Sobre el contenido del socialismo

Sobre el contenido del socialismo 3Cornelius Castoriadis

Texto publicado en Socialisme ou Barbarie, no 17 (julio de 1955). El texto estaba precedido de la siguiente indicación:

“Este texto inicia una discusión sobre los problemas programáticos que tendrán continuación en los próximos números de Socialisme ou Barbarie”.

De la crítica de la burocracia a la idea de la autonomía del proletariado.

Las ideas expuestas en este texto serán tal vez mejor comprendidas si volvemos a recorrer el camino que nos condujo a ellas. En realidad, partimos de ciertas posiciones en las cuales se sitúa necesariamente un militante obrero o un marxista en una determinada etapa de su desarrollo, y por tanto, de posiciones que fueron adoptadas, en un momento u otro, por todos aquellos a quienes nos dirigimos; y si las concepciones aquí presentadas poseen algún valor, su desarrollo no puede ser obra de las circunstancias o de características personales, sino que debe encarnar una lógica objetiva en funcionamiento. Describir este desarrollo sólo puede entonces aumentar la claridad y facilitar el control del resultado final/1.

Al igual que muchos otros militantes de vanguardia, comenzamos por constatar que las grandes organizaciones “obreras” ya no poseen una política marxista revolucionaria o ya no representan los intereses de los proletarios. El marxista llega a esta conclusión confrontando la acción de tales organizaciones (“socialistas” reformistas o “comunistas” estalinistas) con su propia teoría. Ve cómo los partidos que se dicen “socialistas” participan de gobiernos burgueses, ejercen activamente la represión de huelgas o de movimientos populares en las colonias, son campeones de la defensa de la patria capitalista, y hasta pierden la referencia hacia un régimen socialista. Ve cómo los partidos “comunistas” estalinistas aplican esta misma política oportunista de colaboración con la burguesía o bien una política “extremista”, un aventurerismo violento sin relación con una estrategia revolucionaria consecuente. El trabajador consciente hace las mismas constataciones al nivel de su experiencia de clase; ve cómo los socialistas solicitan sus esfuerzos para restringir las reivindicaciones de su clase y para volver imposible cualquier acción eficaz en este sentido, para sustituir la huelga por conversaciones con el patronato y el Estado; ve cómo los estalinistas prohiben rigurosamente las huelgas (como las de 1945 a 1947) e intentan reducirlas por la violencia/2 o hacerlas abortar insidiosamente,/3 o bien buscan imponer brutalmente la huelga a los obreros que no desean hacerlas, pues perciben que es ajena a sus intereses (como en 1951-1952, con las huelgas “antiamericanas”). Fuera de la fábrica, el trabajador ve también a los socialistas y comunistas participando de gobiernos capitalistas, sin que de esto resulte alguna modificación en su condición; y cuando su clase quiere actuar y el régimen está en situación desesperada, los ve asociándose, tanto en 1936 como en 1945, para interrumpir el movimiento y salvar el régimen, proclamando que es preciso “saber limitar una huelga”, que es preciso “producir primero y reivindicar después”.

Sobre el contenido del socialismo 2Tanto el marxista como el obrero consciente, constatando esa oposición radical entre la actitud de las organizaciones tradicionales y una política marxista revolucionaria que exprese los intereses históricos e inmediatos del proletariado, podrán entonces pensar que estas organizaciones “se engañan” o que “traicionan”. Sin embargo, en la medida en que reflexionen, se dan cuenta que reformistas y estalinistas actúan de la misma manera día tras día, que se actuaron así siempre y en todas partes; antes, ahora y en otros lugares, vieron que no tiene sentido hablar de “traición” y de “errores”. Se podría hablar de errores si esos partidos procurasen alcanzar los objetivos de la revolución con medios inadecuados; pero estos medios, aplicados de modo coherente y sistemático desde hace decenas de años, demuestran simplemente que los objetivos de esas organizaciones no son los nuestros, y que esas mismas organizaciones expresan intereses diferentes de los del proletariado. A partir del momento en que se comprendió esto, no tiene sentido decir que “traicionan”. Si un comerciante, para venderme su mercadería, me cuenta histórias e intenta persuadirme que es de mi interés comprarla, puedo decir que me engaña, pero no que me traiciona. Del mismo modo, el partido socialista o estalinista, al intentar persuadir al proletariado de que representan sus intereses, nos engañan, pero no nos traicionan; traicionaron al proletariado de una vez y para siempre, hace mucho tiempo, y, después de esto, no son traidores de la clase obrera, sino servidores consecuentes y fieles de otros intereses, los cuales es preciso determinar.

Por otro lado, esta política no aparece simplemente constante en sus medios y en sus resultados, sino que está encarnada en la camada dirigente de esas organizaciones o sindicatos; el militante percibe rápidamente y a su pesar que esta camada es inamovible, que sobrevive a todas las derrotas y se perpetúa por captación. Quieren que el régimen interno de la organización sea “democrático” como en los reformistas, quieren que sea dictatorial, como en los estalinistas. La masa de los militantes no puede absolutamente influir en su orientación, que es determinada sin apelación por una burocracia cuya estabilidad nunca es cuestionada; incluso cuando el núcleo dirigente llega a ser sustituido, es en provecho de otro no menos burocrático.

En ese momento, el marxista y el obrero consciente tropiezan casi fatalmente con el trotskismo/4. El trotskismo ofrece, en efecto, una crítica permanente, paso por paso, de la política reformista y estalinista hace un cuarto de siglo, mostrando que las derrotas de los movimientos obreros –Alemania 1923, China 1925-1927, Inglaterra 1926, Alemania 1933, Austria 1934, Francia 1936, España 1936-38, Francia e Italia 1945-47 etc.– se deben a la política de las organizaciones tradicionales, y que esta política estuvo en constante ruptura con el marxismo. Al mismo tiempo, el trotskismo/5 ofrece una explicación de la política de esos partidos a partir de un análisis sociológico. En relación al reformismo, retoma la interpretación dada por Lenin: el reformismo de los socialistas expresa los intereses de una aristocracia obrera (que el lucro excedente del imperialismo permite corromper a través de salarios más elevados) y de una burocracia sindical y política. En relación al estalinismo, su política está al servicio de la burocracia rusa, de esta camada parasitaria y privilegiada que usurpó el poder en el primer Estado obrero, gracias al carácter atrasado del país y al retroceso de la revolución mundial después de 1923.

Sobre el contenido del socialismoHabíamos comenzado nuestro trabajo de crítica a partir del problema de la burocracia estalinista, en el seno mismo del trotskismo. Por qué fue exactamente sobre este problema, no hay necesidad de largas explicaciones. Mientras el problema del reformismo parecía resuelto por la historia, como reformismo volviéndose cada vez más un defensor abierto del capitalismo/6, sobre el problema del estalinismo –que es el problema contemporáneo por excelencia y que en la práctica tiene un peso mucho mayor que el primero– la historia de nuestra época desmentía constantemente la concepción trotskista y las perspectivas que de ella se desprendían. Para Trotsky, la política estalinista se explicaba por los intereses de la burocracia rusa, producto de la degeneración de la revolución de Octubre. Esta burocracia no tenía ninguna “realidad propia”, históricamente hablando; era apenas un “accidente”, producto del equilibrio constantemente quebrado entre las dos fuerzas fundamentales de la sociedad moderna, el capitalismo y el proletariado. En Rusia, la burocracia se apoyaba incluso en las “conquistas de Octubre”, que habían dado bases socialistas a la economía del país (nacionalización, planificación, monopolio del comercio exterior, etc) y en el mantenimiento del capitalismo en el resto del mundo; ya que la restauración de la propiedad privada en Rusia significaría el derrumbe de la burocracia en provecho de un retorno de los capitalistas, mientras que la extensión mundial de la revolución acabaría con este aislamiento de Rusia –del cual la burocracia era el resultado, al mismo tiempo económico y político– y determinaría una nueva explosión revolucionaria del proletariado ruso, que expulsaría a los usurpadores. De ahí el carácter necesariamente empírico de la política estalinista, obligada a bordear entre los dos adversarios, y planteándose como objetivo el mantenimiento utópico del status quo; obligada a sabotear todo movimiento proletario desde que éste colocase en peligro el régimen capitalista, es obligada también a compensar en exceso este sabotaje a través de una violencia extrema cada vez que la reacción, estimulada por la desmoralización del proletariado, intentase instaurar una dictadura y preparar una cruzada capitalista contra “las ruinas de las conquistas de Octubre”. Así, los partidos estalinistas estaban condenados a una alternancia de aventurerismo “extremista” y de oportunismo.

Pero ni esos partidos ni la burocracia rusa podían permanecer así indefinidamente suspendidos en el aire; en la ausencia de una revolución, decía Trotsky, los partidos estalinistas se asimilarían cada vez más a los partidos reformistas y comprometidos con el orden burgués, en cuanto la burocracia rusa sería derrumbada, con o sin intervención militar extranjera, en provecho de una restauración del capitalismo.

Trotsky había asociado este pronóstico al desenlace de la Segunda Guerra Mundial, que, como se sabe, lo desmintió fragorosamente. Los dirigentes trotskistas quedaron en ridículo al afirmar que su realización era una cuestión de tiempo. Pero, para nosotros, lo que se volvió inmediatamente manifiesto –ya durante la guerra– es que no se trataba, y no podría tratarse de una cuestión de plazo, sino del sentido de la evolución histórica, y que toda la construcción de Trotsky era mitológica en sus fundamentos.

Sobre el contenido del socialismo 5La burocracia rusa pasó por la prueba crucial de la guerra mostrando tanta resistencia como cualquier otra clase dominante. Si el régimen ruso comportaba contradicciones, presentaba también una estabilidad no menor que el del régimen americano o alemán. Los partidos estalinistas no pasaron para el lado del orden burgués, sino que continuaron siguiendo fielmente (con excepción, claro, de las deserciones individuales como existen en todos los partidos) la política rusa: partidarios de la defensa nacional en los países aliados a la URSS, adversarios de esta defensa en los países enemigos de la URSS (incluidos los giros sucesivos del PC francés en 1939, 1941 y 1947). En fin, hecho más importante y más extraordinario, la burocracia estalinista extendía su poder a otros países: bien buscando imponer su poder en favor de la presencia del Ejército ruso, como en la mayor parte de los países satélites de Europa Central y los Balcanes, bien dominando enteramente un movimiento confuso de masas, como en Yugoslavia (o, más tarde, como en China y en Vietnam), la burocracia instauraba en esos países regímenes tan análogos en todos los aspectos al régimen ruso (teniendo en cuenta, evidentemente, las condiciones locales), los cuales, con toda certeza, era ridículo calificar de Estados obreros degenerados/7.

En ese momento, se hacía necesario determinar qué era lo que le daba esa estabilidad y esas posibilidades de expansión a la burocracia estalinista, tanto en Rusia como en otros países. Una vez abandonada la táctica trotskista, era fácil ver, utilizando categorías marxistas fundamentales, que la sociedad rusa es una sociedad dividida en clases, entre las cuales las dos fundamentales son la burocracia y el proletariado. La burocracia ejerce el papel de clase dominante y explotadora en el pleno sentido del término. No se trata solo del hecho de ser una clase privilegiada, cuyo consumo improductivo absorbe una parte del producto social comparable (probablemente superior) al que absorbe el consumo improductivo de la burguesía en los países del capitalismo privado. Es ella quien dirige soberanamente la utilización del producto social total, inicialmente determinando su reparto en salarios y plusvalía (al mismo tiempo en que intenta imponer a los obreros los salarios más bajos posibles y extraer de ellos la mayor cantidad de trabajo posible), luego determinando el reparto de esta plusvalía entre su propio consumo improductivo y nuevas inversiones, y, finalmente, determinando el reparto de estas inversiones entre los diversos sectores de la producción.

Pero la burocracia solo puede dirigir la utilización del producto social porque también dirige la producción. Es debido a que gestiona la producción al nivel de la fábrica que puede constantemente obligar a los trabajadores a producir mas por el mismo salario; es porque gestiona la producción a nivel de la sociedad que puede decidir por la fabricación de cañones y de sedas en lugar de viviendas y tejidos de algodón. Se constata pues que la esencia, el fundamento de la dominación de la burocracia sobre la sociedad rusa es el hecho de que ella domina el interior de las relaciones de producción; al mismo tiempo, se constata que esta misma función fue siempre la base de la dominación de una clase sobre la sociedad. Dicho de otra manera, la esencia efectiva de las relaciones de clase en la producción es siempre la división antagónica de los participantes de la producción en dos categorías fijas y estables, dirigentes y ejecutantes. El resto es respecto a los mecanismos sociológicos y jurídicos que garantizan la estabilidad de la clase dirigente; tales son la propiedad feudal de la tierra, propiedad privada capitalista o esa extraña forma de propiedad privada, impersonal, del capitalismo actual; tales son, en Rusia, la dictadura totalitaria del organismo que expresa los intereses generales de la burocracia, el partido “comunista”, y el hecho de que el reclutamiento de los miembros de la clase dominante se hace por una captación que se extiende a escala de la sociedad global/8.

Sobre el contenido del socialismo 4De esto resulta que la nacionalización de los medios de producción y la planificación no resuelven absolutamente el problema del carácter de clase de la economía, no significa de forma alguna la supresión de la explotación; ciertamente provocan la supresión de las antiguas clases dominantes, pero no responden al problema fundamental: ¿quién dirigirá ahora la producción, y como lo hará? Si una nueva categoría de individuos asume esta dirección, la “antigua confusión”, de la cual hablaba Marx, reaparecerá rápidamente; pues esta clase utilizará su posición para generar privilegios para sí misma y para aumentar y consolidar estos privilegios; reforzará su monopolio de las funciones de dirección, tendiendo a volver su dominación más total y más difícil de ser encauzada; se inclinará a asegurar la transmisión de estos privilegios a sus descendientes, etc.

Con relación a la argumentación de Trotsky, para quien la burocracia no es clase dominante porque los privilegios burocráticos no son transmisibles hereditariamente, basta recordar:

1. que la transmisión hereditaria no es absolutamente un elemento necesario de la clase dominante;

2. que, de hecho, el carácter hereditario de miembro de la burocracia (no ciertamente de tal situación burocrática en particular) es evidente; basta una medida como la no gratuidad de la enseñanza secundaria (establecida en 1936), para instaurar un mecanismo sociológico inexorable que asegura que solamente los hijos de burócratas puedan ingresar en la carrera burocrática.

Además de todo esto, el hecho de que la burocracia intente (a través de becas de estudio o de selección por “mérito absoluto”) atraer para sí los talentos que nacen en el seno del proletariado o del campesinado, no solamente no contradice sino que sobretodo confirma su carácter de clase explotadora; mecanismos análogos existieron desde siempre en los países capitalistas y su función social es la de revitalizar a través de sangre nueva la clase dominante, de mejorar en parte las irracionalidades que resultan del carácter hereditario de las funciones dirigentes y de mutilar las clases explotadas corrompiendo sus elementos mejor dotados.

Es fácil percibir que no se trata aquí de un problema particular de Rusia o de los años 1920. El problema se presenta para el conjunto de la sociedad moderna, independientemente incluso de la revolución proletaria; es apenas una expresión más del proceso de concentración de fuerzas productivas. ¿Qué es lo que genera, efectivamente, la posibilidad objetiva de una degeneración burocrática de la revolución? Es el movimiento inexorable de la economía moderna, bajo la presión de la técnica, en dirección a una concentración cada vez más elevada del capital y del poder, la incompatibilidad del grado de desarrollo actual de las fuerzas productivas con la propiedad privada y el mercado como modo de integración de las empresas. Este movimiento se traduce por una gama de transformaciones estructurales en los países occidentales, respecto del cual no podemos extendernos aquí. Basta recordar que estas transformaciones se encarnan socialmente en una nueva burocracia, tanto burocracia económica como burocracia de trabajo. Ahora, al hacerse lisa y llanamente de la propiedad privada, del mercado, etc., la revolución puede terminar en facilitar la vía de la concentración burocrática total. Se observa pues que, lejos de ser desprovista de realidad propia, la burocracia personifica la última fase del desarrollo del capitalismo.

Sobre el contenido del socialismo 6En consecuencia, se volvía evidente que el programa de la revolución socialista y el objetivo del proletariado no podría ser simplemente la supresión de la propiedad privada, la nacionalización de los medios de producción y la planificación, sino que además debía ser la gestión obrera de la economía y del poder. Haciendo retrospección de la degeneración de la revolución rusa, constatábamos que el partido bolchevique tenía como programa en el plano económico no la gestión obrera, sino el control obrero. Esto fue así porque el partido, que no pensaba que la revolución pudiese ser inmediatamente una revolución socialista, ni siquiera se planteaba como tarea la expropiación de los capitalistas, sino que consideraba que éstos guardarían para sí la dirección de las empresas; en estas condiciones, el control obrero tenía como función al mismo tiempo impedir a los capitalistas que organizaran un sabotaje de la producción, controlar su lucro y la disposición del producto de las empresas, y constituir una “escuela” de dirección para los obreros. Pero esta monstruosidad sociológica en un país donde el proletario ejerce su dictadura a través de los soviets y del partido bolchevique, y donde los capitalistas mantienen la propiedad y la dirección de las empresas, no podía durar; en los lugares donde los capitalistas no huyeron fueron expulsados por los propietarios que asumieron al mismo tiempo la gestión de las empresas.

Esta primera experiencia de gestión obrera duró poco; no podemos aquí entrar en el análisis de este período (muy oscuro y sobre el cual existen pocas informaciones) de la revolución rusa/9, ni de los factores que determinaron el pasaje rápido del poder en las fábricas a las manos de una nueva clase dirigente: estado de atraso del país, debilidad numérica y cultural del proletariado, deterioro del aparato productivo, larga guerra civil de una violencia sin precedentes, aislamiento internacional de la revolución. Hay un único factor cuya acción durante este período queremos destacar: la política sistemática del partido bolchevique fue, en la práctica, contraria a la gestión obrera, y se inclinó, desde el inicio, a instaurar un aparato propio de dirección de producción, responsable únicamente ante el poder central, o sea, en definitiva, el Partido. Esto en nombre de la eficacia y de las necesidades imperiosas de la guerra civil. Si esta política era la más eficaz en corto plazo, aún queda por saberse; en todo caso, lanzaba los fundamentos de la burocracia.

Si la dirección de la economía escapaba así al proletariado, Lenin pensaba que lo esencial era que la dirección del Estado le fuese conservada a partir del poder soviético; que, por otro lado, la clase obrera, participando de la dirección de la economía por el control obrero, sindicatos, etc, aprendería gradualmente a gestionar. Aún así, una evolución imposible de reconstituir, pero irresistible, volvió rápidamente inamovible la dominación del partido bolchevique en los soviets. A partir de ese momento, el carácter proletario de todo el sistema estaba ligado al carácter proletario del partido bolchevique. Se podría mostrar fácilmente que, en estas condiciones, el Partido, minoría estrictamente centralizada y monopolizando el ejercicio del poder, no podría nunca más poseer un carácter proletario en el sentido fuerte del término, y debería, forzosamente, separarse de la clase de donde había salido. Pero no es necesario ir más lejos. En 1923, “el partido contaba con 350000 miembros: 50000 obreros y 300000 funcionarios. Ya no era un partido obrero, sino un partido de obreros que se volvieron funcionarios”/10.  Reuniendo la “élite” del proletariado, el partido había sido llevado a instalar esta élite en los puestos de comando de la economía y del Estado; en estos puestos, sólo debía presentar cuentas al partido, o sea, a sí misma. El “aprendizaje” de la gestión por la clase obrera significaba simplemente que cierto número de obreros, aprendiendo las técnicas de dirección, salían de su posición y pasaban para el lado de la nueva burocracia. Con la existencia social de los hombres determinando sus conciencias, los miembros del partido actuarían no según el programa bolchevique, sino en función de su situación concreta de dirigentes privilegiados de la economía y del Estado. La jugada estaba hecha: la revolución estaba muerta y, si hay algo espantoso, es exactamente la subsecuente lentitud de la consolidación de la burocracia en el poder/11.

Sobre el contenido del socialismo 7Las conclusiones que resultan de este breve análisis son claras: el programa de la revolución socialista no puede ser otro que la de la gestión obrera. Gestión obrera del poder, o sea, poder de los organismos autónomos de las masas (soviets o Consejos); gestión obrera de la economía, o sea, dirección de la producción por los productores, organizados también en organismos de tipo soviético. El objetivo del proletariado no puede ser simplemente la nacionalización y la planificación, porque esto significa restituir la dominación de la sociedad a una nueva clase de dominadores y explotadores; este objetivo no puede ser realizado con la entrega del poder a un partido, por más revolucionario o proletario que este partido pueda ser en el inicio, porque tenderá fatalmente a ejercer el poder por su propia cuenta y servirá de simiente para la cristalización de una nueva clase dominante. El problema de la división de la sociedad en clases aparece en efecto en nuestra época progresivamente bajo su forma más directa y más desnuda, desprovista de todas las máscaras jurídicas, como el problema de la división de la sociedad en dirigentes y ejecutantes. La revolución proletaria solo realiza su programa histórico en la medida en que se inclina, desde el inicio, a suprimir tal división, eliminando toda clase dirigente y colectivizando, o más exactamente, socializando, íntegramente, las funciones de dirección. El problema de la capacidad histórica del proletariado de realizar la sociedad sin clases no es el de la capacidad de derrumbar físicamente del poder a los explotadores (lo que está fuera de duda), sino de organizar positivamente una gestión colectiva, socializada, de la producción y del poder. Se vuelve desde luego evidente que la realización del socialismo por un partido o una burocracia cualquiera en nombre del proletariado es un absurdo, una contradicción en sus términos, un círculo cuadrado, un pájaro submarino; el socialismo no es otra cosa que la actividad gestora consciente y perpetua de las masas. Se vuelve igualmente evidente que el socialismo no puede estar “objetivamente” inscrito, ni en un 50%, en una ley o una constitución cualquiera, en la nacionalización de los medios de producción o en la planificación, ni siquiera en una ley que instaure la gestión obrera: si la clase obrera no puede gestionar, ninguna ley podrá hacer que pueda, y si gestiona, la “ley” sólo deberá constatar esta situación de hecho.

Así, de la crítica de la burocracia, llegamos a la formulación de una concepción positiva del contenido del socialismo: en resumen: “el socialismo bajo todos sus aspectos no significa otra cosa que la gestión obrera de la sociedad”, y “la clase obrera solo puede liberarse ejerciendo su propio poder”. El proletariado solo puede realizar la revolución socialista si lo hiciera de una manera autónoma, o sea, si encontrara en sí mismo al mismo tiempo la voluntad y la conciencia de la transformación necesaria de la sociedad. El socialismo no puede ser el resultado fatal del desarrollo histórico, ni la violación de la historia por un partido de super-hombres, ni la aplicación de un programa que devenga de una teoría verdadera en sí misma, sino el desencadenamiento de la actividad creadora libre de las masas oprimidas, desencadenamiento que el desarrollo histórico vuelve posible, y que la acción de un partido basado en esa teoría puede facilitar enormemente.

A partir de ahí es indispensable desarrollar las consecuencias de esta idea bajo todos los aspectos.

1/En la medida en que esta introducción retome brevemente el análisis de diversos problemas ya tratados en esta revista, nos permitimos referir a los lectores a los textos publicados en Socialisme ou Barbarie.

2/La huelga de abril de 1947 en la Renault, la primer gran explosión obrera en Francia después de la guerra, solo puede suceder después de una lucha física de los obreros con los responsables estalinistas.

3/Ver, en el número 13 de Socialisme ou Barbarie (pp. 33), la descripción detallada de la manera por la cual los estalinistas, en agosto de 1953, en la Renault, pudieron hacer fracasar la huelga, sin oponerse abiertamente a ella.

4/O con otras corrientes de esencia análoga (bordiguismo, por ejemplo).

5/Para los representantes serios, que se reducen más o menos al propio Leon Trotsky. Los trotskistas actuales, contradichos por la realidad como nunca fue ninguna corriente ideológica, están en un estado tal de descomposición política y organizativaorganizacional que no se puede decir nada conciso al respecto.

6/A fin de cuentas, nuestra concepción final de la burocracia obrera lleva también a rever la concepción leninista tradicional sobre el reformismo. Pero no nos podemos extender aquí en cuanto a esta cuestión.

7/Ver la “Lettre ouverte aux militants du P.C.I.” en el número 1 de Socialisme ou Barbarie (pp. 90-101)

8/Ver “Les rapports de production en Russie”, en el número 2 de Socialisme ou Barbarie (pp. 1-66). (Actualmente en La societé bureaucratíque, 1, pp. 205, 283)

9/Ver “Le rôle de l’ideologie boichevique…” en L’experiencie du mouvement ouvrier, 2, pp. 395-416, y el texto de M. Bsinton ya citado.

10/Victor Serge, Destin d’une révolution (Paris, 1937), p. 174.

11/Ver el editorial del número 1 de Socialisme ou Barbarie, pp 27 y subsiguientes. (Actualmente en La societé bureacratique, 1, pp 139-184)