Sindicalismo

Sindicalismo - Colectivo Germinal

Colectivo Germinal

Es necesario estudiar el pasado para interpretar el presente correctamente y en este sentido es preciso hacer un recorrido desde la legalización de los sindicatos hasta nuestros días. Un arco amplio donde se puede estudiar la integración y homologación al modelo europeo de las dos principales organizaciones sindicales.

La influencia del sindicalismo entre los trabajadores del Estado español ha sido decreciente desde su momento de máxima implantación, durante la Transición, años 70, cuando alcanzan su máximo prestigio, audiencia e influencia, hasta nuestros días. La pérdida de influencia en el mundo del trabajo, si bien no es una línea recta y ha tenido sus altibajos, en las últimas décadas ha sido imparable. Así, amplias capas de trabajadores jóvenes, inmigrantes y de los sectores con mayor precariedad laboral apenas tienen alguna relación con el sindicalismo, ni mayoritario ni minoritario. No obstante, el sindicalismo mayoritario durante estas décadas ha obtenido el mayor reconocimiento institucional de los diferentes y diversos gobiernos, grandes empresas y de las patronales. Los sindicatos mayoritarios han formado parte del pacto institucional de la democracia en España. Su función de intermediación y conciliación ha permitido al empresariado gozar de décadas de paz social y con el mínimo desgaste social. Los sindicatos se han convertido en los intermediarios necesarios de los diferentes planes de ajuste laboral y de las medidas flexibilizadoras de las últimas décadas.

Estas organizaciones sindicales, durante las últimas décadas, más que luchar contra la pérdida de derechos sociales y laborales, han apostado y siguen haciéndolo por ser los colaboradores fundamentales para los gobiernos de turno y la patronal, avalando las reformas laborales, acuerdos confederales con las organizaciones empresariales y gobierno, convenios, acuerdos empresariales, etc. Esta política conciliadora les ha permitido ganar presencia en las instituciones y empresas dada su moderación, permitiendo avalar congelaciones salariales, la temporalidad más alta de Europa, la creciente subcontratación, etc. Por lo tanto no se puede entender lo que ocurre hoy sin buscar explicaciones, por lo menos, en el pasado reciente. Se han integrado, no solo como interlocutores legítimos de los trabajadores que lo son avalados a través de los procesos electorales, sino como un engranaje más del del Estado en sus diferentes escalones y de las grandes empresas privadas, que permite hacer más aceptables las medidas que se aplican para reducir los derechos laborales.

Mención aparte merecerían el papel que representan y han representado los representantes de las organizaciones sindicales en los consejos de administración de grandes empresas estatales y semiestatales y en las cajas de ahorro, amparando malversaciones y en algunos casos, incluso interviniendo en las peleas caciquiles por el poder.

Los Pactos de la Moncloa de Octubre de 1977, “compromiso histórico” entre partidos, organizaciones patronales y sindicatos, se marcó objetivos económicos como reducir la inflación, moderar los salarios, equilibrar la balanza comercial e iniciar la reconversión industrial de aquellos sectores que quedaban obsoletos. Además se aprueba la papel de las secciones sindicales en la empresa y la distribución del patrimonio sindical privilegiando a CC. OO. Y UGT y otras medidas de carácter social. Los sindicatos CC. OO. Y UGT se convierten en los garantes del pacto que permitirá mantener unas relaciones laborales estables permitiendo que la conflictividad sea mínima y siempre discurra por los cauces del diálogo.

La UGT y la CEOE firmaran en 1980 el Acuerdo Marco Interconfederal al que posteriormente se adhirió USO. Antes, en 1979 se aprueba el Acuerdo Básico Interconfederal. En 1981, con CC. OO, UGT y CEOE. se firma el Acuerdo Nacional de Empleo. En 1983, gobernando el PSOE se firma un nuevo Acuerdo Interconfederal con los mismos protagonistas. Para el periodo 1984-1986 se firma el Acuerdo Económico y Social por UGT y CEOE y cuyas líneas básicas suponen la moderación salarial a cambio de la creación de empleo. Durante los años 90 prosiguen diferentes pactos donde los trabajadores aceptan moderación salarial y pérdida de derechos a cambio de una hipotética creación de puestos de trabajo en la mayoría de los casos temporales. El año 2004, CC. OO, UGT,. CEOE y CEPYME firman un nuevo acuerdo para el diálogo social. Esta cadena de pactos no se ha interrumpido a lo largo de los años. En todos los casos se ha pedido a los trabajadores moderación salarial y flexibilidad a cambio de una hipotética creación de empleo y modernización de la economía para hacerla más competitiva. Sin embargo, se ha profundizado el deterioro de las condiciones de trabajo vía concertación y acuerdos,, primero fueron las ETT´s y posteriormente la subcontratación de tareas, que se han encargado de adelgazar el empleo estable de las grandes empresas troceando la producción.

Sin embargo, en diferentes ocasiones el conflicto ha surgido, vía negociación de convenio o las huelgas generales. Estas últimas, son esgrimidas, para frenar agresiones gubernamentales buscando la posterior negociación con el gobierno de turno para aminorara los efectos de las medidas a tomar. Las últimas huelgas generales, en plena crisis, han resultado un auténtico fracaso, no solo por la disminuida participación de los trabajadores en la movilización, sino por los resultados posteriores, ya que los gobiernos correspondientes se han negado a negociar ningún aspecto. La crisis económica no permitía a los gobiernos margen ninguno para la negociación. Con ello, se ha roto en parte, una de las funciones habituales de este sindicalismo, frenar el descontento de la parte más activa del movimiento obrero y conseguir pequeños avances entre los retrocesos, que les permitiera justificar su papel en la gobernación de la nación y ante los trabajadores.

Las movilizaciones en torno a los convenios colectivos, han ido decayendo y pasando a ser paros testimoniales. El convenio colectivo permitía, hacer participe a los trabajadores de las pequeñas empresas y con menos capacidad movilizadora, de los avances y mejoras obtenidos, pero ha sido completamente desfigurado ante el papel que adquiere la negociación en la empresa. El peso de la actividad jurídica ha ido creciendo paulatinamente y así, la acción sindical en muchos casos se ha centrado en la presentación de demandas y conflictos colectivos. Este aspecto ha pasado a ser común a todo el sindicalismo. En esta transformación del sindicalismo, la asamblea de afiliados y de trabajadores ha perdido centralidad. Se pasa al acto informativo para los delegados sindicales y sin espacio para el debate de posiciones. El ejecutivismo aparece en las federaciones que firman los acuerdos que a veces rechazan las propias secciones sindicales o la firma de pactos por parte de las Confederaciones sin debate previo de la afiliación y en las estructuras del sindicato.

Esta integración tiene un soporte muy importante en las secciones sindicales de las grandes empresas y de la Administración, donde tienen la mayor parte de la afiliación y de los delegados sindicales. No olvidemos que la implantación sindical ha llegado tímidamente a la mediana empresa y es mínima en la pequeña empresa. CC. OO. y UGT se convierten en estos grandes centros, en los favoritos de las empresas y de la Administración a la hora de impulsar medidas que desregulan, incluso aquello, que ellos mismos han firmado en convenios sectoriales anteriores. La subcontratación, la externalización de tareas, la temporalidad, la movilidad geográfica y funcional, la individualización salarial, la congelación salarial, etc. se aceptan a cambio de pequeñas modificaciones o de acuerdos de carácter testimonial y propagandístico pero de escaso contenido. La dotación de fondos económicos a través de presupuestos estatales, autonómicos y empresariales, así como medios sindicales (crédito sindical, medios, etc.), permitido ambiguamente por la LOLS (Ley Orgánica de Libertad Sindical), es preferente hacia estos sindicatos, discriminando a otras organizaciones más pequeñas y menos dóciles.

Evidentemente, podemos hablar de cierta corrupción vía prebendas diversas, que campa a sus anchas en las empresas, que es difícil de demostrar y que rara vez es noticia. Vaya por delante que la corrupción se puede dar en todas las organizaciones sindicales, pero el grado y la magnitud no es comparable, ya que se busca según manifiestan algunos empresarios, “comprar a las organizaciones que deciden”. Es cierto que no todas las secciones sindicales son iguales, ni todos los sindicalistas y desde luego nada tienen que ver con los afiliados. Hay secciones sindicales y sindicalistas en todos los sindicatos que merecen todo el respeto a su actuación y a sus posiciones, pero lo cierto es que cuando se descubren y denuncian determinadas actuaciones en los grandes sindicatos, estas son amparadas por la organización y en escasas ocasiones son investigadas y sancionadas. .En casos recientes, todo finaliza con la baja del responsable corrupto, sin investigar internamente la burocracia de la organización que ha permitido esas prácticas. Es preciso recordar que en repetidas ocasiones se ha denunciado a los sindicatos mayoritarios e incluso se les ha retirado a veces las subvenciones de los cursos de formación cuando estos ni siquiera se impartían. Los cursos de formación se han convertido en una fuente de ingresos importante, se presupuesta y cobra por gastos al alza cuando los reales son muy inferiores. El cobro de estudios sobre la viabilidad de las empresas, estudios para posibles EREs, ERTEs, comisiones por atención sindical, forman parte de una conducta que si bien es difícil mostrar materialmente la corrupción, supone una ligazón a las empresas y administraciones que les coarta y mediatiza a la hora de plantear los posibles conflictos y luchas reivindicativas ejerciendo de apagafuegos.

Las corrientes sindicales de izquierda se han debilitado en el transcurso del tiempo, son sumamente débiles y tienen muchas dificultades para mantener la continuidad y no ser diluidas, expulsadas o integradas. De hecho cuando estos sindicatos hablan de su responsabilidad a la hora de firmar el pacto, su responsabilidad no es ante los trabajadores sino ante los políticos y ahora, ante los mercados, tal y como ellos mismos lo han expresado en sus propios comunicados. Mantener las estructuras ha pasado a ser prioritario para las direcciones sindicales, argumentando que es necesario por si en algún momento vuelve el movimiento obrero a movilizarse.

La historia del sindicalismo desde la Transición ha sufrido diferentes vaivenes y sus correspondientes manifestaciones internas y externas. La libertad sindical, la consolidación e institucionalización han ido unidas a las “purgas” correspondientes de “las izquierdas” que no se acomodaban a los nuevos papeles que había que representar en la nueva época democrática. Los años 80, en particular en CC. OO., pero también en UGT, son testigos de cómo se elimina o se integra la disidencia. Se establece un modelo determinado y no hay espacio para otras opciones más reivindicativas ni para ideologías. El sindicalismo se convierte en una labor para expertos que manejan criterios y datos macroeconómicos. Las bases sindicales y los trabajadores se alejan de negociaciones que según se lee en los considerandos de los acuerdos, estos están llenas de lógica y buenas intenciones, aunque a veces el articulado levante sospechas. Se abandonan las asambleas no solo de trabajadores sino de afiliados e incluso de delegados, y se va transformando el modelo de participación por otro de delegación Afíliate, vota y calla son la base del nuevo sindicalismo que se va a ir implantando poco a poco. Sus políticas conciliadoras, son causa y efecto de esta situación. Todo esto se traduce en escepticismo, conformismo y resignación entre los trabajadores. Los afiliados buscan un servicio individualizado y jurídico, de servicios, no de solidaridad ni de lucha, además poco a poco va faltando el contacto con las nuevas generaciones y los trabajadores precarios.

La gran marcha ideológica del sindicalismo mayoritario hacia la derecha atraviesa durante décadas las orientaciones socialdemócratas para recalar en el social liberalismo. Este parece el dogma mayoritario de los cuadros sindicales con mayor responsabilidad en las organizaciones.

El sindicalismo mayoritario ha demostrado que no es un instrumento útil para la defensa de los trabajadores, no sirve para defender sus intereses, su papel se reduce a ejercer de mediador con los intereses del Estado y de los grandes capitalistas, es decir de la gran burguesía. Es el colaborador necesario para avalar las agresiones al mundo del trabajo. No estamos ante un problema de traiciones de cúpulas, es la inmensa mayoría del sindicalismo oficial la que avala estas políticas, son la mayoría de sus cuadros sindicales, salvo excepciones, los que reparten los comunicados explicando las bondades del acuerdo y los que ante una situación incómoda trataran de pasar página y a veces echar la culpa a los trabajadores por no movilizarse, cuando fueron ellos los que les convencieron que la movilización y la participación no eran necesarias. Ocurre ahora, que quedan pocas páginas, las negociaciones no van a ser muy fluidas y no tendrán su correlato en los convenios sectoriales, administración central, autónoma y de empresa. Las agresiones no se van a quedar solo en el BOE, han entrado en todos los centros de trabajo y los sindicatos empiezan a dejar de ser útiles incluso a los patronos, salvo para firmar los ERE´s y hacer más digeribles sus recortes y ajustes a las plantillas..

Su institucionalización en el Estado y en la empresa, su corrupción económica vía subvenciones de diferente naturaleza y sobre todo su corrupción ideológica, impregnada con la certeza de que es la política neoliberal es la única y posible, son las características de estos sindicatos mayoritarios.

Las Huelgas Generales, normalmente convocadas a destiempo, sin convicción y sin preparación, han tratado de salvar la cara nada más y no acumulan ninguna fuerza para presentar un elemento de presión en las mesas de negociación. No obstante, es en los sindicatos mayoritarios donde están organizados la mayoría de los delegados sindicales y afiliados. Hoy por hoy son la llave de la movilización, y sin ellos, la Huelga General, salvo en Euskadi y Galicia, donde la relación de fuerzas es diferente, se queda en “día de lucha”. Atraer a estos delegados y afiliados, debatir con ellos, animarles a que se movilicen, que publiquen sus opiniones y ayudarles, si es preciso, a romper con sus aparatos, es una tarea prioritaria para aquellos que nos llamamos anticapitalistas.

En determinados conflictos, en estos últimos treinta años, hemos asistido a luchas donde los trabajadores han demostrado una gran capacidad de autonomía y de tenacidad. Se ha desbordado a las burocracias y se han enfrentado a los poderes económicos y políticos. No obstante, han sido excepciones ante una conflictividad mayoritaria donde las burocracias han realizado su labor de apagafuegos o simplemente lo han conducido a un callejón sin salida. El conflicto se ha convertido en un suceso residual y minoritario. A la grandeza de luchas que se pueden recordar Sintel, los mineros, etc. hay que contraponer las miserias de las direcciones aceptando promesas y acuerdos que pueden servir para los trabajadores momentáneamente, pero no para el futuro.

Entre trabajadores y organizaciones sindicales existe una estrecha interrelación: los sindicatos, de algún modo, reflejan las características y la situación de los trabajadores y éstas están a su vez, restan condicionadas entre otros factores, por el tipo de organizaciones sindicales. Así, el grado de influencia de los sindicatos entre los trabajadores variará según las circunstancias y, en cualquier caso, tendrá sus limitaciones. Pero también es cierto que en determinadas situaciones una orientación acertada o equivocada de las organizaciones sindicales puede provocar cambios importantes en la situación de los trabajadores. Por ejemplo, en la Transición y en los años 80, el papel de los sindicatos fue decisivo en las derrotas. Por el contrario, en la situación actual, la falta de confianza en sus propias fuerzas parece ser el rasgo predominante entre la mayoría de los trabajadores y aún en el supuesto (casi de ciencia ficción) de que los sindicatos mayoritarios se dotasen de una orientación correcta para cambiar tal estado de animo, ésta tardaría tiempo en modificarse, aparte de por la desconfianza hacia estos, como consecuencia de las derrotas y la desmovilización de años y la dureza de la crisis. Pero nuevos golpes y algunas luchas triunfantes o semitriunfantes podrían cambiar tal estado de ánimo, en cuyo caso sería decisivo que existiesen o no organizaciones con fuerza suficiente para dar cauce a la nueva combatividad.

El hecho, es que, en parte como reflejo de los retrocesos ideológicos de la clase, y en parte como consecuencia de la crisis de la izquierda (tanto reformista como revolucionaria) hoy los sindicatos, al menos en su gran mayoría, no están a la altura de la situación. Los mayoritarios siguen empeñados en el pacto y el dialogo, cuando ya no hay margen para concesiones, como se está viendo. La trayectoria de años, sus concepciones, sus ligazones con el sistema y el cambio producido en la mayoría de los cuadros y en los mismos afiliados, donde muchos de ellos han entrado más con la idea de obtener algunos servicios y cierta protección individual, que con la idea de formar parte de una organización de lucha para cambiar las condiciones de vida y trabajo, hacen muy difícil, un cambio profundo. No ya hacía el anticapitalismo, lo que es prácticamente imposible, sino simplemente como burocracias independientes del Estado, es decir, con intereses propios y, sin cuestionar el sistema.

Por ello, tanto por sus concepciones ideológicas y sus lazos con el sistema, como por la falta de autonomía y sobre todo porque no hay espacio para la conciliación, lo que sumado a su profundo descrédito, nos llevan a pensar que este modelo sindical está abocado a una crisis muy profunda. No obstante el Estado y las empresas están interesados en mantener una estructura sindical que permita hacer más digerible determinadas medidas o que intervenga en conflictos espontáneos o no controlados.

El sindicalismo minoritario en su encrucijada

Por lo que respecta al sindicalismo minoritario, a pesar de su gran variedad, tiene algunos rasgos comunes. Entre sus virtudes cuenta con dos muy importantes: poner la lucha como mecanismo prioritario para mejorar o defender lo conseguido y no estar integrado en el sistema. Pero, también podemos destacar, en su gran mayoría, tres puntos débiles. Uno, que durante estos años se ha estado moviendo en el marco de la empresa, en el sectorial o en el de nacionalidad (en el caso de los sindicatos nacionalistas) o territorio. Alguna organización que supera estos marcos, es decir que es un sindicato estatal y que actúa en múltiples ramos, en los hechos carece de un proyecto común como organización. Más bien parece la suma de organizaciones autónomas agrupadas bajo las mismas siglas, que a lo sumo que llega es a la realización de algunas campañas, fundamentalmente de tipo propagandístico y agitativo. Dos, su carácter sectario, tanto en relación a los mayoritarios, como, lo que es peor, en relación a los otros sindicatos minoritarios, de modo que a veces dos o más sindicatos ocupan un mismo “espacio sindical”, y aunque las diferencias entre ellos sean importantes, no son visibles para la mayoría de los trabajadores, o al menos hasta el punto de justificar su división y no digamos sus enfrentamientos. Tres, sus rasgos burocráticos, tanto porque en algunos casos algunos de sus dirigentes también hacen uso de algunas prebendas, o por “prestigio social”, o por estrechez de miras, ponen los “intereses” de la organización por encima de los intereses de los trabajadores.

Si este sindicalismo no supera estas deficiencias, el vendaval que se cierne sobre los trabajadores, lo arrasará, con mayor facilidad que a los mayoritarios. Si por el contrario, el conjunto o algunos de sus componentes, tratan de superarlas podrán en esta etapa dar pasos importantes y organizar o influir a los sectores más combativos y conscientes, sobre todo si sectores importantes de los trabajadores deciden luchar.

No debemos equivocarnos sobre el peso real del sindicalismo minoritario, ya que si bien es cierto que no puede competir con el sindicalismo mayoritario en cifras de delegados y afiliados, si tiene una importancia manifiesta y nada despreciable en sectores determinados y en las grandes empresas privadas y públicas. Su intento de implantar un modelo alternativo al mayoritario es una ardua labor que encuentra multitud de obstáculos pero que mantiene un crecimiento lento pero continuo.

Sin embargo, este sindicalismo también tiene otras debilidades, además de las anteriormente citadas, desde el sectarismo propio de quien ha surgido del sindicalismo mayoritario en muchos casos, hasta su implantación sobre todo en las grandes empresas. También muestra su debilidad a la hora de organizar a “los otros”, los jóvenes, precarios e inmigrantes. La dispersión territorial, sectorial y empresarial, a veces, les impide tener una visión global y se refugian en los ámbitos donde se encuentra seguro, la sección sindical. Las reformas de las Pensiones y del Mercado del Trabajo, los grandes temas, empiezan a entrar en su agenda, hay pequeñas inquietudes sobre la necesidad de articular y coordinar la respuesta, a todos los niveles, ante la ausencia del sindicalismo mayoritario. Es el caso de la Marchas de la Dignidad, movilización del sindicalismo minoritario, puede ser un ejemplo de cambio de rumbo. Sin embargo es muy difícil articular multitud de organizaciones que tienen influencia en determinados sectores de la producción y territorios.

He preferido utilizar el término sindicalismo minoritario ya que me parece que se ajusta más a la definición del objeto a describir. Sindicalismo alternativo, se supone que sería al mayoritario, entiendo que no se puede aplicar a esta diversidad de organizaciones de naturaleza diversa y variada.

No podemos descartar que surjan nuevas organizaciones que ensayen otros métodos más adaptados a la nueva tipología de empresas y a la precariedad del mundo del trabajo. Son una incógnita que impacto pueden tener las “mareas” (enseñanza y sanidad) cuando llegue el momento de las elecciones sindicales.

¿Hay alternativa?

El sindicalismo vive una de sus peores épocas. El presente no es nada radiante, pero debemos confiar en la necesidad imperiosa que tienen los trabajadores de asociarse para tratar de mejorar sus condiciones. No es una cuestión de voluntarismo, debemos buscar los ejemplos en la historia, la desaparición física de los movimientos sindicales y contemplar el resurgir en posteriores generaciones.

En esta ocasión no es la represión ni la guerra, es la derrota ideológica de la izquierda la que le arrastra. La clase trabajadora ha perdido la centralidad en las organizaciones de izquierda, que busca el nuevo sujeto revolucionario en la ciudadanía y en otros colectivos confundiendo rebeldía con revolución. Los trabajadores tienen que descubrir las claves para responder a las agresiones del sistema, y esa centralidad se da en el mundo laboral. El centro de trabajo, lugar privilegiado en otras épocas para organizarse, es hoy, muy complicado y hostil. Es el territorio, el polígono industrial y el barrio de donde debe partir el reconocimiento del trabajador como sujeto de la historia y donde se dan ejemplos de trabajo y organización, que posteriormente, permite introducir el sindicalismo en la empresa. Aprender desde la asamblea hasta las movilizaciones, descubrir nuevas formas de luchar, la coordinación, la acción directa, por otra parte muy antiguas, y armarnos ideologicamente ante el individualismo son las tareas básicas.

No podemos achacar a la precariedad laboral, al autoritarismo de los empresarios o a a una legislación laboral muy dura, la falta de lucha y organización. El debilitamiento sindical no es un efecto externo, es consecuencia de la propia acción sindical y la incapacidad para elaborar nuevas formas y maneras de dirigirnos a los trabajadores. En otras épocas de la historia, las condiciones no han sido mejores, y sin embargo los trabajadores han respondido con energía a las agresiones. Hay un aspecto sobre el cual sería oportuno meditar. Ideologicamente, los trabajadores, así como el resto de la población, en el mundo occidental se encuentran, plenamente controlados por las pautas de la ideología dominante. El individualismo, la creencia en que este sistema es el único posible, el consumismo y la inmediatez, lastran la mínima posibilidad de realizar un trabajo en el tiempo para modificar la relación de fuerzas. El trabajador, no se reconoce como tal, es ciudadano y consume servicios, entendiendo la política y el sindicalismo como productos que se ofrecen en un mercado.

Los aspectos ideológicos se han introducido poco a poco, a través de nuevas formas de organizar la producción y mediante la individualización salarial, según la productividad obtenida. Estas nuevas fórmulas permite que la figura del “jefe” o “encargado” quede difuminada, el trabajador es su propio jefe, su autoinculpa por no producir lo suficiente y finaliza aceptando como lógico su despido.

Nuevas franjas profesionales se van proletarizando, profesores, economistas, abogados, etc. van conformando un sector terciario de nivel universitario pero con condiciones laborales y salariales bajas. De momento, estas capas, aún no asumen su condición. Entienden la precariedad como una situación pasajera y entienden que el mundo sindical no va con ellos, salvo excepciones.

Hay que profundizar el pensamiento en torno a la producción, abandonar los mitos del progreso y del productivismo que han impregnado la actividad sindical. El medio ambiente y su deterioro no puede ser una asignatura más, debe recuperar una centralidad necesario en cualquier movimiento sindical. No se trata de vender la mano de obra más cara, se trata de cambiar el mundo, qué producimos y para qué.

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