Mundo del trabajo y neo-despotismo empresarial

Mundo del trabajo y neo-depotismo empresarial - Colectivo Germinal

Colectivo Germinal

Es bien sabido, que el mundo del trabajo se ha transformado radicalmente en los últimos treinta años. Otra cuestión distinta es determinar cuál es el grado de influencia que tiene estos cambios- estrictamente en la organización de los procesos productivos- sobre el conflicto político en sentido amplio. Desde esta perspectiva y sin querer plantear una visión obrerista o “trabajo-centrista” unilateral, defendemos que la izquierda marxista debe realizar análisis exhaustivos sobre lo que ocurre en el mundo del trabajo, porque si no se corre el riesgo de asumir implícitamente una visión ideológica “ciudadanista”, donde el conflicto político se relaciona estrictamente con la esfera de los derechos ciudadanos, la reproducción social y la participación pública; sin tener en cuenta la esfera productiva, el mercado, y el ámbito estructural básico de socialización que sigue siendo la forma de la relación salarial.

Reflexionar políticamente sobre el mundo del trabajo, va más allá de hacer balances sobre las burocracia sindicales de CCOO o UGT, o sobre el sindicalismo alternativo (a lo único que acabó llegando Izquierda Anticapitalista en los debates de su conferencia sindical de 2012);, implica al menos conocer las formas actuales de control y disciplinamiento de la fuerza de trabajo en el ámbito laboral y valorar sus consecuencias en los modos de vida y en las formación de ideología o subjetividad dentro de los distintos y diversos estratos sociales que forman la clase trabajadora.

Este es el marco dónde se quiere exponer este texto, el objetivo no es hacer una mera exposición cerrada sobre cuestiones más que bien conocidas, sino proponer y abrir al colectivo, temas de debate en torno al mundo del trabajo y su relación -y no determinismo mecánico- con la situación política general.
A partir de lo expuesto anteriormente se puede valorar el mundo laboral en base a las siguientes ideas generales:

-Históricamente, la reconversión industrial de los primeros gobierno del PSOE, la primera burbuja inmobiliaria de 1985 a 1990, la segunda burbuja iniciada en 1995 hasta la crisis de 2008, han modificado sustancialmente el mundo del trabajo, apareciendo una progresiva fragmentación de los procesos productivos, con el auge de la pequeña y mediana empresa, la terciarización de una parte significativa de la actividad económica, y la utilización de nuevas formas empresariales jurídicas con el objetivo de anular cualquier forma de resistencia obrera y acción sindical, como la subcontratación y las empresas de trabajo temporal. Aparece una clase trabajadora con posiciones muy heterogéneas en los procesos de trabajo , con el surgimiento de nuevas tecnologías, por la gran diversidad de paradigmas de organización empresarial existentes y por la mayor diversificación profesional, que implica, la terciarización y también el incremento de la acción económica estatal, ya que las formas de “financiarización” y despegue económico inmobiliario, requieren de un enorme intervención de la administración pública -si bien recurriendo constantemente a la subcontratación administrativa, tanto en políticas de fomento, como en política social.

-Con todo ello, surge un impulso en la división social del trabajo especialmente en el sector servicios con una creación permanente de nuevas categorías profesionales en diversas áreas económicas, como el marketing, consultoría, servicios a empresas: también aparecen nuevos servicios relacionados con la política social del Estado por el envejecimiento de la población, problemas de protección -o institucionalización y control- de a la infancia y las nuevas formas de marginación, etc. En ese sentido, las antiguas ciudades de concentración industrial a nivel geográfico pasan a convertirse en grandes áreas metropolitanas difusas como el caso de Barcelona y Madrid, con una profunda dispersión de la fuerza de trabajo, con centros de trabajo atomizados y dispersados por todo los barrios, especialmente en el sector comercio, pero también en los servicios dependientes de la administración,- educación, sanidad, servicios sociales- que están ubicados siguiendo el principio racional administrativo del distrito. No obstante permanecen parte de los antiguos núcleos industriales, con polígonos ubicados en las periferias dónde predomina la pequeña y mediana empresa, además se producen nuevas formas de concentración de trabajadoras y trabajadores de servicios en grandes centros comerciales, todos ellos diseminados en pequeñas empresas (1). Finalmente la progresiva terciarización de las últimas décadas implica nuevas formas de segregación sexista dentro del trabajo, con nuevas realidades profesionales, como por ejemplo la masificación del servicio doméstico, cuya especialización esta cada vez más feminizada y que implica especialmente en el sector servicios, una feminización de las formas más duras de explotación. Aparece en definitiva una clase trabajadora con formas de vida muy diversas. La entrada masiva de una fuerza de trabajo extranjera en las últimas décadas refuerza esta progresiva fragmentación, no sólo laboral sino también cultural.

-Todo lo anterior viene acompañado de la consolidación de un enorme ejército de reserva como elemento estructural implícito al régimen de acumulación post-fordista, con un desempleo que incluso en etapas de expansión llega a ser muy alto, en relación a otros países de capitalismo avanzado- en 2006, llegó a estar al 8%- según la EPA; pero que en los periodos de caída de la tasa de ganancia, acaba convirtiéndose en un problema desestabilizador, llegando a un 26 % en 2012. Por ello el miedo de la trabajadora o trabajador a ser expulsados al ejército de reserva, refuerza la capacidad de disciplinamiento laboral en el interior de la empresa.
-Finalmente, si el sistema de convenios colectivos es el marco dónde la luchas de clases se institucionaliza y ha sido la forma de organización y regulación del conflicto Capital-Trabajo del régimen del 78 a través del reconocimiento de la negociación colectiva en el artículo 37 de la constitución, la última reforma del Estatuto de los Trabajadores de 2012, supone una impugnación frontal del viejo compromiso de clases.

En sentido general el convenio colectivo es la herramienta de gestión del conflicto en el interior de la empresa y supone un reconocimiento de una “colectividad política” dentro de la organización del trabajo, con un conjunto de reglas cuya legitimación conducen a crear “consentimiento” (en sentido gramsciano) de los trabajadores sobre su propia explotación y la aceptación conjunta tanto de los intereses de la empresa como de la función de los sindicatos de clase en la “negociación colectiva”. Este sistema presupone que las ganancias empresariales son compatibles con el reconocimiento de un conjunto de derechos de los trabajadores. Lo presupone, en cuanto a que oculta ideológicamente que la organización capitalista del trabajo es implícitamente a largo plazo hostil a cualquier forma de regulación o reglamentación y tiende al despotismo económico y por lo tanto social.

Esta hostilidad formó parte de la plataforma empresarial presentada en la negociación patronal y sindicatos antes de la última reforma laboral, si bien la reforma se aprobó por decreto ley, en cuanto a que se planteaba la supresión progresiva de los convenios colectivos, hasta que el Estatuto de los Trabajadores, fuera el único marco legal de aplicación en cualquier empresa. La propuesta de supresión de la ultraactividad, tiene no sólo importancia sindical sino también absoluta centralidad política, en el sentido, en que su aplicación literal implicaría una destrucción de facto de la negociación colectiva y por lo tanto se dejaría al sindicalismo sin capacidad real de actuación legal sobre las empresa. Supondría en cierta medida una impugnación no declarada, de un elemento central al régimen del 78, que es el reconocimiento de la “negociación colectiva” y por lo tanto, la deslegitimación de facto de los representantes de la clase trabajadora.

Si bien este maximalismo empresarial, no ha podido concretarse de forma definitiva, porque se ha prorrogado la ultraactividad de gran parte de los convenios colectivos tanto sectoriales como de empresa y la negociación colectiva sigue existiendo, hay que señalar que su propia formulación refleja, una realidad ya existente (2); ya que cabe preguntarse si en contraste con la grandes empresas y la administración dónde aún perdura el sindicalismo de clase (aún con todas sus burocracias y contradicciones), en qué grado existe una importante proporción de empresas, especialmente en el sector servicios de trabajadores des-cualificados (y también en sectores cualificados de la empresa privada), dónde se da un retorno a formas de puro “despotismo empresarial de mercado”, con empresas con una observación “laxa” sobre el régimen laboral, atravesadas en muchos caso, por prácticas sistemáticas de economía sumergida y represión sindical. En ese ámbito del mundo del trabajo, es imposible ejercer el derecho a huelga, e incluso el derecho a tener representación legal de los trabajadores. Por ello, el mantenimiento de un empleo en determinados entornos laborales implica formas de sometimiento y explotación, atravesadas por discursos ideológicos dónde se exacerba el individualismo posesivo, convirtiéndose en el eje de consentimiento obrero sobre la legitimidad de explotación de la empresa.

Y volviendo al comienzo del texto, es de suponer que ante la incapacidad de unas burocracias sindicales muy desacreditadas socialmente, y un sindicalismo alternativo con enormes limitaciones, el sindicalismo de clase en su conjunto no ha conseguido adaptarse a las nuevas realidades laborales. Ante la presión del desempleo masivo, el efecto de disciplinamiento de la fuerza de trabajo conduce a que la autoridad del empresario y de las buro-estructuras de las empresas, aparezcan como auto-evidentes por si mismas (la glorificación de la figura del pequeño empresario, como “emprendedor”, es constante en los medios de masas y en las campañas publicitarias de fomento de la economía de las administraciones públicas); como si su poder social esté legitimado de manera automática por su carácter exclusivamente “técnico”, no político y de cuya evidencia se deduce que cualquier planificación socialista de los recursos económicos, es supuestamente técnicamente inviable.

Finalmente a partir de estas reflexiones, caben hacerse muchas preguntas: el hecho de que una parte muy importante del mundo del trabajo se encuentre en un ámbito de absoluta discrecionalidad y control empresarial, asumido además como algo inevitable ¿en qué grado influye esto sobre la situación política?, ¿estamos ante una crisis crónica del sindicalismo de clase?, ¿sigue siendo este absolutamente determinante, aun siendo insuficiente, para poder plantear estrategias socialistas, que cuestionen el capitalismo?,
Las respuestas no son sencillas, se impone la reflexión y evitar vulgarizaciones y simplificaciones. Las respuestas de un marxismo vulgar que aun parte de la clase trabajadora como el “proletariado” como un conjunto homogéneo más perteneciente a otros periodos históricos, no son mejoradas por un “ciudadanismo vulgar” cuya fascinación por los movimientos sociales, como la solución definitiva a los problemas de la izquierda se traduce (y así creo que ha ocurrido siempre en la extinta Izquierda Anticapitalista) en una despreocupación absoluta por lo que pasa en el mundo del trabajo; y en algunos casos con un intento de liquidar la clase trabajadora y por lo tanto de abandonar la perspectiva política basada en la contradicción capital-trabajo como la específica de cualquier izquierda que se denomine anticapitalista. Los efectos de este nuevo “ciudadanismo vulgar” o populismo que inspira en gran parte a Podemos como organización y novedad política y que ha conseguido convertirse en una máquina electoral como bien es conocido, pueden ser muy contradictorios: por un lado la retórica “anticapitalista” , “alternativa”, basada en el poder de la “gente” o “de los de abajo” puede aparecer como hegemónica en el ámbito público e incluso institucional si Podemos consigue sus objetivos políticos y electorales; contrastando todo ello con un mundo del trabajo entendido como ámbito privado, dónde mandan- dicho coloquialmente- los que “naturalmente” tienen que mandar, que son los propietarios de los medios de producción y del poder económico. Sólo hay que escuchar a Carolina Bescampsa al respecto, miembro de la dirección de Podemos y que considera el mundo empresarial como parte de lo privado, frente al ámbito público como espacio de confrontación política. ““En Podemos no nos sorprende que nos respalden los empresarios”
“Los empresarios dignos y decentes, que son la mayoría, están muy en contra de la corrupción en el ámbito público y cómo esta repercute en el ámbito privado”, y añade que “no hay ningún motivo para creer que los empresarios no están a favor de la defensa de los derechos humanos” (3).

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(1)-Emmanuel Rodríguez e Isidro López hacen referencia a un estrato de la clase trabajadora, que llaman “servo-proletariado de servicios” como el segmento más explotado y con mayor grado de proletarización. En “Fin de ciclo. Financiarización, territorio y sociedad de propietarios en la onda larga del capitalismo hispano” (1959-2010), editado por Traficantes de Sueños.
(2) El pasado 17 de diciembre, el Tribunal Supremo mantuvo los derechos de los convenios aunque estén caducados, estableciendo de nuevo, aun parcialmente la ultraactividad. No obstante el Tribunal Constitucional recientemente, ha abalado la constitucionalidad de la reforma laboral de 2012.
(3) Desconozco si luego rectificó como hizo Jesús Montero, cuando este defendió en otro ataque de entusiasmo pro-empresarial a los Botín. El caso es que el discurso que aparece aquí es muy significativo.

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