La dimensión ecológica de los cuidados

La dimensión ecológica de los cuidados

Colectivo Germinal

Hablamos de los cuidados y parece que los reducimos al entorno más o menos próximo de las personas que nos rodean. Nuestra familia en primer lugar; las personas que queremos y con las que compartimos aficiones, ilusiones y convicciones; la gente con la que trabajamos si tenemos la suerte de que esa relación se produzca porque tenemos un empleo fijo; y lo hacemos también en la espera de la reciprocidad de los afectos prestados, porque necesitamos la seguridad de dispone de ese colchón de protección contra la hostilidad del mundo exterior que nos proporciona la gentes querida.

Es perceptible el peso de la ideología liberal hobbesiana para que el entorno y el otro son una fuente potencial de peligros. La sociedad del riesgo es el concepto creado para dar cuenta de las preocupaciones que embarga a las sociedades contemporáneas y de los cambios en la naturaleza de las funciones que le corresponden al Estado en función de estas nuevas demandas. La administración y gestión de los temores, en lo sucesivo ocupa un lugar prioritario en la agenda de los Estados y los Gobiernos. Y se convierte, al tiempo, en uno de los más suculentos negocios en la economía global financiarizada. Desde la catástrofe de Chernobil las compañías de seguros que ya habían desarrollado un vigoroso mercado al calor del desarrollo industrial y de los transportes y los daños a ellos asociados, han encontrado en los cada vez más frecuente accidentes ambientales un próspero nicho de negocio basado en la especulación sobre la aparición del daño. Y entorno a los mismos se ha desarrollado una potente industria de emisión de bonos corporativos (los “catbonds” o “bonos catástrofe”) a cargo de las aseguradoras y comprados por inversores globales con cuyos fondos se hacen frente a las indemnizaciones en caso de catástrofe.

El desarrollo del capitalismo, produciendo una vulnerabilidad creciente para las poblaciones, especialmente las más desfavorecidas (ver Haiti o Katrina) ha generado una demanda de seguros y , ligada a ella una estela de productos financieros derivados con los que especular con las tragedias de los pueblos.

Esta producción de vulnerabilidad en las personas esta en el código genético del capital y del Estado desde su nacimiento. Y para hacerlo han tenido primero que romper los vínculos comunitarios de solidaridad y reciprocidad que caracterizaban la vida en las sociedades pre-capitalistas y pre-estatistas. Los cuidados comunitarios, el ejercicio de la reciprocidad, aún perceptible en la gestión de algunos bienes comunales en nuestro país, son la condición, no curativa sino preventiva, contra algunas catástrofes ambientales como el incendio forestal o la sequia. Es revelador que la superficie menos afectada por los incendios que asolan cada verano en nuestro país sea la gestionada en régimen comunal; y, más aún, como se ha incrementado el número de incendios en aquellos montes que han pasado de ese régimen al de utilidad pública de titularidad municipal (a anotar la sustancial diferencia ente el régimen comunal y el público/estatal).

La ecología/economía de los cuidados atiende a potenciar esta dimensión comunitaria en la relación con el medio que nos alberga. Para el capitalismo y las ideologías que los han sustentado, la naturaleza ha pasado de ser el medio hostil a dominar a ser la fuente de recursos e infraestructuras para la generación de valor y acumulación de capital, para terminar por ser el sumidero de todos los desechos generados en los procesos de producción y realización de valor. Y para ello han necesitado operar una separación esencial entre las personas convertidas en productores de bienes y servicios como vínculo relacional esencial en nuestras sociedades. El Estado, por su parte, con la figura del ciudadano, ha creado una comunidad imaginaria, abstracta, la Nación, de la que se espera recibir apoyos y cuidados a través de las administraciones públicas.

El consumidor/ciudadano es, por definición, vulnerable y dependiente de lo que pueda conseguir en el mercado si es “solvente”; o lo que pueda esperar del Estado si este dispone de los recursos precisos para la prestación de los correspondientes servicios públicos. El ejercicio de la solidaridad, expropiada por el Estado y consagrada en la Constitución y en las leyes, se convierte en una función pública una actividad administrativa; y en tanto que tal, nos eximen de obligación alguna para con los demás. Ello es especialmente perceptible en la dimensión ambiental. El ejemplo citado de los incendios forestales y la respuesta solidario de las comunidades rurales se contrapone a la actual indiferencia de esas poblaciones en las que el cuidado de lo común –entre tanto convertido en público- se deja en manos de agencias técnicamente especializadas en esa misión.

El cuidado de lo común es así sustituido por el servicio público prestado por el Estado sobre la base de los impuestos que lo financian. El acto de tributar queda solemnemente declarado como la encarnación de la solidaridad y el ingreso efectivo en el “reino de la ciudadanía”. Solidaridad abstracta que nos eximen de sentir como próximos los dolores y las carencias de nuestro semejantes y que, en el caso del medio ambiente, nos permiten eximirnos de toda responsabilidad por los comportamientos egoístas y depredadores, en la convicción de que, cumplidos nuestras obligaciones tributarias, ya se ocupara el Estado y sus funcionarios de reparar los posibles daños causados.

Profecía hobbesiana autocumplida. Podemos generar cuantos daños al común nos apetezca, ser indiferentes al que causen los demás, en la tranquilidad de que el Estado gendarme ya vela por proveer esos cuidados de los que nos desentendemos. “Estado coartada”, en realidad, que prolonga con su inacción la nuestra y preara el terreno para la conversión de todos estos daños (la pérdida de biodiversidad, la contaminación de los ríos y los océanos, la contaminación atmosférica, el calentamiento global) en la oportunidad para la aparición de mercados para la provisión de los correspondientes bienes y servicios “reparadores” y “restauradores” Así, tras expulsar a los pueblos originarios que desde hace millones de años vivían en la amazonia, grandes corporaciones y ONGs asociadas emiten bonos para su recuperación y salvación y después de haber elevado la temperatura media del planeta en dos siglos más que en los millones de años que lo habita nuestra especie, el capital a través de los Estados ha creado mercados de derechos de emisión de C02 para estimular el cambio a procesos más eficientes y el consumo de combustibles menos generadores de estos gases.

Los cuidados ambientales, cuidados de nosotros mismo aparecen así como unas de las formas privilegiadas de luchas anticapitalistas y antiestatistas de nuestro tiempo. Cuidar de nuestro medio, cuidar de nuestra casa, no exige una disposición permanente para combatir toda y cada una de las manifestaciones de la lógica ecocida.