Tambores de guerra

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Los atentados de parís del 13N nos hacen recordar algunas cosas que parecían pertenecer a un remoto pasado definitivamente arrumbado en el recuerdo de las tragedias que asolaron Europa durante el pasado siglo.

El ruido de los disparos, la contemplación de la masacre terrorista, el sufrimiento de las víctimas y el temor de las poblaciones nos recuerda la fragilidad de la paz y el imperio de la ley en los que aparentemente se desenvuelven nuestras vidas. De pronto, nuestro imaginario colectivo, alimentado por un bombardeo sistemático de noticias e imágenes, se llena de una cadena de temores que alimentan una concepción neohobbesiana de la vida social.

La violencia, una feroz y calculada violencia, una capacidad de producir dolor y sufrimiento individual y social de pronto ocupa el centro de la vida social y, a su conjuro, aparecen instituciones, actores, espacios y tiempos que nos parecen desconocidos por más que nos han acompañado la vida en nuestras sociedades. Lo contingente, lo imprevisto y no sujeto a la previsibilidad de la razón que gobernaría la vida en sociedad, emerge como la determinación decisiva de nuestras vidas, como el verdadero hecho fundante que legitima la acción del Estado y las leyes,. En adelante, la protección contra esa contingencia, contra el gran riesgo agazapado en los barrios periféricos, en los hablas y las costumbres distintas, en el color de la piel y hasta en la diferencias presentidas, se convierte en la razón suprema del Estado y el Estado en la única representación posible de la sociabilidad.

Toda la riqueza, la variedad y la densidad de los vínculos relacionales de las sociedades de nuestro tiempo parecerían disolverse ante la irrupción del acontecimiento bélico. Una extraña simplicidad social, una extremado empobrecimiento de las relaciones sociales es el más inmediato efecto de la violencia desatada. Está en marcha una gigantesca operación de polarización y simplificación de las identidades y la existencia social. No son posibles los matices y el análisis mismo resulta sospechoso. Prima el alineamiento sin matiz alguno, el cierre de filas y la elección de campo y el que no lo elige será seguramente alineado aún en contra de su voluntad. El tono marcial y el ánimo guerrero se imponen como la actitud esperable entre los hombres y las mujeres públicas y de ahí se intenta trasladar al conjunto de la sociedad mediante una operación de normalización que intenta, antes de nada, detectar los cuerpos extraños y potencialmente sospechosos de complicidad con el “enemigo”. Hemos visto a los Hollande y Valls transfigurados en comandantes guerreros apoderándose del programa del FN y llamado a una especie de guerra santa contra el infiel pero, eso sí, a los acordes de La Marsellesa.

El tono irónico de estos comentarios no puede ocultar la gravedad de estos posicionamientos. El aire de cruzada de estos gobernantes, si en nuestras sociedades contribuye a sembrar una asfixiante atmósfera de islamofofobia (otra cosa es la fortuna de esta operación en una sociedad cada vez más madura al respecto), en las sociedades hegemonizadas por el islam produce un efecto de terror que sirve bien a los propósitos del yihadismo. Cualquier observador, por básico que sea su conocimiento de estas sociedades, podrá testimoniar la relevancia actualizada que el término cruzado tiene en el imaginario popular (muy trabajado, claro está, por la propaganda del islamismo radical con un relato secular que ha conseguido asentar una auténtica cosmovisión esencialmente antagonista con la concepción occidental del mundo). Sería un tremendo error suponer que el fermento social que alimenta el yihadismo está exclusivamente nutrido por la generosa financiación del régimen saudí. USA/Occidente, que ha combatido desde los tiempos de la Guerra fría cualquier expresión de cultura democrática y progresista en el mundo árabe, no ha visto sino acrecentar el resentimiento social generado por una política de agresiones sistemáticamente aplicada a través de sus cabezas de puente en la zona del Oriente próximo, Israel, Turquía y Arabia Saudita. El antiimperialismo de las masas árabes de los años 50 y 60 del pasado siglo ha sido sustituido por un odio a Occidente alimentado por las prédicas de un sector del islamismo redivivo que, si fue saludado y generosamente apoyado en la lucha contra el “comunismo”, ahora es convertido en el Gran Otro, en el sustituto del comunismo como el enemigo que justifica la sistemática función represiva de los Estados capitalistas.

No existe, sin embargo, ese gran otro. El proceder de los terroristas de parís, como antes los de Londres, de Madrid ó de Nueva York, se asemeja en todo al de cualquier agencia de los Estados occidentales. La misma fría determinación, la misma razón instrumental, el mismo cálculo de los daños y los efectos buscados, la misma espectacularización del acontecimiento. Los rasgos culturales que nos llegan de estos mujaidines, más allá de la retórica aprendida, no revela excesiva diferencia con la multitud de jóvenes que no se apartan un milímetro de los valores del sistema. Su propia extracción, en el seno de las propias sociedades a las que atacan, tiene más que ver con la formación de los movimientos fascistas de los años 30 en Europa1, que con rasgos antropológicos y culturales diferenciados. El proceso de globalización capitalista ha terminado con sus afueras más allá de lo que parecen reconocer sus dirigentes y en las grandes ciudades de lo que antes llamábamos Tercer Mundo como en las villas miseria y banlieus de las ciudades del Primero, late una multitud desculturalizada y prendida en la cultura de la desesperación, el odio y la violencia que son la expresión del clima de descomposición social y putrefacción de valores que aquejan a las sociedades capitalistas. Esta cultura d la desesperación y la violencia ha pretendido ser, más que combatida, funcionalizada, por medio de la financiarización y la economía del delito, complementarias desde hace decenios. Pero la crisis de esta falsa solución a la crisis capitalista que se arrastra desde los años 70 del pasado siglo, ha cortado las posibilidades de contrarrestar los efectos disolventes de estos gérmenes de anticulturas.

Como en otras ocasiones en su historia, el capitalismo enfrenta a las sociedades a una disyuntiva fatal: ó encuentran la senda para superar la lógica y los valores dominantes de la sociedad capitalista ó se hunden en la barbarie y la guerra con sus secuelas de muerte y destrucción de la que se derivan nuevas oportunidades para la recuperación del capitalismo. En nuestros días, parece que asistimos a una encrucijada de las características señaladas. Después de siete años de la crisis más dura desde la de 1929, la economía global no solo no muestra atisbos de salida de la crisis sino más bien síntomas de nueva recaída, agravada por las otras crisis que la acompañan y que no son sino expresiones diversas de la crisis civilización del capital.

Cada crisis del capital reproduce los rasgos de la anterior pero las acentúa y aparecen otros nuevos que la impregnan de un tono de colapso difícilmente ocultable. No es una casualidad que los efectos de guerra y suspensión de las garantías constitucionales en Paris sean simultáneos con la celebración de la 21ª Conferencia de las Partes del Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Y es muy revelador que bajo el estado de excepción las autoridades hayan creído adecuado prohibir todo tipo de reuniones y demostraciones a favor de acciones eficaces para parar esta amenaza que se cierne sobre el conjunto d la biosfera; revela una jerarquía de prioridades expresiva de la lógica suicida del sistema. Embarcados ya en la guerra, los gobernantes decretan qué cosas son merecedoras de la atención y la participación de la ciudadanía. Se invoca el estado de necesidad, el riesgo para nuestras sociedades, como si el calentamiento global y las emisiones de GEI que lo producen no estuvieran arriesgando de una forma lenta pero perceptible la continuidad de estas sociedades.

Los riesgos del calentamiento global ya no se discuten ahora la atención se centra en las condiciones para conseguir que el aumento de la temperatura al final de este siglo no supere los 2ºC.

Ni siquiera el agotamiento de los combustibles fósiles podrá frenar estos efectos; cruel paradoja que el declive de la civilización fosilista se dé al tiempo que el desencadenamiento de las catástrofes causadas por ella.

La extracción, distribución y consumo de petróleo constituye la condición de existencia de la civilización capitalista tal como la conocemos; su agotamiento acelera el proceso histórico de declive del sistema pero en modo alguno garantiza una salida del mismo favorable para las mayorías sociales en términos de justicia y equidad. Su escasez es la amenaza más grave para la paz y el riesgo de entrar en un período de regresión y barbarie en el que las guerras por los recursos escasos favorezcan el asentamiento de un orden neofeudal y de neoservidumbre

Daesh es solo una de las formas que pueden tomar las personificaciones de este horizonte Tambores de guerra | Colectivo Germinalde barbarie. En vano cierta izquierda pretende negarle la condición de Estado invocando el carácter benéfico del Estado de Derecho y las prestaciones sociales del Estado del Bienestar. Daesh es la forma del Estado adecuada a las condiciones del colapso y la degeneración del sistema capitalista del que forma aparte.

Pero es, hay que subrayarlo, tanto por su vocación como por su tendencia a disponer de las vidas, por su vocación de soberano, un Estado en pleno ejercicio. Dispone, además, de una condición que está resultando casi sine qua non para poder hablar de Estado y soberanía en nuestro tiempo que es la disposición de energía. La disposición de energía constituye, en efecto, una señal inequívoca de la existencia de un poder que puede reclamar el atributo de la soberanía. Más aún, podría decirse que es la disposición de energía, para los tiempos que vienen, la condición misma para la existencia de un Estado. Que el acceso a estas fuentes de energía haya sido el producto de la acción guerrera de ocupación de un territorio sobre el que se ha impuesto la terrible ley islámica no debería sorprendernos. Ese y no otro ha sido el origen de todos los Estados.

Asistimos a un cambio que puede ser calificado de epocal sin temor a exagerar, también en la forma, el contenido y las funciones de los Estados. El análisis de este cambio supera las intenciones de este texto pero es conveniente que sea tenido en cuenta en las reflexiones de cuantos aspiramos a una materialización sustantiva de la democracia y el Estado de Derecho. En un futuro que es ya presente deberemos enfrentarnos a personificaciones de lo estatal que van a prescindir, sin complejo alguno, de ambos atributos que se nos habían presentado como esencialmente inherentes a la idea misma de Estado

LAS RESPUESTAS

Hasta ahora predominan las movidas por la “santa indignación”2. Hemos mencionado más arriba la forma en la que la guerra subordina la importancia de algunos problemas en la agenda política; es sorprendente que el único tratamiento que se le ocurra a los gobernantes franceses respecto a las demandas de la sociedad civil comprometida con los problemas del calentamiento global sea lanzar a los gendarmes contra las manifestantes y detener a casi trescientos de ellos

Una vez más parece que la guerra va a permitir a los gobernantes que las sociedades capitalistas desvíen la mirada de lo que son sus problemas reales y encuentran en el exterior la posibilidad de una unidad imposible. La atención a la guerra permitirá proyectar en el exterior sus contradicciones internas de unas sociedades que ahondan cada vez más sus niveles de desigualdad, que condenan a la pobreza y a la marginación a sectores crecientes de sus poblaciones, que asisten pasivas a la degradación de las condiciones de vida de sus ciudadanos

Pero no hay tal exterior. En el sistema mundial unificado por el capital no quedan afueras y al lógica que inspira estos actos criminales es, desgraciadamente la misma quela que informa las decisiones cotidianas en cuya virtud poblaciones enteras pierden sus tierras, son condenadas a la desnutrición ó la falta de recursos básicos

El capital financiero que ha hundido en la desesperación a una buena parte de las poblaciones, ha encontrado en el terrorismo la forma de volver a unificar a las sociedades bajo su hegemonía.

Tambores de guerra | Colectivo GerminalLos Estados, por su parte, buscarán habituar a la población al reforzamiento de la vigilancia y la represión, al Estado de excepción. El agotamiento y la ausencia de perspectivas de los Estados para responder a las aspiraciones crecientes de democracia, libertad y justicia de sus sociedades, encuentra en el hecho bélico la ocasión para dar el gran paso sin tener que justificar un cambio de la constitución formalmente vigente.

De parte de la sociedad civil ya se escuchan las primeras protestas. Es de temer que en las mismas no se encuentren los representantes de la izquierda oficial, cada vez más desorientada en esta época de declive del capitalismo y sus Estados. Pero es seguro que van a hacer acto de presencia. Como lo hicieron con ocasión de la guerra de Afganistán y de iraq, como lo hicieron en la primavera árabe

Ni la guerra ni el terrorismo son nunca la respuesta de los pueblos, los pueblos odian la violencia porque saben que en ella siempre pierden. Los pueblos quieren la paz y los que sufren su ausencia especialmente.

Los terroristas no representan a los pueblos árabes, son la expresión del mismo mundo capitalista que dicen combatir, de la descomposición de sus sociedades y la putrefacción de sus valores dominantes. Pero es verdad que la falta de perspectivas y el odio sembrado entre estos pueblos por el sufrimiento infligido por Occidente3,unido la consolidación de los valores más reaccionarios de las sociedades que dicen combatir, favorecen la difusión de las ideas y sentimientos de venganza y resentimiento entre determinado sectores de los mismos4

La guerra llega, así, puntual a su cita con la historia. La historia del capitalismo da señales de inequívoco agotamiento. Acunado por el estruendo de la batalla y el dolor de las víctimas, el capitalismo parece pretender atajar su crisis senil con los mismos remedios. Hay, por desgracia, una gran reserva de las peores tensiones negativas de nuestra especie enquistadas en el núcleo de la metafísica capitalista: que los vicios privados puedan alimentar públicas virtudes ha sido la coartada ética para el delirio de corrupción y expolio de los bienes comunes que han dominado la escena pública en los últimos tiempos.

Esa ética, desarrollada hasta el paroxismo por el dominio del capital financiero, ha conducido al mundo al callejón sin salida en el que actualmente se encuentra. Y, en esta encrucijada para la humanidad, las pulsiones de muerte que anidan en las sociedades humanas y especialmente entre sus minorías rectoras, pretenden resolverla mediante la apelación a la guerra

Todas las bajezas morales y las iniquidades de la cosmovisión capitalista, especialmente su disposición a convertir al ser humano y a los sistemas naturales en mercancía, se concentran en estos momentos para sacar partido del dolor, para “ponerlo a trabajar” y acumularlo convirtiéndolo en capital.

No, el dolor no puede alimentar una nueva matanza. Los pueblos ponemos el dolor y ellos los medios para producirlo .Los pueblos, sus sectores más conscientes, deben alzar su voz para proclamar que otro mundo es posible. No, no está agotado ese clamor que a principios del milenio recorrió las principales ciudades del globo para afirmar que sí hay alternativa, que nuestra especie no está condenada a la esclavitud, la regresión y la barbarie.

Hay que proclamar y defender la vida y negar la muerte como principio organizador y regulador de la convivencia social

1 Pequeño burgueses en trance de desclasamiento, lumpenproletarios desesperados, ex delincuentes nutrieron las escuadras fascistas y nazis desde los primeros tiempos

2 No es mi intención minimizar la gravedad de los asesinatos de Paris. Pero llama la atención como la mayoría de los gobernantes de la derecha a la izquierda han calificado los atentados como un acto de guerra contra “nuestro modelo y nuestros valores”. Los de la derecha entendiéndolo como un episodio de la irredenta guerra entre el Cristianismo y el Islam, los de la izquierda, como un episodio del enfrentamiento, más moderno, entre el fascismo y la democracia. Ambos atribuyéndole a esta guerra el carácter de cruzada similar por su tono y sus intenciones a la yihad predicada por DAESH; similitud que es de esperar no se extienda al tratamiento de la disidencia interior

3 Más de un millón de muertos como consecuencia de la guerra de Iraq

4 Todo ello bien estimulado por las generosas aportaciones del sangriento régimen saudí, el principal aliado de Occidente en Oriente Próximo