¿Por qué no hemos votado?

por qué no hemos votado

J. M., miembro de Colectivo Germinal

Uno de los primeros problemas que tenemos al afrontar la cuestión del voto en unas elecciones consiste en enfrentar un argumento de enorme peso consistente en la afirmación de que es mejor votar al mal menor –por ejemplo, un partido que defienda los intereses de los estratos subalternos– que no votar y permitir así que una organización con posiciones menos sociales avance. Todos conocemos el argumento de que es mejor votar a Unidos Podemos, aunque no nos convenza, que dejar ganar al Partido Popular.

La potencia de este argumento, la de que en todo caso la elección del mal menor es una buena estrategia ante la ausencia de alternativas mejores se basa en un aspectos que debemos analizar. Este consiste en la contradicción, inherente a la sociedad capitalista, entre la acción individual y las potencialidades de la acción colectiva. Conviene explicar esto de manera más desarrollada: esta contradicción consiste en que el voto es ante todo una apelación al elector individualizado, atomizado, que debe elegir una decisión a la hora de ir a votar: ¿debo votar? Y si es así ¿a quién? De hecho esta parcela de individualización nos muestra algo más, concretamente, que el elector, que es apelado individualmente, intenta a la par reconstruir las posibles tendencias de voto, para elaborar su propia elección. Según las proporciones de escaños que vaya alcanzar cada partido, el elector puede variar su propia decisión, asumiendo de paso, que más personas tendrán una perspectiva estratégica como la suya. Estamos por tanto de frente ante un proceso atomizador que el elector, a través de sus propias estimaciones, intenta conformar en una unidad para tomar sus decisiones.

Por supuesto, el argumento que mencionábamos más arriba, se sitúa ya en esa perspectiva, es decir, asume per se el proceso de atomización que es constitutivo del sistema electoral sin realizar una profunda crítica de sus contenidos. Una vez situado en esa premisa no cuestionada, ha caído en la trampa. Porque la trampa consiste en asumir de primeras la atomización. Esta contradicción la encontramos también en otras muchas esferas de nuestra vida cotidiana, como por ejemplo, las formas de atomización derivadas de la venta de nuestra fuerza de trabajo, en el ámbito laboral, o aquellas relacionadas con el consumo.

Antes de nada, hay que decir, que la crítica revolucionaria al parlamentarismo, así como a otras prácticas atomizadoras de la vida, no debe dirigirse a la elección del trabajador/ciudadano/elector/consumidor. No podemos criticar a una persona por votar algo. De facto, ni siquiera podemos criticarla por el mero hecho de votar, más allá de que haya opciones que sean bastante más amigables que otras. La crítica revolucionaria debe dirigirse al proceso atomizador del voto, así como la consustancial delegación que deriva de este. Porque criticar al votante que considera que una victoria de Podemos puede mejorar sus condiciones de vida porque este partido a lo mejor reintroduce políticas sociales como la ayuda a la dependencia, es directamente trabar el debate en un escenario incorrecto. Es trabarlo en el escenario de los males menores, es trabarlo en el escenario que es incapaz de imaginar y anticipar formas de acción social distintas, en resumen, es un debate trabado en la imagen del retroceso de las luchas, de sus límites, y no en las potencialidades comunistas anticipan. Debemos hacer un pequeño rodeo para seguir con nuestra línea de argumentación.

La vida en las sociedades capitalistas están regidas por la mercancía y por la forma valor. Esto lo hemos repetido ya innumerables veces, pero si lo hacemos, es porque es un buen axioma para empezar a pensar:

«¿En qué sentido la mercancía1 es el medio socializador por excelencia? En tanto que buena parte de nuestras relaciones y prácticas cotidianas están determinados por ella. Desde la ropa que nos ponemos, hasta el café que tomamos, la mayoría de las cosas que tenemos en casa, que llevamos encima, que usamos a menudo, son producidas por otros y otras, y tenemos que pagar por ellas. Es prácticamente impensable pensar una sociedad como la nuestra sin dinero en nuestras vidas. Desde el alquiler o hipoteca que pagamos, pasando por el metro que cogemos, la ropa con la que vestimos o las cañas que nos tomamos, toda nuestra vida esta mediada por ese constante vaivén de dinero. Y por supuesto, una mercancía más en este juego es nuestra propia capacidad de trabajo, que al entregar a nuestro empleador recibimos dinero a cambio para poder disponer estas cosas que compramos (La acampada Sol: una interpretación desde la teoría del valor)».

Y la lógica que domina a estas mercancías, es una lógica que escapa a los que las producen. Es una lógica que no podemos controlar, porque parte de nuestra atomización. El valor se constituye como eL canal que nos pone a todas y todos en contacto, pero es una fuerza incontrolable, pues su lógica es la de individuos atomizados que no han puesto bajo su control la producción.

Resulta que el carácter de esta lógica es tan consustancial en nuestras vidas, las organiza con tanta fuerza, que hemos asumido muchas características de esta sociedad sin apenas darnos cuenta de que son históricas, y de que hubieran sido impensables hace cuatrocientos años. Hemos asumido que las cosas tienen un valor y del mismo modo, que es posible escindir de la actividad humana el trabajo, para producir, ganar dinero, en fin, sobrevivir. Consideramos absolutamente normal ganar un salario por ese trabajo escindido de la vida y sobre todo, consideramos absolutamente normal que exista algo llamado economía, que esta delimitado por esa actividad separada, abstraída del resto de aspectos de la vida, llamada trabajo. La crítica al electoralismo sólo es posible con la crítica de esa esfera separada, la economía.

Hemos naturalizado esa esfera llamada economía, que además es fácil de delimitar por esa lógica de “todo tiene un precio”, de ganancias y costes. Y hasta tal punto hemos naturalizado esta relación, que parece como si no dependiera de los seres humanos, como si leyes naturales se hubieran instalado en esta esfera de la vida, y hubiera que obedecerlas. Algún ingenuo, nos dirá que estas leyes pueden mejor gestionadas o suavizadas: para esto está la política, por ello tenemos que votar unas y otros. Votemos para que Unidos Podemos pueda hacer políticas económicas que estimulen la demanda, fortalezcan la gestión pública, devuelvan los recursos a la soberanía nacional. Votemos para que, a través de la política (la voluntad humana – “yes we can”, “podemos”)– hacer frente a esas leyes objetivas (económicas).

Sin embargo, nos parece que esa esfera económica se ha vuelto indomesticable y sus leyes muy exigentes:

«Como parte del entramado capitalista en la era de la subsunción real, el Estado, independientemente de su forma, mide su capacidad de actuar como el resto de capitales: de un lado los beneficios, de otro los costes. El Estado obtiene dinero de distintas maneras y los invierte de diferentes formas; pero un hecho es esencial, concretamente, que depende de él: no hay Estado capitalista que pueda escapar a la balanza de costes y beneficios. Si quiere implementar una política pública, debe obtener dinero para financiarla. Si decide tomar medidas fiscales para financiarla, o expropiar una proporción del suelo nacional, o gravar con una tasa a los capitales, puede hacerlo, pero del mismo modo, corre el riesgo de ser menos competitivo en el mercado, de ofrecer políticas menos ventajosas y por tanto dejar de obtener beneficios por fuga de capitales u otras formas de coacción del propio capital. El Estado está dominado por la ley del valor, sobre todo a partir de la consolidación del proceso de conformación de los grandes mercados regionales (La imposibilidad de “conquistar” el Estado.

Dicho de otro modo, la esfera político-institucional es dominada por el valor. Nuestro voto, por volver a nuestro tema inicial, no cuestiona ni la naturalización de la economía, del mismo modo, que no cuestiona el papel de la esfera política como garante de la reproducción ampliada del capital. Para ser más exactos, del mismo modo que la economía se convierte en una esfera con leyes determinadas que nos dominan a todas y todos, la política, comprendida como esfera separada, es también dominada por esas leyes. Nuestro voto no es sencillamente una forma de delegación a unos dirigentes que después implementarán sus programas como quieran. Permaneceríamos en este punto en el populismo, si esta fuera sencillamente nuestra crítica. Lo que decimos es que los propios gobernadores tienen un marco de gestión, no sólo enormemente limitado, sino incontrolable. 

El comunismo exige un proceso de apropiación y organización de la vida de todas y cada uno de nosotros. Esto implica en primer lugar, y antes que nada, romper con esa esfera separada de la vida, llamada economía, someter la producción al designio de la comunidad humana, lo que significa poner en jaque a la mercancía, al trabajo escindido de la vida y al valor. No es nuestra intención delimitar los elementos esenciales del programa comunista (aunque sí que planteríamos a las y los lectores que piensen en esta apropiación de la vida, en cómo deberíamos realizarla, para que se percaten de la enorme falta de recursos programáticos para afrontar con medidas concretas un proceso revolucionario que merezca tal nombre), pero es inmediato de nuestra primera aseveración –el comunismo es apropiarnos de la vida, construir comunidad humana– que la esfera económica como tal desaparezca. Por poner un ejemplo: la esfera de los cuidados está del otro lado del trabajo, fuera de los espacios laborales, retraídos a los espacios íntimos. El comunismo exige una reapropiación completa de los cuidados por la sociedad, un hacernos cargo de nuestras niñas, ancianos y dependientes… y de nuevo sólo rompiendo con el trabajo como actividad separada de nuestras vidas es posible.

Este pequeño ejemplo de elementos esenciales de una revolución comunista nos devuelve a lo que mencionábamos más arriba, concretamente, cuando afirmábamos de que no se trataba de criticar el voto desde el plano individual. En absoluto, nuestra crítica al voto, al proceso electoral es frontal, y parte de una anticipación de las potencialidades comunistas que hemos visto en los ciclos de luchas de enero de 2011 a marzo de 2014. Parte de la consideración de que una organización revolucionaria –y las personas que componen nuestro colectivo lucha por merecer tal nombre– debe apelar no al votante atomizado, sino a la capacidad de transformación social que hay en nuestra sociedad, que ha sido anticipada con cada lucha. Si nosotras y nosotros criticamos el voto, no lo hacemos a nivel de la decisión individual de cada uno y cada una, pues sabemos de las enormes contradicciones que vivimos en nuestras vidas, y que nos obligan muchas veces a hacer cosas que nos confunden y nos disgustan. Criticamos el voto como organización, y como refuerzo de un sistema atomizador. Criticamos el voto, como asunción de la economía como una esfera autónoma con leyes propias que deben ser gestionadas por la esfera de la política. Criticamos el voto, porque se asume como naturalizada la escisión entre la economía como esfera productiva y el Estado con sus aparatos, como instrumento que intenta reconstruir la unidad de la ley del valor, que escapa a nuestros designios. Dicho de manera más clara: criticamos el voto por legitimar de manera indirecta el capitalismo.

La consigna que dice “un pie en las urnas, mil en las calles”, que considera que con el voto no se cambia nada, o se cambia muy poco, pero que puede ser usado tácticamente para lanzar consignas revolucionarias, es incapaz de cuestionar tanto los efectos atomizadores del voto, así como también de la capacidad que tiene de naturalizar, de fetichizar, las separación entre economía y política; separación característica de la edad moderna capitalista.

Del mismo modo, no compartimos sencillamente las posturas que hacen una llamada a la abstención, llamada que expresa de manera negativa la permanencia en la lógica atomizadora del proceso electoral.

Nuestra postura es otra, que consiste en la crítica sin tregua del propio proceso de atomización y separación (en este caso, electoral), en pos de la reapropiación de nuestras vidas.

Luchamos por construir una organización revolucionaria, esta es una barricada desde la que tejemos nuestros afectos y nuestro programa. Asumimos que esta tarea es colectiva, que implica un pensar, un estar y un ser juntos. Desde esta auto-construcción, desde la práctica colectiva, luchamos por el comunismo. Con nuestra práctica explicamos porque no hemos ido a votar este domingo.