¡Abajo la república burguesa! ¡Abajo su Constitución!

abajo-la-repubica-burguesaPublicamos y traducimos un texto de Amadeo Bordiga aparecido anónimo en Prometeo, el periódico del Partito Comunista Internazionalista, en el año 1947. Este texto se redactó como respuesta al debate constitucional y constituyente que estaba viviendo Italia tras la caída del fascismo y la instauración de la República y la democracia italiana. Nos parece un texto muy interesante por muchas razones. Una primera de las analogías en nuestro contexto, a la luz del 15M y la crisis del régimen nacido de 1978 en España, es que se han despertado ilusiones acerca de propuestas “constituyentes y de asalto institucional”. Bordiga destroza con su habitual maestría la idea de que los explotados y oprimidos tengamos que pedir un lugar y un reconocimiento en las instituciones de los opresores, de la burguesía, del capital. Al respecto, véase su análisis del artículo 1 de la Constitución Italiana: «Italia es una república democrática fundada sobre el trabajo» es simplemente magistral y animamos encarecidamente a seguir el razonamiento y la lógica del comunista napolitano. Una parte que además enlaza inmediatamente con el objetivo específico que tenemos los proletarios en lucha por nuestra liberación: nuestra negación como clase explotada, la negación de la sociedad dividida en clases. Por otro lado nos parece igualmente interesante la relación inescindible que establece entre principios y práctica para aquéllos que aspiramos a transformar radicalmente este mundo en descomposición. Para nosotras y nosotros, a diferencia de los politicastros burgueses o de los sacerdotes religiosos, no nos está permitido el dualismo escindido entre teoría y práctica, entre dogmas y vida; o sus reflexiones acerca del laicismo y la cuestión religiosa, de candente actualidad si pensamos en la islamofobia en curso o en el reciente debate contra la simbología religiosa que llevan las mujeres de religión musulmana en los lugares públicos en Francia. En una época donde parece que reivindicar los principios del laicismo de las revoluciones burguesas es el máximo de radicalidad que se puede expresar, nosotros/as apostamos por la actualidad del comunismo.

¡Abajo la república burguesa! ¡Abajo su Constitución!1

El debate sobre la Constitución de la República italiana ha sido definido como un compromiso entre ideologías diferentes y enfrentadas. Nitti2, con su malignidad sutil, ha distribuido en la mayoría de sus compañeros, mucho más jóvenes, un distinguido carnet de necedad, bromeando sobre la combinación entre moral cristiana y dialéctica marxista. Obviamente se nos responde siempre que la política no es sino el arte del compromiso, que el problema hoy no es sino político –política d’abord-3 y que las cuestiones de principio estaban de moda hace treinta años, pero hoy todos los que hacen de la política su profesión los consideran pasados de moda y escuchamos constantemente a los viejos militantes de izquierda preguntar con el rostro cansado: ¡¿No se os ocurrirá discutir entre las masas cuestiones de teoría?!

Dejemos por un momento de lado las doctrinas y la cuestión clara de que la doctrina religiosa y la socialista son incompatibles. Señalemos sólo un punto innegable que constituye una ventaja para los cristianos y los creyentes, de la que éstos pueden jactarse frente a los obstinados marxistas. Quien sigue un sistema religioso es dualista, o sea, ubica en dos planos y en dos mundos diferentes los hechos del espíritu y del mundo material. Sobre los dogmas que son objeto de fe no transige, y puede perfectamente salvaguardarlos indemnes en un ámbito espiritual y teorético, mientras mercadea en el campo de los actos prácticos, de los hechos y los intereses materiales. Esta ventaja es uno de los fundamentos de la gran fuerza histórica de la Iglesia, dúctil y voluble en su política y en su actividad social, pero absolutamente rígida sobre las piedras angulares de la teología. De ahí que el cristiano, que como militante político llega a mezclar directivas opuestas en las cuestiones del Estado terreno y de las relaciones entre las clases y los partidos, no traiciona sus principios, o al menos no está obligado a admitir que ha subordinado su respeto a cuestiones poco convenientes.

Pero no es así para el marxista, cuyo sistema se basa sobre la directa derivación de las ideologías del mismo mundo material en el que se despliegan los hechos, las relaciones de intereses que se convierten en fuerzas reales. Éstos no poseen una cómoda caja de seguridad donde la doctrina pueda guardarse intacta, mientras se comercia en los hechos con los propios adversarios en el campo práctico. Pero cuando los delegados de los partidos opuestos y de las clases opuestas trafican entre sí y convergen sobre acuerdos intermedios a sus posiciones de partida, quien sigue o dice seguir el materialismo histórico no tiene derecho a contestar que se ha producido el «comercio de los principios» del que Marx y Engels acusaban a los programas socialdemócratas, puesto que

a la práctica, en la efectiva mecánica de la colaboración, no puede sino corresponder en los cerebros una igual contaminación y mezcla de las opiniones.

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Procuremos ahora analizar algunas de las cuestiones más notables que se discuten a propósito de la nueva constitución, sin añadir nada nuevo respecto a lo que se dice en los textos de compromiso que están saliendo a la luz de la discusión, o mejor de las maniobras, ya que son desde el punto de vista teórico simplemente piadosos en la sustancia como en la forma; atengámonos pues a las relaciones concretas y al juego de las fuerzas históricas.

Está la cuestión de la laicidad del Estado, reducida al argumento sutil pero falaz de mencionar o no en un artículo de la Constitución el Pacto entre Italia y el Papado estipulado por Mussolini4, aunque todos estén de acuerdo en respetarlo.

Nada es más exacto que considerar cerrada históricamente la Cuestión romana, y nada es más vano y estéril que querer resucitar sobre este viejo punto el antiguo enfrentamiento de los bloques anticlericales, método que los socialistas marxistas liquidaron ya antes de 1914, rompiendo con las ideologías y la política de la burguesía masónica. En este sentido ambos partidos socialistas5 han demostrado la misma oquedad y el mismo contenido auténticamente reaccionario y de extrema derecha de este posicionamiento, que comparten con los grupúsculos republicanos y similares, y con algún cadáver liberal.

La cuestión se encuentra históricamente superada a escala social, si se considera la evolución general del capitalismo y de la política de la Iglesia, y sobre todo a escala social si pensamos en las vicisitudes del Estado italiano.

La revolución burguesa que instauró la democracia encontró en la Iglesia un obstáculo y un adversario de primera magnitud, dada su organización, su encuadramiento jerárquico, y su vasta función económica por el hecho de constituir un bloque con el régimen de las aristocracias feudales. La dura lucha económica y social se reflejó en una lucha ideológica, ya que la filosofía burguesa fue antirreligiosa y la política de la victoriosa y joven clase capitalista fue anticlerical. Los intentos de restauración del viejo régimen encontraron la solidaridad de la Iglesia, y por eso todas las medidas de la burguesía para reforzar sus propias conquistas de clase fueron decididamente anticlericales. Sin embargo, cuando el clero comprendió que ya no era posible evitar socialmente el triunfo del capitalismo, dejó de excomulgarlo y en todos los lugares se acercó a él, en un proceso más o menos complicado en los detalles, al nuevo orden privilegiado. El contraste teorético entre religión y los fundamentos de la economía y la política burguesa primero se descolocó para después desaparecer, como reflejo de la alianza entre los estados mayores del capital y la Iglesia. Pero no podemos llevar a cabo aquí la demostración exacta de que no hay contraste entre la ética y el derecho capitalistas y una visión fideísta.

La clase obrera, aliada revolucionaria de la burguesía naciente, cayó durante mucho tiempo en un impulso hacia un jacobinismo literario y retórico, y la esencia de la política masónica fue hacer de este come-curas una desviación de la lucha de clases y una máscara para el auténtico objetivo de la política proletaria, una vez que éste salió de su minoría de edad y adquirió un movimiento históricamente autónomo, encontrado en el principio del abatimiento del privilegio económico y social.

En Italia todo esto discurrió a través de conocidas especificidades. El Estado nacional no se formó en el período pre-burgués, y entre las causas hay que mencionar el hecho de que en Italia era donde se encontraba la Iglesia con más base mundial. La joven burguesía unitaria fue tremendamente antipapal y anticatólica: en 1848 no le tembló el pulso para expulsar al Papa de Roma y en 1870 hizo lo que todos sabemos6.

La Iglesia Católica se vio obligada, en Italia, a aminorar el paso de su maniobra histórica general de bendecir el advenimiento de los regímenes capitalistas y conciliarse con ellos. Desde Cavour a Mussolini, finalmente el proceso tuvo lugar del mismo modo que sucedió en todos los países.

Una vez más se demostró el carácter del método católico. El fascismo con sus dudosos borradores ideológicos era inaceptable para la doctrina por el intento de ubicar, en lugar de los valores religiosos, nuevos mitos, con su mística acerca de la nación y el Estado, lo que se hizo mucho más radicalmente en Alemania. Pero la política práctica del fascismo ofreció la posibilidad de consolidar la influencia del encuadramiento eclesiástico y le permitió beneficiarse rápidamente de él. La mecánica fascista y la católica en el orden económico-social condujeron a una misma praxis conservadora y esto era el punto sustancial.

Este estatus no causa ninguna molestia a la republiquilla actual, cuyo reformismo y progresismo inició realmente su historia por el mismo camino.

Pero cómo podría el actual gobierno italiano, sin una auténtica soberanía y sin fuerza material, más o menos delegado o tolerado por las grandes fuerzas mundiales, permitirse en este terreno novedades e iniciativas. Evidentemente en el nuevo clima histórico que sucede a las dos guerras mundiales, en el que el organismo dirigente burgués italiano se ha enfrentado viendo cómo se rompían sus costillas para siempre, Italia no tardaría en tener una nueva ley internacional de Garantías, análoga a la nacional de 1870 salida de la regulación unitaria entre los diferentes Estados y regiones católicas de la Península con el Vaticano. Éste no se situaría más como un contratista igual frente a Italia, como en la pueril ficción del famoso artículo 77, sino en un plano superior.

En la moderna fase totalitaria del capitalismo es fácil prever una regulación planificada mundial, incluyendo también el factor religioso. Al lado de la ONU veremos probablemente una UCO (United Churchs Organisation).

La Iglesia de Roma no controla la mayoría de los creyentes en las más potentes naciones en el mundo: Estados Unidos, Inglaterra, Rusia. No puede sino aspirar a una función unitaria cristiana. En su acción política denomina hoy a los partidos que inspira como «demócrata cristianos», «cristianos sociales», «populares», nunca «católicos». Con lo que no elude su doctrina, puesto que la Reforma [protestante, NdT] fue una cuestión de dogma y de rito, pero la ética social puede ser la misma para todos los cristianos, incluso para todos los religiosos, cuando los intentos que tuvieron lugar tras la anterior guerra a favor de una Iglesia unitaria vuelvan a repetirse, bajo una nueva forma. Ya se habla de una Internacional Cristiana. Un gran país de mayoría católica, Francia, que parecía desde hace décadas ganado al ateísmo militante, ha visto surgir de la nada un potente partido católico8.

En nuestra visión marxista consideramos que históricamente las iglesias reformadas surgieron en correspondencia a una adhesión anticipada al fideísmo del naciente mundo burgués, y hoy la Iglesia de Roma, conciliándose con el régimen mundial del Capital, se pone a la par con aquellos precursores. El último acto de este giro histórico fueron los Pactos de Letrán. Maravillarse de que el Estatuto de la República se encuentre más ligado al Vaticano que en el caso del de la Monarquía es ingenuo. La cuestión es rancia, y en esto Togliatti tiene razón9.

El eslogan liberal del laicismo hace reír. Se podía hablar de individuos laicos cuando toda la sociedad era controlada por una jerarquía religiosa y los clérigos se encontraban en el poder, no sólo para convalidar los actos políticos y jurídicos sino los escolásticos y los culturales, monopolizando estas funciones a través de un encuadramiento estable y cristalizado. Intentando actuar por fuera de estos esquemas rígidos y de romper su feroz conformismo, actuaban en una auténtica obra laica figuras como Dante, los humanistas del Renacimiento, Galileo, Vico, Bruno, Telesio, Campanella, aunque algunos de ellos fuesen frailes. El primer laico en el mundo occidental fue Cristo, contra la clerigalla de los escribas y los fariseos. Laicos tenían que ser Cavour y el Estado Albertino10, puesto que no podían sino luchar por romper los poderes del derecho divino en la Península, las investiduras de Roma y las tierras en manos muertas.

Hoy que il Sillabo11 ya no arrecia contra la economía oficial capitalista y el derecho romano-napoleónico, se mueven bajo el mismo dosel conformista todos aquellos que, aún ufanándose con tentativas reformadoras y progresivas no identificables, no se posicionan en una lucha institucional desde fuera para infligir y derrocar autoridades y jerarquías de un orden constituido.

El mismo hecho de escribir una constitución por parte de cien diputados es un síntoma de esta fase de conformismo. Cuando históricamente las constituciones tuvieron una razón y un contenido, se sucedían a una lucha revolucionaria y eran su reflejo, su redacción era rápida y sustentada en las llamas de la acción. Sancionaron como cartas y declaraciones, de una nueva clase vencedora, principios que contenían un fuerte contraste con el pasado, un grupo homogéneo las afirmó y proclamó a través de ideologías con contornos netos. En una época sucesiva las constituciones concesivas de los principios tomaron acto de una situación revolucionaria irrevocable, incluso donde la lucha no había sido tan abierta y victoriosa.

Hoy todos los señores de Montecitorio12 son igualmente conformistas: clérigos todos. Ya no existen en su seno voces “laicas” en su sentido histórico. Una complicidad propia de una congregación les asocia, en sus choques, intrigas y complots.

En la actitud de los “comunistas” en la Constituyente lo grave no es, por lo tanto, el desmantelamiento de la tesis de que un Estado burgués y democrático-parlamentario como el de esta pobre Italietta13 puedan encontrarse bajo las alas de la Iglesia, constatación histórica del puente creado entre el régimen capitalista y la religión. Lo grave es la pretensión de crear un puente bien diferente que comunique los regímenes proletarios socialistas y el fideísmo. Aquí la renegación del marxismo se repite y se vuelve a confirmar.

Daremos un solo ejemplo histórico, Rusia. No sólo se daría Libertad14 de conciencia religiosa (¿qué puesto ocupan en el materialismo dialéctico los términos «libertad», «conciencia» y sus correlatos?), pero la misma Iglesia, habiendo renunciado a la defensa del viejo Régimen zarista de la que era aliada, se encuentra hoy admitida por el Estado y su propaganda ha colaborado con la propaganda nacional durante la guerra empujando a las masas militares a la lucha15.

La cuestión es de una dimensión imponente. Presenta dos conclusiones: o la de Togliatti, que la religión y el socialismo no son la antítesis, o la otra, que estamos en presencia de una nueva prueba de que el régimen de Moscú ya no tiene un carácter socialista y proletario. Otra verdad pacífica es que para poder lanzar a millones de seres humanos al matadero bélico la fe en el más allá es un factor precioso.

Puesto que todos los políticos y periodistas se preguntan qué piensa el jefe de los comunistas italianos cuando les sorprende —lo que no es difícil— con sus movimientos y sus tesis, probaremos a iluminarles diciendo que él en el futuro se investigará su mente concreta16, y que se pregunta si la inter-iglesia mundial de mañana será o no será un monopolio y un poderoso altavoz del bloque occidental. En la competición en curso, junto a la utilización de la ola de odio contra el fascismo y el nazismo, se suma otra competición, tan vieja como la historia humana, la de la popularidad del buen Dios. ¿Quién podrá utilizar mejor esta arma en beneficio de su bandera y su comercio? Por desgracia el cúmulo de la sabiduría de la curia romana y la tenacidad del pestilente puritanismo anglosajón nos hacen ver que la balanza pende del lado opuesto al palmiresco17. Togliatti se ve obligado a conceder algo de crédito a Dios, De Gasperi18 avala el cambio, pero con la cómoda reservatio mentalis de que Dios no paga los sábados… Se encontrará siempre un Calloso que se crea que su estupidez ha sido causada por el cura.

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Demasiados apuntes nos ofrecen los innumerables y mal hilvanados artículos del proyecto constitucional, y sus retoques con el método parlamentario, que más que nunca demuestra su naturaleza putrefacta.


Se ha querido dar a todos los grupos del agregado político actual, derivados, como se quiere hacer creer al gran público, del abatimiento del fascismo, un contenido común encontrando una nota, por lo menos una, aceptable para todos. Si vamos en un sentido contrario a la
estatolatría fascista, no nos queda sino impulsarnos desde el Individuo, y sobre la sagrada e inviolable dignidad de la persona humana. Y por otra parte esbozar mejor un descentramiento burocrático con la creación de otros organismos parasitarios y confusionistas –si no camorristas19– como serán las administraciones regionales. Todos estos temas se prestan a sugestivas ilustraciones.

Dejemos a un lado la teoría. Mientras, la característica más destacada de la realidad está hoy más que nunca en el enredar y sofocar al pobre individuo, esa desgraciada persona, en los angostos pasillos de los centros organizativos, y los Estados menos importantes pierden en todos los campos cualquier residuo de función autónoma, como consecuencia de las presiones y de las brutales intervenciones de los más poderosos monstruos estatales (véase el último episodio acaecido en Grecia y Turquía)20, razón por la cual nos burlamos de los intentos por reconstruir sobre el papel la lacerada libertad del individuo singular y de la región.

Sobre esos principios “sagrados e inviolables” convergen, en el nirvana del conformismo, todas las ideologías multicolores en Montecitorio: transcendentalistas para los que es fundamental conceder al individuo el libre arbitrio (porque si no ¿cómo irían al infierno tras la muerte?); inmanentistas que, desde la libertad del YO que se actualiza en la eticidad del Estado, tienen que derivar la facultad de disponer o del propio patrimonio o del propio trabajo, o sea la libertad de comprar y de vender el tiempo humano; materialistas y positivistas que, habiendo realizado entre todos un pastiche informe de marxismo, por una parte con el más vulgar de los cinismos, por otra con la más lacrimógena de las filantropías, no sabían lo cómoda que es la palabra libertad, que puede llegar a inducir a sus lectores a hacer la extrema estupidez de designarlos como sustitutos de los jerarcas de Mussolini.

Cuando algo se convierte en “sagrado e inviolable” para todos, ya que aunque se defiendan más de cuatrocientos discursos ninguno tratará de atacarlo, ésta es la prueba cierta de que todos se burlan de él en la misma y suprema medida. Proporciona finalmente un confort al ciudadano, elector que paga, al precio del mercado negro, la compilación de la carta constitucional.

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Llegamos al plato fuerte del contenido económico y social de la constitución republicana. Se da de este modo el paso audaz de mencionar aquí y allá junto al ciudadano también al trabajador. ¿Tenemos una república fundada sobre el trabajo y los trabajadores? Lo uno y lo otro, ya que todos los Estados burgueses de nuestros días se fundan ya sea sobre la explotación del trabajo, ya sobre la explotación de los trabajadores por parte del capital. Del mismo modo que los cimientos soportan el peso del edificio, los trabajadores italianos soportan sobre sus espaldas el peso de esta república fallida.

Las expresiones literales han sido felices. La más cómoda ha sido por desgracia explotada por los fascistas: «Italia es una república social»21.

Esta misma evolución de actitudes es perfectamente coherente con todo el desarrollo del ciclo burgués. En sus inicios la mentalidad y el orden democrático no toleraban que se hablase de trabajador y no de ciudadano, de cuestión social y no política. El ciudadano puede creer que es igual a todos los otros, el trabajador entiende que es un esclavo. La política del Capital es igualdad de derechos, su sociología es la explotación.

Pero durante un siglo la defensiva burguesa ha tenido el mérito de cambiar sus frentes polémicos. Reformismo primero, fascismo después, han llevado a la escena las medidas sociales y el trabajo: no es este el lugar para demostrar este hecho, una tarea que es central para nosotros como análisis de investigación.

El liberal y el jacobino puro no existen ya. El sindicato económico prohibido en la praxis inicial de la revolución burguesa es primero admitido, después corregido, más tarde encuadrado dentro del Estado. El juego de las iniciativas económicas que inicialmente era un canon sagrado (versión directa de la vacía inviolabilidad de la persona), sin ningún control externo, asiste a intervenciones cada vez más gruesas y directas por parte del poder político ¡en nombre del interés social!

Pero frente este mundo burgués liberal puro y al social-intervencionista, ¿contraponemos, nosotros, socialistas consecuentes, una idealización, una mística, una demagogia del trabajo y del trabajador? ¡Jamás! Este es otro punto que merece ser clarificado y liberado de obstinadas incrustaciones.

Cuando los esclavos lucharon por emanciparse, ¿propusieron una república de esclavos o una sin esclavos? ¡Los trabajadores de hoy luchan por una sociedad sin asalariados!

Hacemos filosofía si definimos el trabajo como actividad humana general sobre la naturaleza sin deducir de ello, rápidamente, el análisis de las diferentes relaciones sociales en las que se encuadra el trabajo. La lucha proletaria no tiende a exaltar sino a disminuir el gasto de trabajo, y se basa sobre los enormes recursos de la técnica actual para avanzar hacia una sociedad sin esfuerzos laborales impuestos, en el que la prestación de cada uno se hará de la misma manera en la que se explica cualquier otra actividad, abatiendo progresivamente la barrera entre producción y consumo, entre fatiga y goce.

No es por casualidad que los regímenes fascistas hablaron ampliamente sobre el trabajo y que la carta mussoliniana se llamó Carta del Trabajo. La misma falsa demagogia guía la praxis “social” de los modernísimos regímenes. Donde ellos, todos, escriben exigencias sociales, nosotros leemos: exigencias burguesas de clase.

La clase obrera no puede considerar como su conquista el enunciado de que en las instituciones entra el trabajador.

El programa de traspaso de los comunistas entre la época capitalista y la socialista no es una república en la que los burgueses admiten a los trabajadores, sino una república en la que los trabajadores expulsan a los burgueses, en espera de expulsarlos de la sociedad, para construir una sociedad fundada no sobre el trabajo, sino sobre el consumo22.

El postulado político de la clase obrera no es encontrar un puesto en el Estado constitucional presente, ya que los puestecitos son sólo para «aquellos miembros de la clase dominante que los obreros pueden elegir cada cierto número de años para que los representen» (Marx).

Su postulado social tampoco es el de encontrar un puesto en la gestión de la empresa. Ni siquiera la fábrica es el ideal al que tiende la conquista del socialismo. Si Fourier llamó a las fábricas capitalistas cadenas perpetuas mitigadas, Marx, recordando a las inglesas “casas del terror” para los pobres, dice que este ideal se realizó durante la manufactura burguesa: ¡y su nombre fue el de fábrica! Todo el reformismo moderno sobre la técnica productiva no deja de tener como objetivo el producto y no el trabajador; quizás no todo el mundo sepa que las recientísimas fábricas de motores en Estados Unidos se hacen sin ventanas porque el polvo atmosférico distrae las elaboraciones mecánicas que requieren precisión, como ocurre con un ambiente condicionado por la temperatura, humedad, etc. De la cadena perpetua a la tumba.

En cuanto a los métodos rusos de trabajo a destajo nos viene a la mente un pasaje de Marx:

«En Londres la estrategia que se usa en las fábricas de construcción de máquinas es que el capitalista elige como jefe a un obrero de gran fuerza física y entregado al trabajo. Le paga todos los trimestres y en otras épocas un salario suplementario, a cambio de que haga todo lo posible para estimular a sus colaboradores a competir contra él, pero ellos sólo reciben su salario ordinario» (El Capital, I, IV, 3).

Basta ya de estrujar a los trabajadores, de incitar a las masas con métodos que derivan de los que se aplicaban a los esclavos, si no son propios del ganado ante el matadero, al que de todas formas no se obliga en la constitución a creerse sagrado e inviolable, ni resucitado tras ser comido.

Traducido por Colectivo Germinal

1 Prometeo, nº6, marzo-abril 1947.

2 Francesco Saverio Nitti (1868-1953) fue un político italiano miembro del Partido Radical, primer ministro durante exactamente casi un año (junio de 1919 a junio de 1920), en los momentos del decisivo bienio rosso, caracterizado por el ascenso proletario en el contexto de la oleada revolucionaria mundial desencadenada en 1917. Su inteligencia política, junto a la del liberal Giolitti, fue decisiva para el desvío democrático de la lucha, confinándolo en el interior de las fábricas y el parlamento (a través de las elecciones que ganó el Partido Socialista Italiano). [NdT].

3 Política ante todo. La expresión original está en francés [NdT].

4 Se refiere a los Acuerdos de Letrán entre el Papado y Mussolini (1929) con los que se pone fin a la llamada Cuestión Romana, hasta entonces, desde 1870 con la conquista de Roma por parte del Reino de Italia con base piamontesa, los Papas se consideraban “prisioneros en el Vaticano” [NdT]

5 Bordiga aquí se refiere a la existencia de dos partidos socialistas en 1947, el histórico Partido Socialista Italiano dirigido por Pietro Nenni y el Partito Socialista Democrático Italiano de Giuseppe Sagarat, debido a la decisión del PSI de unirse al PCI en un Frente Popular de cara a las elecciones de 1948. Fue un socio estable (PSDI) de los diferentes gobiernos de la Democracia Italiana durante la I República [NdT].

6 Se trata de la República romana que fue instaurada en 1849 tras la huida de Pio IX, en el contexto de las revoluciones europeas de 1848. La República llegó a su fin por la intervención de la República francesa bajo el mandato de Luis Bonaparte, el futuro Napoleón III. Con los sucesos de 1870 Bordiga se refiere a la unificación italiana y a la Cuestión romana que mencionábamos en la nota 3 [NdT].

7 Bordiga se refiere al artículo de la Constitución Italiana que dice lo siguiente: «El Estado y la Iglesia son, cada uno en su orden propio, independientes y soberanos. Sus relaciones son regulados por los Pactos de Letrán. Las modificaciones de los Pactos, si son aceptados por ambas partes, no requieren procedimientos de revisión constitucional» [NdT].

8 Se refiere al Movimiento Republicano Popular (MRP) de la IV República francesa. Uno de sus dirigentes es uno de los padres de la Comunidad Económica Europea, Robert Schuman [NdT].

9 La posición del PCI dirigido por Palmiro Togliatti fue aprobar el artículo 7 de la Constitución Italiana: «Esta política es la que mejor se corresponde a la nación italiana», dirá en su defensa parlamentaria del voto nacional-comunista a favor de la regulación constitucional de los Pactos de Letrán [NdT].

10 Se refiere al rey piamontés Carlo Alberto de Savoia que proclamará el Estatuto Albertino en el contexto de las revoluciones de 1848, el cual regirá constitucionalmente la Monarquía piamontesa. Cavour será el político piamontés que dirigirá la unificación italiana hasta su muerte en 1861 [NdT].

11 Se refiere a 80 proposiciones que el Papa Pío IX redactó contra el liberalismo, el matrimonio civil, el ateísmo, el comunismo, etc. [NdT]

12 Se trata de la sede del Congreso de los Diputados en Italia [NdT]

13 Dejamos el original en italiano, se refiere a Italia como país provincial e ignorante [NdT]

14 Dejamos las mayúsculas del original [NdT].

15 Durante la II Guerra Mundial la Iglesia Ortodoxa apoyó el régimen stalinista y fue autorizada a que los obispos y sacerdotes bendijesen las banderas de las unidades militares que se dirigían al frente. En 1943 se restableció el Santo Sínodo de Moscú y el Patriarcado. Esta situación permaneció durante el resto del “mandato” de Stalin [NdT].

16 Bordiga ironiza sobre el concretismo de Togliatti [NdT].

17 Se refiere a Palmiro Togliatti [NdT].

18 Alcide de Gasperi (1881-1954), líder y fundador de la Democracia Cristiana, fue primer ministro de la República italiana [NdT]

19 Esta anticipación de Bordiga es muy interesante para todos aquéllos que conozcan la profunda simbiosis que se dio en la historia de la I República entre la mafia y las administraciones regionales, sobre todo del sur de Italia [NdT].

20 Se refiere al discurso de Truman del 12 de marzo de 1947 con el que se inicia su Doctrina de la Contención y el inicio de la Guerra Fría. En ese discurso, Truman promete 400 millones de dólares a Grecia y Turquía (recuérdese que era el momento de la guerra civil griega entre “demócratas” y nacionalcomunistas del KKE —Partido Comunista Griego—) [NdT].

21 Bordiga se refiere a la Repubblica Sociale di Salò (1943-1945) [NdT].

22 Bordiga aquí se refiere al acceso directo de la riqueza, sin mediación mercantil y monetaria, por parte de la comunidad humana. A la liberación del valor de uso del valor [NdT].