¿Hay vida después del capitalismo?

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J . E. – Miembrx de Colectivo Germinal

El conocimiento de la realidad, por aproximativo que sea, no permite ser optimista. Las posibilidades de superar la civilización capitalista y, con ella, poner fin a la devastación física, psíquica y social que padece la humanidad parecen ser cada vez más remotas, después de que el siglo XX haya visto el fin de las experiencias teóricamente superadoras del capitalismo y del propio movimiento obrero calificado como su enterrador.

El capitalismo es, en efecto, una civilización en declive. Muchos son los síntomas que lo atestiguan pero hay algunos especialmente significativos

  1. El principal creo que es el agotamiento de la ley del valor. Desde hace cuatro décadas el peso el factor trabajo por unidad de producto (o por efecto de la 3ª revolución industrial) disminuye y, con él, el valor producido, el plusvalor obtenido y la acumulación de capital. El fenómeno que permite registrarlo fue tempranamente anunciado por Marx como la “tendencia decreciente de la tasa de guanacia”. Esa tendencia crisis de rentabilidad del capital, es la causa verdadera de las crisis que se repiten cada vez más frecuentemente y que la financiarización habría pretendido superar, con el rotundo fracaso que la del 2008 ha puesto de relieve. El capitalismo, así, “sierra la rama de la que está colgado”.

  1. El segundo es el agotamiento de los recursos no renovables, la energía muy en primer lugar. La civilización capitalista se ha hecho hasta tal punto energético dependiente que ni siquiera la provisión de bienes básicos como el agua o los alimentos están garantizados para millones de personas, sin una notable provisión de energía mayoritariamente de origen fósil. Las sociedades contemporáneas son, así, extremadamente frágiles y dependientes de un complejo de infraestructuras y transportes que alcanza en las grandes metrópolis su expresión más dramática. Cuando estas infraestructuras colapsan (y la proximidad de tales eventos ya es perceptible en algunas) los procesos de descomposición social y la barbarie se aceleran

  1. El despliegue de la financiarización en las pasadas décadas ha acelerado os procesos de expulsión de trabajo. El capital ficticio es una suerte de antítesis del capital en funciones, aquel que se multiplica por la utilización de la fuerza de trabajo. El capital ficticio es creado por el intercambio de dinero contra promesa de pago. El keynesianismo de salvataje” una tentativa para atajar el desastre bancario; solo de forma muy secundaria se ha buscado estimular la demanda

  1. Todas las alternativas que hoy pretenden postularse para remediar los males del capitalismo, tanto las de la izquierda convencional como las asociadas a los movimientos sociales, se mueven en la lógica y con las categorías propias del capitalismo, pero de un capitalismo periclitado, el de los 30 dorados. La propuestas keynesianas, en particular, pierden su sentido cuando el capital no requiere incrementos en el consumo de Fuerza de Trabajo (FdT) sino reducciones y se orienta a la creación de capital ficticio contra una futura creación de valor sobre al que pesa una notable incertidumbre

  1. No obstante lo anterior y que el trabajo opera cada vez menos como un factor de integración social, esta sigue siendo una sociedad de trabajadores sin trabajo, en la que el trabajo y el dinero son las formas esenciales de mediación social. Una sociedad colonizada por la relación capital cuando el factor que lo vivifica tiene cada vez menos importancia y su pretendida esencia suprahistórica se revela como uno de los mitos de la modernidad. Stajanof encarna el principio capitalista del gasto abstracto de FdT. Pero es claro que la reducción del trabajo está operando ya como un factor de disgregación en las sociedades capitalistas. Es la mecánica del trabajo para producir dinero, motor esencial de la vida social, lo que ha sido trastornado y ninguna de las soluciones de la política económica parecen ser capaces de recuperar su funcionamiento.

  2. La sociedad del trabajo sin trabajadores induce un fenómeno que contribuye también a serrar la rama d la que cuelga el sistema.. Partes crecientes de población, en el norte y el sur del planeta que así van homogeneizando sus condiciones de “vida”, están siendo expulsadas de los circuitos laborales en los que obtenían su integración social. Y esa expulsión de la actividad laboral determina otra, la exclusión, como mínimo parcial, de los circuitos del consumo, la otra forma de integración social de las sociedades capitalistas. Estos fenómenos de exclusión social, que tienen formas de expresión diversas en el ámbito político, están generando la segregación efectiva de subsociedades cuya relación con la “sociedad central” va quedando reducida a relaciones de asistencialismo cada vez más difíciles de soprtar por los endeudados Estados capitalistas y, sobre todo, a funciones de vigilancia y control.

  3. Las funciones de policía cercen en importancia para el tratamiento de estas poblaciones. Policía frente a política es a tendencia de a cambio que Ranciére señala como característica de los Estados contemporáneos. Pero el predominio de esas funciones estatales tiene una consecuencia indeseada, solo genera gastos pero no ingresos públicos y ello representan un paso más en la tendencia al endeudamiento creciente de los Estados. Tal falta de “rentabilidad” del gasto público de vigilancia y represión tarde o temprano plantea la oportunidad de su mantenimiento; o se encuentra la forma de obtener ingresos por el tratamiento de las poblaciones excluidas (modalidades diversas de esclavitud o servidumbre, imposición de tributos coloniales, etc) o se plantean estrategias de reducción del peso de estas poblaciones en el gasto público. En algunas de estas “soluciones”, inspiradas en el holocausto nazi, trabajan algunos Estados mayores

  4. El Estado ha desempeñado, desde sus orígenes, funciones esenciales en el nacimiento y desarrollo del capitalismo. Tras un corto período en el que parecía-al menos en un reducido número de países del norte del planeta-ser capaz de acabar o cuanto menos reducir las contradicciones del sistema y paliar sus efectos más indeseados, se ha convertido en absoluto dependiente de los mercados financieros, para financiar los ingentes gastos que genera las funciones de conservación y reproducción del propio sistema. Una de esas funciones, la función bélica, demanda un volumen de recursos creciente y al tiempo acelera los factores de crisis sistémicos.

  5. La preparación dela guerra y su ejecución ha sido un recurso constante en la historia del capitalismo para superar sus crisis recurrentes, a través de la destrucción de capital y fuerza de trabajo. Habida cuenta la delirante capacidad de aniquilación de las que disponen los ejércitos modernos y los ingentes costes que suponen su mero funcionamiento (recuérdese que uno de los principales consumidores de petróleo y, por tanto, emisores de CO2 a nivel global es el Pentágono), hoy representan el principal factor de riesgo para la supervivencia del capitalismo tal y como lo hemos conocido1.

  6. Hasta aquí algunos de los elementos perceptibles en las sociedades de nuestro tiempo y que pueden actuar como factores de aceleración del declive civilizatorio del capitalismo. Habría ahora que analizar o investigar la existencia de fenómenos sociales que hicieran de contrapeso, siquiera fuera parcial, a las tendencias a la regresión y la barbarie que es inherente al funcionamiento mismo del sistema.

De entrada debo reconocer un pesimismo de partida que supongo es inherente a la experiencia de vida en una gran ciudad. Tal experiencia no permite excesivo optimismo sobre nuestras capacidades, individuales y colectivas, para invertir el rumbo actual de nuestras sociedades. La fragilidad y vulnerabilidad extremas de las formas de vida en las ciudades capitalistas-el ecosistema en el que ya vive más de la mitad de la población mundial- no permite imaginar impulsaos de renovación moral y cultural de los que parecen necesarios a la vista de la magnitud de la degradación capitalista

La cuestión decisiva es saber si el final del capitalismo puede ir seguido de formaciones sociales ordenadas según criterios de libertad, justicia y armonía con el medio o, por el contario, nos aboca a formas diversas de barbarie, terror y desigualdad absoluta en la distribución de los bienes, en un contexto de colapso de los procesos ecológicos esenciales y, en última instancia, grave reducción de las posibilidades de supervivencia de nuestra especie.

En el tránsito de unas a otras formaciones sociales, se ha visto como embriones de sociabilidad distinta a la imperante en la vieja sociedad se desarrollaban en su seno, hasta que llegaban a convertirse en hegemónicas. Diversas corrientes en el movimiento obrero y socialista han sostenido esa esperanza y se han afanado en la construcción de esos embriones que han alcanzado muy interesantes niveles de desarrollo y ganado la confianza de millones de personas para formas de vivir y trabajar basadas en la cooperación y la solidaridad. El desarrollo del capitalismo, sin embargo, le ha permitido integrarlas de formas diversas (a través del crédito, d la utilización de técnicas mercadotécnicas para la captación y ampliación de mercados) en sus circuitos de normalización, suprimiendo de paso los elementos potenciales de antagonismo que pudieran conllevar. Aun así no es posible desdeñar estas experiencias que resurgen cada vez que las capas trabajadoras subalternas deben enfrentarse a crisis de supervivencia y abandono por parte de las instituciones del Estado.

El capital y el Estado han ganado crecientes regiones de la vida social para la mercancía, con frecuencia a través de la extensión de los derechos ciudadanos. Aunque resulte esquemático, parece claro que el grado de resistencia y antagonismo a las formas de vida capitalistas es proporcional ala existencia de relictos comunitarios.

1 Otra cosa es que el operar de los ejércitos pueda constituir, de hecho, una perspectiva de transisón a una formación social regida por lógicas de agregación y mediación distintas de las capitalistas