¿De qué hablan los políticos?

De qué hablan los políticosJuan Girtz. Miembro de Colectivo Germinal

Más allá de su bajo nivel, el fondo del debate político en España no tiene nada que ver con los problemas reales de la sociedad (y sus causas), tanto los específicos como los que son comunes a otras sociedades

Va ganando peso la impresión de que los políticos no se enteran-la mayoría- y los pocos que se enteran “miran para otro lado”. Con ello contribuyen a asentar en la sociedad una suerte de generalizada actitud de irresponsabilidad e inconsciencia que, en estos días se resume en la mentira de que se puede volver a 2007

Para ilustrar esta afirmación, analizaremos brevemente cuatro disyuntivas que constituyen el centro del debate político en nuestro país: 1) crisis y salida de la crisis 2) desempleo y generación de empleo 3) Déficit y deuda y 4) Estado/mercado

1.- En torno a la salida de la crisis sostienen propuestas igual de infundadas la izquierda y derecha. Neoliberales y neokeynesianos pretenden tener soluciones para superarla y los dos coinciden en una errónea caracterización de las causas de la crisis. Para los primeros la causa principal residiría en la laxitud de las políticas monetarias, fiscal y presupuestaria con la aparición del problema de las deudas lo que expresaría que “la gente habría vivido por encima de sus posibilidades”. Para los segundos la crisis estaría asociada a los excesos de la financiarización y se trataría de volver cuanto antes al capitalismo sano y productivo mediante la intervención del Estado para el estímulo a la demanda que tirase de la inversión y el empleo y el consumo, cerrando así el círculo virtuoso keynesiano

Ni unos ni otros tiene en cuenta el problema de la caída en la rentabilidad del capital que se prolonga desde hace cuatro décadas y que ha estado en el origen del desplazamiento de las inversiones hacia las finanzas que conocemos como financiarización, respuesta del capital a las caídas en su rentabilidad y hecha posible mediante la liberalización del movimiento de capitales y los estímulos al endeudamiento de empresas y familias como forma de estimular la demanda

2.-En materia de (des)empleo, la derecha atribuye su elevado crecimiento a la rigidez del mercado de trabajo que dificulta la indispensable flexibilidad empresarial lo que induce a responder a las oscilaciones del mercado con despidos y con el recurso al empleo precario. Como telón de fondo- y así desde el principio de los 70- está la crítica del excesivo poder sindical expresado entre otros en la prevalencia de los convenios sectoriales por encima de los de empresa1, así como en el peso de las prestaciones del Estado del Bienestar -salario indirecto-, especialmente en lo que se traduce en el gravamen sobre el trabajo que vuelve a actuar de incentivo negativo sobre la contratación.

La “izquierda” achaca el desempleo a las caídas en la demanda (“crisis de subconsumo”) que, desincentivando la inversión y el empleo, generaría un círculo vicioso que debería ser roto por la intervención del Estado a través de la inversión pública y las mejoras en las prestaciones sociales, como forma de compensar la crisis del subconsumo. Y ambas estimuladas por una política monetaria que estimulara la inversión y el consumo

Ninguna de los dos advierte que el problema del desempleo se arrastra desde hace décadas por efecto de los incrementos de productividad, especialmente la revolución microelectrónica, que ha supuesto una reducción muy importante del peso del trabajo en la producción de mercancías, consecuencia, a su vez, de la propia concurrencia capitalista en pos de los continuos aumentos de productividad que consigan abaratar los costes de producción y mejorar la competitividad de la empresas. Es lo que hizo a Marx hablar del capital como una “contradicción en proceso”.

De qué hablan los políticos43.-Los aumentos del déficit público son atribuidos por la derecha a los excesos del Estado del Bienestar y la democracia desde la llamada revolución de las expectativas. El consiguiente aumento del gasto público, además, habría precipitado dos efectos igualmente dañinos que se retroalimentan. Uno, los continuados incrementos de impuestos al trabajo y al capital que desincentivarían la inversión y el consumo por sus efectos en el incremento del coste de la financiación y en la renta disponible de los hogares, respectivamente. Y dos, el aumento del recurso al endeudamiento, lo que convierte al Estado en un peligrosos competidor para el sector privado en los mercados financieros

Para la izquierda el problema del déficit está asociado a la continuada desfiscalización de las grandes fortunas y las rentas del capital así como al incremento de las prestaciones del desempleo derivadas de la crisis, que se traducirían ambas en un aumento en la apelación a la deuda para financiar el gasto público. La teoría de la crisis del subconsumo y la apelación a la política del déficit para generar los recursos que el mercado no es capaz de proveer y, por ende, reducir ese déficit, está en el fondo de esta posición de la izquierda keynesiana

Ni la derecha ni la izquierda entienden que el problema del déficit del estado es una consecuencia de la crisis económica y la caída en la rentabilidad del capital. Los gastos del Estado son tributarios del crecimiento de la economía capitalista: los ingresos derivados de las rentas del trabajo, el capital y el consumo representan, en el fondo, anticipos sobre el valor real creado por el trabajo y acumulado como trabajo muerto, capital. La crisis del valor, antes señalada, tiene como consecuencia que el Estado debe financiarse en forma creciente, con cargo a un valor que posiblemente nunca llegue a aparecer, contribuyendo así al agrandamiento del capital ficticio mediante un incremento de activos en poder de los inversores financieros que no están respaldados por valor alguno

La política de consolidación fiscal defendida por la derecha como un requisito indispensable para el saneamiento de las finanzas públicas no hace sino hundir a las sociedades en un abismo de estancamiento, pobreza y desempleo, enfeudándolas, además, con los grandes inversores financieros, que pasan a ser, así, los verdaderos soberanos de sus vidas.

Las políticas expansivas defendidas por la “izquierda” conducen a un callejón sin salida porque, en ausencia de expectativas de crecimiento de las que poder obtener sustanciales incrementos de los recursos públicos procedentes de los impuestos, tales expansiones deben ser financiadas por incrementos siempre crecientes a las emisiones de deuda con sus consiguiente encarecimiento, por dónde se llega al mismo punto que con las políticas de la derecha

4.-Todo lo anterior está relacionado con el papel del Estado en la época de la crisis continuada del capitalismo. Asistimos a batallas aparentemente encarnizadas entre los actores políticos de derecha y de izquierda acerca del papel y el peso relativo que debe jugar el Estado y el sector público en las economías contemporáneas. Las disyuntivas anteriores suelen ser corolarios de las posiciones encontradas acerca del papel del Estado y su intervención en la sociedad civil.

La izquierda de nuestros días2, postula un incremento de la intervención del Estado en defensa de los derechos de los más débiles y para reactivar la quebrantada economía capitalista. La derecha no postula, ni mucho menos, el Estado mínimo sino su reconfiguración de sus funciones y su contenido hacia el fortalecimiento de sus dimensiones más coercitivas y disciplinarias y la progresiva reducción de sus prestaciones sociales. El binomio coacción+hegemonía con el que Gramsci definía la acción del Estado hoy se desplaza, en la visión de la derecha política- y en buena parte de la antigua socialdemocracia-hacia el primer término, en la convicción de que los costes de “producir hegemonía” hoy pueden ser ahorrados a cambio del privilegio de tener un empleo y poder acceder al crédito con el que mantener cierto nivel de consumo.

En las formulaciones que se pretenden más radicales, se entienden las políticas austeritarias como un pretexto para “la ocupación de lo público por los grupos económicos privados”. Y se denuncia, asimismo, que con el pretexto de la ineficiencia de lo público, no solo se pretenda reducir la intervención del Estado sino aplicar criterios de mercado en los espacios y decisiones públicas.

Los gestores de la maquinaria capitalista global3 buscan desesperadamente, de entre las herramientas de la política económica de derechas y de izquierdas, alguna que pudiera ofrecer algún período de estabilidad que estimulara la inversión productiva, que reactivara el consumo y el empleo, favoreciendo así la recuperación de los ingresos públicos para incrementar el desendeudamiento de familias, empresas y Estados. Las medidas recientemente adoptadas por el BCE4son elocuentes del bloqueo efectivo que padece la economía capitalista global.

Ni austeridad expansiva ni política monetaria expansiva, nada anima a los capitalistas a invertir en la llamada economía productiva y creadora de empleo. Habiendo contraído la masa salarial global como forma de reducir los costes y aumentar los beneficios, el capitalismo ha “aserrado la rama de la que colgaba” en dos formas; la primera y principal, asfixiando la fuente de creación de valor, el trabajo humano que activa el trabajo humano acumulado como capital; la segunda, reduciendo la demanda solvente y amenazando así la realización misma del valor producido.

El capital aparece, así, atado al trabajo asalariado, no puede dejar de explotar trabajo vivo para mantenerse en funcionamiento.

De qué hablan los políticos3Y, además, está en trance de agotar las soluciones que históricamente le han permitido contrarrestar la tendencia a la caída de beneficios. Entre ellas ha destacado en los últimos tiempos, la tendencia a la descentralización productiva, el movimiento de salida de capitales en busca de mejores condiciones de rentabilidad para su colocación. El espectacular crecimiento económico de las economías emergentes y de China e India especialmente es una muestra de tal tendencia. Pero este crecimiento se está agotando cuando no ha entrado en estancamiento y recesión y el capital global no encuentra sector ó región alguna que pueda sustituir la función de locomotora que han tenido estas economías.

En estas condiciones el capital no tiene otra salida que volver sobre sus pasos y aumentar la tasa de explotación en el interior de la metrópolis, al tiempo que excluye a segmentos cada vez más amplios de la población de los beneficios y las prestaciones de lo que un día fueron los Estados del Bienestar. Es lo que se ha expresado con las políticas austeritarias padecidas estos años que podría mantenerse e intensificarse complementadas con un dispositivo disciplinario y represivo del que la ley mordaza española es un buen ejemplo

Desde las filas de la exhausta izquierda política y sindical, la respuesta no ha podido ser más desalentadora. La socialdemocracia ha arruinado el capital de realizaciones de los 30 dorados con su paso al social liberalismo; los PPCCs se han perdido en la diáspora de su parcial emigración a la socialdemocracia, en su repliegue identitario ó en su desaparición pura y simple. Solo algunas formaciones políticas surgidas del movimiento de los indignados han planteado alguna batalla contra la ofensiva neoliberal pero lo han hecho en clave de denuncia de la regionalización capitalista (la UE neoliberal) y de reivindicación de la soberanía nacional y la recuperación de las funciones del Estado para meter en vereda a un capitalismo salido de madre por la financiarización

La tragedia de la izquierda, de toda la izquierda, es que su oposición a la derecha, el neoliberalismo y la socialdemocracia convertida en social liberal está basada en el programa de esta última de los años dorados del EB. Y este programa ha demostrado su inviabilidad porque la crisis que ha azotado a las economías contemporáneas y amenaza con hacerlo aún con más fuerza no es una crisis de demanda sino de rentabilidad de las inversiones, de la lógica misma del capital, que no encuentra la forma de restablecer unas condiciones de ganancia que no sean sobre la superexplotación de una parte de la población y la exclusión de la restante, así como del expolio de los bienes comunes. Frente a esta cruda realidad, que se viene manifestando desde hace ya décadas y se ha intensificado a partir del 2007, las izquierdas no hacen sino repetir las viejas fórmulas keynesianas que hicieron fortuna en una situación que no se va a repetir si no media una secuencia de guerras que permitieran destruir una parte considerable del capital y la fuerza de trabajo, forzando así un período de reconstrucción que hiciera lugar a un relanzamiento de las inversiones simultánea a una fase de crecimiento del empleo y el consumo.

Cada vez hay menos espacios intermedios para el enfrentamiento con la lógica del capital. Y esta vez hay que hacerlo siendo consciente de que no hay posición objetiva alguna desde la que emprender la empresa. Ningún “lugar” objetivamente generado a partir del funcionamiento de la relación capital, dispone de situación de partida privilegiada para enfrentar dicha lógica impugnatoria.

De qué hablan los políticos2Es la irracionalidad criminal del funcionamiento de la relación capital, de la ley del valor, la que debe ser denunciada y enfrentada desde la intención y la voluntad consciente de superarla, oponiéndola proyectos de sociabilidad liberados de la mediación de la mercancía y el dinero.

Poco importa la denominación con la que quieran ser conocidos los que asumen esta empresa. Lo decisivo es la conciencia de la imposibilidad de volver a recorrer caminos agotados por la izquierda política y el movimiento obrero, junto a la de la urgencia de la tarea.

En esta nueva senda es difícil aventurar el papel que les puede corresponder a los partidos de izquierda y a los sindicatos de trabajadores. Sería absurdo renunciar a las posibilidades que ofrecen las instituciones parlamentarias y las de negociación de las relaciones laborales (así como cuantas otras ofrezcan alguna posibilidad para agregar demandas populares y, en torno a ellas, construir subjetividades colectivas para el disenso). Pero no lo sería menos recluir toda la actividad impugnatoria de la lógica capitalista al ámbito de las instituciones renunciando al impulso de nuevos ámbitos para el desarrollo de sociabilidades emancipadas del dinero y la mercancía.

Lo contrario del reino de la mercancía no es el Estado, al fin y al cabo su condición de existencia, sino la asociación para el establecimiento de relaciones sociales inmediatas. Desde el Estado y el ordenamiento jurídico es posible complementar esta acción de creación de sociabilidades alternativas, consagrándolas como normas de validez general pero lo decisivo es el impulso a la configuración de estos “territorios autónomos”.

En vano esperaremos el cambio general de la sociedad por decisión del Estado una vez ganado para la acusa popular: las experiencias del siglo XX han sido suficientemente elocuentes al respecto. Todo lo más, el Estado y el ordenamiento jurídico podrían consagrar como normas de validez general aquellas instituciones que encarnaran estas nuevas sociabilidades.

En tal sentido sería absurdo renunciar a esta función de complementariedad de las instituciones estatales en el camino de la superación de la lógica de la mercancía y el dinero. A condición de tener siempre presente tal condición y la convicción de que la misma se transformará, ineluctablemente, en una tensión contradictoria con las instituciones sociales creadas.

Que esa contradicción pueda ser superada o no en una síntesis de ambas es algo que no se puede aventurar y que merecería por sí solo una reflexión específica.

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Otro tiempo

1 Significativa, al respecto, la inversión de esta pretendida tendencia en el acuerdo de gobierno Cs/PSOE

2 De la que PODEMOS en España y el Front de Gauche en Francia son representativas

3 Por cierto, un puñado de personas esencialmente atemorizadas porque no controlan cuadro de mando alguno del funcionamiento del sistema

4 Bajada del tipo repo y la facilidad de depósito en 5 y 10 puntos básicos, respectivamente, incremento en 20.000 millones las compras mensuales de su programa de compra de activos, ampliación de activos objeto de compra a deuda de empresas no financieras y nuevo programa de inyección de liquidez condicionado a la concesión de crédito