Los movimientos sociales: ¿fantasía o realidad?

Movimientos sociales: ¿fantasía o realidad?Respuesta al artículo de Emmanuel Rodríguez: El pos-Podemos: contrapoder o “movimiento popular” a golpe de silbato

Este artículo se enmarca en una respuesta al artículo de E. Rodríguez en Diagonal. Si polemizamos con él es sobre todo por el peso que tienen las opiniones expresadas en el activismo crítico madrileño.

El artículo de E. Rodríguez comienza señalando el estatismo de la izquierda española en las vertientes post-eurocomunista, populista y otras formas emergenes neo-socialistas. En este sentido considera que «la “toma del Estado” es sólo una parte y no la más importante de un proceso más complejo». Sorprende que una persona que que critique el estatismo de la izquierda, considera que la toma del Estado es sólo una parte. En primer lugar por las propias referencias que utiliza para hablar de referentes del estatismo: ni Lenin, ni los eurocomunistas (y posiblemente tampoco la mayoría de los populistas) afirman que todo se reduzca a la toma del Estado. Por tanto, imaginamos que lo que caracteriza a la cuestión de E. Rodríguez es más bien una cuestión táctica, de matiz, no de principios. No vamos a discutir la concepción de la toma de Estado del artículo, porque no está desarrollada por el autor en el artículo. Nos interesa ir a las diferencias de matiz que nos parece quiere introducir con el preludio crítico del estatismo de la izquierda.

A la hora de caracterizar el discurso que desarrolla E. Rodríguez en el artículo que estamos tratando, podemos denominarlo como movimentista; bajo nuestro punto de vista este discurso es en parte heredero, en la época de descomposición tardía del capitalismo, de corrientes obreristas y del sindicalismo combativo. Entremos al trapo.

Para el articulista, lo que hay que hacer es invertir radicalmente las prioridades: «el partido como táctica e instrumentos subordinado, el movimiento como estrategia y sujeto político». La cuestión por tanto es que el partido no está siendo instrumentalizado por los movimientos. Nuestras hipótesis frente a estas afirmaciones son dos:

La primera es que los que así hablan, no se dan cuenta de que lo que hacen es hipostatizar y sustantivizar las luchas. Convierten momentos sociales de lucha, en movimientos sociales. Sin embargo esta forma de proceder no es correcta. Las luchas por la vivienda, por la sanidad, por la educación, no son siempre iguales, estas cambian, se producen efectos de burocratización, de descomposición o de desborde. ¿O es que acaso el movimiento por la vivienda ha sido siempre el mismo. No, este movimiento ha ido cambiando. Por ejemplo, con el 15-M, la lucha por la vivienda obtuvo una enorme fuerza, derivada, por ejemplo, de la cantidad de personas que decidieron de una u otra manera participar en ésta. Sin embargo, con el vaciamiento de la calle que supuso la llegada del ciclo electoral, vemos como la PAH ha mostrado cierta osificación y cierta burocratización, con derivas asistencialistas bastante negativas.

Luchas como las de la PAH son luchas parciales, lo cual en sí es normal, y si bien no es necesariamente un motivo para no participar en ellas, es sin duda alguna, uno de sus límites. Y una de nuestras necesidades es hacer crítica de los límites programáticos de estas luchas. No puede ser que hablemos de que la izquierda “política” es estatista, y sin embargo no decir ni una palabra de lo profundamente estatistas que han sido los movimientos. ¿Acaso la marea verde, acaso la lucha por la sanidad pública, acaso la lucha por la vivienda no han sido estatistas? Sin ser siempre homogéneas estas luchas, hay que decir que de manera hegemónica sí lo han sido. De hecho, su estatismo es prefiguración del estatismo de la fuerzas del cambio.

El profundo error que comete E. Rodríguez consiste en suponer que hay unos sujetos dados, ya constitutidos, en este caso los movimientos, que lo que deben hacer es articularse. Es aquí donde se percibe la herencia de la ontología social típica del obrerismo. Antes eran los obreros, los explotados, un sujeto dado y constituido, dispuesto a luchar, poco importaba porqué luchaba, luchaba por algo, y ese algo tenía que ser el objetivo verdadero, porque el sujeto no se puede equivocar, él es el sujeto explotado, el sujeto que debe emanciparse. Hoy dejan de ser los obreros el sujeto –o el único sujeto– y aparecen los movimientos. El capital afecta a múltiples facetas de la vida, ya no sólo a la cuestión salarial…pero el paradigma es el mismo.

Ahora bien, nosotros no compartimos esa perspectiva. Para nosotros, sólo hay un sujeto, el de la reproducción automática y ampliada del capital. Es cierto que la reproducción de este sujeto está “sujeto” a contradicciones. A través de estas contradicciones aparecen oportunidades de desborde, como fue el 15-M y todo lo que produjo después. Pero en tanto que las luchas son, programáticamente hablando, parciales, quedan todavía subsumidas a la lógica del capital, porque uno de los desbordes fundamentales es que las luchas dejen de ser parciales. Esto no significa que no debamos intervenir en ellas, pero no haciendo apología de ellas, sino también intentando fomentar las dinámicas internas de desborde de las divisiones propias del capital –como la de producción y consumo; la estratificación de la fuerza de trabajo; divisiones entre las ramas de la producción, entre público y privado, entre afectados y activistas (como sucedió en la PAH), entre profesores y alumnos, entre las diferentes funciones del personal médico, entre paciente y personal, etc. Las y los comunistas deberíamos luchar por reventar esas divisiones, no mistificarlas como sujetos del cambio1.

Esas luchas no son sujetos, y especialmente no lo son en un momento de atomización y vaciamiento como el actual. Los movimientos no cargan con la verdad per se. Por tanto, carece de sentido decir que deben ser ellas las que instrumentalicen el partido. Esta perspectiva recuerda al obrerismo clásico. ¿Es que acaso el laborismo británico era la expresión más potente de la clase obrera, porque los sindicatos instrumentalizaban al partido? En absoluto.

En tanto que esas luchas pueden ser internas al capital, aceptar sus formas y no cuestionarlas –como es la lucha por el trabajo– pueden terminar constituyéndose en organizaciones profundamente reformistas. Ya hemos dicho que algo han tenido que ver en que Podemos sea estatista, lo estatistas que fueron las luchas que lo precedieron. Tampoco se puede perder de vista, que la emergencia de Podemos ha surgido a causa de los límites alcanzados por esas luchas. Y que parte de su desarrollo tuvo que ver con el vaciamiento y atomización que comenzó con el proceso electoral, que el propio Podemos reforzó sensiblemente. Esto ayudó a la acelerada descomposición de esas luchas, así como a la recuperación de sus aristas más incómodas. Podemos no hubiera surgido jamás en un momento de desborde en extensión, intensidad y temporalidad de luchas –es decir, amplio, profundo y duradero.

Defender la pureza de los movimientos, es defender a largo plazo dinámicas que potencian intereses parciales frente a la necesidad de transformar el orden existente. Es poner por delante intereses derivados de las lógicas y fetiches del capital y bloquear canales de desborde. Emmanuel Rodríguez parece no darse cuenta de que está en realidad dándole herramientas, en caso de que alguna de estas luchas cristalice en una estructura organizativa, para defender posturas profundamente reformistas y burocráticas, incluso aunque estas luchas contengan contenidos y formas comunistas germinales.

Creemos que todo esto que hemos ido describiendo nos permite introducir el segundo punto que mencionábamos más arriba. Nos parece que el articulista muestra una visión poco relacional –dialéctica diríamos con el lenguaje de antes– en el sentido de no percibir los efectos recíprocos que tienen unos elementos sobre otros. Es decir, pierde de vista lo que acabamos de decir más arriba, que Podemos es efecto de los límites de las luchas, así como de su proceso de debilitamiento; y a su vez refuerza estos procesos. Si tendemosa  sustancializar e hipostatizar las luchas, esto es, si las convertimos en fetiche –y claramente la palabra movimiento tiende a fetichizar algo tan complejo y cambiante como las luchas parciales– no podemos ver como se afectan recíprocamente con otros elementos de la fase histórica en la que estamos. E. Rodríguez además fetichiza estas luchas en la forma–sujeto, o mejor dicho en los sujetos, en plural, pues ya sabemos que la postmodernidad introduce los plurales cuando habla de los agentes para describir los procesos (reales) de fragmentación social derivados de la subsunción de la fuerza de trabajo en el sujeto automático del capital, en su comunidad material.

Para nosotras y nosotros, al sujeto automático del capital, hay que oponer la comunidad comunista, la cual se apropia de todas las potencialidades del ser humano y de la naturaleza. Y decimos comunidad, y no sujeto, porque el sujeto ya en sí implica un límite diferencial, el sujeto es límite, concretamente, de su incapacidad de entender su relación consigo mismo y con la naturaleza.

El análisis, relativamente frágil, naufraga en el último párrafo, y muestra las negativas consecuencias que tiene no llevar a cabo una clarificación teórica comunista y orgánica:

«Por primera vez en años tenemos un interlocutor reformista y débil que golpeado adecuadamente dirigirá su acción allí donde luchas y conflictos lo consideren más útil. La opción parece sencilla: aprovechemos esta ventaja, sin dejarnos contaminar por el espantoso hedor que desprende toda burocracia empeñada en sus luchas internas. Y aprovechémosla sin dejarnos seducir por la imagen deslumbrante de la conquista de un Estado, que sabemos cada vez más impotente, y que si no forma parte de un proceso más amplio y profundo (de un cambio que en cierto modo ha sucedido ya) no servirá más que como purito recambio de élites (El pos-Podemos: contrapoder o “movimiento popular” a golpe de silbato; Emmanuel Rodríguez)».

Parpadeamos boquiabiertos. ¿De verdad que este es el argumento para participar en Desborda Madrid? El autor, en vez de analizar los límites de las luchas, los fetichiza, y después, nos invita a participar en Desborda Madrid como modo de ejercer presión sobre un interlocutor que es reformista y débil…porque las propias luchas lo son. Y de hecho, no tan débil, pues la debilidad de ese interlocutor concreto es inversamente proporcional a la fortaleza de las luchas, fortaleza ahora mismo inexistente. El autor está llamando a que sigamos reproduciendo los errores de los últimos dos años y medio, como si no tuviéramos bastante; a reproducir las condiciones de nuestros fracasos. No se percata de que son nuestros límites, nuestras propuestas, nuestras formas las que debemos corregir, y que eso requiere paciencia, cuidado y no caer en el inmediatismo. Y por supuesto, E. Rodríguez no menciona ni una palabra de los contenidos que debe tener esa organización, de las bases sobre las que debe ser construida.

Ya sabemos que si asumimos el programa de las luchas parciales, asumimos un programa que no puede romper con el capital, estamos aceptando los sujetos que surgen de las luchas, como si no debiéramos ser transformados. No basta con estos sujetos parciales se articulen coordinadamente en una herramienta política, porque esa herramienta carecerá de verdadera agencia2, como sucedió con todas las fuerzas del cambio, que se volvieron de pronto frágiles al enfrentar a la máquina impersonal del capital hispano. Y hay que plantear también qué formas de agencia, de acción, vamos a fomentar, porque de lo que se trata es de llevar adelante un proceso de comunización de la vida. A nosotras y nosotros, la comunización nos parece imposible cuando permanecemos atados a la lógica institucional. La primera tarea de un comunista es fomentar la rebeldía, no dejarse domesticar por las típicas formas de socialización de la esfera de la política. Parece que muchas y muchos han olvidado las profundas formas de subversión que tuvieron lugar en el ciclo de luchas que comenzó con el 15-M. Debemos excavar entre los restos de esas experiencias para superar sus límites, para recuperar sus potenciales comunistas. Reflexionar, construir tejido comunista, es la tarea actual, para cuando emerjan las nuevas luchas, volver a dar lo mejor de nosotros y nosotras y hacerlas avanzar para reventar este sistema demencial y caduco.

J. M. – Miembrx de Colectivo Germinal

1En este sentido, y con todos sus límites, la lucha que se produjo en el 15-M en torno al género en el lenguaje, es si bien limitada, un intneto bastante instintivo entre las y los participantes de disolver las división de género. Sin duda, muchos elementos germinales del 15-M deberían volver a ser repensados, por la enorme potencia comunista que anticipaban.

2 También nos planteamos cuáles son las formas de agencia de una organización que quiere cambiarlo todo radicalmente. Para nosotras y nosotros, la principal función del partido es prefigurar la comunidad comunista, difundir el pensamiento, el afecto y la imaginación comunista y fomentar los elementos germinales que pueden desbordar en cada lucha. El partido no dirige nada, el partido es parte del proceso de comunización.