Las instituciones son el límite

Las instituciones son el límite

«Es servil pinchar con alfileres lo que habría que atacar a mazazos».

K. Marx

J. M. – Miembro de Colectivo Germinal

Algunos miembros del colectivo quisiéramos explicitar nuestra posición en torno al debate sobre las posibles coaliciones de gobierno, así como de las distintas estrategias institucionalistas. Este artículo no expresa la opinión consensuada de Colectivo Germinal, pero sí de algunos de sus miembros, dentro de un debate honesto, abierto y continuo.

El enorme problema que presenta todo debate de coyuntura es que rápidamente se pierde de vista el programa de transformación. El debate de coyuntura es un tipo de debate que tiende a establecer quién es el amigo y quién el enemigo: ¿con quién y contra quién nos aliamos ahora? Nuestros paladines de Podemos, nuestras nuevas cabezas pensantes, consideran que lo fundamental es marcar la agenda política, delimitar el terreno entre amigo y enemigo a través de la disputa del significante vacío.

Las bases ideológicas de esta forma de acción política son dos. Por una parte la ideología de la ontología social, plantea la existencia de sujetos preconstituidos antes del propio desarrollo histórico. Todas las corrientes comunistas ajenas a la tradición de la izquierda comunista caen de facto en esta lectura: existe una burguesía y un proletariado definidos, ya en lucha:

«[…]La ontologización de lo social y de la clase, [es decir], el dotar a la clase de un contenido a priori de carácter revolucionario y comunista. Negri, en su larga trayectoria que no podemos tratar en este artículo, hablará de diferentes composiciones sociales a lo largo del tiempo en los que se expresará dicha ontología social: obrero masa, obrero social, general intellect o trabajador inmaterial, hasta llegar finalmente a la multitud como expresión política (Podemos: ¿en principio fue el verbo?, Jorge Herrero)».

Frente a la ontología de lo social, aparece la autonomía de lo político1, donde

«La realidad social se encuentra fragmentada por identidades irreconciliables. Sólo un minucioso análisis de sus demandas —en virtud de las herramientas que nos proporciona el avance de las ciencias sociales— y su articulación a través [de la acción política que instituye] […] un cuerpo discursivo en el que se reconozcan todas y cada una de estas identidades, un discurso que consigue representar lo irrepresentable (Activismo y clases medias: una aproximación al discurso populista, Juan Medem y Clara Marañón)».

Recomencemos: las y los comunistas no pueden plantearse que lo mejor para la población española es un gobierno de coalición del PSOE con Podemos, o al contrario, que Podemos se mantenga separado del PSOE. La discusión en esos términos nos devuelve de nuevo al escenario de la coyuntura. Ahora bien, la discusión de la coyuntura, dentro de una teoría comunista y revolucionaria, sólo tiene sentido vinculada a su carácter programático, si no es así, cae en el oportunismo. Afirmamos por tanto que tanto la postura de en defensa de coalición, como aquella que apuesta por unas nuevas elecciones generales son posturas oportunistas. Lo demostraremos a continuación.

No podemos si no sentir como se pierde el tiempo en discusiones estériles. Y lo peor de todo es que las dos posiciones, la posición de apoyo a la coalición, como la posición de rechazo a la coalición, podrán parecer igualmente válidas, porque son igualmente oportunistas, y son igualmente oportunistas, porque en los dos casos fundan su éxito en ese término tan caro a Maquiavelo (pensador burgúes mal que les pese a muchos), la fortuna, es decir, en aprovechar bien la coyuntura. La fortuna de que podamos conseguir conquistas para la población, porque a través del maniobrerismo alcancemos mejores cotas de poder. O al contrario, la fortuna de que al dejar al PSOE gobernar con C´s, se puede mostrar que son gobiernos que no gobiernan para la mayoría. Pero la experiencia nos dice, que la fortuna, la nuestra, sólo aparece cuando hay un movimiento de masas que decide auto-organizarse. Parece que nadie ha querido sacar una lección elemental del actual ciclo político: que es el 15-M y los movimientos derivados de éste, los que hacen estallar la crisis de régimen. Y que si esa crisis de régimen se está quedando sólo en eso, en una mayor dificultad de que se recomponga el escenario político, es porque el movimiento no ha sido capaz de superar sus lastres e instituir un sujeto antagónico. A nosotros nos preocupa la fase histórica, que es el del bloqueo de la autonomía de las fuerzas que emergieron entre mayo de 2011 y marzo de 2014.

Para explicarnos más detenidamente expondremos dos tesis fundamentales para nosotros:

  1. El proletariado es la contradicción fundamental del capitalismo:

    «La lucha del proletariado contra el capitalismo es pues, en su aspecto más importante, la lucha del proletariado contra sí mismo, una lucha para desgajarse de todo lo que en él permanece de la sociedad contra la que combate (Proletariado y organización I, Castoriadis)».

    Nosotros diremos, que la lucha del proletariado contra el capitalismo es la lucha de dejar de ser eso que es, la lucha contra su condición de fuerza de trabajo, la lucha contra la subsunción en el capital. Es la contradicción más aguda, más salvaje, más dolorosa, pero su existencia misma es la condición de que podamos transformar la realidad.

  2. La segunda, tesis fundamental es que la construcción del proletariado en clase es un proceso, una tensión dialéctica al capital. La clase como tal no existe por la sencilla razón de que cuando existe subsumida en el capital, lo es como capital variable. Y cuando se libera de éste, es para suprimir sus condiciones de explotación.

    «La palabra clase […] es latina en origen, pero se debe revelar que «clasis» era para los romanos la flota, la escuadra naval de guerra: el concepto es, pues, el de un conjunto de unidades que actúan conjuntamente, se mueven en la misma dirección y afrontan al mismo enemigo. Esencia del concepto es, pues, el movimiento y el combate, no la clasificación, que ha asumido un sentido estático. […]. Clase indica, pues, no una página distinta en el registro de empadronamiento, sino movimiento histórico, lucha, programa histórico. Decir que la clase debe encontrar su programa es una frase sin sentido. El programa determina a la clase (Graznido de la praxis, entre los artículos de Siguiendo el hilo del tiempo, Bordiga)».

Así pues la clase es la tensión de la construcción de un sujeto antagónico al capital. Este sujeto no está preconstituido –en contra de la tesis de la ontología de lo social– pero tampoco es sencillamente constituido en el plano de la acción política, puesto que ésta concierne a los aparatos y al poder de Estado, que es un plano autonomizado de la vida social, con la función de reproducir la mercancía, el valor y las relaciones sociales capitalistas. La tarea que tenemos por delante no es la de llevar a cabo una revolución política, sino social.

El programa histórico consiste la institución de sujeto antagónico capaz de organizar la vida. El oportunismo es querer con estrategias de coyuntura atajar esa tremenda tarea. Por eso, la izquierda comunista habla sobre todo del programa como clarificación del proceso de implantación del comunismo –la comunización–, y sólo a partir de este programa podemos pensar estrategia y táctica. Ahora bien, la estrategia remite al plano de la política, esto es, del Estado y sus aparatos.

A más de uno puede chocar que delimitemos la política en el plano del poder y de losLas instituciones son el límite 2 aparatos de Estado; y que ciñamos la estrategia a la acción política. Para ser breves, diremos que es una mistificación considerar una lucha viva como una acción política. Toda lucha viva tiende a romper las separaciones que establece el capital, así como a desbordar los aparatos de Estado que reproducen esas separaciones. Por ejemplo, toda huelga que merece la pena tiende a desbordar al aparato sindical, sobrepasar el plano de la lucha económica, romper el carácter profesional y la división empresarial. Del mismo modo, el 15-M trascendió la esfera de lo político. Las luchas vivas intentan unir lo que el capital separa.

El análisis de la fase histórica, que llevamos repitiendo ya desde hace más de un año, y que definimos cada vez con mayor claridad, es que el periodo electoral ayuda a que las potencialidades de la construcción del proletariado han sido capturadas por el espectáculo, y que del mismo modo que la socialdemocracia respondía a la ideología capitalista de la clase (corporativa) obrera, hoy el populismo ciudadanista y demócrata es la ideología de la fuerza de trabajo que quiere seguir viviendo sometida, y por tanto es un bloqueo para la construcción del proletariado, el cual sólo existe de veras, cuando quiere dejar de ser fuerza de trabajo, es decir, cuando quiere dejar de ser pueblo, de ser ciudadano –en el plano político– de ser trabajador y de ser clase –en el plano económico.

Por tanto, en plena etapa de subsunción real de la vida en el capital, desde el plano más inmediato, la única acción no oportunista es luchar contra la ilusión institucionalista. La apuesta del asalto a las instituciones, aunque sea desde una apuesta maximalista, como supuestamente hace la autonomía y anticapitalistas, es absurda:

«Sólo proponer votar a los proletarios ya destruye todas las más elocuentes exposiciones del programa comunista. Votar quiere decir, en el régimen actual, delegar durante un cierto período la propia parte de pretendida soberanía, agotar la intervención del individuo en la política durante todo ese tiempo. Pero se dice a los electores que esto no debe ser así.

Los diputados dirán lo que quieran; pero lo dirán exactamente con el mismo título de un diputado burgués, y el efecto de su propaganda será el de confundir y no el de clarificar los conceptos del programa comunista (Las contradicciones del maximalismo electoral, Bordiga)».

Ni que decir tiene, que si esto fue dicho en 1919, en Italia, cuando la subsución real de la vida social al capital no había sido llevada a cabo en todos sus ámbitos, a día de hoy, es del todo suicida seguir apostando por el maximalismo electoral, porque lo esencial es que la hegemonía no se produce a través de un equilibrio entre la represión y el consenso entre clases, como diría Gramsci, sino que la hegemonía del capital aparece que la propia existencia de la mercancía y de la fuerza de trabajo, coaccionada desde a venderse temporalmente al capital para sobrevivir2. La hegemonía del capital es anterior –a nivel estructural– a la de la clase dominante, que sólo ejerce como agente del capital, y está hegemonía viene naturalizada a través del fetichismo de la mercancía, que establece como normales las relaciones mercantiles.

Si alguien tiene alguna duda sobre todo esto, le proponemos que haga un sencillo ejercicio: que entre en un bar, que pida un café y algo de comer. Mientras le sirven, que reflexione que causa le otorga la capacidad sobre la persona que está detrás de la barra de que le obedezca sin dilación. La causa es que con el dinero compra tiempo de trabajo ajeno. Y esa persona le obedece porque necesita el dinero para comprar tiempo de trabajo ajeno que le permita comer, habitar, etc. Después, que vaya a un segundo bar y que intente pasar detrás de la barra y servirse un café. Seguramente le amonestarán las personas que están en el bar. Si insiste en servirse, aparecerá ese órgano especializado, la policía, para echarle a hostias del bar. El comunismo es la puesta en común de la riqueza. El capitalismo ejerce su hegemonía a partir del fetichismo de la mercancía, que naturaliza las relaciones sociales. La esfera autonomizada del Estado, que puede operar como capitalista público –como en la URSS– reproduce las relaciones de los productores atomizados.

Nosotros luchamos contra esa hegemonía. Empresa humilde, que no depende sólo de las revolucionarias y los revolucionarios, que depende del movimiento. Pero no sustituimos el programa con estrategias, sino que subordinamos estas al primero. En realidad, la estrategia fundamental, que deriva inmediatamente del programa comunista, es la destrucción del Estado, por ello, «para nosotros la insurrección es un arte» (Origen y función de la forma partido, Jacques Camatte). Como diría un compañero nuestro «coyunturas, hay pocas».

Una vez expuesta nuestra posición, nos parece interesante marcar nuestras diferencias en los debates en torno a las distintas posturas a seguir con un ejemplo:

En definitiva, en Anticapitalistas consideramos que toca ya cambiar de fase. Esto pasa, por un lado, por dejar de interpelar a un PSOE incapaz de romper con las élites y el neoliberalismo. Y, por otro, por desplegar una dinámica alternativa a la de las élites que aumente la base social del bloque del cambio organizando a las clases populares. Mientras los partidos del Régimen construyen su gran coalición, las fuerzas del cambio, desde nuestra diversidad, tenemos que avanzar en la construcción de un bloque social capaz de tomar la dirección del país, para que no gobiernen nunca más el capital (Anticapitalistas ante el escenario político, 9 de marzo de 2016).

Como se puede ver, Anticapitalistas se posiciona en un escenario de ruptura con el régimen (¿qué ruptura?) a través de la construcción de un bloque social que sea capaz de romper con el bloque en el poder. Sin embargo, se pueden generar fracturas en el bloque en el poder y eso no implica ni de lejos romper con el capital, puesto que la generalización de la forma mercancía domina la realidad social y reproduce automáticamente la hegemonía del capital regenerando un nuevo bloque en el poder, independientemente de la acción de los sujetos. De hecho, es sintomática la expresión de gobierno del capital –clases dominantes que rigen la vida económica y política–, cuando el capital es una relación social que no gobierna, sino que el Estado interviene en esta relación para su reproducción ampliada. Se construye un bloque histórico, perdiendo de vista que lo que hay que hacer es destruir capital y Estado. Anticapitalistas cree que basta con una brecha en el régimen para posibilitar que la crisis de régimen genere una crisis de hegemonía, cuando, en el periodo de subsunción real, la hegemonía es la naturalización mercantil. No saben que agudizando esta brecha por la vía electoral, se reproduce no sólo la crisis de régimen, sino la lógica mercantil que impera en los propios procesos electorales. La crisis ideológica, se está resolviendo en la multiplicación de partidos políticos, pero estos incitan de nuevo a la convocatoria electoral, es decir, al voto. Y no perciben que el partido del capital trasciende a los partidos formales en la lid electoral, y que se sitúa en las estructuras transversales del propio Estado3, el cual puede garantizar la lógica mercantil y la atomización de la fuerza de trabajo sin que haya un gobierno instaurado.

Nosotros no apostamos por una amalgama capaz de llevar un cambio político, que por ser político, permanecerá en los límites del capital. Nosotros apostamos por la construcción de la clase, como se empezó a prefigurar en el 15-M. Esto exige una labor de concienciación que es opuesta tanto a llamar de nuevo a unas nuevas elecciones, como también a apoyar una coalición de gobierno de izquierdas. Nosotras apostamos por deslegitimar un sistema electoral que cada día que pasa nos recuerda más a un supermercado. Apostamos porque sea la clase, en su auto-construcción, la que organice la vida social. Pensamos que el asalto a las instituciones ha fracasado en todos los lugares donde se ha llevado a cabo en los últimos años, y ha hecho retroceder la auto-construcción del sujeto antagónico al capital.

Muchas y muchos de los que acuden hoy a los procesos electorales lo han hecho bajo la justificación de que desde el comienzo del 15-M, la mayoría de las luchas han pecado de enorme ineficacia, de carencias organizativas. Es francamente significativo que perciban como desorganización los procesos de auto-actividad antagónica que se han ido gestando, mientras que abogan por formas de organización insertas desde el principio en los aparatos de Estado y del Capital –como de hecho es el asalto a las instituciones. Denota una visión de la transformación social dirigista, en la cual estas organizaciones quieren dirigir los procesos de auto-organización, en vez de sencillamente potenciarlos. Lo hacen, aunque no saben que lo hacen. Para nosotras y nosotros, al contrario, nos parece, que los movimientos tienen que aprender que el único salto para superar los límites que tienen y tendrán por delante es la comunización:

«La revolución comunista no es más que la prolongación, la superación también, de los movimientos sociales actuales. Las discusiones sobre el comunismo generalmente se plantean en un terreno falso: se preguntan qué se hará después de la revolución. Jamás relacionan el comunismo con lo que sucede en el momento en qué se habla. Hay ruptura: se hace la revolución, después se hace el comunismo. En realidad el comunismo es la prolongación de necesidades reales que se manifiestan desde hoy pero que no llegan a buen término ni encuentran verdadera satisfacción porque la situación actual lo impide. Hay ya desde ahora todo un conjunto de prácticas, de gestos, de actitudes mismas, comunistas: no sólo expresan un rechazo global del mundo actual, sino sobre todo un esfuerzo para, a partir de él, construir otro. En la medida en que esto fracasa, no se ve más que los límites, la tendencia, y no su prolongación posible (Declive y reemergencia del movimiento comunista, Jean Barrot y François Martin)».

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1Sobre este asunto, ver los artículos de Jorge Herrero en esta misma página sobre Podemos: Podemos: ¿en principio fue el verbo?, Podemos: algunas notas sobre un significante flotante en el postmoestalinismo.

2Véase el Capitulo VI inédito de El Capital.

3Estado, poder y socialismo. Poulanzas.