que se desarrolla en ella es que al plan del capital la clase obrera debe plantear su propio plan. El libro de Tronti Operaio e capitale (Obreros y capital, Akal, 2001 [N. de T.]) apareció en Italia en 1966 (ed. Einaudi). El libro de F. Berardi Contro il lavoro (Contra el trabajo), ed. Della Libreria, 1970, se sitúa todavía en esta corriente

[21]             Hay que señalar que para Marx el valor ya no puede ser definido de forma inmediata cuando el modo de producción capitalista alcanza su pleno desarrollo (la dominación real). Marx escribe: «El valor de la mercancía está determinada por el tiempo de trabajo total, pasado y vivo, que absorbe. El aumento de la productividad del trabajo reside precisamente en que la parte de trabajo vivo se reduce y la del trabajo pasado aumenta, pero de tal forma que la suma total de trabajo contenido en la mercancía disminuye; dicho en otras palabras, el trabajo vivo disminuye más rápido de lo que aumenta el trabajo pasado» (Le capital, L. III, t.6., pág. 273, ed. Sociales). Esta cuestión ha sido abordada ya en Invariance nº 6, «Thèses sur le capitalisme»

[22]             Cf. «Trajectoire et catastrophe de la forme capitaliste dans la classique et monolithique construction théorique du marxisme», Invariance n° 3, particularmente pág. 94 [existe traducción en castellano en Ediciones El Comunista, N. de T.]. En el primer libro de El capital, capítulo IV, «La fórmula general del Capital», se encuentra la expresión «el sujeto autómata» («automatisches Subjekt», cf. Werke, t. 23, p. 169). La expresión está ausente en la edición francesa

[23]    Marx demuestra en efecto, en el capítulo XI del Libro III, que un aumento generalizado de los salarios se traduce por un aumento del precio de producción de las mercancías producidas por las empresas cuyo capital tiene una composición orgánica inferior a la social, que los precios se mantienen sin cambios en aquellas donde la composición orgánica es igual a la composición media social y, finalmente, que disminuyen en las empresas en que esta composición es superior a la social. En otras palabras, estas últimas recuperan plusvalía a expensas de los sectores desfavorecidos. Un estudio semejante muestra que la lucha sindical, para ser eficaz, cuando el modo de producción capitalista se ha extendido a todo el planeta, debería ser llevada a la misma escala.

«Cuando se habla de bajada o subida del salario, no hay que perder nunca de vista el conjunto del mercado mundial y la situación de los obreros en las diferentes regiones» (Marx, Trabajo asalariado y capital, 1849)

[24]             Pierre Chalieu es el pseudónimo de Cornelius Castoriadis [N. de T.]

[25]             «Marx, que ha descubierto la lucha de clases, escribe una obra monumental analizando el desarrollo del capitalismo donde la lucha de clases está totalmente ausente», Socialisme ou Barbarie, n° 31, pág. 79

[26]   Marx y Engels siempre han afirmado la importancia de la intervención del proletariado en situaciones que no eran directamente revolucionarias, pero donde podía acelerar mediante su acción un desarrollo económico-social que en consecuencia le sería favorable. Así, Marx exhortó a los proletarios franceses e ingleses a hacer presión sobre sus respectivos gobiernos durante la guerra de Crimea para que intervinieran más eficaz y seriamente contra Rusia. Lo mismo ocurrió durante la guerra de Secesión en EEUU. Marx consideró que la clase obrera debía apoyar al norte contra el sur, sin hacerse ilusiones sobre las posiciones de un hombre como Lincoln. Es por ello que no sorprende leer lo siguiente en la carta de Marx a Engels del 25 de enero de 1865: «He hecho responder por consejo nuestro que la clase obrera tiene su propia política extranjera, que no debe preguntarse en absoluto lo que la burguesía considera oportuno».

La definición de la política de la clase obrera no puede ser tratada más que ligándola al estudio del partido histórico y del partido formal. En todos los casos es un asunto del pasado, porque 1º actualmente la clase obrera está demasiado integrada para tener su propia política y 2º el día en que sea capaz de moverse de manera autónoma del capital, será para la destrucción del modo de producción capitalista. Hoy para los revolucionarios sólo puede tratarse de análisis estratégicos: estudiar cuál puede ser la salida más favorable para una intervención del proletariado cuando hay conflictos comparables a los que analizó Marx.

La revista de la izquierda de Bremen, Arbeitpolitik, abordó esta cuestión oponiéndose a los compromisos que tenía el SPD (política de jefes). «La política de las instancias ha conocido su gran fiasco histórico. La época de la política obrera ha comenzado» (nº 1, 1916)

[27]             Trotsky abordaría a su manera esta cuestión. Se trataba para él de seleccionar los cuadros para que, llegado el movimiento, pudieran constituir el estado mayor de la revolución (cf. «Lecciones de octubre», 1923). Es por ello que la crisis del movimiento revolucionario siempre será para él la de su dirección: la falta de cuadros

[28]             Die Internationale, mayo de 1921

[29]             Rudi Dutschke: «Les étudiants anti-autoritaires face aux contradictions présentes du capitalisme et face au tiers-monde» en La révolte des étudiants allemands, ed. Gallimard, col. Idées. En esta colección se encuentran también textos de Uwe Bergman, Wolfgang Lefèvre y Bernd Rabehl

[30]             Esta formulación es similar a la de Régis Debray: «Revolución en la revolución». Sin embargo hay mucha distancia entre la investigación de Dutschke, centrada en torno a una reflexión sobre Marx, y la perspectiva tercermundista de R. Debray, quien trata superficialmente una realidad: la necesidad para América Latina de deshacerse de su pasado, de desprenderse de viejas fórmulas, de ahí su crítica al trotskismo, que no carece de rigor; pero a penas aborda el camino de la crítica y queda atrapado en la ideología dominante. Así, escribe que la historia avanza oculta. Ya hace mucho tiempo que Marx decía: la historia no hace nada…

[31]             Encontramos en Lukács (Entretiens avec Lukacs, Cahiers libres 160, Maspéro, 1969, págs. 48-49) una idea similar: «Debemos considerar que esta transformación del capitalismo en una dominación de la plusvalía relativa [Lukács hace alusión aquí al VI capítulo inédito de El capital, donde Marx hace la distinción entre “sumisión formal y sumisión real del trabajo al capital”, cf. la nota 47] crea una situación nueva en la que el movimiento obrero, el movimiento revolucionario, está condenado a un nuevo comienzo, en el cual bajo formas caricaturescas y cómicas, ideologías que aparentemente habían desaparecido hace mucho tiempo, como los que rompían las máquinas a finales del siglo XVIII, conocerán una renovación […] Debemos darnos cuenta de que hemos de enfrentarnos a un nuevo comienzo o, para emplear una comparación, que no estamos en los años 20 del siglo XX sino, en cierto sentido, a principios del siglo XIX, cuando tras la revolución francesa el movimiento obrero comenzó a desarrollarse lentamente». Esta cuestión ha sido abordada de diferente forma en Invariance, nº 6, tesis 4.6. «Le rajeunissement du capitalisme»

[32]             Es curioso constatar hoy en día una revalorización de la política en los intelectuales de izquierda. Su fórmula comodín es: la economía se vuelve política. Es la base misma del neoleninismo de Potere Operaio, Lotta Continua y de algunos restos en Francia

[33]    A medida que se desarrolla el capital, la ideología es sustituida por la ciencia. El capital no puede verse satisfecho con justificaciones y con simples representaciones, que implican que los presupuestos del capital todavía podrían ser cuestionados. Por ello es necesario afirmar su racionalidad, su carácter apodíctico y, en consecuencia, por ello puede establecerse un discurso no ideológico, sino científico, en el que el hombre ya no es más que un residuo del pasado. Es gracias a la ciencia (sobre todo a la matemática) que se realiza el totalitarismo del capital.

Las afirmaciones precedentes exigen amplias demostraciones y un amplio desarrollo. Simplemente hemos querido indicar el «problema», remitiéndonos a un estudio posterior

[34]             «El supuesto análisis según el cual están reunidas todas las condiciones revolucionarias, pero falta una dirección revolucionaria, no tiene entonces ningún sentido. Es exacto decir que el órgano es indispensable, pero su surgimiento depende de las condiciones generales de la lucha, nunca de un genio o del valor de un jefe o de una vanguardia», Bordiga: «Le renversement de la praxis dans la théorie marxiste», Invariance, serie I, n° 4, pág. 4 [hay traducción en castellano en Ediciones El Comunista, N. de T.]

[35]             El détournement o ‘desviamiento’, ‘tergiversación’, es una práctica propuesta por los situacionistas consistente en la descontextualización, apropiación y reorganización de un objeto de la sociedad capitalista —especialmente uno cultural— para cambiarle el sentido y producir un efecto crítico [N. de T.]

[36]   Es evidente que refutar la teoría de la conciencia proveniente del exterior exigiría un desarrollo mayor. Volveremos a ello más tarde. Nótese no obstante que esta teoría:

  1. a) O bien implica que la conciencia es un factor fijo; el ser está separado de ella. Puede sufrir diversas modificaciones pero, en un momento determinado, gracias a un cambio en las condiciones históricas, rencuentra su conciencia porque la reconoce
  2. b) O bien supone una permanencia del ser. El proletariado es revolucionario por naturaleza. Sólo sufre desviaciones por culpa de ideologías perversas, o si no una parte de la clase ha podido venderse (la aristocracia obrera), pero el devenir mismo de la sociedad hace que el proletariado vuelva a ser revolucionario. La conciencia parece aparecer, desde ese momento, de forma más o menos espontánea, de la misma forma que los grupos que se encarga de infundir esta conciencia en el ser-clase.

En los dos casos, la actividad del ser es la de rencontrarse; la conciencia es la verdad de este ser. De ahí el trabajo de Sísifo de los diversos grupúsculos que, encontrándose en la periferia del ser-clase quieren ser los mágicos-mediadores del reconocimiento. Consecuencias:

  1. a) El no-reconocimiento inmediato apela a la justificación permanente: somos los únicos que…, nosotros ya predijimos que…, etc.
  2. b) Puesta en el exterior, la conciencia debe tener una transmisibilidad con vistas a ser inoculada en el ser-clase. La conciencia sólo puede existir bajo una forma organizada, de ahí el discurso de los grupúsculos sobre la organización de la organización: la apología de vanguardia

[37]    «La inesperada fuerza de resistencia de la Rusia de los soviets contra los asaltos revolucionarios, que ha obligado a pactar a la Entente —el éxito siempre funciona así—, ha ejercido una nueva y poderosa fuerza de atracción sobre los partidos obreros de Europa occidental. La II Internacional se hunde y se está estableciendo hacia Moscú un movimiento general de grupos intermediarios empujados por la creciente orientación revolucionaria de las masas. Pero estos grupos, dándose el nombre de comunistas, sin transformar mucho sus concepciones tradicionales fundamentales, trasladan a la nueva internacional los puntos de vista y los métodos de la vieja socialdemocracia. […] A través de su entrada en la III Internacional o del reconocimiento de sus principios (como ya hemos visto con los Independientes alemanes [USPD, N. de T.]), se ha vuelto a atenuar la separación rigurosa entre comunistas y socialdemócratas. […] Toda clase dominante actúa de la siguiente manera: en lugar de dejarse vencer por las masas, se vuelve ella misma “revolucionaria” para debilitar en lo posible mediante su influencia la revolución. Y un gran número de comunistas están dispuestos a ver ahí un aumento de las fuerzas y no un aumento de la debilidad», A. Pannekoek: «Le développement de la révolution mondiale et la tactique du communisme» en Invariance n° 7, págs. 52-53, traducción corregida [Hay versión en castellano, op.cit. N. de T.]

Parecería entonces que las 21 condiciones hubieran podido satisfacer a Pannekoek; desgraciadamente, ellas mismas quedaron en un carácter condicional, puesto que no fueron aplicadas más que contra el KAPD

[38]             «Todavía hoy la profunda oposición entre comunistas y socialdemócratas no es teórica, sino práctica. Por esta razón no hablaremos de ella mucho más tiempo aquí. Esta oposición es una oposición táctica y de organización, y no la oposición del marxismo y del antimarxismo, sino bien al contrario se trata de una oposición entre democracia y dictadura. Sobre esto nosotros socialdemócratas podemos referirnos plenamente a Marx, que intervino en las cuestiones del partido y de los sindicatos en favor de la democracia más completa y en la del Estado en favor de la república democrática», Kautsky, Les trois sources du marxisme, Cuadernos Spartacus, Mayo 1969, n° 35. Este párrafo fue añadido por Kautsky en la edición de 1933

[39]             La palabra idiota proviene del griego ἰδιώτης, idiotes, cuya raíz es ἴδιος, idios (‘privado’), y refería en la Antigua Grecia a aquel ciudadano que sólo se preocupaba por sus asuntos particulares y abandonaba todo interés por los asuntos públicos [N. de T.]

[40]   «El socialismo es actualmente la única esperanza de la humanidad. Más allá de las murallas en ruinas del mundo capitalista, arden en letras de fuego las palabras del Manifiesto comunista: “Socialismo o barbarie”», R. Luxemburgo: «¿Qué quiere Espartaco?» en Espartaco y la comuna de Berlín, 1918-1919. Ahora bien, en el Manifiesto del partido comunista Marx y Engels no afirman ninguna alternativa. R. Luxemburgo cita seguramente de memoria. Es cierto que se trata en varias partes del Manifiesto de la barbarie, pero no se la encuentra nunca opuesta al socialismo.

Más tarde otros autores también afirmaron que Marx habría hablado explícitamente de socialismo o barbarie, pero no dan nunca alguna referencia que permita encontrar en la obra de Marx o de Engels el lugar espacio-temporal de la famosa alternativa (cf. en particular V. Fay, Altaver, J.M. Vincent en En partant du capital, ed. Anthropos, 1968).

Marx ha puesto en evidencia en varias ocasiones hasta qué punto es trivial la sociedad en que domina el modo de producción capitalista, hasta qué punto inferior a las antiguas sociedades en que el objetivo de la producción era el hombre mismo. En La guerra civil en Francia, ironiza sobre el hecho de que la burguesía se jacte de haber superado la ley del talión instaurando el derecho, y muestra hasta qué punto la represión que ejerce es similar a la antigua vendetta multiplicada en fuerza y violencia por los medios modernos, llegando a hablar de salvajismo (Wildheit).

El concepto de barbarie, en la medida en que designa un periodo de la historia humana, es un concepto extranjero a la teoría marxista. Engels tuvo razón ciertamente al mostrar la importancia de la obra de Morgan, al poner de relieve cómo éste, independientemente de sí mismo y de Marx, había encontrado los principios fundamentales del comunismo; se equivocó al adjuntar el concepto morganiano de barbarie (como también con los de salvaje y civilización), ya que, además de las ambigüedades ya señaladas, toda huella del modo de producción y de la forma de la comunidad humana queda escamoteada en ellos. En cambio, los conceptos utilizados por Marx para la serialización-periodización (que de ninguna forma implica milenarismo) integran las circunstancias. Tenemos: las comunidades primitivas (y no el comunismo primitivo, término no suficientemente preciso), las comunidades asiáticas (formas asiáticas) y, a continuación, para occidente, el esclavismo de la sociedad antigua, el feudalismo y el modo de producción capitalista.

Parece por tanto que es bastante improbable que Marx haya hablado de socialismo o barbarie. Es muy posible sin embargo que haya evocado la posibilidad de una regresión. El estudio histórico mostraría la validez de un recorrido semejante. Señalemos brevemente dos ejemplos en que hubo una regresión a un “estadio anterior”: la Italia del final de la Edad Media, después del desplazamiento de las vías de comunicación, fue testigo del bloqueo del modo de producción capitalista en su desarrollo y sufrió un cierto regreso al feudalismo; también Alemania después de la Guerra de los Treinta Años. Que Marx haya planteado esta posibilidad de una regresión prueba simplemente —al nivel en que abordamos la cuestión— que no era un ilustrado para quien el progreso es acumulativo y continuo (cf. pág. 54).

Engels ha evocado de forma clara no la alternativa socialismo o barbarie, sino socialismo o destrucción de la sociedad: «En otras palabras, esto se da porque las fuerzas productivas engendradas por el modo de producción capitalista moderno, así como el sistema de reparto de los bienes que ha creado, han entrado en flagrante contradicción con este mismo modo de producción, y todo esto a un grado tal que se hace necesaria una transformación del modo de producción y del reparto que elimine todas las diferencias de clase, si no queremos ver perecer toda la sociedad moderna», Anti-Dühring, ed. Sociales, págs 188-189

[41]             En su refutación de las tesis de Socialismo o Barbarie, Bordiga hace notar —en estricta coherencia con la periodización Morgan-Engels— que habría hecho falta hablar de la alternativa socialismo o civilización en lugar de socialismo o barbarie. Para ello retomaba la tesis esencial de Marx-Engels: los bárbaros regeneraron occidente (cf. «Barbares en avant !», Battaglia comunista, n° 2, 1951). Bordiga  se equivocaba al no tomar en consideración el “contenido” de esta barbarie teorizada por Socialismo o Barbarie y, por otro lado, al reafirmar de forma exacerbada, en el curso de su polémica con Chaulieu [pseudónimo de Cornelius Castoriadis, N. de T.], la teoría de la conciencia procedente del exterior. En cambio es sobresaliente todo lo concerniente a la cuestión del capitalismo de Estado, la burocracia, el desarrollo de Rusia (cf. «La batrachomyomachie», «Croassement de la praxis», «Danse des fantôches», in Il programma comunista, n° 10-12, 1953). [Existe traducción en castellano, Partido, clase y Estado, Ediciones El Comunista, N. de T.]

[42]   Hablamos de la especie humana para indicar el conjunto de los hombres. El concepto de especie sólo es válido actualmente, pero es inadecuado para el futuro. Entonces, utilizarlo nos llevaría a comprender la humanidad a través de un concepto zoológico; esto supondría negar la superación de la naturaleza. Solo la revolución comunista unificará a la especie, que se convertirá en comunidad humana. Hablar de especie es considerar aún al hombre como un objeto sensible; es lo que hace la ciencia, que es interpretación inmediata de la realidad: el Hombre objeto del capital. Para los comunistas, el Hombre (unidad de la Gemeinwesen y del hombre social) es una actividad sensible.

Señalemos, por otro lado, que en 1946 Pannekoek indicó esta alternativa únicamente como momento particular, como momento final del capital por así decirlo: «En otras palabras, la necesidad de la lucha revolucionaria se impondrá en cuanto el sistema capitalista englobe a la mayor parte de los hombres, en cuanto se vea impedida toda expansión importante. En este estadio supremo del capitalismo, la amenaza de un exterminio masivo hará de este combate una necesidad para todas las clases de la sociedad («L’échec de la classe ouvrière», en Pannekoek et les conseils ouvriers, pág. 289)

[43]             La práctica maniobrera es una de las características esenciales del leninismo: «Tengo la impresión de que aquí primero se quiere ver cómo se presentan las cosas, aunque por cierto nuestra historia no es la más importante. Está la izquierda alemana, la izquierda italiana con Bordiga, el asunto clave es impedir su unión» (Carta de Rosmer, entonces en Moscú, a Monatte, 06/06/1924). «Se ha bolchevizado [se trata del V Congreso, N. de A.] a brazo partido y en todas las lenguas. El informe de Zinoviev es el discurso que nos ha proporcionado Klein y nada más: incluso la construcción artificial, incluso la pobreza de pensamiento, incluso la fórmula. El congreso ha hecho de todo antes de comenzar […] Con la izquierda alemana había algunas dificultades, ya que sus jefes se oponían constantemente y de arriba a abajo a la táctica, y eran partidarios de la salida de los sindicatos reformistas». «Arreglamos así las cosas: en un intercambio entre Radek y Brandler, las “izquierdas” declaraban estar a favor del frente único, del trabajo en los sindicatos reformistas y de todos los puntos de acuerdo con la táctica y las concepciones fundamentales de la IC. Se convertían así, de un golpe, en niños buenos y bien dóciles. Además, se aislaría a su izquierda una “extrema izquierda” a la que se golpearía sin tapujos» (Carta del 18/07/1924)

[44]            Tras la condena de la Oposición Obrera como fracción ilegal en el congreso del PCR (2-4/1922), el grupo que se formó fue ilegal y tuvo una actividad por fuera del partido, directamente al interior de la clase obrera: «el grupo obrero del partido comunista ruso (bolchevique)». Los representantes más conocidos fueron Kusnetsov y Miasnikov, quien llevó a cabo su actividad en los Urales. Lenin le envió una carta para refutar sus críticas (5/8/1921, cf. tomo 32, pág. 536). En esta carta, se refiere sobre todo a la reivindicación de la libertad de prensa para todos los agrupamientos, avanzada por Miasnikov, pero deja fuera las cuestiones verdaderamente importantes, como la relación del partido con el proletariado. El Grupo Obrero publicó un manifiesto anónimo que apareció en occidente como contribución de la sección rusa de la IV Internacional (KAI) en el Periódico Obrero Comunista, periódico del KAPD, en 1923. Aquí el pasaje del manifiesto al que aludíamos antes: «El principal descubrimiento que ha hecho el camarada Lenin es que no tenemos proletariado. Sobre esto sólo podemos felicitarle. ¿Eres tú, camarada Lenin, el jefe de un proletariado inexistente? ¡Eres el jefe del partido comunista, pero no el del proletariado!»

[45]             Sobre esto, se pueden consultar los textos de Bordiga publicados en Invariance, serie I, nº7: «Le mouvement communiste international», «Les tendances de la III° Internationale», «La situation en Allemagne et le mouvement communiste», textos que aparecieron en 1920 en Il Soviet. Por otro lado se puede encontrar un cierto número de artículos sobre el movimiento obrero alemán en la revista Rassegna Comunista, publicada entre 1921 y 1922

[46]            Se trata del periódico Le Réveil Communiste, cuyo principal redactor fue el miembro de la    Izquierda Comunista italiana Michele Pappalardi. Acerca de sus posiciones se puede consultar el libro de la CCI, La Izquierda Comunista de Italia y el libro de Dino Erba, Ottobre 1917- Wall Street 1929: la sinistra comunista italiana tra Bolchevismo e Radicalismo, la tendenza di Michele Pappalardi, 2010  [N. de T.]

[47]             Cf. Invariance, serie I, n° 2, 1968: Le VI° chapitre inédit du capital et l’œuvre économique de Karl Marx, págs. 133-142

[48]   Cf. «Le programme révolutionnaire communiste élimine toute forme de propriété de la terre, des biens de production et des produits du travail» (acta de la reunión de Turín de1958 en Il Programma Comunista, n° 16 y 17, 1958). Apareció una mala traducción en Le fils du temps nº7. Cf. también: «Le contenu original du programme communiste est l’anéantissement de la personne singulière en tant que sujet économique, titulaire de droits et actrice de l’histoire humaine» (tercera parte de la reunión de Parma de 1958, en Il Programma Comunista, n° 21-22, 1958). Una gran parte ha sido publicada en Invariance, n° 5, págs. 77-83. [Existe una versión castellana en la edición de Propiedad y capital, ediciones El Comunista, N. de T.].

Respecto a la apología acrítica de los bolcheviques, se puede consultar el texto de Bordiga El texto de Lenin sobre «La enfermedad infantil del comunismo» (el izquierdismo): el texto más explotado y más falsificado desde hace más de cuarenta años por toda la carroña oportunista y cuya invocación impúdica caracteriza y define a la carroña, 1960. Es ante todo un texto laudatorio de Lenin [Hay una traducción en castellano en Ediciones El Comunista, N. de T.]

[49]            Existe una versión castellana de Pannekoek y los Consejos Obreros en Anagrama, 1976 [N. de T.]

[50]             Los socialistas ricardianos son aquellos que en el fondo deseaban una sociedad capitalista sin sus desventajas. Conforme a lo que decía Ricardo sobre la ley del valor, querían poner en práctica la consecuencia que deriva lógicamente de ello: puesto que el trabajo es el factor determinante del valor, debe ser preponderante en la sociedad. Marx refutó sus posiciones en los Manuscritos de 1844 al oponerse a la comunidad del trabajo (cf. pág. 86 en ed. Sociales) en la Contribución a la crítica de la economía política, en el comienzo de los Grundrisse (Fundamentos…), pero sobre todo en Miseria de la filosofía, donde rechaza esta concepción que había sido retomada con ciertas deformaciones por Proudhon. En la sociedad capitalista el trabajo sólo puede ser el trabajo asalariado; ahora bien, este no es más que la otra cara del capital. Es la razón de que no estemos de acuerdo con la afirmación de Rubel (en el prefacio al segundo tomo de la Economía, ed. Pléiade): «La conclusión de este primer libro es la conclusión de toda la economía, de la que Marx no disimulaba su “tendencia subjetiva”: el triunfo del trabajo sobre el capital», que es de inspiración socialista ricardiana y no marxista. No podemos tampoco aceptar la conclusión que R. Dangeville introduce en su presentación del VI capítulo: «La facultad del trabajo humano de crear cantidades cada vez más grandes y nuevas calidades no puede ser contenida ni esterilizada: el trabajo hará saltar en pedazos las cadenas que lo sujetan» (Un chapitre inédit du Capital, ed. 10/18, pág. 69). Ahora bien, actualmente el trabajo humano es el trabajo asalariado. No se ve cómo podría el trabajo destruir el capital sin destruirse a sí mismo, puesto que es su cara complementaria. Si se quiere hablar de trabajo en general, se introduce una abstracción del entendimiento (Verständige Abstraktion), como decía Marx, la cual es independiente de los modos de producción. Entonces podemos preguntarnos por qué el trabajo no habría podido hacer «volar en pedazos», después de tanto tiempo, «las cadenas que lo sujetan»

[51]             Para conseguir una adaptación lo más exhaustiva posible del individuo a la “sociedad industrial” y a su “tecnoestructura”, Galbraith considera que hay que mejorar o desarrollar, según el caso, la identificación del individuo a la organización industrial, en la cual encontramos «otras cuatro condiciones propicias a la identificación, a saber: (1) que el prestigio del grupo o de la organización sea ampliamente percibido, (2) que haya una interacción frecuente entre los individuos que hacen parte de la organización, (3) que un gran número de aspiraciones individuales sean satisfechas en el marco de la organización, y (4) que la competición entre los miembros de la organización sea reducida al mínimo» (Le nouvel État industriel, ed. Gallimard, pág. 161). Esta adaptación no es más que la fase más aguda de la domesticación del hombre por el capital, fase que comienza a finales del siglo XV en Inglaterra (cf. Marx, Libro I de El capital). Esta cuestión fue abordada en Invariance, nº5, págs. 84-86

[52]             Se trata de la IAA: Internationale Arbeiter Association (Asociación Internacional de los Trabajadores, AIT). «A esta nueva AIT le incumbe la tarea de llevar la obra de la I Internacional hasta el derrocamiento del Estado y de la dominación del salariado, y de erigir una sociedad libre, sin Estado» (Der Syndicalist, nº1. 1923). «Sólo en las organizaciones económicas revolucionarias del pueblo trabajador se encuentra la palanca de su liberación y la fuerza creadora para la reconstrucción de la sociedad hacia el comunismo libre» (punto 10 de la «Declaración de principios» de la AIT). Esta AIT estaba en contra de la dictadura del proletariado, de la centralización, de la participación en el parlamento y de toda actividad en las «corporaciones legales», pero estaba a favor de la acción directa. Después de su congreso fundacional, confluyeron además de los elementos ya indicados, los círculos sindicalistas federalistas belgas, los grupos anarcosindicalistas búlgaros, la oposición sindical anarcosindicalista polaca, grupos de propaganda de la FAU (Unión Obrera Libre) en Austria, la Liga Sindicalista de Japón y, en mayo de 1929, el grupo más importante el de la Asociación Obrera Continental Americana, que reagrupaba a elementos de Argentina, Paraguay, Bolivia, México, Guatemala, Brasil, Uruguay, Perú y Chile

[53]    Como ejemplo reciente de esta forma de abordar la cuestión del fascismo, citaremos la obra de N. Poulantzas Fascismo y dictadura, ed. Maspéro [hay versión castellana en la editorial Siglo XXI, N. de T.]. A este tipo de autores les dedicamos la siguiente cita: «Considerando que sería impolítico, a parte de la realidad, no tener en cuenta el descontento popular, que es una consecuencia fatal de la guerra, o de confiar en una vaga fórmula como “uniformizar la acción posterior del partido con la acción desarrollada hasta ahora»; considerando que el presente descontento popular está siendo explotado como tabla de salvación para el intervencionismo pseudodemocrático y republicano con el objetivo de dirigirlo hacia una acción insurreccional no socialista, mejor aún, antisocialista, que llevaría a Italia a una concretización de programas esencialmente republicanos burgueses; expresa el deseo de que la dirección del partido —inspirándose en los acontecimientos de Rusia y de América y del estado anímico creado por la guerra— concretice una línea de conducta que dirija, coordine y unifique el ánimo y la acción del proletariado italiano» (moción de la federación de la juventud socialista italiana, 1917).

Lo que se puede reprochar a la izquierda italiana, como por cierto a casi todos aquellos que se han ocupado del fascismo, es el no haber puesto de relieve un carácter derivado del modo de producción capitalista como sistema mundial, carácter indicado de forma muy sugestiva por Césaire: «Lo que [el burgués humanista del siglo XX, N. de A.] no le perdona a Hitler no es el crimen en sí, el crimen contra el hombre blanco, sino el haber aplicado a Europa procedimientos colonialistas que no se hallaban hasta ahora más que en los árabes de Argelia, los culíes de la India y los negros de África» (Discurso sobre el colonialismo). Más recientemente, Hosea Jaffe retomó el tema en El colonialismo hoy: economía e ideología

[54]   Wolfheim y Laufenberg, quien fue presidente del consejo obrero de Hamburgo del 11 de noviembre de 1918 al 21 de enero de 1919, son los dos principales representantes del nacional-bolchevismo, corriente que fue importante sobre todo en la región de Hamburgo. Querían una alianza del pueblo alemán armado con la Unión Soviética para llevar a cabo una guerra popular contra las potencias de la Entente, a las que consideraban como la personificación de la potencia del capital financiero, en su opinión el enemigo principal. Por esta razón estaban en contra de la revolución en Alemania, porque podría debilitarla demasiado ante la Entente. Adelantándose a los nazis, identificaron judíos y capital financiero y denunciaron en un panfleto titulado Comunismo contra espartaquismo, a Lévi como «agente financiero judío internacional». El otro componente de la posición de Laufenberg y de Wolfheim fue el unionismo. Son ellos quienes hicieron conocer las IWW (International Workers of the World) en Alemania; es así como este movimiento pudo influir en la AAU y la AAUE.

Tras su exclusión del KAPD en agosto de 1920, se quedaron en la AAU y crearon una “Liga Comunista”. Laufenberg negó hasta su muerte haber tenido relaciones con los nazis; Wolfheim habría pertenecido al entorno de Strasser (izquierda del partido nazi) y murió en un campo de concentración. Al retomar el estalinismo el nacional-bolchevismo de Wolfheim y Laufenberg acentuaba su convergencia antagonista con el fascismo

[55]             En el fondo, toda la historia de Europa estuvo determinada por la cuestión alemana. La balcanización de Europa y de Alemania deriva de la derrota de la gran ola revolucionaria que se apoderó de todo el continente a comienzos del siglo XVI (derrota de 1525). Con la Guerra de los Treinta Años, Alemania fue dividida y regresó al plano de las relaciones sociales. Al perder Holanda, la nación alemana perdía la primer gran oportunidad de un rápido desarrollo del modo de producción capitalista, lo cual no podrá producirse hasta después de 1870. Así, la cuestión de la unión alemana se presenta entre principios del siglo XVI y la época actual. El hecho de que después de la Segunda Guerra Mundial los “aliados” pensaran que era necesario no destruir el militarismo alemán, puesto que desde 1950 la Alemania federal volvía a estar armada, pero le hecho de que la fuerza del proletariado fuera fragmentada en los diversos campos de concentración que son las naciones capitalistas, prueba que la clase capitalista había comprendido las lecciones del pasado. En 1953 la represión contra los movimientos insurreccionales en Berlín Este y en Poznan, más tarde en 1956 de nuevo en Poznan y en Hungría, y finalmente en 1970-1971 los de Polonia (en una mucho menor medida los de Checoslovaquia en 1968) prueba que el capital a escala mundial no puede tolerar de ninguna manera cualquier reinicio de la lucha de clases violenta en esos países. La dictadura allí será siempre feroz. Sólo aflojar la cuerda de los EEUU y la URSS podrá permitir un reinicio, pero en ningún caso puede ser descrito tomando como modelo la situación de la primera posguerra

[56]   En la edición original alemana de El capital (Dietz Verlag, t. 23, pág. 533),  encontramos la distinción entre subordinación formal y subordinación real al capital, pero sobre todo esta distinción-periodización se explicita de forma detallada y se pone en el centro de la demostración —puesto que se la encuentra en todo El capital— en el capítulo VI inédito de El capital, capítulo no incorporado al mismo.

Esta distinción concierne al Libro I y al capítulo VI «El proceso de producción inmediato del capital, unidad del proceso de trabajo y de valorización». En el nº2 de Invariance, serie I, hemos extendido el dominio de la validez de estos conceptos a la sociedad, considerando un primer momento en que el capital sólo dominó formalmente la sociedad y debía por ello pactar con todas fuerzas político-sociales, y una dominación real en que el capital se constituye en comunidad material (cf. nota 43)

En Lukács se encuentra una cierta imprecisión (cf. nota 29): el capital no domina la sociedad mediante la plusvalía relativa, esto se realiza en el proceso de producción inmediata, pero para obtener una plusvalía, se necesita un aumento de la productividad del trabajo, lo que implica un desarrollo del maquinismo y por tanto de la ciencia, etc. En otras palabras, para dominar cada vez más realmente en el proceso de producción inmediata, el capital debe dominar el proceso total, unidad del proceso precedente y del proceso de circulación. Es entonces que se pasa del valor al precio de producción, que se produce una transformación de los medios de transporte, de los métodos de gestión, la transformación del Estado en empresa capitalista, etc. En definitiva, la producción de la plusvalía absoluta no se elimina por ello, sino que se hace sobre una base nueva. En otro momento precisaremos de forma detallada estos conceptos y los diferentes niveles en que deben intervenir

[57]             Cf. Die Massenstreikdebatte, el debate sobre el huelga de masas, con contribuciones de Parvus, R. Luxemburgo, K. Kautsky y P. Pannekoek, Europäische Verlagsanstalt, 1970. Es destacable en particular el artículo de Parvus: «Golpe de Estado y huelga de masas política» (1895-1896), quien fue uno de los primeros en poner de relieve el importante rol de la huelga general: «Y ¿qué significa la huelga general política que tarde o temprano será inevitablemente la respuesta al golpe de Estado? Pues bien, significa la toma del poder político por parte del proletariado» (pág. 95) [Hay una versión castellana de estos debates en las Ediciones Pasado y Presente, N. de T.]

[58]             «La acción internacional de las clases obreras de ninguna forma depende de la existencia de la Asociación Internacional de Trabajadores, que fue solamente el primer intento de dotar a esta acción de un órgano central, un intento que, por el impulso que ha dado, ha tenido consecuencias duraderas pero que, en su primera forma histórica, no podía sobrevivir mucho tiempo a la caída de la Comuna de París», Marx: Crítica del programa de Gotha, 1875, ed. Sociales. Puede consultarse sobre esto: Marx-Engels: Sur l’organisation, ed. Spartacus

[59]             En 1946, Pannekoek escribía: «Y desde ahora, depende de la clase obrera americana la suerte de la revolución mundial» (pág. 289 del libro de Bricianer). No hemos esperado el ensayo que se pretende sensacional, Ni Marx ni Jésus, de Revel, para afirmar que la revolución tenía su centro en los EEUU. Por cierto que este libro no tiene de sensacional más que el intento de presentar la revolución bajo los rasgos de una forma que habría podido excretar un radical a las Juventudes Socialistas. Lo que hace inevitable la revolución en EEUU es el fin de todo reformismo del que J. Kennedy y el pastor L. King fueron sus principales representantes ¡y sus “dignos” mártires! Es también el fin de la utopía. Los Estados Unidos fueron en el siglo XIX el espacio en que finalmente encontraba su lugar la utopía, un país en que ya no debía haber diferencias de clases, en que cada individuo podría desarrollarse libremente y alcanzar la felicidad. Sólo después de la Segunda Guerra Mundial el mito ha sido destruido realmente tanto al interior como al exterior: con la guerra de Vietnam, los EEUU y el mundo entero han descubierto que este país era tan capaz como Alemania de engendrar un “nazismo” (¡ya que, para todos, la masacre de los indios no había sido en última instancia más que un problema de difusión de la civilización!). En los EEUU se hicieron realidad pervirtiéndose la mayor parte de los sueños utópicos de los obreros perseguidos en Europa por el hambre y las persecuciones políticas. Es allí donde la teoría encontrará su movimiento real de efectuación

[60]   Veintidós años después de Prudhommeaux, M. Gallo en su artículo «L’abus du mythe», Le Monde del 14-15/03/1971 (cf. también su libro Tombeau pour la Commune) retoma este tema: «el mito del proletariado» y la necesidad de destruirlo. Prudhommeaux veía la solución de la cuestión social en el «programa común de los socialistas libertarios premarxistas», cuyo primer punto, indicado por él, es «la igualación de las clases fundadas por la división del trabajo» (obra citada, pág. 116). Por su parte, M. Gallo quiere evitar una renovación de una comuna, «locura desesperada» a escala planetaria, que podría ser la consecuencia del aumento desmesurado de la población humana. También querría que la humanidad resolviera y controlara su desarrollo, como si existiera actualmente una humanidad con algún tipo de poder. El poder es del capital.

Lucha contra el mito de la Comuna, intentar destruirlo, es algo bueno (habría que precisar aún en qué consiste, descubrir el mito en Marx es ya una lectura mítica de su obra), pero ¿a qué conduce en M. Gallo? A revitalizar los mitos de la humanidad, de la política; a olvidar en sus acaloradas polémicas el capital. Olvidarlo en este caso ¡ya es hacer apología de él! ¿No es acaso un mito tenebroso el de la liberación de los hombres sin la destrucción del capital?

En un artículo de 1946, «L’échec de la classe ouvrière», Pannekoek también abordó esta cuestión. Para él, el fracaso se debe a la predominancia del socialismo de Estado y a la imposibilidad del desarrollo de los consejos. Esto es bastante superficial, pero añade esta aportación que muestra que había, si no comprendido, al menos intuido la especificidad de nuestra época: «Cuando se habla del fracaso de la clase obrera, se habla en realidad de un fracaso ligado a unos objetivos muy estrechos. La lucha real por la emancipación no ha comenzado todavía; vista bajo este ángulo, lo que se ha convenido en llamar el movimiento obrero de los últimos cien años no ha sido más que una sucesión de escaramuzas de vanguardias. Los intelectuales, que tienen la costumbre de reducir la lucha social a las fórmulas más abstractas y las más simples, se inclinan a subestimar la formidable amplitud de la transformación que hay que emprender» (pág. 286 del libro de S. Bricianer)

[61]             «Pero esta forma contradictoria es ella misma transitoria y producto de las condiciones reales de su propia superación (Aufhebung). El resultado es: desarrollo general —en virtud de su tendencia y su potencialidad— de las fuerzas productivas, de la riqueza en general, como base. La base como posibilidad del desarrollo universal del individuo y del desarrollo efectivo de los individuos a partir de esta base en tanto que superación (Aufhebung) de su barrera, que se conoce como barrera y no sirve como límite sagrado. La universalidad del individuo no como universalidad pensada o imaginada, sino como universalidad de sus relaciones reales e ideales. Así también la concepción de su propia historia como proceso y saber (Wissen) de la naturaleza (que es también una fuerza práctica que existe sobre ella) en tanto que su cuerpo real. El proceso de desarrollo planteado y conocido como su presupuesto. Pero, por ello, es necesario antes que nada que el desarrollo completo de las fuerzas productivas se haya convertido en una condición de la producción; las condiciones determinadas de la producción ya no están planteadas como límites para el desarrollo de las fuerzas productivas» (Marx, Fundamentos de la crítica de la economía política, tomo II, pág. 35) La traducción ha sido revisada (Grundrisse, pág. 440, líneas 17-86). Gracias a la dominación real del capital que despoja (entäussert) al individuo que trabaja, se ha creado la base misma de su desarrollo universal. Es interesante acercarse a esta cita de otro extracto de los Manuscritos de 1844: «4º Es sólo mediante la industria desarrollada, es decir, por medio de la propiedad privada, como la esencia ontológica de la pasión humana alcanza su totalidad y su humanidad; la ciencia del hombre es así ella misma un producto de la autoactividad práctica del hombre» (ed. Sociales, pág. 119).

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