Activismo y clases medias: una aproximación al discurso populista

Juan Medem y Clara Marañón miembros del colectivo Germinal

Las cosas se duplican en Tlön; propenden asimismo a borrarse y a perder los detalles cuando las olvida la gente.Es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro.

Jorge Luis Borges

Como en los mejores escritos de Borges, la teoría populista desarrollada por Laclau y Mouffe —y lanzada a la fama en el estado español por las caras visibles de Podemos— desvanece en el aire la realidad material. Este artículo es un intento de proporcionar algunos apuntes para repensar el fenómeno Podemos desde sus determinaciones materiales —sin contarse cuentos, que diría Althusser—, así como desde los efectos concretos que el discurso de sus líderes produce en la realidad. Es un intento, también, de visualizar el campo para la intervención política que se ha abierto desde la emergencia de esta fuerza electoral en 2014.

Para poder explicarnos, comencemos por la premisa de que parten Laclau y Mouffe en el desarrollo de su teoría: no hay unidad en lo social. O todavía más: hay una irreductible heterogeneidad en lo social que hace imposible toda unidad real, extralingüística, de manera que reposa exclusivamente en el discurso la capacidad de construir esta unidad. La realidad social se encuentra fragmentada por identidades irreconciliables. Sólo un minucioso análisis de sus demandas —en virtud de las herramientas que nos proporciona el avance de las ciencias sociales— y su articulación a través de una cadena de equivalencias nos permite la construcción de un cuerpo discursivo en el que se reconozcan todas y cada una de estas identidades, un discurso que consigue representar lo irrepresentable. Ello requiere el empleo de significantes vacíos, palabras semánticamente tan amplias que dan cabida a la diferencia irreductible de las demandas sociales, así como la división en dos campos igualmente amplios, ambiguos, que permiten establecer un enemigo y delimitar un nosotros. Entonces nace el pueblo.

Pero ¿qué pueblo es este? Partiendo del origen polisémico de la noción de pueblo y popular, Canclini/1 diferencia en ella tres acepciones: (1) lo tradicional o folclórico, (2) lo relativo a la unidad política dotada de soberanía y (3) lo deseado y consumido por un amplio número de la población. En Laclau y Mouffe, las dos últimas acepciones parecen confundirse. Y no es casual. Debido a la centralidad del discurso en la teoría populista, es precisa la centralidad misma de la comunicación política y las tecnologías que la componen, organizadas en una estrategia de marketing político para la elaboración de un producto discursivo eficaz, óptimo/2. Quien consiga elaborar un discurso capaz de apelar al conjunto de demandas disgregadas de la mayoría social, tendrá el poder. Un poder, hemos de decir, casi demiúrgico, en la medida en que la unidad social sólo existirá en tanto que sea convocada, en tanto en que sea nombrada por la instancia convocante del líder carismático en quien el pueblo, recién bautizado como tal, se reconoce. La unidad social se debe a —depende de— la expertise del líder y su equipo, a toda una labor de tecnología política que elabora una mercancía dispuesta para el consumo y que convierte una realidad social fragmentada en pueblo, en sujeto antagónico, en unidad política/3.

Esta percepción, en la que lo político se reduce a lo semiótico y lo semiótico se subordina a criterios mercadotécnicos, supone el establecimiento de una relación cuasi mercantil con las personas receptoras del discurso, regulando la cantidad y modalidad del mismo en función de sus demandas como consumidores. En la teoría populista no se niegan, a nuestro parecer, las condiciones materiales de tales demandas —como el contexto de la crisis económica o el bloqueo institucional contra el que chocaban las movilizaciones sociales precedentes—, sino que, sencillamente, no son relevantes más allá de la recogida de una gran variedad de demandas sociales que, como materia prima, se verán sometidas a un proceso de abstracción mediante cadenas equivalenciales a fin de dar lugar a la mercancía final: el discurso populista y su encarnación en la instancia convocante del líder carismático. La realidad material, tras este proceso, se desvanece en el aire.

Ahora bien, no sólo existe un contexto en el que se desarrollan determinadas pasiones, carencias y deseos de las diversas identidades que componen lo social. Existen, asimismo, unas condiciones materiales que permiten que sea efectiva toda esta estrategia de marketing político. Es preciso que nos acerquemos a la relación material que se da entre las técnicas discursivas de interpelación que ha puesto en juego Podemos y la composición propia de clase, sobre todo de las clases medias funcionales, que se ha dado en los últimos años. Antes de nada debemos empezar con una pequeña periodización histórica: mientras que el impacto de la crisis de las subprime entre 2007-2008 afecta en primer lugar a las capas populares por medio de la destrucción masiva de empleo y después por la incapacidad de pago de las deudas de sus economías microfinanciarizadas/4, es la agudización de la crisis de la deuda en 2011 la que empuja a las clases medias funcionales/5 a aparecer en la escena política y social/6. Esta ruptura se expresa en la explosión del 15-M, la cual transfiere su energía al movimiento por la vivienda y las mareas.

Cabe decir que si bien son las clases medias funcionales las que aparecen en escena, no es cualquier fracción de estas la que ocupa la centralidad/7, al menos no cuando hablamos de recoger el descontento que viene de más abajo. Al contrario, son las fracciones reproductivas/8 las que ocupan la centralidad política e incluso, en muchos casos, nuclean con carácter propio los movimientos sociales y el mundo activista. Nos parece que la centralidad que ocupan se debe a que están en medio. En medio del desmantelamiento del estado de bienestar, en medio de las agresiones que sufren las capas populares —al ser la fracción reproductiva la encargada de asegurar los procesos de reproducción—, en medio porque viven un potente proceso de proletarización y en medio porque su posición social está fuertemente arraigada a la existencia del sistema de bienestar. Como caso excepcional que confirma la regla, podemos nombrar a este respecto la posición de los médicos en la marea blanca, teniendo en cuenta que en las franjas de edad más alta es un cuerpo fuertemente conservador. Sin embargo, deben su posición al reconocimiento de una ideología que los sitúa como garantes de una función social benéfica para el conjunto de la sociedad.

Observamos por tanto un proceso en el que, salvo raras excepciones, la clase trabajadora es la gran ausente. En 2011, a través de la polarización de una parte de las fracciones reproductivas, comienza un proceso de movilizaciones que en algunos casos involucra a las capas populares y con el que estas simpatizan. Sin embargo, los activistas no han dejado de vivir esta situación como un proceso de delegación de las capas populares, las cuales si bien observaban con simpatía su intervención política, no se involucraban del todo. Intervención política que estaba además mediada por prácticas muy particulares, como son el cooperativismo, el asociativismo, el movimentismo, la horizontalidad y en algunos caso la potenciación de los espacios de reproducción social/9. Los límites de este proceso —la ausencia de victorias simbólicas, así como una mayor implicación de los sectores más afectados por la crisis— hacen que la cuestión del poder y sobre todo de lo institucional/electoral empiece a tomar cada vez mayor relevancia.

No obstante, se puede decir que todos los intentos de construcción de una alternativa de asalto al poder institucional que estuviera impregnada de los gérmenes del 15-M fracasaron. Al contrario, se da un desplazamiento del discurso y una delegación de la acción política de las fracciones reproductivas a las tecnocráticas, que se traduce

en la importancia que de pronto adquieren los discursos de la experticie, la solvencia, la meritocracia, de la necesidad de reemplazar a las élites de gobierno, del demos virtual/10, etc. Desplazamiento que en Podemos se vivió en forma de tensión entre las prácticas comunitarias de los círculos y la necesidad de una eficacia vertical y técnica que posibilitara la victoria electoral. Para retomar la primera parte del artículo, la delegación que se produce consiste en que se renuncia a las prácticas comunitarias en pos de un discurso mercadotécnico que pueda movilizar a una mayoría de la población —la cual los activistas no habían conseguido movilizar— a su consumo, y que finalmente se traduzca en votos. No podemos extendernos e indagar aquí las causas más profundas que explican este desplazamiento de la centralidad política e ideológica, pero queremos subrayar que el desplazamiento está generado por la necesidad de tomar el poder institucional y, por tanto, por entender la gestión del poder institucional como una cuestión técnica, no política.

No obstante, como la realidad existe y está en constante movimiento, quisiéramos apuntar antes de terminar dos procesos paralelos que pueden afectar decididamente el camino de Podemos hacia el asalto institucional. El primero lo constituye la emergencia de Ciudadanos/Ciudatans en el ámbito estatal y su buen posicionamiento para disputar el centro ideológico que ansía Podemos. Pese a sus esfuerzos discursivos, Podemos no deja de ser percibido como una fuerza de izquierdas cuyo voto reside mayoritariamente en antiguos votantes del PSOE y de IU, lo cual dificulta su acceso al votante del PP y de UPyD, que se está desplazando en buena medida hacia C’s. Así al menos parece refrendarlo una reciente encuesta de Metroscopia/11, que sitúa a C’s como la fuerza que recoge más votos del centro (11 %), seguida de Podemos (10,6 %). Los más paradójico es que Podemos ha sido la organización que al desplazar la centralidad del discurso para poder luchar por el poder institucional ha abierto el camino —tanto ontológica como epistemológicamente— para el ascenso de C´s, apareciendo esta fuerza como aquella capaz de disputar el centro tecnocrático. Leído desde otra perspectiva: Podemos ha abierto la posibilidad de un autorreconocimiento de las fracciones tecnocráticas en clave de derecha modernizadora.

El segundo proceso que puede influir en la deriva de Podemos es las negociaciones de Syriza con la Troika y su situación posterior con respecto a sus acreedores. Y es que, en su disputa por la centralidad, Podemos necesita mantener su indefinición ideológica a base del uso de significantes vacíos y la indeterminación programática, pero al tiempo se ve impelido, si quiere demostrar la experticie y solvencia de la que hace gala, a posicionarse y definir, cuando menos, un programa y una estrategia para llevarlo a cabo. En esta tensión parece haber encontrado una vía de escape con las propuestas neo-keynesianas de Vicenç Navarro y Juan Torres, que lo situan en una socialdemocracia crítica con las perversiones de un capitalismo financiarizado y que, mientras se opone a las políticas austericidas del establishment, guarda la dorada imagen de la socialdemocracia que protagonizó la construcción del estado del bienestar. Un mal resultado para el pueblo griego podría llegar a perjudicar la imagen de viabilidad de las medidas de tipo neo-keynesiano propuestas por Syriza y previsiblemente por Podemos, no por su efectividad práctica —que no nos toca aquí abordar— sino por la imposibilidad de su aplicación sin una debida moratoria y reestructuración de la deuda griega en el marco de la Unión Europea. Nuestra previsión no es optimista, pero de lo que no cabe duda es de que Podemos habrá de enfrentarse a una realidad turbulenta —y material, pese a todo— que pondrá a prueba la fortaleza de la hipótesis populista en el asalto a las instituciones.

Artículos relacionados:

J. H. – Podemos: ¿quién asalta a quién?

J. M. – Eleciones generales: una crítica a la ideología

Notas:

1/GARCÍA CANCLINI, Néstor (1990): Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad. México: Grijalbo.

2/Ello marca una diferencia fundamental con respecto al uso que del marketing político hacen los partidos tradicionales. Pese a la progresiva espectacularización de la política —a la que asistimos a medida que los medios de comunicación de masas y, ahora, las redes sociales incrementan su capacidad de influencia en la vida pública—, los partidos tradicionales siguen respondiendo ante una familia ideológica determinada y uno o varios segmentos de la población concretos con su correspondiente voto cautivo.

3/Ese apunte debe mucho a las reflexiones de Jorge Herrero en torno a la reproducción de la lógica de la mercancía en el discurso populista. El artículo en el que lo trata con mayor profundidad, «Podemos: ¿en principio fue el verbo? (II)», se encuentra inédito en estos momentos.

4/Y seguramente también de una pequeño-burguesía patrimonial —pequeños propietarios— que cierran o sufren fuertes procesos de desvalorización de sus negocios.

5/Denominamos a las clases medias funcionales a todo ese sector de asalariados cualificados por el aparato académico para llevar a cabo tareas especializadas. Ingenieros, arquitectos, médicos, profesores, trabajadores sociales, técnicos de empresa, abogados, etc. Sobre este asunto, véase ORTÍ, Alfonso (1987): «Estratificación social y estrucutura del poder: viejas y nuevas clases mediasen la reconstrucción de la hegemonía burguesa» en Obra Colectiva. Política y sociedad (Estudios en homenaje a Francisco Murillo Foxxol). Vol 2. Centro de Investigaciones Sociológica/Centro de Investigaciones Constitucionales

6/Seguimos en parte la periodización que hace RODRÍGUEZ, Emmanuel. 2014. «Nuevas apuestas políticas en la coyuntura española. Claves para un presente en crisis». Intermediae, Matadero-Legazpi en Madrid. Varios organizadores. 18 de diciembre.

7/Cuando hablamos de «centralidad» no hablamos tanto de mayor o menor participación física en estos procesos, como de su capacidad de dirigirlos, de darles discurso, sentido político y cultural, etc.

8/De aquí en adelante llevamos a cabo una división entre las clases medias funcionales: por una parte hablamos de las fracciones reproductivas, que son aquellas que llevan a cabo funciones de reproducción social, como pueden ser los médicos, profesores o trabajadores sociales; en contraposición, hablamos de las fracciones tecnocráticas para designar a aquellas clases que operan como agentes del capital —o en su defecto de las instituciones públicas, esto es, de los aparatos de estado. Es Mario Ortí el que nos señaló la importancia de esta división entre fracciones.

9/Lo cual refuerza, a nuestro parecer, la tesis de la centralidad de las fracciones reproductivas en esta fase.

10/Con «demos virtual» hacemos referencia a todo ese sector de simpatizantes que intervienen en Podemos a través de los métodos de participación virtual, por contraposición al «demospresencial» o asambleario que compone los círculos

11/LÓPEZ VEGA, Antonio: «Ciudadanos y Podemos arrebatan el centro a PP y PSOE», Metroscopia 18/02/2015 [consulta 02/03/2015]. Disponible en: www.metroscopia.org/datos-

Juan Medem, activista y antropólogo social y cultural.

Clara Marañón, activista y editora.

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