GCI – Brest Litovsk: La paz es siempre la paz del capital


Firma de la Paz de Brest-Litovsk

Publicamos en castellano este artículo en dos partes del Grupo Comunista Internacional (GCI) que si bien fue publicado en castellano en 1984 (Comunismo 15 y 16) no estaba aún digitalizado en la web del GCI (http://www.gci-icg.org). Hemos traducido pues el texto a partir de su versión francesa si disponible en los números de Le Communiste 22 y 23 (http://www.gci-icg.org/french/communisme.htm). El texto nos resulta particularmente interesante (más allá de algunas cuestiones que el mismo GCI ha ido clarificando mejor en otros textos que recomendamos también como el Leninismo contra la revolución) para establecer el necesario balance que los comunistas tenemos que hacer de las revoluciones sociales del pasado y en particular de la decisiva oleada revolucionaria mundial que vio en Rusia, hace ya cien años, su epicentro. 

Primera parte

En Rusia donde tuvieron lugar, en julio de 1914, unos enfrentamientos extremadamente violentos, la acción convergente de la unión nacional y de la represión violenta, permitieron aplastar, muy momentáneamente, pero muy brutalmente, el movimiento obrero. Al permitir el aislamiento de la vanguardia proletaria, la euforia nacionalista permitirá la represión violenta. Harán falta unos meses antes de que pueda reconstituirse una vanguardia obrera alrededor de la lucha contra la guerra. Muchos grupos que estaban desarrollando una práctica internacionalista, derrotista, no llegarán a organizarse por fuera y contra el partido del orden, y principalmente contra su componente socialdemócrata (cf. al respecto la sección del Partido Obrero Belga que será excluida por conspiración con el enemigo porque estaba desarrollando contactos con soldados “alemanes” derrotistas, y que no conseguirá resistir a la expulsión; cf. también las fracciones comunistas en la socialdemocracia alemana que tardarán varios años en romper).

Será en Rusia donde las luchas obreras contra la guerra y la miseria se desarrollarán con la mayor fuerza y rapidez. Se puede encontrar a esto varias razones, que se determinan y refuerzan mutuamente:

—La situación económica rusa antes de la guerra era la más desastrosa, lo cual produjo por un lado las luchas obreras más importantes antes de la guerra y, por tanto, un clima social menos propicio a la constitución de una unión nacional indefinida; por otro lado, una agravación de la situación económica mucho más rápida bajo el peso de los gastos de guerra.

—El ejército ruso, que todo el mundo consideraba como uno de los más fuertes y más disciplinados, va a recolectar palizas tras palizas, lo cual sólo podía desmoronar el sentimiento de unión nacional y el entusiasmo del combate.

—Finalmente, el hambre que se desarrollará muy rápidamente en toda Europa, se hará sentir especialmente en Rusia.

En septiembre de 1915, el ejército alemán se encuentra ante Riga y los obreros se mueren de hambre. Esta situación va a determinar fuertes y violentos movimientos obreros. Esta lucha de clases, esta oleada de derrotismo revolucionario, afectará tanto a los proletarios con uniforme —deserciones masivas, disturbios e insubordinaciones, etc.—. Ante esta efervescencia, la burguesía empleará uno de sus métodos de siempre: echar a la fracción burguesa del gobierno y remplazarla por una fracción más obrerista, más popular, una fracción de “izquierdas”. Sin embargo, eso no bastará para romper la oleada de luchas que se está desarrollando, especialmente porque esta fracción de “izquierdas” (Lvov y Kerensky) no puede ofrecer nada más que la fracción precedente, a saber, la guerra y el hambre. Por supuesto, la burguesía mundial comienza a ver que esta guerra, que fue un factor de aplastamiento de las luchas proletarias, se vuelve ahora un factor de revolución. Para la burguesía aliada, se trata entonces a la vez de aplastar a su enemigo burgués en la guerra imperialista y de impedir que se desarrolle la guerra civil. La estagnación del conflicto en los gigantescos pudrideros que son las trincheras comienza a volverse un peligro real para la relación social capitalista. La burguesía teme que el descontento, que se ha declarado violentamente también en Rusia, se extienda a otros ejércitos imperialistas. Es por ello que los aliados piden a Kerensky que desencadene una gran ofensiva que obligará a la burguesía alemana a transferir una parte de sus fuerzas militares del frente oeste al frente este, lo cual debía permitir a los aliados luchar contra Alemania en el oeste.

Pero esta ofensiva va a transformarse muy rápidamente en una verdadera desbandada, en una verdadera masacre en la que serán barridas las tropas rusas. En la propia Rusia, el desencadenamiento de esta ofensiva,

—porque debía permitir terminar con la guerra, debía permitir frenar las luchas de clases que se desarrollaban principalmente contra esta;

—porque, en su defecto, debía permitir a la burguesía rusa reforzar la unión nacional contra el proletariado mediante una bella y gran victoria en la guerra imperialista;

—porque debía permitir masacrar sus regimientos, poco seguros, y repolarizar la sociedad en favor de la burguesía;

—porque, simplemente, implicaba la masacre de proletarios,

desencadenará una respuesta brutal del proletariado. Esta respuesta obrera se expresará en las huelgas, los pillajes, las deserciones, las insubordinaciones, los combates callejeros y sobre todo en el hecho de que, de ahora en adelante, las resistencias en el ejército tomarán un carácter cada vez menos individual. Regimientos enteros rechazarán ir al frente. Sin embargo, para algunos de estos regimientos insubordinados, está claro en ese momento que no rechazan combatir, sino participar en la guerra imperialista y obedecer a la burguesía. Estos regimientos dirán que sólo subirán al frente para defender la revolución y por petición de los soviets. Por supuesto, estos proletarios tenían grandes confusiones en cuanto a la naturaleza de la revolución: muchos pensaban defender la “revolución” de febrero (de hecho, el cambio de fracción de la burguesía a la cabeza del Estado); otros, siempre más numerosos, sabían que defendían una revolución ascendente, la posibilidad de una insurrección proletaria de la que estaba claro que Petrogrado sería el centro. Los soldados y obreros revolucionarios no dudarán en dar su vida cuando se trate de hacer la insurrección, y después para defenderla durante la guerra civil. Esta diferencia es importante, por un lado porque gracias a ella los regimientos revolucionarios quebrarán la propaganda de la burguesía sobre su “cobardía”, sobre su rechazo a ir a remplazar a los regimientos que están en el frente; explicarán que la burguesía intenta alejar de Petrogrado los regimientos revolucionarios para permitir a la represión burguesa hacer su trabajo, posición que recibirá el apoyo de obreros revolucionarios de Petrogrado y de un buen número de regimientos acantonados en el frente. Por otro lado, porque esclarece el estado de ánimo de la clase obrera en Rusia, estado de ánimo bien alejado de la apatía que la fracción de la paz se complacía en describir para argumentar su posición contrarrevolucionaria.

oOo

Tras el triunfo de la insurrección proletaria de octubre de 1917, que sólo fue posible por el trabajo previo de ruptura de algunas fracciones de los bolcheviques, ¡el movimiento obrero en Rusia no conseguirá profundizar su carácter revolucionario y mantenerse como el eslabón determinante en el desarrollo de la revolución mundial! Una de las razones fundamentales de esta realidad es y sigue siendo la cruel falta de experiencia postinsurreccional en la historia del movimiento obrero[1], impidiendo que los revolucionarios en Rusia se apoyaran en las adquisiciones teóricas/prácticas del pasado en ese ámbito.

Hoy, la alternativa nos parece clara: sólo hay dos caminos posibles en esta sociedad, o el mantenimiento y el desarrollo del proceso de valorización, con su cortejo de explotación, de crisis, de guerra y hambre; o la lucha intransigente contra él con tendencia a la satisfacción tan inmediata como sea posible de las necesidades obreras, lo que es evidentemente una única y misma cosa, puesto que las necesidades obreras son directamente contradictorias con las de la valorización. En todo periodo es evidente que la destrucción del proceso de valorización no es más posible en un país que en una ciudad, que esta destrucción sólo puede hacerse a nivel mundial, pero es igual de evidente que simplemente para mantenerse en el terreno de la clase obrera, simplemente para continuar a ser un momento de la lucha obrera que se desarrolla, ¡es un imperativo tener su práctica orientada siempre por estos dos polos! Eso significa:

—la mejora directa de la suerte de la clase obrera en todos los planos, tanto materiales —alimentación, vivienda, duración e intensidad del trabajo, etc.— como políticos —desarrollo de la prensa, de reuniones, de la información, de huelgas contra el capital, etc.—;

—y la obligación de los revolucionarios de trabajar para extender, en tiempo y en espacio, el movimiento que se desenvuelve, para no morirse en el aislamiento, para permitir la revolución.

En lugar de esto, inmediatamente después de 1917, los revolucionarios en Rusia se someterán a la burguesía al aceptar la mayoría (encargándose incluso de reprimir de diferentes formas a los revolucionarios que se mantendrán sobre el terreno del proletariado, ya sean anarquistas como socialistas-revolucionarios de izquierda, fracciones bolcheviques de izquierda, el grupo obrero llamado de Miasnikov y masas de militantes obreros) la gestión de la sociedad y su economía: esta aceptación de la gestión de la sociedad burguesa que lleva a la destrucción del proletariado como clase, a su transformación en masa de ciudadanos atomizados y a la transformación de una parte de los proletarios en gestores de la sociedad burguesa, cooptados por ella y haciéndose así una nueva personificación del capital, una “nueva” burguesía.

En todo el movimiento que va de un punto muy elevado de la oleada revolucionaria mundial —la victoria de la insurrección proletaria en un lugar— hasta su aplastamiento y al desarrollo de nuevo de la producción capitalista frenada por la guerra y la revolución, se encuentra planteada como uno de los puntos nodales donde se enfrentan revolución y contrarrevolución ¡la cuestión de la paz! En efecto la guerra, la única “solución” burguesa a la crisis social que hace estragos  antes de 1914, después de haber hecho retroceder al movimiento obrero mundial mediante la represión y la unión nacional, le dio un brusco impulso al mismo, ¡especialmente al agravar y al homogeneizar la situación social de todos los proletarios! Eso explica que surjan luchas obreras muy numerosas y aún más determinadas, especialmente alineadas contra la guerra. Pero, como siempre, la burguesía tiene una “solución” interna a las contradicciones y antagonismos que se plantean en su sistema:

—igual que a la pobreza le opone la riqueza y  propone “ricos menos ricos” y “pobres menos pobres”, sea el reparto democrático de una miseria cuyas normas siempre echa hacia atrás;

—igual que al fascismo opone el antifascismo, cuando ambos aspiran a depurar la democracia mediante la atomización y la represión violenta, “sin rodeos”, de la clase obrera;

—… a la guerra le opone la paz, porque ambas son factores de la paz social y encadenan a los proletarios a esta sociedad.

Esta realidad que tenemos que tener constantemente en mente para impedir la sumisión de la lucha a una fracción del capital —expuesta como el polo “positivo” de la burguesía— hace que a menudo, en cuanto entran en lucha, los proletarios estén enredados a cierto nivel en esas polarizaciones burguesas y que la lucha sea también y directamente en contra de esta ganga democrática.

Muchas son las luchas obreras contra la guerra que parten de o aceptan la consigna de la paz; muchas son las luchas que, al surgir de hecho contra la miseria, aceptan la consigna de su reparto democrático; muchas aún aquellas que, llevadas contra la represión, el totalitarismo burgués, caen en el antifascismo mientras que la burguesía parlamentaria asume de igual forma la represión de la clase obrera que sus intereses le imponen. Por tanto, no tenemos que buscar movimientos puros que, en el plano de la práctica, de la bandera, de la conciencia, etc., conseguirían rechazar de golpe toda la influencia burguesa. Muy al contrario, tenemos que ver los medios del proceso de depuración de la influencia burguesa que se desarrolla a su interior por y para el desarrollo del enfrentamiento con todos los componentes del Estado burgués, incluidos los reformistas, pacifistas o antifascistas. A cambio, hay que comprender bien la influencia real, práctica, extremadamente poderosa de estas diferentes concesiones a la burguesía; este tipo de bandera, incluso si no corresponde a la esencia del movimiento, es un freno directo de la lucha por lo que expresa de ausencia de ruptura del movimiento con las ideologías burguesas, porque arrastra a una parte de los proletarios a una defensa de los intereses burgueses, por las ilusiones que siembra sobre la realidad del capitalismo —sobre la posibilidad de un capitalismo que fuera el “polo positivo” de sí mismo, sin miseria, sin guerra, no totalitario, etc. Es frecuente que los grupos obreros organizados contra la guerra y el capital en general expresen una voluntad de paz “justa”, siendo de un antipacifismo consecuente. Fue el caso tanto de los eseristas de izquierda como de los bolcheviques de izquierda. Estos movimientos deben diferenciarse claramente, por cierto, de los movimientos pacifistas que estaban en general organizados por y para la contrarrevolución y que deben ser destruidos. Los comunistas trabajan fuera y contra estos movimientos; cuando éstos han conseguido encuadrar individuos y grupos realmente revolucionarios, la tarea de los comunistas es sobre todo extirpar a estos últimos del fango nacional-populista. En el caso de los primeros grupos antes citados, los comunistas trabajan a su interior y por su desarrollo contra las debilidades que contienen, incluso con un nivel organizativo menos claro que el de los eseristas de izquierda y los bolcheviques de izquierda. (Volveremos a sus posiciones respectivas en la segunda parte de este texto). Pero, una vez más, esta contradicción es una de las expresiones de la lucha de clases que marcan el límite de la ruptura de estos grupos obreros y que tienen claramente una influencia sobre su práctica. Los comunistas tienen especialmente como tarea luchar sin concesiones ni compromisos contra todas las expresiones de la burguesía en el movimiento obrero, para permitirle desarrollarse plenamente, práctica y teóricamente.

La paz, en lo que tiene de paz social, de paz entre las clases, es siempre plena y directamente contra el proletariado; sigue oponiéndose a la lucha proletaria contra la guerra, que encuentra su culminación no en la paz (que plantea la inminencia de un nuevo ciclo de valorización-crisis-guerra), sino en la revolución comunista mundial.

La falta de claridad sobre esta cuestión y sobre otras (sobre las que volveremos) permitirá a las fracciones derechistas de los bolcheviques quitarles el mando y desarrollar el gestionismo, el pacifismo, el democratismo… La lucha contra la guerra se transformará en lucha para la paz imperialista y la lucha contra la explotación, en lucha por el capitalismo de Estado, el taylorismo y el stajanovismo, etc. Las fracciones de derecha dirigidas sobre todo por Lenin pondrán todo en marcha desde el día siguiente de la insurrección para permitir la firma de la paz: contacto con las potencias imperialistas del momento para ver cuál sería el más susceptible de permitir una resolución rápida del conflicto interimperialista. La paz podía ser obtenida incluso mediante un desarrollo de la guerra (cf. la petición de Lenin al gobierno americano de material militar para poder luchar contra el ejército alemán con la ayuda de los aliados). Ante el rechazo despectivo de los aliados, que deseaban aplastar a la vez a su enemigo en la guerra imperialista —la nación alemana— y al enemigo del conjunto de la burguesía —el proletariado mundial que representaba en ese momento el proletariado en Rusia—, las fracciones que desean la “paz a cualquier precio” deberán replegarse en la solución de una firma de la paz con Alemania, pero la burguesía alemana intentará sacar el máximo provecho de la firma de la paz, siendo este máximo provecho el poder aplastar la revolución ascendiente en la mayor superficie posible y poder volver a llevarse la mayor parte posible de tropas y material de guerra para poder continuar la guerra imperialista.

La burguesía alemana estaba de acuerdo con comenzar las negociaciones de paz, tanto más cuanto que las perturbaciones sociales que se estaban dando en Alemania y en Austria-Hungría incitaban a esta última a terminar lo más rápidamente posible la guerra en esa parte del mundo, para desarrollarla en Europa occidental. Después de haber negociado con los generales alemanes, dando a estas negociaciones el aspecto más espectacular posible (invitando a Radek, distribuyendo octavillas a los generales alemanes, rompiendo las “relaciones amistosas” entre las dos delegaciones), los negociadores rusos regresarán a Rusia decretando la situación de “ni guerra ni paz”. Eso debía servir para mostrar al proletariado mundial (todavía desde un punto de vista espectacular) que los «revolucionarios rusos no querían firmar la paz. La burguesía alemana, poco inclinada a renunciar a sus intereses, lanza inmediatamente una gigantesca ofensiva que, dada la decisión de los bolcheviques de no organizar la guerra revolucionaria, conoce un triunfo fulminante. Justo después y gracias a esta presión, la fracción de la paz consigue imponer al conjunto de los bolcheviques y del proletariado su posición contrarrevolucionaria. Una vez que el proletariado mundial vio que los revolucionarios rusos “no quieren la paz”, pero que “no pueden hacerlo de otra forma”, se retomarán las negociaciones y llevarán a la conclusión del tratado de Brest-Litovsk (el cual, para la pequeña historia, todos los bolcheviques más importantes se negaron a firmar). Este tratado será firmado el 3 de marzo de 1918 y estipulará que «Rusia renunciaba a todos sus derechos sobre la ciudad de Riga y su entorno, sobre toda la Curlandia, Lituania y una parte de Bielorrusia, cuya suerte debía ser decidida por Alemania y Austria-Hungría “en acuerdo con la población”; reconocía la ocupación alemana en la Livonia y en Estonia hasta que “unas instituciones verdaderamente nacionales” fueran instauradas allí; aceptaba hacer la paz con la Rada ucraniana[2]; Rusia también cedía Kars, Ardahan y Batún, distritos que la población debía “reorganizar” en acuerdo con Turquía. También debían retomarse las relaciones diplomáticas entre la Rusia soviética y las potencias centrales tras la ratificación del tratado. Las cláusulas financieras eran menos draconianas, se hacía una renuncia mutua a las indemnizaciones y reclamaciones diversas. Pero estaba estipulado que los gastos de manutención de los prisioneros de guerra estarían a cargo de sus países respectivos, lo cual representaba para Rusia una enorme carga financiera» (E.H. Carr: La revolución bolchevique, t. III). Pero eso no es todo. Estando tan abierta la puerta, desde el 27 de agosto de 1918 (es decir, bastante antes de la conclusión del tratado de Rappalo en 1922, que permite a Alemania reconstruir su ejército en territorio ucraniano) en Berlín se firmaron sin ruido tres acuerdos suplementarios al tratado de Brest-Litovsk: un acuerdo político, un acuerdo financiero y un intercambio de notas confidenciales, el primer ejemplo de diplomacia secreta por parte del gobierno soviético en el que, entre otras cosas, la Rusia soviética se comprometía a «emplear todos los medios para echar a las fuerzas de la Entente de los territorios rusos del Norte»; si no lo hacía, Alemania «se vería forzada a emprender esta acción si fuera necesario con las tropas finlandesas» y Rusia «no consideraría esta intervención como un acto amistoso» (ibid.).

Entre las numerosas consecuencias de este tratado, es importante destacar ya no la pérdida de territorio (aunque supusiera la pérdida del famoso granero de trigo), sino el aplastamiento del movimiento obrero extendido en esos vastos territorios.

Abandonados a la contrarrevolución con las manos y los pies atados, los revolucionarios de Ucrania privados de toda perspectiva, sin dirección centralizada, sin contactos internacionales, no podrán más que resistir poco a poco y con uñas y dientes para terminar masacrados. Una perspectiva global como la propuesta por los “comunistas de izquierda” de retirada de los revolucionarios al menos habría permitido preservar sus fuerzas, aun perdiendo esos territorios. Además hay que subrayar el hecho de que los bolcheviques se encargaran de la represión antiobrera: al considerarse la paz como una condición para la supervivencia de la “patria del socialismo”, los que estaban en contra de la paz estaban en contra de la “patria del socialismo”. Efectivamente, los revolucionarios consecuentes estaban en contra de la paz y de toda patria, y los bolcheviques que intentaban hacer acuerdos a cualquier precio con cualquier potencia imperialista acusarán a estos revolucionarios de ser agentes del imperialismo. El 4 de julio de 1918 Trotsky pide que se vote una orden de urgencia para imponer sanciones severas a los grupos de partisanos rusos que podían llevar a reavivar la guerra al atacar a las tropas alemanas por su propia iniciativa. El texto de la orden decía lo siguiente:

Aquí mis órdenes: todos los agitadores que, tras la publicación de este decreto, continúen alentando la desobediencia al gobierno soviético serán arrestados, transferidos a Moscú y juzgados por el tribunal extraordinario. Todos los agentes del imperialismo extranjero que llamen a la acción ofensiva (contra Alemania) y ofrezcan una resistencia armada a la autoridad de los soviets, serán ejecutados.[3]

oOo

Nos parece importante extendernos sobre la cuestión del tratado de Brest-Litovsk no porque se trate del fin de la revolución o de una «lamentable pero absoluta necesidad», sino más bien porque materializa un momento clave de retroceso de esta oleada revolucionaria.

La firma del tratado de Brest-Litovsk es a la vez un producto de las debilidades del movimiento revolucionario de estos años y un factor del aplastamiento definitivo del conjunto de la oleada de luchas. En este sentido, la firma del tratado es plenamente contrarrevolucionaria. Y el “realismo” o el “concre(ti)nismo”, en nombre de los cuales “los bolcheviques estaban atrapados y obligados a transigir”, no cambiarán una coma nuestra posición: firmar la paz con la burguesía sólo puede significar refrendar la paz social, el aplastamiento —incluso pacífico— del movimiento obrero, la derrota del proletariado. Brest-Litovsk significará tanto el aplastamiento de importantes perspectivas revolucionarias (aplastamiento del movimiento obrero en Alemania, en el ejército y en el resto de la sociedad, aplastamiento del movimiento obrero en una gran parte de Rusia…) como la apertura de perspectivas contrarrevolucionarias igualmente importantes (expresándose sobre todo en la instauración de la diplomacia secreta y de acuerdos económicos y comerciales entre uno de los centros del capitalismo, Alemania, y la “patria del socialismo”). Pero, aunque no creamos que se trata del fin de la revolución o de una siniestra necesidad histórica, no podemos creer tampoco que la firma del tratado es un error surgido brutalmente y por razones inexplicables. Se trata más bien del desarrollo, de la ausencia de ruptura de los bolcheviques con la ideología y por tanto la práctica socialdemócratas que se ilustra especialmente en la creencia en el progreso y en la democracia, en la creencia en el hecho de que en todos los planos basta con desarrollar y radicalizar “positivamente” las concepciones y métodos burgueses para llegar a los del proletariado; se trata más bien de la incomprensión de lo que significa una ruptura real.[4] Este “positivismo” (que vamos a desarrollar) llevará a la idea de que sería posible desarrollar el capitalismo por el bien del proletariado, incluso si hubiera que aliarse, para hacerlo, con una fracción de la burguesía. Sin embargo, es evidente de que una alianza entre una fracción cualquiera del proletariado, por importante que sea, y una fracción de la burguesía, significa inmediatamente la liquidación de la fracción obrera mediante la subsunción de sus intereses a los compromisos y concesiones necesariamente hechas a la burguesía. La única cosa que puede existir quizá es una correlación de fuerzas entre las clases tal que ninguna de las dos fracciones antagónicas pueda o se atreva a tomar la iniciativa de atacar a la otra; se trata entonces de un statu quo que sólo puede ser momentáneo. La alianza, el frente con una fracción burguesa (entendida como más progresiva) significa en esencia, como demuestra el torrente de sangre que ya ha sido derramada por esto, la destrucción del proletariado, destrucción que se salda políticamente con la pérdida de las conquistas del movimiento, la desorganización y atomización del proletariado y, de forma práctica, su represión física.

Por tanto, la política de Brest-Litovsk no es la culminación de un largo proceso de degeneración, sino más bien el estallido de las contradicciones de los bolcheviques, estallido favorecido y acelerado por el brusco cambio de situación que crea la toma del poder. Por ello, los primeros discursos de los bolcheviques después de la toma del poder expresan ya todas las ambigüedades que a continuación no harán sino desarrollarse. Así la declaración propuesta por Lenin en el segundo congreso de soviets:

El gobierno obrero y campesino proveniente de la revolución del 24-25 de octubre, apoyado en los soviets, invita a todas las naciones beligerantes y a sus gobiernos a abrir sin dilaciones las negociaciones de una paz justa y democrática.

Ya solo esta declaración expresa la renuncia a los principios de la lucha revolucionaria. Más allá de la presencia de conceptos extraños al marxismo, como la «paz justa y democrática» (que significa una paz que excluye anexiones sin indemnizaciones y que respeta la democrática voluntad de los pueblos), ya no se trata de una llamada internacionalista lanzada a la clase obrera mundial, sino una petición «a las naciones […] y sus gobiernos» para que abran negociaciones. Pero para el proletariado no existe más territorio “extranjero” que territorio para anexionar; la justicia de la que se habla aquí es la justicia burguesa, la que tiene en cuenta las fronteras que son indispensables al modo de producción capitalista.

A todos los que nos hablan del terrible y apremiante aislamiento, les respondemos que no existía mejor forma de reforzar ese aislamiento hacer un llamamiento a los gobiernos; la mejor forma de romper con este aislamiento habría sido hacer el llamamiento al proletariado para la revolución mundial.

Ante las pruebas de buena voluntad desde el 14 de noviembre de 1917, la burguesía alemana acepta abrir negociaciones, es decir, sólo 20 días después la insurrección; en consecuencia, se realiza una tregua y Krilenko llama a un alto el fuego y fomenta verbalmente las confraternizaciones. Este giro tan rápido de 180 grados fue favorecido al menos por dos cosas:

—la total ausencia de un programa postinsurreccional, ya sea en el momento en que la insurrección está restringida a un solo país, ya cuando se ha hecho mundial (debido en parte a la falta de experiencia del proletariado sobre esta cuestión), y a la incomprensión de lo que es el capital y por tanto el conjunto de lo que la revolución debe destruir;

—el hecho de que, a través de la consigna preinsurreccional del «pan y paz», la hidra del pacifismo, de la contrarrevolución, ya se había introducido en el movimiento y sólo tenía que esperar su hora.

Las concepciones políticas que sostienen la defensa de la paz

La cuestión central sigue siendo que la fracción Lenin entre los bolcheviques (y de hecho el conjunto del movimiento obrero de la época) nunca conseguirá superar completamente las dicotomías socialdemócratas entre “partido político” y “clase tradeunionista”, entre economía y política, entre Estado y relación social. Si Lenin, empujado por la oleada de luchas, llega a romper con determinadas estupideces socialdemócratas y a poner por delante la absoluta necesidad para el proletariado de destruir el Estado burgués, que no puede utilizar en su beneficio, su visión materialista vulgar del Estado como aparato (incluso el aparato propio de una clase) hizo que los bolcheviques ocuparan el Estado burgués más que destruirlo.

El error fundamental proviene de una grave incomprensión de lo que es el capital, de no comprenderlo como una relación social entre los hombres mediatizada por el intercambio de mercancías como relación entre las cosas. No comprender esto lleva a mantener la relación entre los hombres mientras se critica y lucha contra sus pretendidos excesos, la pobreza o la guerra, aunque sea en nombre de la lucha contra la explotación. De aquí se deriva la creencia de que un cierto número de cosas puedan ser neutras y servir a las dos clases según la correlación de fuerzas entre ellas, puesto que estas cosas no estarían subsumidas ni enteramente determinadas y producidas por el capital. Esta concepción materialista queda completada por una concepción idealista según la cual la evolución del conjunto de la sociedad podía ser controlada por la mera voluntad de los hombres, pudiendo determinar su conciencia de esta forma el mundo. Esta concepción ahistórica de las cosas, a la que se añaden las dicotomías socialdemócratas citadas más arriba y especialmente la separación entre economía y política, van a determinar las medidas tomadas por los bolcheviques. Éstos teorizarán la posibilidad de hacer una revolución política proletaria, de hacer que el proletariado tome y guarde el poder político realizando medidas económicas burguesas. Todas las medidas capitalistas —militarización del trabajo, taylorismo, etc.— serán aceptadas como capitalistas porque, para los bolcheviques, la mejor solución consistía en desarrollar el capitalismo. Así, para defender el socialismo Lenin decía que «tenemos que seguir la escuela de los capitalistas, desarrollar el capitalismo de Estado (= la electrificación + los soviets), tomar ejemplo de Alemania», etc. Los bolcheviques consideraban (o más bien algunas fracciones que conseguirán imponer sus posiciones) que estas medidas económicas burguesas no suponían el menor peligro para la revolución comunista, puesto que el proletariado detentaba el poder político. Todas estas medidas «necesarias para el retraso» de Rusia “podían” tener consecuencias nefastas y especialmente la “reaparición” de la burguesía (¡que nunca había desaparecido!), pero los bolcheviques se sentían seguros, gracias a su “poder político”, de poder combatir esos peligros o al menos mantenerlos en límites aceptables. Al no comprender que la diferencia entre economía y política no existe, que en última instancia es la economía, el modo de producción, el que decide sobre todo y el que impone sus decisiones a la “política”, los bolcheviques creyeron que podían desarrollar de manera concomitante tanto la explotación del proletariado —condición sine qua non del desarrollo del capital— y la dictadura del proletariado. Pero la dictadura del proletariado es la dictadura sobre la ley del valor, el conjunto de medidas destinadas a disminuir y después a suprimir la explotación para destruir el capital y no para aumentar la explotación, ¡aunque sea en nombre del bien de los obreros! En ese sentido, la dictadura del proletariado no puede ser sino mundial; uno no destruye el capitalismo en su pueblo. Ahí está la diferencia, de clase, entre reforma y revolución y no, como creía Lenin, en la cuestión de la violencia. La revolución comunista sólo puede ser social, en el sentido de que no cuestiona tal o cual parte de la sociedad, no lucha contra tal o cual aspecto particular del sistema capitalista, sino que cuestiona y destruye la totalidad de la sociedad burguesa, el modo de producción burgués, el trabajo asalariado. Si el modo de producción, el ciclo del valor, puede obligar a los hombres a tomar medidas muy precisas, también tiene la capacidad de hacer que los hombres que acepten gestionarlo (aunque sea con la esperanza de transformarlo), al estar completamente sumergidos, subsumidos por su realidad, se vuelvan gestores del capital; el capital puede cooptar también individuos de toda proveniencia social, que se convierten así en personificaciones de la relación social, y que tanto ellos como las medidas que toman están completamente determinados por el capital. Esa es la principal fuerza del capital; el aspecto militar sólo sirve para preservar esta subsunción de los individuos atomizados.

El mantenimiento y el desarrollo del capital en la URSS debía determinar muy rápidamente la evolución de toda la sociedad, y ni la fuerza militar ni la conciencia que pudo tener el proletariado en un momento dado habrían podido cambiar eso. El proletariado para sobrevivir como clase sólo podía luchar realmente contra el capital, contra el valor, contra el trabajo asalariado. Si evidentemente no era posible destruir el valor y construir el socialismo en un solo país, puesto que la destrucción del capital sólo puede producirse mediante la dictadura mundial del proletariado, no había que reforzar el capital desarrollándolo, acumulando plusvalía, aumentando la explotación, sino agredirlo exigiendo aumentos de salario, la disminución del tiempo de trabajo suprimiendo de golpe todos los aspectos de la producción inútiles a la humanidad y que sólo servían al capital.

No ver esto determinaría el resto de la actitud de las fracciones derechistas de los bolcheviques:

—para defender el socialismo, había que reformar el capitalismo, puesto que al ser el país “políticamente proletario”, tenía que ser lo más fuerte posible a nivel económico para luchar contra el capitalismo… de los otros;

—por tanto era consecuente reprimir las huelgas que, al atacar la economía capitalista de este “país socialista”, se situaban en el campo de la contrarrevolución;

—para reforzar el capitalismo, también era consecuente utilizar a los especialistas de la explotación: los sindicatos, patrones, oficiales zaristas e incluso los policías, pero “bajo la vigilancia del Estado socialista”;

—todavía para permitir que el capitalismo prosperara, era indispensable mantenerse en un territorio y por tanto defender una de las estructuras fundamentales de la sociedad capitalista: la patria. Es por ello que Lenin dirá muy rápido:

Nosotros somos defensistas[5]; desde el 25 de octubre de 1917, tenemos el derecho de defender la patria. […] Defendemos la patria contra los imperialismos. Somos los defensistas de la patria del socialismo.

… y por tanto “nosotros” participamos en la guerra imperialista, puesto que toda patria es por esencia capitalista e imperialista, en la medida en que sus fuerzas se lo permitan… El único socialismo que puede pegarse al término de patria, es el socialismo burgués que se organiza contra la revolución.

Para “construir el socialismo”, es decir, para desarrollar el capitalismo “a imagen de Alemania”, había que convencer por la fuerza y la ideología a los proletarios para volver a ser explotados. Para defender la patria, había que convencer igualmente a los proletarios de participar en la guerra imperialista y, si fuera necesario, hacer alianzas con uno de los campos imperialistas del momento. Entonces había que defender la patria bajo el pretexto de internacionalismo, bajo el pretexto de que la revolución nunca sería más fuerte que cuando existiera un país que la defendiera o, más bien, que “se reforzara mientras esperaba a poder defenderla”. Una vez que se admitió que la revolución, para mantenerse sólida, debía pasar por el desarrollo del capitalismo y por tanto para la constitución de una “patria del socialismo”, sólo quedaba el problema de “cómo hacer para que esa patria pudiera subsistir ante las agresiones imperialistas”. Por eso hubo que destruir a los que “impedían firmar la paz imperialista”: los “ultraizquierdistas”.

La fracción de la paz no tendrá muchas dificultades para encontrar los argumentos para liquidar a los ultraizquierdistas; ya habían sido utilizados ampliamente por la fracción que había denunciado la insurrección, la fracción dirigida a la sazón por Zinoviev y Kamenev, a los que Lenin había tratado de desertores y rompehuelgas.

La continuidad de la defensa de las posiciones contrarrevolucionarias entre los bolcheviques

El argumento central que empleará la derecha para promover su posición capituladora será el del aislamiento de la vanguardia obrera, a la que según ella las masas obreras no debían seguir. Este argumento recuerda mucho a la declaración de Zinoviev y Kamenev antes de la insurrección:

¿Realmente el estado de ánimo de los obreros y los soldados de la capital es tal que sólo ven su tabla de salvación en los combates callejeros, que sólo pueden salir a la calle? No, ese estado de ánimo no existe. […] Esto muestra nuestra tarea más urgente: el congreso de soviets convocado para el 20 de octubre. Debe tener lugar ocurra lo que ocurra. Debe reforzar organizándola la influencia creciente del partido del proletariado. […] En estas condiciones, sería una mentira histórica muy grave plantear la cuestión de la toma del poder por el partido proletario tal y como se plantea hoy: ¡inmediatamente o nunca!

No, el partido del proletariado se ampliará, su programa se hará más claro para las masas, cada vez más numerosas. Si ahora, habiendo tomado el poder solos, nos encontráramos 

A lo cual Lenin responde:

Los bolcheviques pueden y deben tomar en sus manos el poder. […] No hay que dejarse engañar por las cifras de las elecciones, no se trata de elecciones. […] Esperar una mayoría formal sería ingenuo por parte de los bolcheviques: ninguna revolución espera a la mayoría formal.

Los hombres capaces de hablar así, o bien desnaturalizan la verdad o bien son unos formalistas que, sin tener en cuenta la situación real de la revolución, quieren obtener por adelantado, por todos los medios, la garantía de que en todo el país los bolcheviques han conseguido exactamente la mayoría de votos, más uno. La historia nunca, en ninguna revolución, ha ofrecido tales garantías y no puede ofrecerlas en ningún caso. Formular una exigencia semejante es burlarse del resto, cubrir su huida ante la realidad, ni más ni menos.[7]

Como dice Bilan:

Percibimos mejor la dificultad de fondo para apreciar la situación de 1917-1918 cuando comparamos la extrema decisión que se deriva de las tesis de Lenin de abril de 1917, en una situación en que sin embargo la correlación de fuerzas entre los bolcheviques y el enemigo (con diferentes formas) era desfavorable en una forma distinta que la correlación de fuerzas en 1917-1918. Lenin, nada más llegar a Rusia y aunque estaba en minoría en el partido, armado como estaba de un arsenal de principios adquiridos al precio de una lucha que había durado muchos años, comprendió inmediatamente la significación de la realidad rusa y, pese a todas las apariencias momentáneas, no dudó en preparar un programa de acción que parecía aislar al partido bolchevique de las masas y de los movimientos del momento, pero que en realidad correspondía directamente a la evolución de la situación: cinco meses después, los acontecimientos debían confirmar a la perfección el plan de abril de Lenin.[8]

El giro de 180 grados que se producirá entre el periodo de las tesis de abril y de la crítica acerba de Zinoviev y Kamenev, y el periodo en que Lenin predica la paz a todo precio, es total, tanto más cuanto que dice en sus famosas tesis:

El proletariado consciente sólo puede dar su consentimiento a una guerra revolucionaria si las siguientes condiciones se satisfacen:

a) paso del poder al proletariado y a los elementos pobres del campesinado próximo al proletariado;

b) renuncia efectiva y no verbal a toda anexión;

c) ruptura total de facto con todos los intereses del capital.

[…] Es importante […] explicarles que existe un vínculo indisoluble entre el capital y la guerra imperialista, demostrarles que es imposible terminar la guerra con una paz verdaderamente democrática y no impuesta por la violencia, sin derribar el capital.

Después de la insurrección Lenin, que se convertirá en el jefe de la fracción pacifista, argumenta:

Necesitamos ganar tiempo para poder realizar reformas sociales (basta con mencionar la cuestión de los transportes), necesitamos estabilizarnos y para eso necesitamos tiempo. Tenemos que sofocar a nuestra burguesía y para hacerlo, tenemos que tener las manos libres. Después de eso, nos liberaremos las dos manos a la vez, y ese momento podremos llevar a cabo una guerra revolucionaria contra el imperialismo internacional.

Tenemos que mantenernos hasta el estallido de la revolución socialista general, y sólo podremos llegar hasta entonces concluyendo la paz.

La guerra revolucionaria no debería quedarse en una frase vacía. Si no estamos preparados, debemos firmar la paz. Puesto que hemos desmovilizado al ejército, es ridículo hablar de guerra permanente. Se la puede comparar a la guerra civil. El campesino no irá a hacer la guerra revolucionaria y derribará a todo aquel que lo proclame abiertamente.[9]

Como vemos, el argumento del concretismo, tan bien empleado por Zinoviev y Kamenev, ha hecho escuela. Los bolcheviques ven sus tareas definidas ya no por las necesidades internacionalistas del movimiento proletario, sino por lo que algunos pretenden que es el deseo de las masas. Esta política oportunista fue reivindicada con toda claridad por algunos militantes:

En lugar de mantener a contracorriente las posiciones internacionalistas invariantes de la clase obrera, en lugar de mantener nuestro papel de vanguardia proletaria, en lugar de mostrar en cada lucha parcial y local los intereses históricos y mundiales del proletariado, nos estamos sometiendo a la opinión de la mayoría del pueblo.

Esta política sólo podía llevar a una derrota del proletariado. Algunos de los que habían sabido hacer «caso omiso de la opinión momentánea de los proletarios» para poner por delante lo que están «obligados históricamente a hacer», se echaban atrás bajo la presión del capital para aceptar como base de decisión, no los intereses históricos y mundiales del proletariado, sino las contingencias necesariamente capitalistas.

Estas contingencias, ligadas entre sí, son:

—la necesidad de desarrollar de forma capitalista, es decir, aumentando la intensidad de la fuerza del trabajo, la productividad;

—la necesidad, para hacer esto, de mantener el “socialismo” en un territorio determinado;

—el paso que esto supone desde una comprensión de la contradicción fundamental que existe entre las dos clases antagónicas de la sociedad (proletariado mundial contra burguesía mundial) a una supuesta contradicción entre un “Estado obrero” y los Estados capitalistas, de tal forma que, como consecuencia, dicho Estado “obrero” puede tomar cualquier decisión para su propia salvaguarda, puesto que se convierte en uno de los polos de la contradicción fundamental.

Sin embargo, Alemania sólo está preñada de la revolución

mientras que nosotros ya podemos presentar un bebé vigoroso,

la república socialista, que podríamos matar

al comenzar la guerra.

 

Lenin

 

Contrariamente a lo que creía Bilan, ya no se expresan estas dos consideraciones, «una internacionalista, que hace depender la aceptación de las condiciones del imperialismo alemán de la situación que atravesaba en ese momento el proletariado en este país, y la otra, que sería retomada a continuación por los centristas, que la hace depender de la posibilidad del Estado ruso de hacer malabarismos entre la entente y los imperios centrales, haciendo así depender la posición del Estado ruso no de la posición detentada por la clase obrera en los diferentes países, sino de la guerra que hacían entre ellos los Estados imperialistas» (Bilan: «Partido – Internacional – Estado»), sino una sola. La única consideración que determinará realmente la posición de los bolcheviques es la posición de aliarse con uno de los campos imperialistas (y la fracción de derechas de los bolcheviques estaba tan dispuesta a hacer alianzas con los aliados, por supuesto «con toda independencia», como a firmar la paz con los imperios centrales) para salvaguardar el Estado soviético, ¡el «bebé vigoroso» del nuevo auge capitalista! El resto no será más que un discurso que justifique frente al proletariado mundial por qué el proletariado en Rusia está obligado a abandonarlo, discurso destinado a la posteridad que nos interesa tanto menos cuanto que juzgamos a los grupos y los partidos no a partir de lo que dicen, sino a partir de su práctica real.

Sería falso cargar el peso de la firma de Brest-Litovsk únicamente sobre los hombros de Lenin y de la fracción de la paz. El único marco que permite comprender la derrota que representa el tratado de Brest-Litovsk para la lucha del proletariado mundial es precisamente la propia lucha. Si los bolcheviques terminaron por capitular ante la burguesía mundial firmando una tregua, es ante todo a causa de la ausencia del partido mundial del proletariado, el único que habría podido luchar, gracias a su visión histórica y mundial del movimiento, contra el repliegue contrarrevolucionario y por la extensión de la revolución mundial. Pero este partido realmente sólo habría podido emerger a tiempo si hubiera sido extendido por todo el mundo el trabajo de reapropiación teórica, de preparación de cuadros, en fin, el trabajo de fracción que la fracción revolucionaria de los bolcheviques fue una de las pocas en llevar a cabo, especialmente por la imposición de las tesis de abril. Sólo con anterioridad a la oleada mundial de lucha un centro mundial del proletariado, una internacional combativa, habría permitido que se desarrollara la ruptura con todos los componentes de la burguesía, que la lucha continuara. Esta visión mucho más amplia quizás habría permitido a los revolucionarios de esta época comprender que, como dice Bilan:

La oposición Estado proletario-Estados capitalistas no puede guiar la acción ni del proletariado victorioso, ni de la de la clase obrera de otros países; la única alternativa política sigue siendo proletariado-capitalismo mundial, y el Estado proletario sólo es un factor de la revolución mundial a condición de considerar que el enemigo que debe abatir es la burguesía mundial. Incluso provisionalmente, este Estado no puede establecer su política en función de los problemas interiores de su gestión, los elementos de su triunfo o de sus derrotas están en el progreso o los reversos de los obreros del resto de países.

De esta forma, y sólo de esta forma, los revolucionarios rusos habrían podido tomar sus decisiones no en función de la fuerza relativa de los ejércitos ruso y alemán, sino en función de la fuerza de la lucha del proletariado mundial.

La correlación de fuerzas internacional en aquel momento desfavorable al proletariado, que determinaba la concepción de la paz como algo neutro que podía servir a los intereses del proletariado tanto como a los intereses de la burguesía, la creencia en la posibilidad de construir el “socialismo” en un solo país… todo ello llevará a la firma del tratado de Brest-Litovsk, tratado que de hecho es a la vez materialización y condición del aplastamiento del proletariado mundial. La fracción del proletariado que se suponía que iba a poner por delante los intereses históricos y mundiales del proletariado ponía por delante los intereses particulares no ya del proletariado, sino de una nación con sus ciudadanos atomizados. Como expresión del retroceso general de la lucha del proletariado en ese momento, esta posición de repliegue se difundirá más allá de la fracción de la paz, e incluso en sus enemigos más virulentos. Es así como R. Luxemburgo y K. Liebknecht terminarán por reconocer, tras haber sido extremadamente críticos, la absoluta necesidad dada «la correlación de fuerzas entre el Estado soviético y las potencias imperialistas» de la firma de Brest-Litovsk:

Aún no puedo creer que Lenin y Trotsky no sean socialistas internacionalistas de principios, sino oportunistas y demagogos rusos que, por el triunfo momentáneo de una conservación provisoria, se han pasado al campo del imperialismo alemán, han apuñalado por la espalda a los socialistas alemanes en lucha y a toda la internacional, y están ayudando a los canallas de Scheidemann-David a recoger sus cosechas. […] Si quieren escapar a cualquier precio de la Escila de la caída inmediata, serán con aún mayor facilidad víctimas de Caribdis, es decir, prisioneros de su política de paz, consecuencia del desarme del pueblo ruso, aún tendrán que cerrar una paz separada con el imperialismo alemán antes de que se produzca el efecto internacional, una paz que realmente podríamos haber dejado hacer al zarismo. Por tanto, no serán un gobierno de grandes terratenientes y capitalistas rusos, sino un gobierno del emperador de Alemania en Rusia.[10]

Cinco días más tarde, el 14, dirá:

Lenin y Trotsky deben consolidar su poder no sólo mediante una política de paz (que puede ser o no una política honesta, internacional y socialista), sino también mediante transformaciones sociales y económicas a lo grande, es decir, llevando a cabo la revolución social (tras la revolución política).

Y en definitiva, unos meses más tarde:

La táctica primitiva [la de la izquierda, N. de R.] sólo podía tener éxito al precio de las consecuencias más extremas, hasta el abandono de San Petersburgo (Petrogrado), etc., y el desencadenamiento de la guerra revolucionaria contra los conquistadores en las calles de la capital. Pero eso sólo era posible con el acuerdo de la inmensa mayoría del pueblo ruso y ante todo de la población de San Petersburgo.[11]

La última defensa de esta posición consistirá en repetir la responsabilidad del proletariado alemán en la firma del tratado de Brest-Litovsk:

A no hacer la revolución, [el proletariado alemán] empuja al proletariado ruso a esta solución de repliegue.

El fracaso del proletariado —no del ruso, que ha cumplido con su deber, sino del proletariado alemán— es la causa principal de la catástrofe rusa.

Dilema: naufragio del honor revolucionario —aplazamiento del indulto ignominioso— o revolución alemana.[12]

Rosa Luxemburgo tendrá en términos globales la misma posición, aunque siendo mucho más violenta contra los revolucionarios rusos, mucho más clarividente sobre el carácter internacional de la lucha del proletariado. Sin embargo también caerá en el credo del “realismo”:

La situación es tan mala y el pueblo ruso está tan asqueado de la guerra.

y del nacionalismo:

Todo partido socialista que acceda hoy al poder en Rusia está condenado a adoptar una falsa táctica tanto tiempo como el grueso del ejército proletario del que hace parte falte a su compromiso. La responsabilidad de las faltas de los bolcheviques incumbe en primer lugar al proletariado internacional y sobre todo a la bajeza persistente y sin precedentes de la socialdemocracia alemana.[13]

Sólo la izquierda comunista en Rusia comprenderá y dirá bien alto que todas esas visiones están unidas por su nacionalismo. Si Lenin y la fracción de la paz eran nacionalistas porque querían defender a cualquier precio la “patria del socialismo”, Luxemburgo y Liebknecht le responderán en el mismo nivel: la revolución mundial es la revolución en Rusia, más la revolución en Alemania, más la revolución aquí y allí, etc. Si los primeros dicen «hemos hecho la revolución y ahora estamos esperando a que el proletariado de otros países hagan los mismo», los otros responden «han hecho la revolución, ahora es nuestro turno». Esta visión nacionalista de la lucha de clases está tan desarrollada que Trotsky dirá:

Ciertamente nuestra posición sería mucho más cómoda si los pueblos de Europa se hubieran sublevado al mismo tiempo que nosotros, si no tuviéramos que discutir con el general Hoffman y el conde Czernin sino con Liebknecht, Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo.[14]

¡La revolución se ha vuelto hasta tal punto una cuestión nacional que dos países donde el proletariado ha hecho la insurrección deben discutir todavía si van a hacer la paz o no!

La única cosa que los revolucionarios de todo el mundo tienen que discutir, ante o después de la insurrección, es cómo hacer para que la chispa de la revolución que se enciende en un sitio —pero que seguía siendo vacilante en Rusia— encuentre en el proletariado mundial —y en el proletariado en Alemania— el combustible que le permitiría transformarse en un gigantesco brasero capaz no sólo de alumbrar el mundo, sino sobre todo de deshacerse para siempre en la faz de la tierra del capitalismo.

Segunda parte

Llegada delegación bolchevique

Publicamos aquí la segunda parte del texto centrado en la cuestión de la firma de la paz entre la Rusia soviética y el imperialismo austroalemán en marzo de 1918, en la fortaleza de Brest-Litovsk en Rusia próxima a la frontera polaca.

Algunos aspectos del texto pueden parecer obstrusos y quizá a veces sea necesario referirse a la primera parte.

No obstante, recordamos ya que el tratado de Brest-Litovsk firmado entre Rusia y las potencias centrales daba a estas últimas la autorización de invadir y gestionar una parte importante de la Rusia soviética, principalmente poniendo por aquí y por allá gobiernos burgueses a la cabeza de ciertas regiones —como la Rada. Este tratado sigue siendo para nosotros un momento importante de la destrucción del movimiento revolucionario en Rusia y del desarrollo de la explotación burguesa en ese país, así como en la recuperación de la situación mundial por parte de la burguesía.

Hemos intentado vincularnos lo menos posible a la historia de Brest-Litovsk tal y como la conciben los historiadores burgueses. No nos aferramos a reproducir una adición de “hechos” tal y como se encuentra en un conjunto de documentos,  concretamente en: «Tratado de Brest-Litovsk 1918. Frenazo a la revolución» de Guy Sabatier (título en sí mismo evocador de las debilidades políticas de esta obra, por ejemplo su tentativa de asimilar la revolución de octubre de 1917 a una revolución burguesa y el partido bolchevique a un grupo burgués, o también su falta de comprensión de que Brest-Litovsk es también el producto de un conjunto de debilidades del movimiento obrero mundial y que, si el tratado marca un salto cualitativo en este sentido, no por ello se convierte en el sujeto de la historia). Las obras citadas en los textos: Actas del comité central del Partido Bolchevique, Los Socialistas Revolucionarios de izquierda y la paz de Brest-Litovsk, Trotsky: el profeta armado, así como el trabajo de Shapiro sobre los bolcheviques y la oposición, La revolución bolchevique de E. H. Carr y otros, dan una idea suficiente de estos hechos.

Nos hemos esforzado, en cambio, por analizar todo lo posible las oposiciones políticas, sus debilidades respectivas que han hecho surgir estos hechos, en relación con la situación mundial. Eso explica que, fuera de todo conocimiento histórico, a veces sea difícil comprender la línea de continuidad en el presente trabajo. Si pese a estas dificultades, las lecciones políticas que extraemos de la firma de Brest-Litovsk sobre la cuestión de la guerra y de la paz imperialistas, sobre la actitud de los comunistas al haber triunfado una insurrección en un lugar, sobre el internacionalismo, sobre la no existencia de cosas en sí y por tanto contra el mito de la unidad del partido, se ve claramente que consideramos que este trabajo satisface el porqué lo hemos realizado.

Breve explicación histórica

 

En todo el mundo los años 1900-1920 fueron años de lucha obrera. El movimiento, a través de sus flujos y reflujos (entre los que el estallido de la guerra con su unión nacional y su intensificación de la guerra no fue de los menores), estableció una correlación de fuerzas mundial a tal punto que en 1917 la insurrección fue posible en Petrogrado y Moscú y pudo extenderse al conjunto de Rusia. Tuvieron lugar también otras insurrecciones y disturbios, muchas en Alemania, pero el movimiento obrero no consiguió darse la fuerza y la conciencia que habrían permitido aumentar su desarrollo y su simultaneidad. Así, la correlación de fuerzas produciría la difícil situación que ya conocemos: el bastión obrero en Rusia, la única insurrección victoriosa en el mundo y las múltiples disturbios y tentativas de insurrecciones localizadas por todo el mundo pero sin ligazón organizativa, sin dirección centralizada ni entre los diferentes movimientos esporádicos ni con dicho bastión. Esta situación completamente nueva para el proletariado, muy limitado en su lucha contra el capital por su falta de experiencia, habría debido determinarle a llevar sus luchas de forma central.

 

Pero la realidad de las organizaciones revolucionarias de esa época era que la mayoría de ellas salían de la socialdemocracia y seguían siendo prisioneras de muchas de sus concepciones. Es así como, surgidos de la II Internacional, los grupos y partidos dirigentes del movimiento obrero siguieron estando organizados nacionalmente. Al seguir concibiéndose y organizándose la lucha de clases y en algunos puntos la III Internacional como una adición de movimientos o grupos, su práctica se limitaba a fusionar las diferentes conquistas “nacionales”. (Hemos insistido en este aspecto en la primera parte del texto al denunciar la cuestión de la defensa del «bebé vigoroso» y “socialista” de Rusia y sus lamentaciones de que el proletariado en Alemania no realizara “su” revolución, punto de vista nacional que abría la puerta a todos los compromisos de parte del «bebé vigoroso»). Así, el “internacionalismo” será reservado sobre todo para los discursos destinados a la posteridad y las masas ávidas de revoluciones, incluso si la creación de la III Internacional y sus posiciones en aquel momento fueron una tentativa, y una de las más altas, de ruptura con el marco de la socialdemocracia.

 

Un conjunto de grupos comunistas de izquierda luchará contra esas concepciones, cristalizadas principalmente en la cuestión del tratado de Brest-Litovsk. Pero las debilidades de esta lucha y la falta general de una ruptura con el conjunto de las taras socialdemócratas pesarán mucho y llevarán a su última consecuencia: la orientación de toda la actividad de la Internacional hacia la satisfacción de las necesidades del exbastión de la revolución, de facto convertido en un polo de acumulación del capitalismo (URSS) y en consecuencia, la teorización del famoso “socialismo en un solo país”, intentando así demostrar a los revolucionarios del resto del mundo por qué debían sacrificar sus intereses de clase a las directivas cambiantes que venían del “centro” de la “Internacional”, cada vez más dictadas por las necesidades de supervivencia de la “patria del socialismo”.

 

Esta grave limitación en el desarrollo del verdadero internacionalismo proletario se explica y proviene de la falta de comprensión de lo que es el capitalismo, de la visión atrofiada que lo identifica con sus polos “positivos” —las máquinas, el progreso, la riqueza…— sin percibirlo como una relación social; esta comprensión hizo creer al conjunto del movimiento obrero (incluidas algunas fracciones de izquierda) en la existencia de separaciones y de diferentes intereses entre el proletariado de los diferentes países, a parte de las diferencias y separaciones que impone el capital y que el proletariado tiene por tarea romper más que aprobar. Cf. la Respuesta a Lenin de Gorter sobre la «enfermedad infantil del comunismo», donde este último hace grandes concesiones a las teorías burguesas, desarrolladas en aquel momento por la corriente del propio Lenin y según las cuales, en Rusia, dado el “retraso”, se justificarían las prácticas parlamentaristas y sindicalistas, mientras que en Alemania habría unas condiciones particulares que supondrían que estas prácticas ya no fueran válidas. Las posiciones antiparlamentaristas y antisindicalistas de esta rama de la izquierda alemana (defendidas igualmente por otras tendencias) eran relativamente justas, pero su comprensión seguía siendo por completo socialdemócrata y eso no les permitía delimitarse de las posiciones menos claras de la Internacional. Al hacer derivar estas posiciones de “especificidades nacionales” del capital, estas concepciones supondrían la creencia en especificidades nacionales del movimiento proletario, adoptando principios y tácticas diferentes según el país. (Y si ya algunos veían tales diferencias entre Alemania y Rusia, las cuales entraban más o menos en la categoría de “países civilizados” con una “gran industria”, cómo de monstruosas debían de verse las especificidades de la lucha de los “pueblos de color” o de los “países coloniales”… ante sus “metrópolis imperialistas”). Esta forma de ver: «para Alemania la cuestión sindical es una frontera de clase, fuera es diferente» es una falta de ruptura con las posiciones socialdemócratas, una negación de los intereses históricos, únicos y mundiales del proletariado que permitió cada vez más someterse (más allá del hecho de que la IC hará rechazar estas tentativas de ruptura en Alemania) la política de cada partido a las necesidades de la URSS, cada vez más en términos de defensa del Estado burgués no destruido, de tal forma que estas necesidades se volvían el único vínculo entre los diferentes partidos “centralizados” en Moscú.

 

Esta concepción es evidentemente tan materialista vulgar como groseramente idealista, puesto que parte de cosas vulgarmente materiales —fábricas, máquinas, países…— como base para el desarrollo de la concepción y, en consecuencia por desgracia, del movimiento revolucionario, para a continuación ligar el conjunto de estos movimientos nacionalmente separados por la idea del internacionalismo proletario, lo cual le hace decir a Trotsky que puede “discutir con más facilidad de paz” con Liebknecht y Luxemburgo que con la burguesía en Alemania. En todo esto se elimina el motor real de la lucha de clases y por tanto lo que todo lo que esta tiene de subversivo: las necesidades de la clase obrera, la simple necesidad, para poder sobrevivir en tanto que clase, del internacionalismo proletario y el hecho de que este internacionalismo es un momento de la satisfacción de todas las otras necesidades de la clase revolucionaria. La incapacidad de aprehender prácticamente el carácter social mundial de la clase obrera —puesto que la especificidad del capital es crear una clase que tiene el mismo interés en todo el mundo, unir así potencialmente la suerte de la especie humana… y luchar contra esta unidad que sólo se revela prácticamente contra él—, basándose en las separaciones no esenciales que introduce entre nosotros el capital, refuerza esas separaciones, refuerza el capital. Esta unidad/organicidad no tiene que ser producida idealmente “desde arriba” sobre la base de la unificación de diferentes “patrias del socialismo”, sino que es directamente el producto y la condición de la lucha. No comprender esto es no comprender nada del conjunto del movimiento obrero, es creer que este está enteramente determinado por las contingencias del capitalismo —sus fábricas, sus fronteras, sus guerras…— y por tanto orientarlo a favor o en contra de éstas, lo cual supone que en última instancia, sea cual sea la buena voluntad de los protagonistas, orientar la lucha, a través de la defensa de aspectos “positivos” del capital, hacia la defensa del conjunto del sistema capitalista.

 

El “terrible aislamiento” de la Rusia soviética se revela ante todo como un terrible aislamiento político de las diferentes partes del movimiento obrero internacional, partes que volverán a unirse demasiado tarde (en el primer congreso de la III Internacional en marzo de 1919 y, además, no se dio ninguna orientación unitaria práctica al movimiento mundial) y que se orientarán muy rápidamente hacia intereses distintos de los del proletariado. Es eso lo que hizo que, después de la victoria de la insurrección, cuando los bolcheviques entonces en el poder se plantearán la cuestión de responder a una de sus consignas de siempre —la paz—, la fracción de derechas lo hará de inmediato en términos de nación y de nacionalismo: «Nosotros somos los defensistas del nacionalismo» (Lenin).

 

El problema al que se enfrentan los bolcheviques es doble y particularmente espinoso:

 

—por un lado, el sentimiento de la necesidad de responder positivamente a lo que ellos mismos habían puesto como la consigna central, a saber, la paz (supuestamente para no alimentar el descontento del proletariado en Rusia)

 

—por otro, la comprensión de que, en un país donde surge la revolución en pleno corazón de la tormenta de la guerra, la paz sólo puede pasar por:

      a) ya sea un acuerdo con el conjunto de las potencias imperialistas del momento, incluidos los ex-aliados, dado el frente de todos los burgueses contra la revolución

 

       b) ya sea el desarrollo de la revolución en profundidad y extensión.

 

Ya hemos visto que la primera solución significa renunciar a la lucha de clases, puesto que la burguesía nunca puede renunciar a enfrentarse a la revolución que se desarrolla en un país. Pero es esta concepción la que se impondrá de inmediato en el líder de la derecha de los bolcheviques dirigida por Lenin, como única vía posible para permitir el desarrollo de la revolución. Como a menudo nos explican los defensores de la sociedad que para poder luchar hay que renunciar a la lucha, Lenin nos explica que para poder desarrollar la revolución hay que:

 

—esperar a que se desarrolle,

 

—en la espera, renunciar a luchar para “sobrevivir”.

 

Pero, como decía Trotsky, en contradicción con su propia práctica: «La fracción Lenin está renunciando al motivo por el cual vive para simplemente vivir», pero olvida que «simplemente vivir» es la muerte de la revolución. Así, como no dejan de decirnos los delegados sindicales, «sin provocaciones, manifestémonos con calma, hay que mostrar nuestro sentido de la responsabilidad y mantener nuestras fuerzas», Lenin decía: «no provoquemos al imperialismo y principalmente no a Alemania, para mantener nuestras fuerzas, para proteger al bebé vigoroso». Pero fuera del baño de rejuvenecimiento de la lucha de clases, «el bebé vigoroso del socialismo» se convierte y no podía sino convertirse en el «viejo senil de la burguesía», tal y como las luchas obreras actuales, “protegidas” por los buenos cuidados de los sindicatos de las provocaciones de los hooligans y otros antidemócratas, no pueden sino convertirse en siniestras procesiones tras el féretro de la lucha de clases.

 

Incluso ahí Lenin y su fracción mostraron su incomprensión del método proletario y por tanto el carácter materialista vulgar e idealista de su posición. El carácter fundamental de cualquier cosa es su movimiento; la fuerza del proletariado es ante todo su capacidad de enfrentarse teóricamente/prácticamente a la burguesía; su única y verdadera conquista es «la unión creciente del proletariado» (Marx) contra la sociedad. Esta unión creciente se desarrolla mediante el antagonismo y sólo se mantiene gracias al desarrollo práctico del mismo.

No solo es falso, sino vulgar considerar que la fuerza del proletariado pueda estar determinada por las conquistas materiales, ya sean subidas de salarios, que la burguesía acepte la paz (ambas cosas pueden ser factores y productos del aplastamiento del proletariado), el número de militantes de organizaciones o la facturada de mantenerse en un territorio determinado con un “gobierno obrero”. Los últimos puntos pueden ser consecuencias y expresiones de factores de desarrollo de la lucha de clases y de la fuerza del proletariado, pero no son su fuerza (el capital, por cierto, tiene la capacidad de organizar para sus propios fines inmensas masas de obreros/ciudadanos atomizados). La fuerza real del proletariado está esencialmente determinada por el contenido de su lucha, de tal forma que el factor esencial del “ascenso de las masas a las posiciones del comunismo”, de la organización de las masas sobre la base de un programa revolucionario, consiste en poner por delante teórica y prácticamente un contenido revolucionario intransigente en cada lucha obrera.

El corolario de esta concepción materialista vulgar —«somos fuertes porque somos muchos y somos obreros»— es la concepción idealista según la cual, gracias a las “ideas puras” del comunismo representadas y cristalizadas en el gobierno “obrero”, la “patria” del socialismo podría mantenerse como bastión obrero por fuera de todo desarrollo de la lucha clasista contra el valor y por la extensión de la revolución social. La creencia en la posibilidad de mantener diferentes cosas proletarias “en sí”, ya se trate del partido o de la patria (¡sic!) del socialismo gracias a la idea pura, parte de esta concepción global, defendida por los bolcheviques, de “cosas en sí” (que ya habíamos denunciado en la primer parte del texto a propósito de la paz imperialista, que supuestamente puede servir a los intereses de las dos clases).

La paz de Brest-Litovsk significaba el freno de la lucha de clases, incluso en la concepción de los bolcheviques de derechas, puesto que se trataba claramente de proteger al «bebé vigoroso» de toda agresión y de darse así una prórroga para que el «bebé vigoroso» pudiera crecer. Esta prórroga, como es evidente y como el propio Lenin reconocía, servía “también” a los intereses de la contrarrevolución, a las potencias imperialistas, en la medida que distanciaba a las diferentes fracciones del proletariado mundial. Esta prórroga estaba planteada así en términos de “neutralidad” y debía servir a las dos clases antagónicas y permitir al proletariado desarrollar las fuerzas productivas, también ellas “neutrales” —los soviets, el taylorismo y la electrificación— para reforzar al «bebé». Sin comprender nada del movimiento obrero, confundiéndolo, igual que al capital, con sus diversas concretizaciones parciales, está claro que ya no se alcanza a ver cómo hacerlo avanzar. Sin embargo, para reforzar al bebé y hacer de él un adulto, había que arrojarlo a la vida y no meterlo en el frigorífico, donde no podía hacer más que morirse. La vida para este bebé era la lucha contra la “prórroga”, contra la “paz” y contra la taylorización —explotación de locos para el proletariado— que se defendía con el pretexto de reforzarlo.

Resistencia a la paz

De pronto, tras la toma del poder, la corriente por la paz comenzará su campaña y organizará las primeras negociaciones con las diferentes potencias imperialistas. La mayor parte de los dirigentes aliados habían rechazado con desprecio discutir solamente con Lenin, a excepción del embajador de Bélgica —poco importaba— pero, muy rápidamente, después de haber pedido a EE.UU. armas para luchar contra la burguesía en Alemania (en función de un supuesto interés común entre el proletariado en Rusia y la burguesía del campo aliado), Lenin se dirigirá hacia el imperialismo austroalemán.

Vemos otra vez la confusión sobre la posibilidad de hacer una guerra que convendría a la vez al proletariado mundial, aunque sea representado por el proletariado en Rusia, y una fracción de la burguesía mundial. Es decir, una concepción de la guerra en sí, neutral, que sirve igual tanto a los intereses de una clase como a los de otra, hasta de las dos, concepción que olvida que tanto en la forma/método como en el contenido/objetivo, la guerra revolucionaria y la guerra imperialista son absolutamente antagónicas, puesto que la guerra revolucionaria tiene ante todo como objetivo no matar a los hombres con uniforme (de los cuales la mayoría son obreros más o menos dispuestos a pasar a la revolución), sino destruir las instituciones e ideologías burguesas para permitir a éstos pasar efectivamente a la revolución y por tanto extender y profundizar la revolución. Algo semejante no podía convenir evidentemente a la burguesía aliada, que veía ya en la Rusia revolucionaria un inmenso peligro de subversión contra el que se ensañarían muy pronto casi todos los ejércitos del mundo, y que no quería como es natural que la revolución se encendiera aún más en Europa, especialmente en Alemania, por medio de un cambio de bando de las tropas alemanas. Para la burguesía aliada la guerra es ante todo la masacre del máximo de proletarios con el objetivo de suprimir toda efervescencia social y permitir un nuevo ciclo de valorización. Una vez más, estas dos cosas decididamente diferentes eran reducidas a su carácter material, vulgar y común, el enfrentamiento armado, para a continuación diferenciarlas idealmente mediante la idea de que cada campo se constituye a partir de su práctica, la de uno supuestamente subversiva y la del otro, elemento de orden. Por desgracia, cambiar el nombre no es cambiar la cosa. En lo que respecta a la burguesía de las potencias centrales, percibía con mucha más claridad cómo la paz servía directamente no sólo a sus intereses particulares, sino además a los intereses materiales de toda la burguesía. Bismarck ya había dicho que los ejércitos alemanes se habían convertido en los mayores defensores del orden, puesto que luchaban directamente contra el nido de subversión que significaba la revolución en Rusia. El tratado servía antes de nada para continuar la campaña de pacificación, ya fuera directamente allí donde los ejércitos alemanes se instalaban para el restablecimiento de la paz social, ya dentro de los propios ejércitos alemanes, dado que dejarían de estar sometidos a la presión desmoralizadora de los revolucionarios en el frente ruso y que, traídos de allí, iban a poder realizar una “bella victoria” sobre el frente francés, restaurando así la unión nacional; ya en la propia Rusia, donde el tratado estipulaba el fin de la lucha de clases en todas las empresas que incluso serían parcialmente conservadas por Alemania por medio de la prohibición de la estatalización y de las tomas de decisión de los obreros, así como el regreso de la disciplina de trabajo[15]. Además, es verdad que en los enfrentamientos interimperialistas la paz ruso-alemana interesaba directamente a Alemania, la cual era incapaz de mantener simultáneamente su presión sobre los frentes este y oeste, de tal forma que especialmente la burguesía austríaca, que se encontraba en una situación aún más peligrosa, estaba dispuesta a aceptar cualquier paz, visto que permitía (y la concepción parece común al conjunto de de los Imperios Centrales) bien fuera una victoria definitiva sobre el frente oeste (solución muy improbable dadas las fuerzas vivas del proletariado), bien una de esas victorias pírricas que permitiera simplemente firmar la paz “con la cabeza alta” y evitar así la descomposición de los valores nacionales. Esto evidencia la total incapacidad de la burguesía alemana para hacer algo distinto a una ofensiva relámpago contra un enemigo ausente (como en Rusia, donde los soldados desertaban del frente) y por tanto su incapacidad histórica para mantenerse militarmente contra el proletariado revolucionario que desarrollaba su lucha, lo cual, principalmente a causa de la descomposición de su propio ejército, no dejaba de acelerarse y que sólo fue ralentizado mediante la “conquista” de Ucrania, pero que aún habría sido más acelerado por el derrotismo revolucionario realizado por los proletarios en lucha.

oOo

El movimiento contra la paz se desarrolló en cuanto empezaron las negociaciones. De inmediato, los comunistas de izquierda del partido bolchevique, los eseristas de izquierda y franjas muy importantes del proletariado representadas ampliamente en los soviets, se expresaron contra la apertura de negociaciones y contra toda tentativa de firmar la paz con cualquier potencia imperialista.

Si la Rusia de los soviets no pudiera alcanzar ese objetivo [estimular y acelerar en Europa el proceso revolucionario] por el hecho de su mera existencia, por sus llamamientos y su propaganda, estaría dispuesta a continuar la lucha desesperada contra los enemigos de clase (Alemania o la Entente) con el fin de invitar, con su vida y con su muerte, a los pueblos de Europa a imitarla y a hacer la revolución.

[…] El partido S.R. de izquierda declara que la república de los soviets, rodeadas de enemigos tanto al interior como al exterior, no puede subsistir por sí misma y llamar a la creación de nuevas formaciones socialistas si no es luchando contra ese mundo de enemigos.[16]

La revolución de octubre en Rusia y la toma del poder por parte del proletariado […] han cambiado radicalmente el carácter de la guerra del lado ruso; de guerra imperialista ha pasado a guerra civil contra el capital internacional. El hecho de que las potencias imperialistas inglesa, americana y francesa hagan parte al mismo tiempo de las fuerzas dirigidas contra Alemania y Austria no cambia nada respecto a la solución. No existe ningún vínculo objetivo con el imperialismo;

                          1. todos los tratados con el imperialismo están anulados y no existe ningún contrato militar                                  o de cualquier otro tipo 

                            2. el peso específico de la Rusia revolucionaria es demasiado importante para poder reducir                                  su guerra a un simple anexo de la guerra de bandoleros del capital y de la Entente.

[…] Para decidir si es oportuno pactar una desgraciada paz anexionista hay que partir de los intereses del desarrollo de la situación revolucionaria del proletariado internacional.[17]

Los eseristas de izquierda y la mayor parte de los bolcheviques (entre ellos el comité de Petersburgo, de Moscú, de Petrogrado excepto Lenin, Zinoviev, Kamenev, Stalin —brillante compañía— y algunos otros, el buró central de las secciones lituanas, las secciones de Ucrania y un conjunto de secciones y comités de los que no queda ningún texto) no fueron los únicos en oponerse violentamente a la paz. Un gran número de soviets locales se expresaron de la misma manera, igual que miembros del comité ejecutivo de los soviets y de otros órganos responsables. El movimiento era tan fuerte que durante las negociaciones, ante el congreso de los soviets, Lenin se negó a presentar la posición adoptada por el comité central, a saber: ¡ni guerra ni paz! Consciente del rechazo masivo que los proletarios iban a tener hacia este siniestro “acuerdo” (acuerdo en las palabras, capitulación en los hechos), enviará a Trotsky, mucho más popular, a presentar la moción del comité central, pero ni siquiera éste se atreverá a presentar, en realidad, más que un aspecto de la realidad, a saber, que los bolcheviques rechazan firmar la paz, olvidando de decir que rechazaban también llevar a cabo la guerra de clases. Pero mucho más que los desacuerdos de grupos formales o de estructuras, es un movimiento del conjunto de la clase el que emerge sobre esta cuestión, movimiento que se desarrolló en profundidad y en extensión durante varios meses, movimiento que conocerá importantes desarrollos internacionalistas puesto que se enfrentará tanto a los pacificadores rusos como alemanes. Antes, durante y después de la firma del tratado, la resistencia obrera a las agresiones de la burguesía mundial, principalmente representada por su ejército alemán, en realidad jamás se detuvo, al menos hasta el fin de la guerra imperialista en noviembre de 1918. De lo que se tiene generalmente menos consciencia es de que, a menudo, los partidarios rusos de la paz que se fueron a predicar la buena nueva a los diversos focos de resistencia a la paz, recibieron exactamente la misma acogida que los ejércitos alemanes.

La agitación contra la paz entre los guardias rojos y los partisanos se revestía de formas peligrosas, los comisarios que defendían la paz fueron asesinados, las comisiones de investigación enviadas por Moscú eran acogidas a tiros; su amigo [de Trotsky] Rakovsky, que había dirigido la delegación que había negociado con la Rada, fue recibido a golpe de bombas.[18]

Esta violencia no dejará de desarrollarse al interior de toda la sociedad. Miles de soldados desmoralizados o desertores sólo volvían “a casa” para tomar las armas contra las tropas alemanas que mataban, torturaban y obligaban a trabajos forzados a miles de obreros. Unos grupos de revolucionarios organizados en la guardia roja que no podían soportar asistir, impotentes, a las masacres de sus hermanos de clase, desertaron de esta estructura para organizar la resistencia obrera contra las tropas burguesas allí donde se encontraran.

Dentro del partido bolchevique, algunos militantes habían intentado plantear la necesidad de transformar su desacuerdo en actos deteniendo a Lenin y organizando la guerra revolucionaria. Radek se lo había dicho a Lenin y «en 1923 Zinoviev afirmó que Bujarin y Radek estuvieron considerando seriamente la cosa con los eseristas de izquierda» (ibid.). Llevados por este movimiento se desarrollaron diferentes grupos, principalmente la Majnovichina, y tomaron parcialmente su dirección organizando (y en este caso con genialidad, parece ser) la resistencia armada. En definitiva, después de la firma del tratado, empujados por la rabia provocada por la firma del tratado y por la ausencia de una respuesta real de los bolcheviques de izquierda, los eseristas de izquierdas hicieron un alzamiento. Este alzamiento, totalmente desorganizado, sin planificación ni objetivo, será bastante rápidamente reprimido. Pero el acuerdo de la mayor parte del proletariado con la posición de los eseristas de izquierdas, sumado a su posición clave en la mayor parte de las estructuras militares proletarias de la época —esencialmente en la Guardia Roja y en la Checa— obligó a la derecha de los bolcheviques a emplear grupos de prisioneros de la guerra imperialista que se habían pasado a la revolución para reprimir el movimiento, la única estructura militar aún existente y de acuerdo con hacer el trabajo sucio. Esto prueba que, contra las sórdidas aserciones de los derrotistas en el sentido más burgués del término, el de los pacificadores de la guerra de clases, una franja importante del proletariado estaba por completo de acuerdo con continuar la guerra revolucionaria. De nada sirve argüir que «los proletarios abandonan las trincheras, no quieren luchar más» cuando se sabe ya que antes de 1917 los proletarios abandonaban las trincheras no para no luchar más, sino, muy al contrario, ¡para luchar por la revolución! Así, por un repugnante giro de 180 grados, Lenin y la fracción de la paz intentaron convertir en un argumento para justificar la paz social lo que había sido uno de los momentos primordiales de la insurrección de octubre —la deserción y la desintegración del ejército burgués.

Una vez más, esta posición estaba sustentada por la concepción de las “cosas en sí”, “aclasistas”, “neutrales”. Así, las trincheras y el ejército burgués —morideros para proletarios en uniforme, concebidos por y para la guerra imperialista— a partir de octubre de 1917 se convertirían a consecuencia de la insurrección, que se entiende según esta concepción como un acto mágico que cambia por sí solo la naturaleza de las cosas, ¡¡en instrumentos al servicio del proletariado para la defensa de la “patria” (¡sic!) del socialismo!! Para nosotros, tanto el ejército como las trincheras burguesas son dos expresiones de la misma realidad, del carácter contrarrevolucionario de la guerra imperialista antagónica a todos los intereses proletarios. Y, antes y después de la insurrección, hay que desertar y destruirlos. Para nosotros, la insurrección no es un acto mágico que destruye el valor, esencia del mundo burgués, gracias a su proclamación de un “gobierno obrero”, sino que es algo que consagra un cambio en la correlación de fuerzas entre burguesía y proletariado y que permite establecer las condiciones de la destrucción mundial del trabajo, de la familia, de la patria y así hasta terminar con el viejo mundo.

El movimiento de resistencia a la paz estaba orientado ante todo por la comprensión de que la paz que querían firmar los bolcheviques de derechas sólo podía servir a los intereses de la burguesía mundial. Esta comprensión fue a la vez su fuerza y su debilidad. Fuerza, porque permitió oponerse inmediatamente a la contrarrevolución que intentaba volver a imponerse; debilidad, porque la restricción de estar contra «esta paz», contra «la paz infame», no haciendo de la paz una cuestión de principio, impedirá a algunos y principalmente a los comunistas de izquierdas poner por delante el rechazo y la resistencia a la paz como una frontera de clase, empujándolos de acuerdo en acuerdo hasta la capitulación.

Paz social y firma del tratado de Brest-Litovsk

 

En un primer momento, vamos a destacar la peligrosa falta de una separación muy clara entre paz social y guerra de clases, tal y como se expresa tanto en la guerra imperialista como en la paz imperialista. Ahora bien, insistimos, lo que nos interesa fundamentalmente no es la diferencia meramente interna en el mundo burgués entre paz y guerra imperialistas, mundo que sólo vive gracias a la existencia tan concomitante como alternativa de esos dos polos, porque, fundamentalmente, estamos a favor de la destrucción de esos dos polos y por la creación de un nuevo mundo donde no exista ni guerra ni paz.

 

Digamos enseguida que no nos deja indiferentes el paso de situaciones de paz imperialista a situaciones de guerra imperialista, no más que cualquier otra reforma del capital. Estas reformas intervienen directamente en la lucha de clases y, sólo por eso, las tenemos en cuenta. Es evidente que la guerra imperialista supone una brutal agravación de las condiciones de vida y de lucha del proletariado, así como una forma de destruir las condiciones de la lucha por el comunismo “solucionando” momentáneamente la crisis del capital y matando a los proletarios excedentarios, y más concretamente a los revolucionarios.

 

Sólo por eso, es justo estar a favor de la lucha de la clase obrera contra la guerra (de la misma forma que contra la austeridad, el hambre, la represión, etc.). Sin embargo, el hecho de que la guerra con su carácter brutal acentúe el horror de la vida cotidiana bajo el capital, no debe ocultarnos que guerra y paz tienen una única esencia y por eso son complementarios y mutuamente indispensables. Por cierto, eso es lo que explica que incluso la guerra imperialista no consiga romper la siniestra cotidianeidad del mundo burgués con su reproducción de la “vida inmediata en suspenso”, con la lucha de todos contra todos por la producción/reproducción de la fuerza de trabajo de los ciudadanos atomizados. La única diferencia es que la guerra instaura una cotidianeidad diferente en las formas, institucionalizando “la inseguridad” desarrollada de forma preventiva en los periodos de paz imperialista. Hablamos de ausencia de ruptura porque guerra imperialista y paz imperialista son dos ejes contra el proletariado y para la valorización, de lo que se trata ante todo es de mantener la paz social para mantener el mundo burgués. La burguesía desarrolla cinéticamente una violencia acumulada potencialmente durante x tiempo, cambiando así la forma de su terror, pero no su contenido.

 

Por otro lado, es bastante evidente que, contrariamente a lo que induce la ideología burguesa, no es la nacionalidad de los protagonistas la que determina la naturaleza de clase de las guerras. Hay guerras imperialistas que se desarrollan enteramente en un solo país (cf. por ejemplo España 1937-1939, Bangladesh, Líbano, Chipre, etc.) porque se trata de la lucha entre dos fracciones de la burguesía para conquistar y/o repartirse los medios de producción y los mercados. En este sentido, son completamente imperialistas y eso se expresa por la ausencia de lucha del proletariado, su incapacidad a organizarse como clase y de tener la fuerza para imponer otra correlación de fuerzas. Inversamente, la guerra de clases puede manifestarse a través de enfrentamientos del proletariado de un país contra el ejército burgués de otro país, es decir, cuando los dos protagonistas son de nacionalidades diferentes, como en Ucrania después de la llegada de tropas alemanas. Pero la nacionalidad de los combatientes no es un criterio del que partamos nosotros como comunistas, incluso si tenemos que tenerla en cuenta. Este criterio sirve sobre todo para permitir a la burguesía separar a los proletarios. En cuanto a nosotros, partimos ante todo de la existencia o no de un enfrentamiento entre dos proyectos sociales, dos clases antagónicas, ambas mundiales. Hacemos intervenir entonces la cuestión de las nacionalidades para comprender e impedir a la burguesía transformar el enfrentamiento entre clases en un enfrentamiento interimperialista. Por este motivo la burguesía intenta siempre que los proletarios de un país sean reprimidos por los proletarios en uniforme encuadrados como asesinos profesionales de otro país, porque a menudo eso permite volver a atomizar a los proletarios en lucha dentro de la “unidad nacional” contra el “invasor”, para a continuación, una vez derrotados política y militarmente, masacrarlos si se siente necesario (cf. Hungría en 1956 y la preparación de la unión nacional en caso de invasión por la URSS, en las últimas luchas de clase en Polonia). El proletariado quiebra de manera práctica estas tentativas cuando los proletarios “invadidos” continúan luchando contra “sus” burgueses al mismo tiempo que contra el ejército burgués “extranjero” y cuando los proletarios “extranjeros” en uniforme vuelven sus armas contra sus propios generales y se unen a los insurgentes. Evidentemente, eso implica de nuevo el desarrollo práctico de la lucha mediante el enfrentamiento armado contra las tropas de choque de la burguesía llevadas allí para reprimir, paralelamente a todo el trabajo de propaganda y de agitación proletarias que hay que llevar, incluido por supuesto dentro del ejército burgués.

En Rusia, con el desarrollo de relaciones interimperialistas, sean de guerra o de paz imperialista en el lugar de la confraternización de los proletarios de todos los países, del internacionalismo proletario, se rompe y se reprime toda la lucha de clases del proletariado contra “su propia” burguesía, permitiendo la transformación de franjas importantes de revolucionarios en nuevos gestores de la economía capitalista.

Para nosotros la frase provocadora de Karl Liebknecht, «El enemigo está en tu propio país y es tu propia burguesía», sólo puede significar: ¡lucha contra todas las fracciones burguesas que se enfrenten a ti, sea cual sea su nacionalidad!

Los bolcheviques de izquierda tenían razón al decir que la cuestión internacional se planteaba en términos de la guerra llevada a cabo por el proletariado de un país contra el Estado burgués de otro país, incluso si hubiera sido más claro decir: la guerra del proletariado mundial en un país (y en aquel momento, en varios países) contra el Estado mundial. La “guerra del lado ruso” habría debido convertirse en guerra civil contra el capital mundial con lo que eso implica de rechazo de acuerdos dentro y fuera de Rusia, de intransigencia, derrotismo e internacionalismo revolucionarios.

Además, en la sucesión de dos tiempos complementarios que son la guerra y la paz imperialistas, son exactamente los mismos valores que establecía la burguesía contra el propio riesgo de la lucha de clases. En la guerra imperialista lo que se impuso fue “Familia-Trabajo-Patria para impedir a esos sucios …………………. (rellénense los puntitos según la fracción burguesa que hace el discurso) entrar en nuestra casa” o bien “necesitamos espacio para que nuestro pueblo pueda vivir bien”. En la paz imperialista es “Familia-Trabajo-Patria para impedir a esos sucios… invadir nuestro mercado con sus productos” o bien “la necesidad de conquistar mercados para permitir exportar a nuestra industria en expansión”. Así, paz y guerra no son más que dos momentos de la continuación del proceso de acumulación por otros medios. En los dos casos, los alborotadores contra el trabajo, la familia y la patria son —y esto es verdad— enemigos del pueblo  pagados —y esto es falso— por el extranjero y condenados a doble título. Para el conjunto de obreros es o bien la muerte bajo las bombas, el gas y las bombas de neutrones, o bien la muerte por hambre, fatiga o por accidente de trabajo. En los dos casos, la mera supervivencia es la única posibilidad, sin que jamás haya ninguna satisfacción de nuestras aspiraciones humanas, puesto que toda nuestra supervivencia está orientada hacia la valorización.

En la primera parte hemos puesto el acento en el aspecto de pacificación social del paso de la guerra a la paz. En la medida en que restaura la unión nacional, permite el establecimiento de drásticas medidas de represión y pacifica mediante reformas, aunque sea momentáneamente, franjas importantes del proletariado, la guerra imperialista permite aislar y después reprimir a las vanguardias obreras en un primer momento, para a continuación reprimir al conjunto del proletariado que, sin dirección, no consigue responder a los ataques de la burguesía.

Tanto en la guerra imperialista como en la paz imperialista, la tendencia es aniquilar al proletariado como clase. Eso significa no el final del enfrentamiento proletariado/burguesía —no siendo el mundo burgués más que la agresión ininterrumpida al proletariado por parte de la burguesía, personificación del proceso de valorización—, sino la ausencia del proletariado como clase organiza y protagonista activa de este enfrentamiento, es decir, el no desarrollo del polo revolucionario de la contradicción. Pero, de la misma forma que guerra y paz imperialistas significan, desde ese punto de vista, la paz social —que es la ausencia de la clase obrera como sujeto o, dicho en otras palabras, la atomización tan intensificada como sea posible de los ciudadanos que se las arreglan, el reino de cada uno para sí—, en esas dos situaciones puede surgir la guerra de clases. Su realidad común es estar en contra del proletariado mediante el desarrollo incesante de la inhumanidad, del horror y la explotación, pero es esta misma realidad la que les pone delante del peligro común de la revolución comunista. El paso de la paz social a la guerra de clases, tanto durante una guerra como de la paz imperialista, se hace con la reemergencia del proletariado que actúa directamente. Como decíamos en la primera parte de este texto, entre guerra y paz imperialistas, no hay un “mal menor” que podría escoger el proletariado (entre dos males, el peor es escoger uno) y renunciar así a su propia alternativa, que se sitúa y no puede más que situarse contra los dos polos: la revolución. La misma existencia de esos polos sirve principalmente a esconder frente a los proletarios la vía de su verdadera lucha, haciéndoles escoger un polo de una contradicción interna al sistema capitalista: guerra o paz (como fascismo/antifascismo, riqueza/pobreza, “tercermundismo”/imperialismo, etc.). Además, prácticamente el paso de uno a otro sirve para deshomogeneizar la suerte del proletariado mundial, el cual se homogeneiza en la crisis todavía “pacífica” o se deshomogeneiza con la aparición de “países en guerra” y otros “en paz”, con la emergencia de “países agresores” y “países agredidos”, con los “aliados” y los “enemigos”, etc. Cuando la guerra se estanca, cuando esas “diferencias” desaparecen, todos los países participan en ella de una u otra forma y es la miseria común a todos los proletarios la que se vuelve el elemento más evidente con el estallido de luchas que eso supone, la paz viene a “calmar los ánimos” y deshomogeneizar la situación gracias a los países que entran los primeros en la paz, gracias a los “vencedores” y a los “vencidos” y con la capacidad que eso tiene de volver a centrar a los obreros en la situación de “sus países”. Guerra y paz son por tanto complementos inseparables y la lucha contra uno de los términos implica directamente la lucha contra el otro, y eso sea cual sea la conciencia de los agentes que llevan a cabo esa lucha.

En la primera parte, recordábamos que las luchas contra la guerra, realmente contra esta, pueden partir de consignas de paz, pero se trata entonces de una debilidad (en otras palabras, de una influencia de la burguesía dentro de la lucha obrera) y hay que eliminarla (la lucha como partido se refuerza depurándose) bajo pena de convertirse, principalmente con el cambio de situación, preponderante y de arrastrar la lucha en el marasmo del reformismo y de la democracia.

Los bolcheviques de izquierda no comprendieron la importancia que estaban llevando contra la firma del tratado de Brest-Litovsk; no elevar su oposición a la paz al rango de principio hizo que no pudieran organizarse, más allá de su lazo formal al partido, contra los partidarios de la paz, con el conjunto de los obreros en lucha y más concretamente con los eseristas de izquierdas que les apremiaban a actuar así.

Los bolcheviques de izquierda justifican su falta de voluntad y su incapacidad para dar una forma y una expresión a la creciente tendencia revolucionaria en el proletariado bolchevista mediante las exigencias de la “disciplina de partido”. […] En presencia de divergencias tan profundas como las que hemos constatado, la táctica elegida por los bolcheviques de izquierda es criminal, porque al borrar y disimular esas divergencias, favorecen esa misma política que, en su propia opinión, descompone y desorganiza la revolución obrera y campesina.

En nombre de “la unidad” del partido, los bolcheviques de izquierda sacrifican la razón de ser del partido, la existencia misma de la revolución.

Nosotros, Socialistas Revolucionarios de izquierda, tenemos (tanto más) el derecho de invitar a los bolcheviques de izquierda a llevar a cabo la revolución.[19]

Vamos a intentar, principalmente en base a las aproximaciones teóricas que acabamos de hacer, ver las fortalezas y debilidades de las dos corrientes organizadas más grandes que se opusieron a la paz de Brest-Litovsk, y en base a estas y a los cambios de situación (sobre todo al “fin” de la guerra imperialista y al cambio de la correlación de fuerzas burguesía/proletariado), ver el porqué del aplastamiento del primer gran movimiento obrero posinsurreccional en Rusia, en lugar de su desarrollo como regenerador de una lucha de clases en la que sus fronteras no cesarían de tomar peso.

Los bolcheviques de izquierda y la cuestión de la paz

 

No pocas de las críticas, por desgracia sobre todo teóricas, que hizo este grupo golpearon con enorme justeza, destacando a la vez la falta de realismo de Lenin (cuando creía que “obtendría una prórroga”) y su abandono de los principios elementales de la lucha de clases.

 

El camarada Uritsky estima que el error del camarada Lenin actualmente es el mismo que en 1915, es decir, abordar las cosas desde el punto de vista de Rusia y no desde el punto de vista internacional.

                                

[…] Para decidir si es oportuno concluir una paz anexionista, mísera, hay que partir de los intereses del desarrollo de la situación revolucionaria del proletariado internacional. 

[…] El imperialismo internacional no se detendrá ante la violación de ningún tratado, sea cual sea, en el momento en que pueda atacar a la república soviética. Es ridículo pensar que “así obtendremos una prórroga”. No obtendremos ninguna prórroga aparte del aplazamiento de la revolución internacional.[20]

 

Asimismo, era muy elevada la comprensión de los bolcheviques de izquierda del paso de la guerra imperialista a la guerra de clases y los métodos proletarios para enfrentarse a un ejército burgués, de la unicidad del proletariado mundial, de la conexión entre la firma de la paz y la pacificación social en Rusia. No vamos a atiborrar el texto de extractos de declaraciones de los bolcheviques de izquierda o de su periódico (Kommunismus), pero intentaremos reproducir brevemente su concepción de la guerra revolucionaria en general y de su aplicación a la situación en Rusia, para a continuación denunciar sus debilidades paralizantes.

 

 

oOo

 

 

Los bolcheviques de izquierda percibían con mucha claridad que el tratado de Brest-Litovsk iba a:

 

—destruir parcialmente la inmensa oleada de simpatía que los revolucionarios rusos habían adquirido gracias a su determinación en la lucha (los proletarios en uniforme en Francia llevaban mal que la firma del tratado permitiera a los burgueses en Alemania intensificar la guerra en el frente donde estaban, ya que el tratado agravaba directamente su situación: después del tratado, medio millón de soldados alemanes fueron llevados del frente del Este al del Oeste). Eso tuvo como grave consecuencia que el único verdadero nivel de centralización teórica/práctica del proletariado mundial en aquella época —a saber, la centralización que tuvo como modelo la insurrección rusa porque ¡oh! qué buena para imitar y qué prestigiosa era— fue fuertemente menoscabada por la desconfianza, ¡y con razón!

 

—obligar al poder “proletario” a infinitas concesiones ante la burguesía mundial, tanto en el interior como en el exterior, para que las fracciones ante las que eran hechas esas concesiones dejen al «bebé vigoroso» en paz; las concesiones sucesivas ante tal o tal fracción de la burguesía interior y exterior se extenderán progresivamente a todos los aspectos de la sociedad, restableciendo así el orden burgués. Además de las concesiones ante la burguesía alemana por medio del respeto de su propiedad, se harán también por medio de los acuerdos militares ruso-alemanes que “culminarán” con el tratado de Rapallo  en 1922 —con la autorización de reconstituir el ejército alemán en territorio ruso, dado que una cláusula del tratado de Versalles lo prohibía en suelo alemán—; concesiones a los burgueses rusos, ya sean industriales, maderos o militares, para que ayuden a la reconstrucción nacional llamada desde entonces «reconstitución del bebé vigoroso» o «construcción del socialismo». Esas concesiones se manifestaban mediante la militarización del trabajo, el taylorismo, el mantenimiento de los maderos en su puesto, la reintroducción de oficiales zaristas cuando la guardia roja se transforme en ejército rojo con reclutamiento obligatorio y condena a muerte para los desertores. En fin, ¡todos los valores burgueses se pusieron al orden del día!

 

—deshomogeneizar de facto la situación del conjunto del proletariado de la manera antes descrita: mediante la división países en guerra/países en paz, vencedores/vencidos…

 

—sustraer a los proletarios de Alemania a la influencia subversiva de la revolución rusa. ¡Y evidentemente la cláusula del tratado que permitía a los soldados rusos y alemanes rencontrarse bajo el control de sus oficiales no podía ser un factor de subversión del ejército alemán! La diferencia es enorme entre un ejército asediado por grupos revolucionarios escurridizos que cortan las comunicaciones, impiden a las tropas recibir noticias, material y comida, un ejército confrontado a la resistencia de todos los obreros que boicotean sus desplazamientos, hacen huelgas, etc., un ejército sometido a una propaganda derrotista en todo momento, que demuestra la diferencia entre el riesgo de morir por obedecer a su burguesía que ordena masacrar a sus propios hermanos de clase, y la posibilidad del paso a la revolución; un ejército, en definitiva, en el que había que romper la disciplina, organizarse contra los oficiales y suboficiales para expresar el rechazo de una solución cada vez más invivible, y un ejército pacificado, bien alimentado, ante una resistencia muy débil y dispar y donde la burguesía organiza la “confraternización” entre proletarios atomizados. El proletariado se encuentra en la situación práctica de la lucha de clases y por tanto se encuentra con la obligación diaria de elegir entre sumisión y revolución. Esta situación, mucho más dura y donde los antagonismos sociales son llevados hasta el extremo, deja a los proletarios en uniforme (que deben elegir directamente entre matar a sus hermanos de clase y arriesgarse a ser matados por ellos, u oponerse a la burguesía y practicar la confraternización) mucho más sensibles a la propaganda derrotista revolucionaria. Mientras que, cuando se retoman las riendas del ejército, se atomiza al máximo a los obreros en uniforme, reina el orden y la propaganda revolucionaria tiene mucha menos audiencia.

 

—en definitiva y evidentemente, permitir la masacre de todos los proletarios en  lucha, dejados “a la discreción” de la burguesía mundial por medio del ejército alemán. Para los proletarios en Ucrania, pero también en Finlandia, Lituania y otras regiones “dejadas como pasto” de la burguesía. Además, el simple hecho de que algunos militantes revolucionarios sabían que sus hermanos de clase o algunos que se suponía que lo eran les masacrasen sin rechistar, porque su masacre se suponía que iba a servir a la causa del socialismo, no podía sino crear inmensas separaciones entre ellos.

 

Además, los bolcheviques de izquierda tenían una buena comprensión de las tareas inmediatas de los revolucionarios para transformar la situación de aislamiento del proletariado en Rusia en condición de la extensión de la revolución mundial. Comprendían bien y ante todo que no tenían ningún territorio que defender: «Que los alemanes avancen 100 verstas más. Sólo nos interesa un aspecto: cómo se reflejará eso en el movimiento internacional» (Bujarin, ibid.). «Es precisamente la guerra civil contra el imperialismo alemán, precisamente que nos estemos ahogando, el que podría hacer estallar la revolución en Occidente». Por eso los comunistas de izquierda apostaban por una campaña por la guerra de clases —arrastrar a los proletarios dubitativos en lugar de dejarlos someterse— y una campaña derrotista en el ejército alemán aprovechando que muchos prisioneros de guerra se habían pasado a la revolución. Preconizaban también, si la situación obligaba a ello, la retirada de los proletarios de regiones que invadiera el ejército alemán, ligado a una táctica de “tierra quemada” que hiciera la vida de los proletarios en uniforme aún más desagradable. Por último, proponían el envío de grupos de revolucionarios tras las líneas alemanas para hostigarles y desmoralizarles por la presencia ininterrumpida “de enemigos” escurridizos que se encargaran tanto de tareas militares como de propaganda. Se trataba de demostrar que el enemigo es la burguesía mundial, representada por los suboficiales y oficiales que disparan a la espalda de todos los proletarios que se niegan a matar a sus hermanos de clase. En resumen, se trataba de convencer a los proletarios en uniforme para que rechazasen obedecer las órdenes de los asesinos manifiestos de la burguesía para descomponer el ejército y hacerlos pasar a la revolución. También hay que señalar que si las tropas alemanas se mantuvieron globalmente sumisas a la burguesía, es además por una falta de internacionalismo de los revolucionarios de la época. En primer lugar, porque la falta de centralización hizo que los revolucionarios rusos y alemanes no tuvieran nunca una práctica común y que los revolucionarios alemanes desarrollaran —al contrario que los revolucionarios rusos— una escasa actividad en el ejército, todo esto cuando cada acto pasado realizado en común por los revolucionarios de los dos países en guerra había encarnado la más clara demostración del internacionalismo práctico y, como tal, hubiera tenido un peso enorme en las posibilidades de extensión revolucionaria. En segundo lugar, porque hasta que no llegó la insurrección los revolucionarios en Rusia nunca se habían preocupado por hacer un trabajo subversivo en el ejército alemán, siendo eso “una tarea exclusiva de los revolucionarios alemanes”, “a cada uno su revolución”… siempre esa vieja concepción nacional de la lucha de clases.

En realidad los comunistas de izquierda ponían por delante con toda claridad el carácter ineluctable de la lucha para que la clase siga siendo la clase, que no se atomice, y el hecho de que la nueva fase de la lucha de clases pasaba por la unidad entre las armas de la crítica y la crítica de las armas. Enfrentamiento armado y propaganda derrotista debían permitir la descomposición del ejército alemán, como lo habían permitido ya en el ejército ruso, puesto que la guerra de clases es ante todo descomposición de las instituciones e ideología burguesas y no la masacre de los “enemigos”, entre los cuales una buena parte pasarían a la revolución. Eso no impide evidentemente la muerte de hombres, pero incluso estas se reflexionan en términos de desorganización, puesto que por ejemplo a veces la muerte de un oficial permite a quince proletarios en uniforme pasar al campo revolucionario. Pero, pese a la presencia de un fuerte movimiento social que se expresaba en contra tanto del ejército alemán como de ciertos aspectos de la política de los bolcheviques (requisas en el campo, paz, restricciones de las medidas tomadas “espontáneamente” por los proletarios en lucha…) y pese a su elevada comprensión de las necesidades inmediatas de la lucha de clases, los bolcheviques de izquierda no llegarán ni a dirigir en un sentido revolucionario, ni a participar realmente en ese movimiento. Esta incapacidad es tanto más grave cuando que existía una correlación de fuerzas a favor de los partidarios de la guerra, ya fuera entre el proletariado revolucionario, ya en las diferentes organizaciones en las que se desarrollaba la lucha de clases, a saber, bolcheviques y eseristas de izquierda (y muy probablemente, un cierto número de grupos desconocidos de nombres desconocidos), y cuanto que estos últimos les hacían llamamientos bien claros. Por eso, tenemos que llegar a comprender lo que en el programa de los bolcheviques de izquierda permitía, más allá del “peso de las personas” y principalmente de la imagen de marca de Lenin y Trotsky, esa renuncia consciente a los principios que defendían. Bajo esta comprensión ya es posible ver cómo el mito de la unidad formal del partido, la democracia y toda una serie de chanchullos, permitieron aplastar a los bolcheviques de izquierda.

Debilidades teóricas de los bolcheviques de izquierda y chanchullos electoralistas de los bolcheviques de derecha contra la revolución

 

Las debilidades teóricas más marcadas de los bolcheviques de izquierda nunca fueron otras que las heredadas de la socialdemocracia y mantenidas por todas las fracciones obreras de la época, aunque en grados diferentes. Entre ellas encontramos la incapacidad de comprender el capitalismo como relación social, como totalidad, lo que tiene como corolario evidente las separaciones que transforman la comprensión de la realidad de la totalidad y de los elementos que la componen, en elementos igualmente separados de forma arbitraria pese a su unicidad real. Esta falsa metodología se expresa mediante las separaciones socialdemócratas entre economía y política, entre guerra y paz. Ahora vamos a intentar demostrar y explicar estas separaciones y sus consecuencias. Preciso es que digamos que se trata de incomprensiones clásicas, las mismas incomprensiones que las de Lenin, por ejemplo, pero menos flagrantes, con un nivel de ruptura más elevado.

La base de estas debilidades es, en nuestra opinión, el burdo empirismo que tan extendido estaba en las las fracciones comunistas de la época. Si en nuestra lucha partimos, por un lado, de un conjunto de hechos concretos como la miseria, la explotación, la guerra, es decir, el total aplastamiento por parte de la sociedad sobre nuestras necesidades y para nuestra explotación, y por otro lado la posibilidad igualmente concreta de “otra cosa”, como el comunismo (por sí misma, la miseria es un factor de revolución o de atomización/competencia acrecentada entre obreros/arréglatelas-como-puedas individual; si fuera por esencia subversiva, conociendo el desarrollo que le ha dado el capital, deberíamos vivir desde hace ya tiempo en el comunismo). Pero para comprender el mundo y por tanto para dirigir nuestras luchas, no podemos quedarnos en la fase de lo concreto, de lo contingente e inmediato. Tenemos que “hacer abstracción” —comprender la realidad sustancial que subyace a los diferentes momentos concretos, no siendo esta abstracción “ideal” sino real e ideal[21]— de las diferentes situaciones contingentes, para comprender las características generales de la sociedad, su sustancia, su totalidad, es decir, su movimiento real. La burguesía intenta impedirlo aumentando las diferentes contingencias fenomenológicas (nacionalidad, edad, religiones/sin-religión, situación laboral, salario, guerra/paz, invasores/invadidos, etc.) y distorsionando la realidad, no tanto con la cortina de humo que es supuestamente lo concreto, que nos impide percibir la esencia de las cosas, sino sobre todo por medio de sus ideologías. Ya partan estas de lo concreto o de lo abstracto, estas ideologías consisten en generalizaciones abusivas de cosas parciales. Si es verdad que hay que trabajar para vivir en esta sociedad, es falso que siempre haya sido así y que siempre será así. De esta siniestra realidad la burguesía hace una ideología, la del trabajo como realidad eterna, del hombre que debe trabajar para ganar su vida “con el sudor de su frente” ya sea porque “el hombre se realiza en su trabajo” o porque “compensa así el pecado original”. A través de las experiencias de generaciones y generaciones obreras, hemos extraído la lección esencial de que, bajo nuestro punto de vista, el eje de la sociedad burguesa es el enfrentamiento entre burguesía y proletariado, personificaciones de dos proyectos sociales antagónicos. Una vez que se ha evidenciado este secreto, oculto principalmente por el carácter fetichista de la mercancía, ¡qué real es esta abstracción, que nos guía cuando debemos orientarnos en la realidad!; después de haber ido de lo concreto a lo abstracto, ascendemos de lo abstracto a lo concreto.

Este método de pensamiento y de práctica estuvo ausente por desgracia de las preocupaciones de los bolcheviques de izquierda. Habiendo partido de lo concreto, de la necesidad de no dejar de enfrentarse a la sociedad burguesa y por tanto de desarrollar la guerra revolucionaria, los comunistas de izquierda tomaron posiciones empujados por la realidad inmediata de los obstáculos puestos a la resistencia obrera. Fueron estas necesidades inmediatas las que permitieron a los bolcheviques de izquierda comprender que no podía haber salvación para la clase fuera de la profundización incesante del enfrentamiento entre proletariado y burguesía hasta el comunismo. Pero estas reacciones empíricas, aunque clasistas, conllevaban en sí sus propios límites,  puesto que la resistencia a la paz no fue comprendida como indispensable para la continuación de la revolución. Y eso se explica por la incapacidad de los bolcheviques de izquierda para ascender de esas realidades concretas a sus propias abstracciones —es decir, a sacar el principio de esas realidades— para a continuación volver a concretizarlas —es decir, a emplear ese principio en las fases ulteriores de la lucha de clases. Este empirismo político conlleva el peligro de que la toma de decisión inmediata no se confronte con la realidad histórica y mundial de la lucha del proletariado; habiendo aparecido ésta gracias a los procesos reales concretos de la lucha obrera y en las similitudes que aparecían en todos ellos, por encima de las diferentes contingencias que el capital se las ingenia para desarrollar. El empirismo permite a veces tomar buenas decisiones inmediatas, pero en ausencia de una profundización impide hacer frente a los desarrollos futuros de las situaciones de la lucha de clases, haciendo recaer en las redes del reformismo a los revolucionarios que no han podido extraer las tomas de posición al nivel de los principios que imponía la situación inmediata.

Es así como el genial empirismo de Lenin, tan admirado con frecuencia, le permitió en una oleada de luchas poner por delante con la mayor determinación la necesidad “olvidada” por los socialdemócratas de destruir el Estado burgués. Su incapacidad para abstraer —para comprender el modo de producción capitalista como relación social, para comprender el Estado ante todo como proceso de valorización, más allá de sus formalizaciones/personificaciones contingentes— le impidió transformar este rasgo de genio en principio activo en la lucha de clases. Su crítica de la toma de poder, versión socialdemócrata, no le impidió continuar considerando el Estado como un aparato, aunque fuera el de una sola clase. Pero esta concepción materialista vulgar hizo que después de 1917, en un primer momento, algunas partes del aparato de Estado (que tiene una existencia objetiva como concretización del Estado) fueron momentáneamente abandonados, dejando intacta su esencia del mismo. En efecto, para destruirlo había que comprender su realidad abstracta, es decir, el movimiento real interno a la sociedad que daba a luz diferentes concretizaciones; en pocas palabras, había que comprender el proceso de valorización como la sustancia de la sociedad burguesa. Esta sustancia que dicta de facto todas las decisiones, pasando por medio de las personificaciones como los gobiernos, partidos, sindicatos, ejércitos, que concretizan los mandatos del proceso de valorización. Por eso, en última instancia el Estado burgués es el valor, el cual mientras exista conseguirá cooptar a individuos y darse las personificaciones/concretizaciones que sean necesarias. Estas diferentes concretizaciones, nacidas para desarrollar y defender el capital, deben ser destruidas evidentemente. En su lucha, la clase obrera no deja de enfrentarse a ellas, pero limitarse a aspectos concretos sin destruir el movimiento que los produce y reproduce es completamente insuficiente.

El Estado como realidad inmanente al modo de producción capitalista, realidad inmanente al proceso de valorización, fue dejado intacto, puesto que ese proceso jamás fue seria y sistemáticamente atacado, haciendo que los bolcheviques, como lo reconocerá el propio Lenin, simplemente pintaran de rojo el Estado, restaurando incluso algunas partes del aparato de Estado zarista. Evidentemente, eso sólo se pudo permitir por el reflujo de la oleada mundial de luchas y por el cambio de situación que creó la insurrección de octubre de 1917, haciendo que la comprensión empirista, limitada, formal de lo que era el Estado y su destrucción no llegara a enfrentarse a las nuevas necesidades que el cambio de situación había creado. Comprender la naturaleza abstracta del Estado burgués habría permitido adoptar una constancia en las medidas a tomar contra el Estado; dirigidas contra el valor, antes y después de la insurrección, estas medidas habrían permitido extraer una dimensión de principios válida pese a las contingencias cambiantes, para dirigir, centralizar y generalizar desde el punto de vista mundial la lucha de clases.

Igualmente, los comunistas de izquierda serán incapaces de retirar su rechazo “instintivo” de la paz, una teoría/práctica consecuente. Su empirismo les impedirá comprender la naturaleza real de la cuestión de la paz, sus implicaciones sobre el conjunto de la lucha de clases y por tanto la necesidad de oponerle una práctica intransigente. Porque su comprensión demasiado empírica del modo de producción burgués les impidió comprender éste como una totalidad, un movimiento que determinara sus partes, sus diferentes momentos, ya sean contingentes o no; esta totalidad determina el hecho de que en ese movimiento ningún momento puede ser neutral.

No vamos a intentar determinar aquí todas las posiciones de los bolcheviques de izquierda, sino que nos mantendremos en dos puntos que nos parecen esenciales para la cuestión de Brest-Litovsk, (1) sus concepciones de la paz y (2) su comprensión del partido; e intentaremos articular sobre estas dos posiciones las debilidades metodológicas de los bolcheviques de izquierda.

Hemos visto ya que sobre la cuestión del tratado de Brest-Litovsk, los bolcheviques de izquierda fueron perfectamente capaces de comprender: (a) sus consecuencias inmediatas sobre el movimiento obrero internacional (la separación entre los revolucionarios, el abandono de los revolucionarios de Ucrania, los acuerdos) y (b) los medios prácticos de luchar contra todo eso. Pero esos dos hechos positivos no les permitieron comprender los niveles más generales, más abstractos, que sostenían esas realidades concretas. Así, serán incapaces de entender: (1) la paz como un simple momento del modo de producción capitalista, tan indispensable al mismo como la guerra, (2) en consecuencia, la paz como paz social siempre realizada directamente contra el proletariado, y (3) en definitiva, la firma de la misma como refrendo a la firma de la paz social, haciendo que todos los que realicen dicho refrendo pasen objetivamente a la contrarrevolución.

De la misma forma, no llegan a comprender la cuestión del partido (1) como lugar en el que se despliega la lucha de clases, en la medida en que se reproducen sin cesar concepciones/prácticas burguesas a su interior hasta el comunismo, y en tanto que tales deben ser combatidas y rechazadas; (2) en consecuencia, como una institución no monolítica y (3) la existencia de la lucha en su interior como una cosa en movimiento susceptible de pasar total o parcialmente a la contrarrevolución.

El vínculo entre ambas cosas impidió comprender que, con la firma del tratado, el partido pasaba progresivamente a la contrarrevolución y debía bien se expurgado, bien ser destruido. Los abandonos sucesivos de las posiciones/prácticas revolucionarias, ya sea en el ámbito de la producción —el taylorismo— o el del internacionalismo —Brest-Litovsk— permitieron volver a desarrollar el capitalismo en Rusia y la necesidad para éste de encontrar nuevos gestores, a saber los bolcheviques. Los bolcheviques, tanto de izquierda como de derecha (incluso si estos últimos eran más claros), veían mal e incluso como algo contrarrevolucionario el hecho de estar obligados a firmar la paz, pero para todos ellos y fueran cuales fueran sus divergencias, eso no cambiaba en nada el carácter del partido; éste no se concebía como un movimiento, una práctica, sino como una cosa en sí que puede hacer lo que quiera simplemente porque se plantea a sí mismo como proletario.

Lo que Lenin hacía por la paz y el conjunto de la sociedad, a saber, determinar que la primera podía servir a las dos clases y que la segunda sería proletaria incluso desarrollando el taylorismo, además de otras formas de explotación y de todas las ideologías burguesas (trabajo-familia-patria) gracias a la única virtud revolucionaria de los discursos bolcheviques, ¡los comunistas de izquierda lo hacían por la paz y el partido! Se trata de la misma coordinación de materialismo vulgar y de idealismo con la existencia de las cosas en sí: el partido no analizado en virtud de su movimiento y su práctica, sino como forma que existe en sí gracias a la idea que se hacen de él sus miembros y el resto de la sociedad (en particular la burguesía mundial, cuyo miedo sirve también a reforzar la creencia en su carácter proletario) como su indispensable corolario idealista. El decisivo olvido es el del movimiento de la sociedad, la oposición entre las clases, la única totalidad que permite aprehender y comprender los diferentes momentos y que por tanto permite la lucha. Había que determinar a qué clase servía la taylorización y la paz.

Y al determinarse la naturaleza contrarrevolucionaria de estas medidas, debían decidirse a luchar de forma intransigente contra ellas, planteando la posibilidad de enfrentarse a las fracciones a favor de la paz, incluidas en el seno de su partido. Por otro lado, una oposición a la paz real/práctica habría permitido un desarrollo de la comprensión de lo que es la paz y sus defensores. El camino hacia esta práctica fue impedido tanto la situación general del proletariado mundial como sus debilidades teóricas, así como el mito extremadamente fuerte de “la unidad del partido” heredado de la socialdemocracia y completado por la imagen eminentemente positiva sobre todo de Lenin y de Trotsky. No pocos bolcheviques de izquierda dudaron en desarrollar el enfrentamiento por miedo a una escisión violenta al interior del partido. Esta argumentación la desarrolló principalmente Trotsky, el cual era considerado al principio de las negociaciones como el líder de la fracción intermedia, la fracción de “ni guerra ni paz”. A la luz de los acontecimientos, parece claro que Trotsky, incluso con sus argumentaciones radicales, siempre fue partidario en la práctica de la paz. Su concepción “ni guerra ni paz” no significaba otra cosa que dejar de enfrentarse a la burguesía pero sin pasar por la deshonra de la firma de un tratado. Justo antes del final de las negociaciones, Trotsky las interrumpe y aporta una moción por la que el pueblo soviético rechaza tanto la guerra como la paz. Inevitablemente, el ejército alemán lanza entonces una ofensiva fulminante que proporciona así la garantía a la firma del tratado de paz que, entonces, pudo justificar Trotsky mediante la “demostrando” así a los pueblos del mundo que los bolcheviques firmaban la paz a su pesar. Este apoyo real, aunque disimulado, a la fracción pacifista se hizo tanto más evidente cuando se supo que Trotsky, encargado de aportar ante los negociadores alemanes la moción —ni guerra ni paz— había prometido en secreto a Lenin firmar la paz en el caso de una ofensiva alemana, cuando era evidente que se produciría. Sólo su ausencia en Brest-Litovsk en el momento de la ofensiva le permitió escapar a lo que él mismo consideraba una deshonra.

Una vez más, algunos creyeron que cambiando las palabras se podían cambiar las cosas, en definitiva que las ideas podían cambiar el mundo independientemente de toda práctica social. El propio Trotsky evidenciará el hecho de que el desarrollo dela guerra revolucionaria impediría cualquier clemencia con los bolcheviques de derecha partidarios de la paz, puesto que la guerra revolucionaria crearía una situación donde todo acuerdo sería imposible. Eso significaría una escisión en el partido y el desarrollo de la represión de la fracción de derechas. Eso suponía evidentemente no ver que (1) de todas formas el enfrentamiento entre el Estado soviético y los imperialismos iba a darse, que no podía haber paz sino con el aplastamiento del proletariado o la revolución, (2) que de hecho la fracción para la guerra revolucionaria iba a ser reprimida incluso si las formas de esta represión iban a ser en un primer momento más suaves (sofocar sobre todo por la disciplina de partido a todas las oposiciones, desplazamiento de militantes, etc.) y (3) que con el desarrollo de la contrarrevolución y de la paz social (no imperialista, puesto que la paz imperialista no tendría lugar antes de 1923) no podía sino reprimirse a todos los revolucionarios.

Si al principio Trotsky había planteado temas extremadamente radicales, es porque los bolcheviques de izquierda ponían muchas de sus esperanzas en él; la mayoría consideraba que era el líder que necesitaban los revolucionarios en tanto que era más respetado que Lenin en la clase obrera. Su “giro” dejará a los bolcheviques de izquierda desamparados, ya que “su líder” iba poniendo por encima cada vez más la necesidad de salvaguardar el partido a todo precio, un tema muy extendido en el conjunto del movimiento obrero de la época. Pero una vez más el viejo materialismo era el que se estaba desarrollando, la creencia de que un hombre podía ser líder obrero porque era famoso y había hecho algunos actos radicales, cuando en ese mismo momento se dedicaba a tergiversar las cosas para ocultar su práctica real. Esta incomprensión del movimiento como realidad esencial de las cosas hizo que los bolcheviques de izquierda no pudieran oponer una práctica coherente que habría permitido (1) obligar a Trotsky a tomar una posición clara y por tanto a mostrar que en el fondo estaba a favor de la paz, impidiéndole así tener tal peso entre los revolucionarios, y (2) que de forma práctica los bolcheviques de izquierda fueran obligados a encontrar un líder, pero también que en esta práctica, por y para ella, se formaran los líderes que necesitaba el movimiento revolucionario.

Uno de los errores fundamentales de los comunistas de izquierda fue que al no comprender la cuestión de la paz como paz social y por tanto como la atomización del proletariado, frente a la paz planteaban una tregua. Por eso aceptaron la posición de “ni guerra ni paz”, puesto que para ellos no representaba la paz con la burguesía y por tanto impedía que ganara la fracción pacifista y les permitía a ellos preparar sus fuerzas. De nuevo vemos aquí los mismos errores de la fracción pacifista, pero traspasados de la lucha contra las potencias imperialistas a la lucha contra las posiciones burguesas en el seno del partido. Lenin decía: hagamos la paz con los imperialistas y protejamos al bebé vigoroso; los bolcheviques de izquierda decían: hagamos la tregua con los imperialistas y así haremos la paz en el partido, lo que nos permitirá reforzar la fracción para la guerra revolucionaria y prepararla. En los dos casos se supone las cosas existen en sí. Y fue su idealismo —idea del partido como evidentemente proletario— el que les impidió ver la naturaleza fundamentalmente contrarrevolucionaria de la par interimperialista, así como la de la tregua y la de la paz al interior del partido.

La incomprensión del hecho de que es el contenido —de clase— el que determina las formas, les hacía poner aparte la cuestión del partido como si una forma en sí fuera una garantía contra el paso a la contrarrevolución, como si la lucha de clases no se desenvolviera también en el partido. Contentándose, como si fuera una gran hazaña en la lucha (¡!), con abandonar sus puestos de responsabilidad en el gobierno y el partido, sin organizarse y al mismo tiempo organizar a la clase contra esa vía burguesa, harán a pequeña escala lo mismo que lo que hicieron los bolcheviques de derecha: instaurar una tregua con la burguesía mundial, como consecuencia de aceptar la paz en el partido ¡y por tanto la paz social! Lo cual significó el abandono de la lucha, la descomposición de las organizaciones obreras y la atomización.

Durante esta famosa huelga la fracción pacifista no dejará de reforzarse, mientras que la fracción revolucionaria, a pesar de ser al principio con mucho la más fuerte, se marchitará rápidamente.

Si en la práctica cuando la clase obrera se homogeneiza y se concentra, siempre comprende mejor sus intereses históricos y mundiales y, en definitiva, se ve obligada a desarrollar “la unión creciente de los proletarios”, los ciudadanos atomizados tienen el reflejo de arreglárselas, es decir, de sobrevivir a cualquier precio y por tanto al precio de la paz, incluso a costa de la vida de varias generaciones de obreros y de desarrollar de nuevo la explotación. Eso no significa evidentemente que defendamos la ofensiva a cualquier precio, sino más bien la necesidad de comprender el hecho de que incluso en los momentos donde no se pueden realizar ofensivas de envergadura contra el capital, el proletariado está obligado a continuar luchando sea cual sea el nivel de su lucha, so pena de ser aplastado.

Por tanto era urgente desarrollar una práctica de enfrentamiento con el Estado burgués mundial para reforzar la fracción de la guerra revolucionaria y el conjunto del movimiento obrero, ¡¡en lugar de esperar!! Fuera de toda lucha, no sólo la fracción para la guerra se marchitó, sino además todas las operaciones militares de la burguesía alemana conocieron victorias importantes, reforzando el crédito que tenía la tesis de la imposibilidad de defenderse y en consecuencia la tesis pacifista, por lo tanto la paz social y así la atomización, las victorias del ejército alemán, etc. La coordinación de todos estos elementos —falta de claridad programática sobre la paz y sobre el partido, el “giro” de Trotsky, además de los chanchullos, las alianzas secretas que desarrollaban la tesis de “la unidad del partido a cualquier precio”, la tregua en la lucha de clases y por tanto la atomización, el debilitamiento práctico del proletariado con el refuerzo como corolario de la burguesía y de sus ideologías, además de los múltiples chanchullos democráticos, presiones sobre los individuos, priorización de las personalidades, y anulación sistemática de todos los votos del Comité Central de los bolcheviques favorables a la guerra revolucionaria— permitieron finalmente que el “partido” “aceptara” el tratado de paz de Brest-Litovsk con todas sus consecuencias.

Después de esta derrota, las fracciones comunistas entre los bolcheviques (aparte del grupo obrero de Miasnikov, surgido en 1921, y el grupo Verdad Obrera) tendrán oposiciones cada vez más democráticas y formalistas, incapaces de oponerse en el fondo, en el contenido: lucha de clases o paz social, taylorismo o lucha contra el valor. Su resistencia se hará cada vez más sobre cuestiones fenoménicas y cada vez menos esenciales. Es así como más que oponerse a la reconstitución de un ejército tradicional, es decir, con reclutamiento obligatorio, ejecución de desertores, etc., y el completo olvido de todos los factores políticos, aparte de que los obreros atomizados, considerados sociológicamente, son los únicos que tienen el “derecho” a luchar (bien por ellos), los comunistas de izquierda se opondrán a aspectos formales de esta reconstitución: la obligación de saludar a los oficiales y el fin de su elegibilidad. Esta tendencia irá acentuándose hasta que el grupo “oposición obrera”, que defendía la necesidad de dejar las iniciativas a la clase obrera y en consecuencia a favor de la democracia obrera contra la burocracia, estará en la primera fila de la represión anti-Kronstadt para demostrar su adhesión a la “revolución” y al partido.

Los eseristas de izquierda y la cuestión de la paz

Debe estar claro que para nosotros los eseristas de izquierda fueron más consecuentes que los bolcheviques de izquierda en su oposición a la paz. Tuvieron y animaron la práctica revolucionaria contra la paz, aunque fuera con debilidades evidentes. Para hacer un poco de memoria: desde la firma del tratado, organizaron con éxito un atentado contra el embajador de Alemania en Rusia. Este atentado debía conseguir crear suficiente tensión entre la burguesía alemana y los bolcheviques para impedirles mantener la paz. Esta táctica fracasó debido que la burguesía alemana comprendió la necesidad de pasar por encima del sacrificio de uno de los suyos para obtener el resultado mucho más importante de pacificación social. El nuevo embajador alemán se limitó a reclamar el castigo a los responsables, pero las mismas razones que los empujaron a no emprender represalias, empujaron a los bolcheviques a limitarse con demostraciones de represión más que con una represión efectiva, porque (1) consideraban pese a todo a los eseristas como miembros de su clase, (2) una represión demasiado marcada contra los eseristas habría corrido el riesgo de desencadenar movimientos más amplios y difíciles de frenar.

Poco después, los eseristas de izquierda iniciarán unos “disturbios” en Petrogrado. Lejos de ser una “insurrección destinada a destruir el poder de los soviets”, como lo presentaron los bolcheviques de derecha para justificar el aplastamiento y el principio de la represión contra los eseristas, parece ser que se trataba más bien de un movimiento espontáneo, el cual por cierto tuvo lugar sin dirección, sin que fuera dada ni surgiera la menor perspectiva, de tal forma que la mayor parte de las “tropas” eseristas quedaron agrupadas en torno a su sede. Algunos otros, en función de sus puestos, detendrán a Dzerzhinsky —bolchevique de izquierda que se abstendrá en la última votación, impidiendo así que pasara la moción para la guerra revolucionaria, voto que en consecuencia será definitivo—, otros ocuparán diversos sitios —correos y telégrafos— pero sin un plan de conjunto ni un desarrollo común. Incluso estos disturbios, sin embargo organizados, momento de un movimiento real, no consiguieron desembocar en perspectivas más amplias en el tiempo y en el espacio. La oposición práctica de los eseristas de izquierda se parece más a algunos aspectos de revueltas esporádicas que al papel de vanguardia, de organización, generalización, centralización, concienciación de la lucha de clases por diversos medios que se imponen, incluso si estos actos esporádicos —sin continuidad— son momentos de esta organización…

¡Tenemos que explicar una vez más el porqué de esta incapacidad! Una de las razones es la concepción general de los eseristas de lo que es el proletariado. Podemos decir de entrada que […] mediante los mismos presupuestos metodológicos que el conjunto del movimiento obrero de la época, los cuales por desgracia se heredaron sin crítica ni ruptura con la Socialdemocracia, cuando los eseristas estaban realizando una oposición a las tesis más extendidas de la época. Es así como la llana definición sociológica de la clase, retomada principalmente por los bolcheviques, es criticada por los eseristas pero desde un punto de vista igualmente sociológico. Los bolcheviques decían “la clase obrera es los obreros fabriles más los campesinos pobres sin tierra que no utilizan el trabajo asalariado”. Los eseristas respondían: la clase “es los obreros, pero sobre todo os campesinos propietarios solamente de una determinada superficie y que etc., etc.”. El problema es:

—que la clase obrera no es evidentemente ni lo uno ni lo otro, sino el conjunto de los individuos, grupos y partidos que surgen en y gracias a la lucha y que, en consecuencia, se organizan en una totalidad real, orgánica, a sabiendas de que este error —volver siempre a una visión de las cosas en sí sin poner por delante el movimiento, la lucha— determina un conjunto de otras separaciones: partido/clase, economía/política y desviaciones de tipo sindicalista, conquista de las masas, etc., mientras que estos límites determinan el conjunto de la orientación práctica de un grupo y su capacidad para ser realmente un momento clave en la emergencia de la clase obrera. La incomprensión práctica de esto llevó a los eseristas de izquierda a hacer numerosas concesiones a la burguesía, principalmente en la cuestión de derechos, parlamentarismo, sindicatos, etc. Esto tuvo como consecuencia que, a pesar de sus muy buenas actitudes durante los movimientos de 1905, no pudieron tener nunca la influencia decisiva en las masas obreras que habría impuesto una correlación de fuerzas de entrada favorable a los partidarios de la guerra revolucionaria.

—que además, la importancia concedida por los eseristas de izquierda a los “campesinos” hizo que les tuvieran como eje de su propaganda y del conjunto de su trabajo, dejándoles más aislados en los grandes centros industriales. Hay que señalar sin embargo que incluso si eso es verdad, también esta verdad fue exagerada. Pero esta realidad no ha hecho menos que el hecho de que los eseristas de izquierda se encontraban en una correlación de fuerzas menos favorable, precisamente allí donde iniciaron el aspecto más ofensivo de su oposición a la paz, pese al hecho de que la voluntad de lucha general del proletariado hizo bastante problemática para los bolcheviques la represión de este movimiento. Pero pese a esto, los eseristas de izquierda no pudieron ligar su resistencia a la guerra al conjunto del movimiento real que se estaba desarrollando y que estaba tomando como ejemplo la forma de expropiaciones violentas de todos los burgueses por parte de los obreros, expropiaciones que como se ha visto los bolcheviques deberían controlar, frenar y después reprimir. Ahora bien, lo cual es incluso más paradójico, parece que los eseristas de izquierda se preocuparon bastante poco de desarrollar el movimiento real contra la paz, de hacer una propaganda práctica para la guerra revolucionaria y una propaganda derrotista en las tropas rusas y alemanas, de participar realmente en los movimientos cada vez más violentos que se estaban organizando en contra de los pacificadores sociales, propagandistas de paz y contra el ejército alemán, incluso en los campos donde estaban mejor implantados y eran los mejores implantados. Esta realidad expresa la debilidad de su fuerza: si no se volvieron antibolcheviques, sino que afirmaban que estaban protestando contra una posición de los bolcheviques y no contra el poder soviético ni contra los bolcheviques en tanto que organización, eso les paralizó porque rechazaron enfrentar dicha posición enfrentándose así a sus personificaciones. En definitiva, se ataron las manos puesto que en su movimiento se encontraban incapaces de enfrentar realmente a los pacificadores, que consideraban como de su clase y por tanto inenfrentables. Es lo que explica, al menos parcialmente, que sus alzamientos no pudieran darse ninguna dirección y que llegaron a detener a un miembro de la oposición de la paz más que a los que sostenían la posición contrarrevolucionaria. El asesinato del conde de Mirbach tenía también la ventaja de agredir a la burguesía alemana y no a los bolcheviques, y de que en relación a estos últimos dicho asesinato fuera concebido únicamente como propaganda, ¡igual que los disturbios! Los eseristas de izquierda se encontraron paralizados por su comprensión incompleta de las cosas: luchar contra unas posiciones supone luchar contra los que mantienen esas posiciones. La diferencia social que hay que mantener es que dentro de la clase obrera los métodos de enfrentamiento con posiciones falsas están determinados por la oposición y los acuerdos y por tanto toman en un primer momento formas mucho menos violentas. Pero al mismo tiempo, resolver estas oposiciones sólo puede pasar por el enfrentamiento, porque ese es el momento del cuestionamiento real de una posición errónea. El desarrollo de este enfrentamiento obliga a los protagonistas a desmarcarse, a escoger su campo en la lucha de clases. Desarrollar el enfrentamiento práctico contra esta posición errónea de los bolcheviques les habría obligado a situarse, es decir, ya fuera a sostener pese a su “escepticismo” sobre la posibilidad de la guerra revolucionaria a los revolucionarios intransigentes, y en consecuencia situarse en su campo, ya fuera a reprimir y mostrar su apoyo práctico a la burguesía mundial. Siendo así, los eseristas de izquierda se encontrarían liberados de ese vínculo que les impedía desarrollar su práctica de forma consecuente y se darían la posibilidad de comprender que había que pasar de una lucha contra una posición falsa a una lucha contra la burguesía mundial y la fracción del partido que la sostenía. En esa dialéctica, los bolcheviques de izquierda habrían estado obligados también a posicionarse de forma práctica, de romper su crítica ideal que era, en realidad, estéril. De hecho se puede decir que los eseristas de izquierda estaban reproduciendo lo que ellos mismos reprochaban a los bolcheviques de izquierda: encontrarse atados por el mito de la unidad del partido, incluso si para ellos éste se convertía en el mito de la unidad del gobierno obrero y campesino o en el mito de la unidad de la izquierda socialdemócrata e internacionalista. Pero ese mito empujó a los eseristas de izquierda a limitarse a aspectos propagandísticos y de “golpe de efecto”, permitiendo así que los bolcheviques no se posicionaran con claridad, sobre todo porque no se encontraban obligados a reprimir o a tomar parte activa en un movimiento que se había castrado a sí mismo. La clemencia de los bolcheviques estuvo a la altura de la indecisión de las fracciones decididas a hacer la guerra revolucionaria y se convertiría en un momento del proceso contrarrevolucionario.

Conclusión

A modo de conclusión momentánea, querríamos volver a sintetizar el peso ideológico y práctico que siempre ha ejercido la socialdemocracia sobre el movimiento obrero mundial de esta época y más particularmente sobre los revolucionarios en Rusia. Para hacer esto, vamos a basarnos en los escritos de Lenin en que éste es más caricaturalmente socialdemócrata que los bolcheviques o los eseristas de izquierda; haciendo esto, tanto él como su corriente se volverán un motor de prácticas burguesas contra los grupos antes citados que, pese a sus debilidades, se situaron más claramente y más tiempo en el campo proletario. Para hacer esto, nos hemos basado en la crítica de las concepciones filosóficas de Lenin como las que expone en su obra Materialismo y empiriocriticismo.

El materialismo admite de forma general que el ser real objetivo (la materia) es independiente de la conciencia, de las sensaciones, de la experiencia humana. El materialismo histórico admite la existencia social es independiente de la conciencia social de la humanidad.[22]

Vemos aquí unas palabras bastante extrañas, pero Lenin no se para en tan buen camino, sino que dice y mantiene al hablar sobre la materia:

Es seguramente una confusión pretender albergar en la noción de materia el pensamiento.

Por eso, pese a los tres límites denunciados por Engels y retomados por Lenin y que son (1) el mecanicismo, (2) la metafísica y (3) la «supremacía del idealismo desde ‘arriba’ en el ámbito de las ciencias sociales: falta de inteligencia del materialismo histórico», ¡¡para Lenin «no hay y no puede haber ninguna diferencia entre Marx y Engels por un lado y todos esos antiguos materialistas por otro lado»!![23]

A través de estas citas y de las continuas referencias a las ciencias de la naturaleza (y otras citas podrían apoyarlas aún más) surge ya la concepción de la conciencia y de la materia de Lenin. Por un lado, la conciencia se queda en la fase de un reflejo más o menos exacto de la realidad; para él, la ciencia sigue siendo la forma más alta de la conciencia, puesto que es el reflejo más exacto posible de la realidad. Lenin es incapaz de ver que las leyes científicas no son reflejos, sino productos puros de nuestra práctica mediatizada por nuestros cerebros y que, a este título, no se deben a ninguna verdad objetiva sino que no son más que algunos fenómenos constantes que sacamos de la realidad, únicamente en la medida en que podemos extraer de estas constantes un resultado práctico. Los objetivos prácticos que se da la humanidad cambian, como cambiarán con la llegada del comunismo y las “verdades eternas” se encontrarán barridas por la nueva comprensión de las cosas que la nueva práctica hará surgir.

Y sobre la base de estas ciencias de la naturaleza erigidas para las necesidades capitalistas para explotarnos mejor debería […] nuestra comprensión del mundo. Se prueban las “leyes” de la dialéctica hegeliana mediante las ciencias de la naturaleza y después, una vez descubiertas, se aplican mecánicamente sobre el movimiento obrero puesto que son “leyes científicas” dotadas de un carácter de verdad absoluta. Ya no sirve de nada examinar o no su validez en tal o cual ámbito de la vida ni intentar percibir sobre qué realidad, cuándo y cómo se las puede aplicar. Estas “leyes” se convierten en sistema desde que se conoce el punto de partida y el punto de llegada de una demostración práctica/teórica, o se contenta con poner entre los dos, a modo de explicación, una ley en lugar de intentar aprehender prácticamente cómo y por qué se mueve la realidad. Pero esto no es lo más grave de esta teoría del reflejo; más grave aún es la pérdida de fuerza de la clase revolucionaria que implica. Esta teoría, la de la “existencia social independiente de la conciencia social”, induce esta pérdida del poder de los hombres, puesto que la existencia social se transforma ella misma según sus propias reglas absolutas y divinas, y el hombre sólo puede reflejarla conscientemente y obedecerla de forma práctica.

Se olvida ahí que, si los hombres son productos de la historia, son ante todo los sujetos activos, incluso si en determinados momentos su producción les subsume. La conciencia no es un reflejo, mero espejo pasivo, sino un momento de la práctica humana; toda práctica es consciente, incluso si esta práctica consciente puede ser más o menos histórica.

No vamos a reñir aquí sobre la falsedad o verdad de las diferentes formas de conciencia, sino a subrayar con virulencia que existen diferentes formas de conciencia según las diferentes prácticas sociales existentes, que hoy existen principalmente dos formas de conciencia porque existen dos clases antagónicas sobre todos los puntos. Este “matiz” es de importancia, porque es una de las formas para romper la teoría dualista del ser y la conciencia con su complemento, la teoría de los obreros espontáneamente tradeunionistas y de los intelectuales burgueses  que, habiendo tenido más tiempo para reflexionar, dispondrían de un reflejo más claro y llevarían así la conciencia a las masas.

La realidad es que, en la práctica y en su desarrollo, se elaboran las formas de conciencia necesarias para esta práctica. Y si los comunistas tienen una inteligencia clara de los objetivos y los medios del movimiento comunista, es únicamente porque tienen una práctica total que les obliga a comprender práctica e idealmente toda la sociedad.

Contrariamente a la concepción de la conciencia/reflejo, acaba de añadirse evidentemente una concepción totalmente vulgar de la materia, aceptada como las cosas concretas directamente palpables, el todo cientifizado gracias a los “descubrimientos de la física moderna” y dialectizado gracias a la ciencia hegeliana. Para Lenin, la realidad son cosas concretas que se mueven según diferentes leyes que tenemos que descubrir gracias a las ciencias, ciencias naturales en un ámbito, ciencias humanas o sociales en otro. Pero es que incluso los científicos burgueses admiten hoy que las cosas están en movimiento, sino que son movimientos. La realidad es el movimiento que se expresa mediante diferentes fenómenos o concretizaciones que se nos aparecen directamente gracias a nuestros sentidos.

Feuerbach quiere objetos concretos realmente distintos del pensamiento, pero no considera la propia actividad humana en tanto que actividad objetiva.

Se diría que Marx escribió estas líneas para Lenin y es normal, puesto que este último se reivindica (e intenta meter a Marx en el mismo saco) de los “antiguos materialistas”. Pero en esta pequeña frase y en el resto de las tesis sobre Feuerbach, Marx nos da una gran cantidad de pistas y principalmente esta: la realidad no son las cosas, es el movimiento, la práctica, ¡“la actividad humana objetiva”! Es muy radical poner las cosas en movimiento, pero hoy tenemos que romper con esta ruptura insuficiente y comprender las cosas como movimiento y por tanto la conciencia, el pensamiento en tanto que es parte del movimiento humano, las prácticas sociales, como directamente materiales. Esta diferencia esencial sobre la concepción de la materia y del pensamiento, del ser y de la conciencia, vamos a aplicarla ahora rápidamente a dos puntos que conciernen más directamente a este trabajo: las clases sociales y la paz.

La cuestión de las clases sociales acabamos de abordarla. Pese a sus rupturas con la socialdemocracia, Lenin continúa definiendo sociológicamente a la clase obrera. La clase es para él lo concreto, lo directamente palpable. Ahora bien, evidentemente durante la mayor parte de la existencia —que terminará pronto— del capital, la clase en tanto que tal ya no existe prácticamente porque el movimiento revolucionario se reduce a prácticamente nada. Queda, con la potencialidad (que es una certidumbre) de la revolución, una masa de ciudadanos atomizados potencialmente revolucionarios porque explotados, porque excluidos de la sociedad, porque víctimas “no de una injusticia particular sino la injusticia absoluta” que es el mundo burgués.

Pero confundir lo concreto, ese montón de individuos, y la realidad del proletariado, clase revolucionaria, es cerrar el camino de una comprensión teórica/práctica de la emergencia de nuestra clase. Para hacer el vínculo entre los dos, es decir, para introducir el movimiento en esta cosa fijada, se crea otra realidad vulgarmente concreta, una cosa evidentemente exterior, separada de esta primera, a saber, en este caso el partido que lleva desde el exterior la conciencia a las masas. Evidentemente, la realidad es muy diferente: en algunas circunstancias históricas, las necesidades de la clase obrera que son el verdadero motor de la revolución (más que la “conciencia”; el materialismo vulgar se completa evidentemente como en todas las teorías burguesas, de idealismo e inversión, para dar una cohesión al sistema filosófico) que empujan la masa a la revolución. La clase obrera es este movimiento de enfrentamiento al Estado con los aspectos organizativos que necesariamente implica. Al enfrentarse al orden establecido, los proletarios se estructuran en clase y por tanto en partido, desarrollando su práctica, su organización, su conciencia, su unión creciente… Este posicionamiento práctico en la realidad pasa por la emergencia, el desarrollo o la desaparición de las diferentes concretizaciones —destrucción de los sindicatos burgueses, surgimiento de núcleos obreros con diferentes nombres, etc. Por supuesto, esta no es toda la actividad de los que se convertirán en bolcheviques de derecha, los cuales fueron, en varios momentos durante la insurrección y contra algunas de sus propias concepciones, el motor de surgimiento de la clase.

No hay necesidad de iluminar ni concientizar a las masas obreras, que mediante sus luchas “ascienden al comunismo”. Por el contrario, nuestras tareas son dirigir, centralizar y desarrollar teórica y prácticamente este ascenso en todos sus aspectos. No se trata de apoyarse sobre las debilidades, es decir, sobre todos los puntos de no-ruptura para ser popular; bien al contrario, se trata de enfrentarse y destruir todos esos puntos apoyándose sobre los niveles más elevados de la lucha de clases.

En lo que respecta a la cuestión de la paz, la argumentación sigue siendo sensiblemente la misma. Lenin considera la paz como una cosa que existe sin movimiento, como una realidad fija. No percibe el aspecto práctico de la paz, su movimiento, su finalidad, sino que parece planear por encima de la sociedad como un estado de hecho. Los bolcheviques, por supuesto, llegaron a discernir la diferencia entre guerra imperialista y guerra de clases, e insistieron en el hecho de que el proletariado era algo opuesto a la guerra imperialista. Pero su crítica se topó por desgracia con la primera dificultad seria: la crítica igual de intransigente del “polo positivo” del capital, ¡la crítica de la paz! Lenin podía decir en vano que «una paz justa y democrática [que no es un punto de vista proletario] sólo podía surgir de la revolución mundial», porque la práctica de los bolcheviques en Brest-Litovsk desmintió de largo, con la realidad de los hechos, esas bellas palabras. El movimiento real, el último fin de la paz, de toda paz, es la imposición de la paz social contra el proletariado. No es neutral, no está fija, es el movimiento de la burguesía que intenta pacificar al proletariado mundial. Para Lenin era de absoluta coherencia afirmar que esta paz, que él mismo reconocía como problemática, no perjudicaba al proletariado porque el partido —definido vulgarmente fuera de su práctica, de su movimiento, definido ya por fuera el hecho de que firma la paz— garantizaba, por la gracia de su sola presencia y de la idea de la revolución (¡hola idealismo!), que la paz no perjudicaría al proletariado, el cual en realidad, y en concreto por esta vía, se estaba sometiendo a la burguesía mundial.

Estas evidencias y la recuperación de la práctica obrera para aquello que surge contra este mundo y para la satisfacción de nuestras necesidades —que al mundo burgués le importan un comino, dando sólo la apariencia de satisfacer nuestras necesidades cuando se necesita una clase obrera pacificada— permiten evidenciar el vínculo real entre todas las concretizaciones proletarias del enfrentamiento burguesía/proletariado. Todas estas concretizaciones son la emergencia real del comunismo, porque son capaces de destruir el viejo mundo: la clase obrera mundial organizada en partido. Desde ese punto de vista, se comprende que no existe ninguna diferencia de fondo entre las expropiaciones a los patrones, las huelgas, el enfrentamiento al ejército alemán, el envío de guardias rojos a Finlandia, la lucha contra la paz, el envío de delegados y de “revolucionarios profesionales”, etc., y que todos esos momentos se refuerzan mutuamente mediante el desarrollo de la fuerza de clase, producto y factor de la desagregación del orden social burgués y de su propio fortalecimiento. En efecto, cada momento de lucha permite a la vez sacar un conjunto de lecciones, incorporar a los dubitativos, desarrollar la organicidad de clase, disminuir la presión práctica e ideológica de la burguesía, elevar cada vez más alto la bandera roja que muestra el ejemplo a los proletarios del mundo entero…

Igual que el capital es movimiento y totalidad orgánica que reproduce por y para su movimiento cada una de sus partes en función de sus necesidades, ya se trate de las naciones, de la competencia del Estado mundial, de la fuerza de trabajo, de la guerra o de la paz, el proletario es un movimiento, el movimiento de destrucción de este mundo, y crea en función de su lucha cada uno de esos momentos. Es por eso que la clase obrera jamás podrá tomar, a riesgo de suicidarse, ningún tipo de medida que vaya en el sentido de los intereses de los enemigos. El que no avanza, retrocede. El frenazo del movimiento comunista, para la clase, significa su propia destrucción por la atomización y/o el paso a la contrarrevolución. Como decíamos antes, el proletariado no debe lanzarse al asalto del enemigo sin distinguir la correlación de fuerzas real, no puede dejar de luchar, aunque sea débilmente. Además, el que se retroceda debe ser aceptado como la prueba de la debilidad de nuestra clase y la necesidad de luchar aún más, haciendo uso de todas las potencialidades para invertir esa corriente.

[1]               La comuna de París, tanto por su falta de vitalidad revolucionaria (es ante todo un producto de la deserción preventiva de la burguesía y no del desarrollo de la lucha de clases) como por la extremada limitación, incluso la casi inexistencia de medidas obreras, de perspectivas comunistas para las generaciones futuras, a la inversa de 1917, dará bastante poco material que permita desarrollar una comprensión y una práctica para este tipo de situación

[2]              Será bueno recordar que esta Rada ucraniana ante la que se obliga a los bolcheviques a ponerse de rodillas, será derrocada gracias al desarrollo de la lucha de clases en Ucrania, incluso durante las negociaciones de Brest-Litovsk. Pero es aún más interesante recordar que si los obreros tuvieron que derrocar a la Rada ucraniana, es porque los bolcheviques la habían ayudado a tomar el poder. La Rada, en efecto, se había aliado a los bolcheviques porque era el único partido que, aunque representado en el conjunto de Rusia, defendía el derecho de autodeterminación de los pueblos. Evidentemente, una vez que la Rada estuvo en el poder, sólo se dio prisa por organizar la masacre de los militantes obreros, razón por la cual fue derribada. El tratado de Brest-Litovsk la devolvió al poder y los bolcheviques la volvieron a derribar tras la derrota de Alemania en la guerra imperialista

[3]          Tomado de Isaac Deutscher: Le prophète armé, tomo II, página 245

[4]              Cf. a propósito de esto la comprensión que tiene Lenin del materialismo dialéctico como la adición del materialismo vulgar radicalizado a una nula dialéctica hegeliana, sin comprender que una estupidez sumada a otra estupidez da una gran estupidez pintada, en este caso, de rojo, y que la síntesis marxista consiste por el contrario en una ruptura con las concepciones burguesas

[5]              El término usado en la traducción francesa es défentiste, una combinación de défensive (‘defensivo’) y attentiste (actitud de mantenerse a la espera) de difícil traducción al español. Es por ello que, al no encontrar la referencia en español, hemos preferido mantener el término defensista, el más próximo al sentido de la palabra en el contexto de la cita [N. de T.]

[6]              Declaración de Zinoviev y Kamenev. Actas del Comité Central del Partido Bolchevique de agosto de 1917 a febrero de 1918.

[7]              Lenin: Oeuvres, tomo 26

[8]              Bilan: «Partido – Internacional – Estado». Si sobre Brest-Litovsk Bilan ha aportado una contribución teórica interesante, su conclusión defiende extrañamente a la fracción de la paz contra la fracción Bujarin-Uritsky, como si la crítica de las debilidades de Lenin siguiera siendo un tabú. La argumentación anti-izquierda comunista estaba basada en una falsificación de las posiciones de la izquierda comunista, a la que se la hizo pasar de la «retirada de las tropas rusas e intento de destrucción, a la vez por la violencia y por la propaganda, del ejército burgués» a la posición que permitirá la invasión de Polonia por el Ejército Rojo en 1920, la posición de la «exportación de la revolución en la punta de las bayonetas», ¡posiciones que la fracción a favor de la guerra revolucionaria jamás defendió!

[9]              Actas del Comité Central del Partido Bolchevique de agosto de 1917 a febrero de 1918

[10]             Carta de K. Liebknecht del 9 de diciembre de 1917

[11]              K. Liebknecht: Militarisme, guerre et révolution, págs. 187-189

[12]             Ibid.

[13]             R. Luxemburgo: Oeuvres, t. II «Écrits politiques 1917-1918» pág. 53

[14]             I. Deutscher: Trotsky: Le prophète armé, pág. 176

[15]             Ya entonces los eseristas y los comunistas de izquierda habían insistido en el carácter  contrarrevolucionario de una medida semejante, medida que fue rápidamente extendida al conjunto de las empresas: como las empresas que servían para desarrollar el «bebé vigoroso del socialismo» y que, por eso mismo, habían prohibido las huelgas, ya habían sido estatizadas, se extendió a las que no lo estaban, las cuales se pusieron a vender aunque sólo fuera una parte de su producto al menos a un ciudadano alemán, cuestión de tener la paz con «esos pobres obreros» que los bolcheviques sabían disciplinar tan bien

[16]             Les S.R. de gauche dans la révoution russe, facsímil de dos octavillas publicadas por los S.R. de izquiedas en 1918. Si no se indica lo contrario, todas las citas de los S.R. serán sacadas de este libro

[17]             Tesis del comité de Petersburgo del POSDR sobre la situación actual y la actitud hacia la guerra – Los bolcheviques y la revolución de octubre – Actas del Comité Central del Partido Bolchevique, pág. 254

[18]             I. Deutscher: Trotsky, el profeta armado

[19]             Introducción, en Les S.R. de gauche dans la révolution russe, pág. 28

[20]             Actas del Comité Central de los bolcheviques

[21]             Al igual que es primordial comprender que el trabajo abstracto apareció a través de un proceso real, a través del intercambio que se generalizó en el mercado mundial, y que esta abstracción es doblemente real: (1) en tanto que apareció por un proceso real y (2) en tanto que dirige realmente el mundo del intercambio mercantil de hoy en día. Es primordial comprender que los principios de la lucha de clases se impusieron de una forma igualmente real mediante el proceso concreto del enfrentamiento proletario contra la burguesía, de las condiciones que le hicieron emerger, y que no son las ideas surgidas del cerebro de un pensador genial. Es por eso que, mientras las cosas no cambien de esencia y el capitalismo siga siendo valor en proceso y terreno de enfrentamiento entre la burguesía y el proletariado, no tenemos por qué inventar los principios de la lucha de clases. De hecho, nos los dicta el movimiento práctico real, son sus factores activos y cada desarrollo de esta teoría/práctica es una condición de la profundización de la ruptura con el capital y sus ideologías. El internacionalismo, el antiparlamentarismo, etc. han sido demostrados por las prácticas antagónicas de las dos clases de la sociedad y no pueden ser cuestionadas por una idea que nos hagamos. Cada oleada de luchas nos permite aprehender mejor sus premisas, condiciones y consecuencias

[22]             Lenin: Matérialisme et empiriocriticisme, pág. 322 (edición francesa)

[23]             Ibid., págs. 234-235

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *